domingo, mayo 29, 2005

¿A los mexicanos sí nos gusta batallar?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

TAMPICO, Tamps. — La maestra Soledad es una profesora jubilada que vive en Tampico, México.
A sus 68 años, la maestra ya no tiene que lidiar con la labor diaria de acudir a las aulas, pero en cambio debe presentarse cada mes a firnmar un documento a la oficina de gobierno que le emite su pensión. Esto para asegurarse de que sigue viva y que nadie más cobre su salario ilegalmente.
La maestra Soledad es mi mamá. Por ello, durante mis recientes vacaciones en México, decidí acompañarla a su ritual burocrático.
Aquello era un caos desde que llegamos. Jubilados aquí, jubilados allá se amontonaban haciendo fila afuera del pequeño edificio donde debían ir a firmar para seguir recibiendo su pensión del estado.
Algunos, como mi madre, tenían dificultades hasta para permanecer de pie. Su avanzada edad, las enfermedades y algunas operaciones no les permitían esperar una, dos, tres o hasta cuatro horas parados en una línea interminable. Y no estaban dentro de la oficina, sino afuera, bajo el candente sol tropical de julio.
"¿Y cada mes tienes que venir a hacer esto?", pregunté, incrédulo.
"Cada mes", respondió ella, con resignación.
Cada mes le preguntan lo mismo: Datos, nombre, dirección, clave de empleado, RFC, etc., etc., etc. Y por eso, el trámite tarda. Y por eso, la gente tiene que hacer una enorme fila que los agota.
Un empleado de la oficina salió a la media hora de estar haciendo cola.
"Por favor, necesitan tener su CURP para hacer este trámite", dijo en voz alta y clara. Se escucharon protestas.
"Oiga, pero yo no lo traigo. ¿Habrá problema?", preguntó un jubilado de sombrero.
"Lo siento, necesitamos que tenga el CURP a la mano, su credencial de jubilado y el último talón de su cheque. Es una regla nueva. Si no lo trae, vaya a sacarlo ahorita mismo porque no podrá hacer el trámite".
Protestas. Lamentos. Resignación. Varias personas abandonaron la fila, moviendo la cabeza con incredulidad. A pesar de haber estado mucho tiempo esperando.
Para aquellos "paisanos" que emigramos hace años de México, el mentado CURP nos parece algo raro y extraño. ¿Qué es eso? Suena a eructo. Pero averiguamos que se trata de la nueva cédula de identificación del Registro de Población del gobierno de México. Para muchos mexicanos ya es algo normal, pero para los "paisanos" es un descubrimiento.
(Sobre todo porque recordamos que, cuando todavía vivíamos aquí, hace años el gobierno anunció con bombo y platillo que el Registro Federal de Causantes, o RFC, iba a ser la última novedad en identificación. Que ya no ibamos a necesitar nada más, que todo trámite se haría con eso, únicamente. Luego, pocos años después nos salieron con que siempre no, con que el RFC no iba a ser, sino que todo se haría con la credencial de elector. Sacamos nuestra credencial. Ahora nos vienen con que siempre no: Ni el RFC, ni la credencial van a servir. Pero, ¡oh,sorpresa! No tenemos que preocuparnos por eso, porque para esto está el CURP. Este sí, va a ser EL documento "definitivo". Ajá. Yo ni CURP tengo. A ver qué se le ocurre al sucesor de Vicente Fox. Seguramente una tarjeta del Seguro Social, como en Estados Unidos. O una Tarjeta Universal de Bautismo, TUB. O vaya usted a saber. Y el CURP quedará relegado a un cajón, echando telarañas junto a la credencial de elector y el RFC.)
"¡Este pinche gobierno! El chiste es fregar gente", comentaba otro jubilado, quejándose de que tampoco tenía el CURP.
Es en estos momentos de laberintos kafkianos de la burocracia mexicana, cuando me arropo con un arranque de malinchismo, y me pregunto cómo es que los "gringos" no se andan con tanto embrollo. Sin tanto borlote burocrático, siguen teniendo un sistema de trámites muchas veces más efectivo, rápido y eficiente que en México. Guardadas las proporciones, claro.
A veces, por supuesto, en Estados Unidos los trámites son demasiado ambulosos. El burocratismo existe, aún al norte de la frontera, y cuando nos atrapa entre sus garras la experiencia puede ser incluso más espantosa que en México.
Pero hay que ser sinceros, los gringos nunca van a ser tan burocráticos como en México. Por una simple razón: A ellos no les gusta batallar.
Escenas como la de la oficina de jubilación serían muy difíciles que ocurrieran en Estados Unidos, pensé para mis adentros mientras lidiaba con el calor, el sol, la interminable línea y trataba de sostener a mi madre para que no se cayera del cansancio.
Ocurren, sí, en oficinas como el Servicio de Inmigración, donde el trabajo es devastador. Pero cada vez menos.
"A los gringos no les gusta batallar", repetía entre dientes.
Y siempre ha sido así en la historia de Estados Unidos. Por ejemplo, en siglos pasados las oficinas de gobierno e incluso las corporaciones privadas americanas echaron mano de una novedosa forma de comunicación: El correo. Era una novedad entonces, pero facilitaba todo. Millones de cartas, peticiones, solicitudes y documentos importantes usan desde entonces el correo como medio de enlance de manera cotidiana. La gente no necesita trasladarse de un lado a otro. Todo mundo hace sus pagos de servicios de luz, agua, teléfono y hasta de tarjetas de crédito por correo: Simplemente meten un cheque en un sobre, le ponen el timbre y lo envían.
Esa fue mi primer gran sorpresa cuando llegué a Estados Unidos.
"¿Y no tienen miedo de que no se reciba el pago? Que se roben el cheque en el correo, que lo reciban pero no lo adjudiquen a la cuenta... No sé. Tantas cosas que pueden pasar", preguntaba incrédulo, tras haber sufrido experiencias terribles con el correo en México.
Todo el mundo me veía como si acabara de salir de una cueva.
"Claro que no", me respondían. "El correo envía el sobre. La empresa recibe el cheque. Lo cobran y me adjudican el pago a mi cuenta, así de sencillo. Y me ahorro el ir hasta el banco a pagar".
Más ojo cuadrado.
Recordé entonces con tristeza los inumerables problemas que tuve en México para recibir libros por correspondencia. Cómo se "perdían" en el correo, cómo los pagos "nunca llegaban", cómo era imposible confiar en el Serpomex.
¡Y en Estados Undos mandaban cheques por correo así como así!
A los gringos no les gusta batallar.
El correo en Estados Unidos agarró fuerza en el siglo XIX. Luego, a medidados del siglo XX los pagos y trámites progresaron aún más: Se pudieron hacer ¡por teléfono! Ya no necesitabas ni siquiera una estampilla. A partir de entonces, sólo marcas un número telefónico, dices tu cuenta, solicitas hacer un pago, das el número de cheque, te descuentan la cantidad y ya. Así como así.
Elvira, la secretaria de una oficina donde trabajaba, me lo enseñó un día cuando llegó la fecha límite para el pago de su tarjeta de una tienda. Se le olvidó enviar el cheque por correo. No quería pagar tarde (porque le iban a cobrar 30 dólares de recargos). Así que tomó su teléfono, marcó el número de servicio al cliente de la tienda, y pagó su cuenta. Así de sencillo.
"El teléfono es una maravilla", sonreía Elvira, a sus ocho meses de embarazo.
"A los gringos no les gusta batallar", pensé. Ni a Elvira.
Luego, vino internet. Como por arte de magia, uno entra en la página de la tienda donde debe aquella prenda, o del banco que le expidió su tarjeta de crédito. Hace el pago por computadora y listo. Se pueden comprar un mundo de cosas, cargarlos a la tarjeta y llegan como si nada, hasta la puerta de la casa, como si yo hubiera estado allí mismo en la tienda con el dependiente, escogiendo el libro deseado, el disco compacto que tanto buscaba o el juguete de moda que mi hijo añoraba para Navidad y que no encontraba en ninguna juguetería de la ciudad. Click, click, pum, zas. En cinco minutos termina el proceso, con unos cuantos clicks del ratón me quitaban la cantidad de mi cuenta y enviaban el producto. Hasta ahora, todo lo que he comprado por internet me ha llegado tal y como lo pedí, al precio convenido (¡o hasta con descuento por usar el internet!) y llega de manera rápida y bien. Toco madera.
Claro, a las empresas les conviene. En lugar de tener empleados pagados por hora, y construir o mantener costosas tiendas de ladrillo, es mucho más económico tener una computadora encendida las 24 horas, sólo recibiendo pedidos de todo el mundo.
Ahora manejo casi todo por computadora. Ya no uso timbres. Sólo hago los pagos por internet o teléfono. Desde mi casa, sin ir a ver caras de empleados municipales, y sin ir a la tienda. Hasta sábados o domingos, a las 3 de la madrugada puedo hacer mis trámites.
A mí tampoco me gusta batallar ya...
Mi amigo Armando me visitó en Texas hace algún tiempo. Le pedí un día que me acompañara a cambiar mi cheque de pago. Fuimos en mi carro al banco. Armando se imaginaba la escena típica de un banco de México: Colas y más colas, empleados que ponen trabas, perder media mañana.
Llegamos al banco. Ni nos bajamos. Pasamos por el auto-cajero. Firmé mi cheque, lo metí en uno de esos tubos neumáticos, lo mandé hasta un cajero humano que nunca ví y me regresaron dinerito contante y sonante. En un total de cinco minutos.
"¿Ya? ¿Es todo?", se sorprendió Armando.
"Sí, claro. Así se hace aquí. Rápido, fácil y práctico. Sin bajarnos del carro", comenté, alegre también de no haber perdido el tiempo. "Ya sabes, a los 'gringos' no les gusta batallar".
Pero llego a México de vacaciones y la cultura cambia. Para pagar algo uno tiene que ir hasta la ventanilla del banco o de la tienda. Hacer cola. Pelearse con un empleado que anda de malas. Para cobrar un cheque uno debe presentar hasta la carta a Santa Claus (por triplicado, y a ver si te lo pagan). Para hacer un trámite en la oficina de jubilados uno debe tener hasta el CURP, y de pilón hacer cola por tres horas bajo el inclemente sol tamaulipeco.
A los mexicanos sí nos gusta batallar.
A mucha gente le encanta recordarme que Estados Unidos no es la octava maravilla del mundo. Lo sé. Es un país con muchísimos defectos, algunos terribles, que ojalá nunca le ocurran a México.
Pero hay que reconocerles que, en su afán por simplificar los horrendos trámites burocráticos, los americanos le hacen la vida más feliz a todos. Hasta a los propios burócratas.
¿No podremos imitar, de perdido, algo bueno de los gringos? Por ejemplo, podemos comenzar trasquilando los horripilantes trámites. ¿Qué nos falta, si toda la tecnología ya está ahí, y es accesible? Teléfono hay. El Servicio Postal Mexicano puede ser mejorado. Hay muchos ciber-cafés con computadoras al alcance de todos, con rentas baratas.
Quizá nos falta voluntad, pensé mientras llegaba a mi tercera hora haciendo cola en la oficina de jubilados. Quizá los mexicanos necesitamos ser complicados, ponerle trabas a todo, hacer colas, batallar, pelearnos con los empleados o si somos empleados, pelearnos con los clientes.
En síntesis, joder al prójimo. ¿En verdad así nos gusta vivir? ¿Es parte de nuestra "idiosincracia"? ¿De nuestros "usos y costumbres"?, pensé con tristeza.
Volvió el empleado de la oficina. Habló de nuevo a todos:
"Perdón por la tardanza. Hacemos lo posible. Todos estos problemas van a ser sólo hoy. Les pedimos el CURP porque vamos a vaciar toda esa información en la computadora, y les vamos a sacar una foto digital, para una nueva credencial de jubilados que van a recibir en este mismo momento."
"¿Y para qué?", me ganó otra persona la pregunta.
"De ahora en adelante, no van a necesitar hacer esta cola. Con la nueva tarjeta digital, solo van a pasarla por un escáner y automáticamente van a detectar sus datos. Ya no tendrán que tardarse tanto, ni hacer tanta cola. Y van a agilizar mucho el trámite para ustedes y nosotros", explicó.
De pronto, retiré todo lo que había pensado mal de México.
Quizá sea verdad, pensé. Por fin.
A los mexicanos ya no nos está gustando batallar.
Hay esperanza.

E-mail: cfzap@yahoo.com

viernes, mayo 27, 2005

El profesor que odiaba a Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - El profesor César siempre odió a "eso pinches gringos", como decía.Desde su juventud, el profesor César estuvo influenciado por las ideas socialistas de su padre, un sastre tamaulipeco que se la pasó organizando sindicatos en todo su estado. Ese espíritu combativo, izquierdista y entregado a las causas sociales lo heredó el profesor César.
Como buen izquierdista, el profesor odiaba todo lo que oliera a capitalismo, a derecha y a Estados Unidos. Y no perdía momento en expresarlo de la manera más ruidosa y directa posible, con quien se le pusiera delante.
Igual que muchos mexicanos y latinoamericanos.
Y precisamente como muchos latinoamericanos, la vida del profesor César también estuvo llena de contradicciones respecto a su relación con Estados Unidos: Por un lado, odiaba a ese país, a su política exterior, su sistema de vida y sus valores. Pero por el otro, siempre admiró las series de televisión y las películas de Hollywood. Sobre todo las policiacas y de guerra.
El profesor criticaba a Washington, a la bandera de las barras y las estrellas, y hasta las hamburguesas... pero al mismo tiempo era un fanático enamorado del béisbol, y hasta una vez expresó su gusto por la música country.
Se opuso a la guerra de Irak con la misma fuerza y enojo con que lo hizo con la de Vietnam. Despreciaba al militar americano, pero reconoció la ayuda ofrecida por el ejército gringo durante el huracán de 1955.
No había quién le ganara a bailar swing (ni entre mexicanos ni gringos), y le encantaba la música de grandes bandas.
Acusaba a los americanos de ignorantes, racistas, intolerantes y cerrados de mente, pero al mismo tiempo disfrutaba con las canciones de Elvis Presley a pesar de que éste fue el típico americano ignorante, racista y cerrado de mente.
A diferencia de muchos que odian a Estados Unidos, el profesor sí lo conoció. Siempre contaba con gracia y hasta añoranza sus andanzas cuando a los 17 años se escapó de su casa para venirse de 'mojado'. Llegó precisamente a Fort Worth, Texas, muy cerca de Denton, donde su padre (el sastre comunista) años atrás había trabajado instalando líneas férreas.
Para rematar las contradicciones, uno de los hijos del profesor se hizo emigrante, y vive desde hace años en Texas. Cada vez que el profesor recibía a su hijo, lo saludaba efusivamente, con besos y abrazos... para después enfrascarse con él en airadas discusiones contra "esos pinches gringos".
"Nada mas porque tú estás allá, pero si por mí fuera, me gustaría mucho que a todos en ese país se los llevará la fregada", le decía a su hijo.
En México, hoy en día, hay muchos otros profesores César, que igual odian a Estados Unidos, pero quienes tienen sus vidas intimanente ligadas a este país, directa o indirectamente. Les guste o no. Ya sea por hijos, por familia o por simples gustos o disgustos.
Días atrás, el profesor estaba molesto, deprimido. No comía, no quería levantarse, casi no hablaba. Su familia le había dicho que por su condición, no iría en verano a Estados Unidos a visitar a su hijo el "paisano"..
Bastó una llamada del hijo emigrante para cambiarle el carácter: "Saca tu pasaporte y tu visa y ven a visitarme en diciembre. Yo voy por ti a la frontera", invitó el hijo al profesor.
Cuenta la familia que tras esta invitación, el carácter del profesor cambió. No, no refunfuñó ni rezongó contra Estados Unidos. En cambio, comenzó a comer, se animó y comenzó a hacer planes para sacar su visa lo antes posible.
Quería venir a Estados Unidos, a ver a su hijo. No importaba que de paso tuviera que ver a "esos pinches gringos".
Pero el profesor no pudo realizar su viaje. Falleció la semana pasada. Yo tuve que ir de emergencia a México, a darle el último adiós.
Porque fue mi maestro. No cualquier maestro: De hecho, fue el primer y más importante maestro que tuve, no solo en la escuela, sino en la vida.
Gracias a él soy lo que soy, y hasta lo que no soy. Y por eso siempre estará conmigo, en mi corazón.
Descansa en paz, papá. Te queremos.

Los "otros" mexicanos: Los de Primer Mundo

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - La semana pasada tuve que hacer un viaje relámpago de emergencia a México. Como no había tiempo para irme en carro o en autobús (como generalmente mi proletaria condición amerita), tuve que tomar una drástica decisión.
"¡Me voy a tener que ir en avión!".
Batallé para darme cuenta de la necesidad de hacerlo. Pero con todo, esto fue lo más fácil.
Lo más difícil fue conseguir lana para pagar el boleto.
Como pude, pidiendo prestado y escarbando el cochinito, pude comprar un boleto de última hora. Me llevaron al aeropuerto y me paré en la fila de la compañía AeroMéxico, en el aeropuerto Dallas-Fort Worth.
Para mi extrañeza, la fila para documentar en el mostrador de AeroMéxico estaba llena, en ese mediodía. Muchas familias, con hijos y montones de maletas esperaban su turno.
La inmensa mayoría de los que esperaban en la línea eran rubios, de ojos claros. Gente delgada, bien vestida. Blanca. Blanquísima.
"Típicos gringos", pensé.
Ahí, en mitad de la fila, me pregunté porqué iba tanto güero a México. Después de todo, a cada rato los medios en Estados Unidos mencionan los narco-asesinatos, la inseguridad y los secuestros. Además de todas las broncas del embajador Tony Garza y hasta el escándalo de "los negros" que no quieren trabajar, según Vicente Fox.
En esas estaba, cuando escuché a una familia de "gringos" hablar entre ellos.
"A ver, pásame esa maleta, para buscar los boletos", decían.
Volteé a ver hacia otro lado de la fila. Una joven (rubia, alta, de ojos azules, típica "gringa") conversaba con sus papás.
"¿Se acuerdan del restaurancito tan bonito, en Nueva York? ¿A poco no estaba padre?".
Volteé de nuevo hacia otro lado, donde habían dos chiquillos (rubios, de ojos azules, bien vestidos), platicando entre ellos.
"Deja de fastidiarme, latosa", le decía el niño a su hermanita, quien le respondía. "¡Tú comenzaste!"
Tardé un tiempo en darme cuenta de lo que pasaba: Todos esos "gringos" que me rodeaban en la fila de AeroMéxico, no eran tales... ¡Eran paisanos! ¡Mexicanos!
Gente como yo, como usted. Como nosotros.
¿O no?
Tardé otro rato en desechar este pensamiento. Es cierto, estas gentes eran mexicanos, sí. Pero no eran como yo. No eran los típicos "paisanos".
No, estaba rodeado de la élite. Los mexicanos de la "alta". Los que habían venido a Dallas "de shopping", por gusto. No por necesidad. Porque tienen el dinero para hacerlo cuando les viene en gana.
No dejé de notar la ENORME diferencia de estos "paisanos" con los OTROS "paisanos" que también estábamos en ese momento en el aeropuerto.
Por principio, estos mexicanos de la fila platicaban de sus viajes por todo el mundo. Son los que llevaban como veinte maletas y velices, llenos de "souvenirs". Que habían ido a esquiar a Colorado, a cenar a un restaurante de lujo a Nueva York, a pasar un "weekend" a Disneyworld.
Éstos eran los mexicanos con pasaporte, con visa de turismo. No vivían en Estados Unidos, sino en México. Pero van y vienen por la frontera como Juan por su casa, sin contratar coyotes ni pasarse
Estos mexicanos se quedaron en México, porque les va bien. Ganan bien. Tienen propiedades, dinero en el banco, empresas. Son gente "bien". Ricos, en una palabra.
Mientras tanto, por ahí cerca estábamos también los OTROS mexicanos.
Muchos de éstos no tenían visa ni pasaporte: Son residentes permanentes, o ciudadanos americanos. Algunos quizá son indocumentados.
También son mexicanos, pero hasta ahí terminan las similitudes. Fuera de la nacionalidad, estos dos grupos son tan distintos que pueden ser de dos países diferentes. O planetas.
Estos mexicanos son más morenitos, más bajitos. Visten más sencillo (generalmente uniformes de trabajo). Y a pesar de vivir en Estados Unidos, y ganar en dólares, quizá nunca tengan dinero para viajar a Disney World, irse a tomar un café a Nueva York, y mucho menos a esquiar a Colorado.
Son los mexicanos que vinieron a Estados Unidos no de vacaciones, sino a trabajar.
Ahora, debo aclarar algo. Yo no tengo nada contra la gente "bien". No promulgo la lucha de clases, ni el lema de "proletarios al poder", ni la teología de la liberación, ni "revolución o muerte". No por "reaccionario" ni "entregado", sino por realista: Me he dado cuenta de que quienes salen con esas cantaletas, generalmente terminan más forrados que Rockefeller, a costa del idealismo (¿o inocencia?) de sus seguidores. (Caso típico: Fidel Castro.)
Pero sí me dió un no-sé-qué al notar la enorme diferencia entre mexicanos.
Y aunque los gringos nos vean a todos iguales, estoy seguro de que los primeros que protestarían y marcarían las diferencias serían precisamente estos mexicanos "bien", quienes se sentirían insultados al ser confundidos con "mojados".

¿Quiere volverse 'mojado acaudalado' en EU? Primero haga números

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Los mexicanos, y latinoamericanos en general, lo primero que pensamos cuando queremos emigrar a Estados Unidos es: "Voy a hacer un chorro de lana".
¿Cuánto puede un mexicano ganar en Estados Unidos? ¿Cuánto puede usted ganar, si se viene para aca? ¿Cuánto precisamente?
Veamos:
El salario mínimo en Texas es de 5 dólares con 15 centavos, por hora. 40 horas a la semana, mínimo, según cifras del Departamento del Trabajo de Estados Unidos.
Esto varía de estado a estado. En California, por ejemplo, el salario mínimo es de $6.75 hasta $8.50 por hora. También por 40 horas a la semana.
Dejemos el promedio en 6 dólares, para todos. O sea, casi 70 pesos que usted puede ganar si trabaja en Estados Unidos.
No, no 70 pesos diarios: 70 pesos POR HORA. 50 dólares al día, si trabaja 8 horas. Casi 600 pesos mexicanos.
Esto son los salarios mínimos. Depende también de la profesión, empresa y experiencia.
Por ejemplo, si usted trabaja en la construcción (como lo hace buena parte de los paisanos), espere sueldos más altos: Los ladrilleros ganan unos $20 la hora. O sea $160 por día. (Como 1,800 pesos).
Un obrero general ganará de $11 a $13 por hora. En promedio, en la construcción se gana unos $17 por hora.
En las fábricas, los obreros y ensambladores sacan de $12 a $15 por hora. Si es supervisor, puede ganar hasta $21.
La gente que trabaja en granjas, o en el campo gana desde $7.50, hasta $18 si es supervisor.
Los conserjes y personal de mantenimiento ganan entre $8.50 a $9 por hora. Los jardineros de $9.59 a $10.39. Los mecánicos unos $16.
Los meseros se llevan como $7 por hora, mas propinas (aunque a veces el salario es menor, si saca buenos 'tips'). Un cocinero saca desde $7 hasta $15 la hora. Un lavaplatos puede ganar hasta $7.45.
¡Qué salarios tan altos!, dirán. ¡Un lavaplatos saca casi 8 dólares la hora (como 90 pesos)! O sea 64 dólares diarios. ¡700 pesos mexicanos al día por lavar trastes!
Momento. Suelte esa maleta. No desempolve su pasaporte.
El asunto no termina aquí. Estos salarios sólo son la parte amable del asunto. En la práctica, existe el otro lado de la moneda, del que nunca nos platican los "paisanos" que viven aca y que nos presumen de sus sueldazos cada vez que van a México para apantallarnos.
Hay que tomar en cuenta un pequeño detalle: Los gastos de vivir en Estados Unidos. Se gana en dólares, pero también se gasta en dólares.
Por ejemplo, están los impuestos. A diferencia de México, aca todo mundo paga impuestos. Y no porque quiera, o porque sean buenos ciudadanos. No, los descuentos ya vienen en su cheque de pago. Y a veces son despiadados.
(Hay a quienes les pagan por honorarios, sin descuentos. Pero esto no quiere decir que están exentos, pues tarde o temprano les van a caer.)
A ver, saque una calculadora, o un papel y lápiz. Hagamos números:
Por ejemplo, si usted emigra, y consigue una chamba en Estados Unidos, donde le paguen 15 dólares la hora... serán 480 a la semana, si trabaja 40 horas. A eso quítele los impuestos, deducciones por servicio médico, seguros (si lo tiene), y otros.
Total, un descuento de 100 dólares a la semana. Eso si es una persona con dependientes (hijo, esposa, etc. Si es solo, le quitan más).
Le entonces quedan sólo 380 dólares. "Libres de polvo y paja".
Bueno, con eso la hago, dirá usted. Es bastante de todas maneras. Casi 4 mil pesos mexicanos a la semana.
Momento. Aún le faltan otros pequeños "detalles" : Tendrá que buscar un sitio dónde vivir. No importa que se arrejunte con parentela, todos le cobrarán de perdido algo para la renta.
Un departamento de un cuarto, baratito, le sale en Texas como 400 dólares al mes, mínimo. Si es de dos recámaras, serán unos 600 dólares. Mínimo.
Y me refiero a departamentos baratitos, en barrios no muy buenos. Más bien amoladones. O sea que no espere ver güerotas manejando convertibles en la tienda de la esquina, como se ve en películas de Beverly Hills. Más bien espere ver patrullas haciendo redadas, o escuchar balazos en la madrugada. ¿Qué esperaba a ese precio?
Aparte piense en el pago de la luz: Le saldrá como unos $100 al mes, o menos, dependiendo de cuánto gaste. Algunos departamentos ya traen el gasto incluído. Otros no.
O sea, de esos $380 que ganó a la semana, debe apartar de perdido $80 para renta y luz, cada semana. Le quedarían como $300.
Ta güeno, dirá. Aún así es un fregadal.
Péreme. ¿Cómo va a ir a trabajar? Si vive en Texas o California, no puede andar a patín. La zona metropolitana de Dallas-Fort Worth, por ejemplo, tiene 9 mil millas cuadradas (más de 14 mil kilómetros). Es más extensa que todo el estado de Querétaro. Imagínese andar en camión o a pie, una tortura.
En Estados Unidos, casi todo mundo debe comprar un carro, si quiere moverse. Ya no para figurear, sino simplemente para ir a trabajar.
No necesita un carro nuevo, claro. Un carrito viejón, digamos de 5 años atrás le servirá, y le costará como unos 5 mil dólares. O hasta menos. Si consigue crédito le puede salir "bara", pero acuérdese de que va a llegar aca de mojado, sin seguro social, ni residencia permanente ni historial de crédito, o documentos que le permitan sacar financiamiento.
Así que tendrá que ir a un lote de carros de segunda, donde seguramente le hincarán el diente con un alto interés desde el principio. Puede esperar pagar mínimo unos $160 al mes, más intereses, por el carrito, por unos dos años, y eso si paga unos mil dólares al chas-chás.
O sea, serán como 50 dólares a la semana. Le quedarán entonces $250 dólares.
Pero necesitará vestirse. Aunque sea ropita usada, de segunda mano, cuesta. Un pantalón barato le sale mínimo 10 dólares. Y eso en oferta. Una camisa puede costarle mínimo 7 dólares, unos zapatos unos 30 dólares si no es muy exigente. Pero si necesita ropa para el trabajo deberá comprarla resistente, lo que le saldrá más caro.
Si se compra un pantalón y una camisa cada mes, y unos zapatos de vez en cuando (y me estoy yendo bajito), necesitará invertir de perdis 200 dólares repartidos en seis meses. (Sin contar extras, como ropa interior- menos que quiera andar a ráiz-, calcetines, etc.)
O sea, como 25 dólares a la semana, si lo divide. Le quedan 200 dólares. Con eso la hago, pensará.
Le falta algo: Aún no ha comido.
Si es frugal, y tiene quién le cocine, podrá ahorrar bastante si va al súper, a Wal-Mart o a Fiesta. Comprando sardinas, comida enlatada y verduras puede pasársela.
Pero eso es lo ideal. La realidad en cambio, es que la mayoría de los inmigrantes somos hombres solos, que dejamos a la familia en México. Trabajamos todo el día, y por eso muchos comemos en la calle.
En McDonald's, por ejemplo, el paquete más barato le sale en $4.50 dólares. Y eso si usted no traga como mastodonte. Si es de buen diente, necesitará más que eso, o atiborrarse de refresco. Pero pongamos que necesita 5 dólares por cada comida. Son 15 dólares diarios si come tres veces.
Allí ya se le fueron 100 dólares a la semana. Le quedan 100 dólares. Como mil pesos a la semana. Lo cual no está mal... para México. Pero recuerde que está en Estados Unidos.
¿Y la gasolina? Quite de perdido 25 dólares a la semana. Si le gusta andar dando el rol con los cuates, va a gastar más. Si le encantan las "trocas" de ocho cilindros esos 25 dólares pueden ser 50 ó hasta 100. Pero pongamos $30, como promedio. Le quedan 70 dólares.
Pero acuérdese que necesita comprar seguro de auto. Es obligatorio, no es de que quiera. Si lo detiene un policía, puede esperar una multota de 200 a 500 dólares por no tener seguro, si no es que le quitan el auto y se queda con la deudota de pagarlo.
Hay que pagar al menos 80 dólares al mes en seguro, y eso usando el plan más básico. O sea 20 a la semana. Le quedan 50 dolaritos.
50 dólares, libres de polvo y paja, de esos 480 originales es algo, dirá. Ya la hice.
¿Y qué, no les va a mandar algo a la familia en México? ¿O qué, lo mandaron acá de vacaciones? ¿Todo pa'Miguelito? Claro que no.
¿Cuánto necesita su familia para sobrevivir en México? Usted haga cuentas. Cada caso es distinto, pero tome en cuenta sus gastos en México: Renta, luz, agua, comida, ropa, uniformes, zapatos y cuadernos pa' los chiquillos.
Le quedan 50 dólares cada semana. Serían como 100 a la quincena. 200 dólares al mes.
El paisano promedio envía entre 250 a 350 dólares al mes a México. A veces hasta más. Si a usted le quedan $200 al mes, eso será lo que tendrá que mandar, ¿no?
¿Quihubo? ¿Ya sacó la cuenta? ¿Su familia vivirá bien con 3 mil pesos al mes?
Hay que aclarar que estas cifras no se basan en un cálculo matemático exacto. Es, como dije, una aproximación, no de un experto economista, sino de un mexicano que vive y trabaja aca desde hace años.
Estas cifras tampoco toman en cuenta que usted sea gastador. Que usted sea tragón, o que le guste vestir bien. Tampoco que le dé por irse de borrachera cada fin de semana con los cuates, ni que le entre a los cigarros.
No, este presupuesto se basa en un estilo de vida frugal, casi como de monje tibetano. Subsistiendo con lo básico.
Hay otro aspecto que no incluímos: Deudas. Tiene que pensar en pagarle al pollero que lo traiga. Esos cobran generalmente de 1,500 a 2,500 dólares, una parte antes y el resto al llegar. Y eso lo debe descontar de su salario.
Además, estamos suponiendo que usted va a hallar chamba luego luego, lo cual no siempre pasa. Y que le van a pagar un sueldo de 15 dólares a la semana, lo cual no es raro pero tampoco es tan común. Si agarra chamba de lavaplatos, su salario se reducirá entonces a la mitad.
Estas cifras son para el mejor de los casos. No siempre sale igual. Siempre hay gastos imprevistos, que dan al traste con cualquier presupuesto. Por ejemplo, que se caiga en la chamba y se rompa una pata, o que se le desviele el carro por destartalado.
Bueno, ¿ya hizo bien sus números? Viendo todo esto, ¿le sigue costeando el riesgo de venir hasta aca, arriesgando su vida (o la de su familia) en el desierto? ¿Enfrentándose al calor, la sed, los asaltantes, la Migra?
Si aún después de sumar y restar cree que vale la pena venirse, de todas formas piénselo bien. No soy aguafiestas, pero alguien tiene que hacerla de abogado del Diablo. No todo lo que les cuentan los "paisanos" que van a México de vacaciones es siempre cierto.
El cuento del "mojado acaudalado" puede sonar bonito, y hasta hacerse realidad de pronto. Pero para la mayoría de los inmigrantes, ese "mojado acaudalado" nunca pasará de ser una canción grupera. Nada más.

Transplantes en EEUU: ¿No para inmigrantes?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Diego Vásquez tiene una mirada algo rara.
El joven de 17 años, originario de San Luis Potosí, es muy delgado, moreno y se ha rapado la cabeza, como casi todo jovencito de su edad en Texas.
Lo que se queda en la memoria es su mirada: Sus gruesas cejas techan dos ojos cafés claros que se clavan en la gente como taladros. Uno no sabe si esos ojos muestran emoción, calor o dureza.
Seguramente dureza. Dureza ante una vida que, hasta el momento, le parece incierta.
Diego no tiene riñones, y puede morir en cualquier momento.
Hace apenas un par de años, Diego era como cualquier muchacho hispano en Dallas. Iba a la escuela, y tenía planes para su futuro. Luego, un día, sufrió un desmayo. Luego otro. Cuando llegó al hospital se dio cuenta de que los médicos no se ponían de acuerdo sobre su padecimiento.
Le fallaron varios órganos, incluso el hígado y hasta el corazón. Ello lo llevó a padecer varias operaciones de urgencia, que le tuvieron al borde de la muerte.
Tras varios estudios, el diagnóstico fue dado a conocer: Los riñones de Diego habían fallado, y estaban dañando todos sus órganos. Necesitaba un transplante. Y rápido.
Claro, un transplante no es un procedimiento que se dé de un día para otro, hay obstáculos. Y si para el ciudadano norteamericano promedio es una tragedia, para un adolescente inmigrante de México puede ser casi una sentencia de muerte.
"Primero me dijeron que no había donantes disponibles, que no podían encontrar un riñón para mí", relata Diego, champurreando el inglés con el español, muy a la usanza de los teenagers de acá.
Necesitaba entrar en una lista nacional de donantes, y simplemente no había forma de encontrar un riñon tan rápido.
Los medios hispanos en Dallas fueron alertados, y difundieron el predicamento de la familia Vásquez. Los resultados fueron sorprendentes.
En un par de semanas, la comunidad inmigrante tomó como propio el problema de Diego, y salieron para ofrecerse de donantes. Entre ellos, había una joven mujer mexicana, que trabajaba en una tienda de hamburguesas, y apenas le daba para vivir.
Pero también estaba un obrero centroamericano, recién desempacado de El Salvador, y una secretaria de Ciudad Juárez, de 26 años, que llamó a los periódicos para ofrecer un riñón para el joven.
Sin conocerlo, sin haberlo visto nunca. Por pura solidaridad. Por humanidad.
En total, casi treinta personas (todos del norte de Texas, todos inmigrantes, todos latinoamericanos) salieron al paso a ofrecer un riñón para salvar la vida del joven. Sin esperar nada a cambio.
Pero ahí no acabó el problema.
Al ir a someterse a los exámenes que se exigen a los donantes de órganos, el Children's Medical Center (Hospital Infantil) de Dallas les advirtió a los buenos samaritanos que, en caso de aceptarles su riñón, éste no le sería transplantado a Diego, sino a la siguiente persona en la lista de espera de donantes.
Peor aún, la familia del joven denunció que, a pesar de todo el apoyo que han recibido de varios donantes potenciales, el hospital ni siquiera se ha molestado en incluír a Diego en la lista de aspirantes a recibir el transplante.
El hospital explica sus argumentos: Que los transplantes se dan por estricto orden de la lista. Que sólo los reciben las personas que más urgencia tienen. Que se trata de personas que de verdad están a las puertas de la muerte. Diego, en cambio, a pesar de estar muy mal, aún puede caminar, hablar y salir a la calle.
Pero no por mucho tiempo, teme su madre.
"Lo único que les pedimos es que incluyan a Diego en la lista de transplantes, y hasta ahora no lo han hecho", se queja su madre, la Sra. Esperanza Vásquez, quien solo habla español.
El fantasma de la discriminación no tardó en asomar su fea cabeza. Incluso el propio Diego lo sintió en varias ocasiones, mientras estuvo internado.
Pero las autoridades hospitalarias se apresuraron a negar cualquier caso de este tipo.
En un comunicado, la Southwest Transplant Alliance (Alianza de Transplantes del Suroeste) explicó que las leyes federales limitan el número de extranjeros no residentes que puedan recibir transplantes. La familia de Diego no discutió su estatus migratorio, y su abogado, Domingo García, negó responder a las preguntas sobre el tema, aunque explicó que esto es irrelevante.
"Hace un año se dio el caso de una joven inmigrante mexicana, Jesica Santillán, de 15 años, quien recibió un transplante en North Carolina", recordó. "Ella no tenía papeles".
Jesica, sin embargo, falleció por un error médico después de una segunda operación.
No obstante, la Alianza rechazó por medio de su vocera, Pam Silvestri, que haya discriminación "basada en estatus legal" para transplantes.
En cambio, explicó que los factores importantes que determinan si un paciente puede ser incluído en la lista de transplantes incluyen que la persona sea medicamente elegible y "suficientemente enfermo" para necesitar la operación.
Asimismo, debe tener medios para pagar la operación, ya sea mediante seguro médico privado, Medicare o Medicaid, y tener los medios para continuar con el tratamiento post-operatorio. "Mucha, mucha gente que necesita transplantes al final no consiguen ser incluídos en al lista de espera por alguna de las razones mencionadas", explicó el comunicado.
Aún con todas las explicaciones del mundo, la familia Vásquez, y todos los donantes hispanos que ofrecen sus riñones, todavía no alcanzan a comprender porqué Diego no puede recibir su riñón.Diego, mientras tanto, sigue viviendo como puede. Sin fuerzas, ya ni siquiera va a la escuela. Debe someterse a un estricto régimen de medicamentos y al espantoso tratamiento de diálisis que dura 4 horas, tres veces por semana. Sin riñones, su principal temor es que sus demás órganos se sigan dañando y un día le fallen.
Para la Sra. Esperanza Vásquez, su madre, la cuestión es urgente, y lo resume en una simple frase, más bien una petición: "Por favor, no dejen morir a mi hijo".

Aquellos inmigrantes que no han conseguido el sueño americano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Germán es una persona muy inteligente. Muy capaz.
Es un experto en su pasión: Los deportes. Desde niño, ya mostraba interés en todo lo relacionado con los deportes.
"Mi mamá me contaba que desde los cinco o seis años yo me sentaba frente a la televisión, con un cuaderno y un lápiz en la mano, a ver los partidos de futbol", cuenta sonriendo.
Ni siquiera sabía escribir bien (cometía un montón de faltas de ortografía, pues escribía los nombres como los oía), pero anotaba los resultados de los partidos que veía: nombres de jugadores, equipos, minutos de los goles, acción y detalles.
Su pasión lo llevó a emplearse (qué mas) como cronista deportivo en varios medios locales de su provincia natal en Argentina, donde destacó desde que era adolescente. Pasó por redacciones de periódicos, revistas y estaciones de radio.
Fue gracias a uno de esos medios por los que pudo llegar a Estados Unidos, a cubrir uno de los juegos en los que la selección argentina de basquetbol ganó al equipo americano.
Viendo la oportunidad de estar en la meca de los deportes del mundo, Germán buscó algún empleo.
Parecía fácil. Y aparentemente Germán lo tenía todo: Una carrera destacada. Un conocimiento profundo de su profesión. Era solo, sin esposa o hijos, por lo que no tenía la presión de mantener una familia.
Pero sobre todo tenía entusiasmo, ganas de hacer algo. "Yo vine a trabajar a Estados Unidos, no como muchos otros argentinos", relata. "Los argentinos no se distinguen por querer venir a trabajar: el argentino promedio quiere venir a un puesto ejecutivo. No les gusta ensuciarse las manos".
Al principio logró colaborar con varios medios hispanos de distintas ciudades: Radio, prensa, revistas. Pero nada estable, nada concreto. Solo proyectos, que de la noche a la mañana desaparecían.
El mayor problema: Su falta de documentos.
"Donde quiera se te cierran las puertas, las empresas de medios no quieren contratarte", recuerda. "Como que tienen terror a que se sepa que contratan indocumentados".
Irónico en un país donde los medios se la pasan del lado de los inmigrantes, y cubren con mucho detalle sus vidas, aspiraciones y sueños.
Pero no dan chamba...
Germán comenzó con mucho entusiasmo. Llegó a este país con la idea de doblar el lomo, para trabajar, hacer algo. "Está muy difícil en Argentina".
La misma historia de casi toda Latinoamérica.
Pero ahora, a más de dos años de haber llegado, Germán aún no ve la luz al final del tunel. Y es que, para su desgracia, como a muchos otros inmigrantes que llegaron recientemente, le tocó lo más difícil de la recesión.
Luego se atravesó el 11 de septiembre, la guerra de Afganistán, la de Irak, y el sentimiento antiinmigrante.
"No es nada fácil", comenta un poco desesperado por no encontrar empleo. "La gente piensa que es muy fácil venir a trabajar acá, pero nada qué ver".
A él quizá le ayude su imagen: Descendiente de europeos alemanes que emigraron a Argentina en el siglo 19, Germán tiene todo el tipo ario. Mide más de dos metros, tiene los ojos azules, y la piel blanca. Su pelo tira a rojizo. Podría pasar por gringo aquí y en china.
La bronca es que no habla inglés. Muy poco. Poquísimo.
Su fuerte acento sudamericano tampoco le ha granjeado muchas simpatías entre los mexicanos y chicanos.
Germán ha hecho de todo: Su sueño de hacer crónicas deportivas internacionales desde Estados Unidos debió dejar paso a la urgencia de encontrar un empleo. Cualquiera. Comenzó de lavaplatos en un restaurante mexicano, de donde lo corrió un cocinero porque le cayó gordo. Luego fue a una fuente de sodas, estudo de mesero, y hasta se la ha pasado vendiendo lo poco que tiene para sobrevivir.
Como vivía junto con un compatriota, compartiendo un apartamento, su apuración es conseguir dinero cada mes de perdido para pagar la renta.
A diario checa los periódicos para saber dónde hay alguna inauguración, alguna feria comunitaria, para ir. "Por lo menos dan comida gratis, o un refresco. Con eso resuelvo lo de la comida".
Ahora anda tratando de vender una chamarra (o "campera", como le dice él) por lo que sea. Por lo menos para poder pagar la renta. "No me importa que me la pase sin comer toda la semana".
Como él, millones de inmigrantes latinoamericanos que llegaron apenas hace algunos meses, dos años a lo sumo, se la ven muy duras. Y la noticia de la posible legalización de indocumentados, anunciada por el Presidente George W. Bush y los líderes del Senado, no le hacen mucha diferencia. "Dicen que van a legalizar solamente a los que tengan un mínimo de cinco años viviendo en el país", comenta tristemente por su parte Arturo, un inmigrante peruano. "Con eso nos dejan fuera a mí y a mi familia".
"Luego, piden comprobar que uno ha pagado impuestos por lo menos por cuatro años", se queja Germán. "Yo a duras penas puedo mantenerme".
Por lo pronto, ya se informó que tras el anuncio de la posible regularización migratoria en Estados Unidos, aumentó sensiblemente la inmigración ilegal. Cientos de personas más se animaron a pasar para acá, en espera de poder estar presentes para cuando se anuncie la legalización.
Algunos arriesgan todo: Pagar al "pollero", hacer la peligrosa travesía por el desierto o por el río Bravo, aún a costa de su vida. En pos de una esperanza.
Pocos saben que, de darse, la regularización migratoria tendría reglas muy estrictas: La mayoría de ellos quizá ni siquiera calificaría, por haber llegado recientemente.
Eso si no se mueren o los agarran antes en la frontera.
"Luego viene el problema del empleo", explica Arturo. "Ni siquiera a gente como nosotros, que tenemos ya tiempo aca, conocemos amigos y hemos hecho una vida más o menos normal, nos ha ido tan bien como esperábamos. No nos quejamos, pero no es nada fácil".
Arturo ha mostrado entusiasmo. Descendiente de una familia de panaderos y pasteleros, ni tardo ni perezoso, apenas desempacó en este país se puso a trabajar. Rentó un departamento y comenzó a hornear sus pasteles, panes, empanadas con sabor peruano, y los ofreció de puerta en puerta a sus compatriotas.
"Era muy difícil al principio, porque tenía que trabajar los cinco días de la semana, desde la madrugada", recuerda. "Y luego los sábados y domingos me la pasaba visitando gente, ofreciendo el producto. Terminaba muerto el domingo por la noche, y la mañana del lunes otra vez lo mismo".
Por fortuna, no le ha ido tan mal, y ahora espera pronto asociarse con un amigo para quizá abrir una panadería. Pero, eso sí, que sea peruana.
"De esas casi no hay en Texas. Hay muchos negocios mexicanos, centroamericanos, pero creo que falta una panadería que ofrezca el sabor peruano. Estoy seguro de que hay suficiente mercado", declara confiado.
Las odiseas de estos inmigrantes sudamericanos (como los de otros muchos inmigrantes mexicanos) nos deja pensando. Y no es por desalentar a los inmigrantes potenciales, pero la cosa "está caraja", como dice Arturo.
Cualquiera que opine que es hora de venirse corriendo a Estados Unidos para calificar de inmediato a un permiso de trabajo o una residencia, quizá sueñe sobre una nube. Corre el riesgo de golpearse de frente contra una dura pared de realidad.
Pero más peligroso, es que quizá ni siquiera lleguen a Estados Unidos, y dejen sus esperanzas y las de sus familias en la frontera.
O su vida.

Discriminación: ¿El juego que todos jugamos?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Hace tiempo, un diario en Texas recibió una solicitud para publicar un anuncio clasificado.
Quien contrataba el anuncio era una mujer que buscaba una persona para compartir los gastos de un departamento: Una "roomate", como se dice en inglés.
Como para la mujer sus creencias religiosas eran muy importantes, incluyó sólo un único requisito para el solicitante: Tenía que ser "cristiano".
El periódico no se percató del detalle, y publicó el anuncio.
Cuál no fue la sorpresa del Departamento Legal del diario, cuando recibieron una demanda judicial de parte de una lectora, la cual se había sentido "discriminada" por la dueña del departamento.
En la demanda, la mujer aseguró sentirse "discriminada" porque el hecho de no ser "cristiana" le cerró cualquier posibilidad de co-alquilar ese departamento.
Pero aquí viene lo bueno: De acuerdo con las leyes vigentes, la demanda también le tocaba al periódico que publicó el aviso. Según, por promover "discriminación".
Por supuesto, seguramente por la cabeza de la demandante nunca pasó ningún sentimiento de "discriminación": Quizá el ser o no "cristiana" le importaba un comino. Lo que quería era dinero, y punto. Y como conocía la ley, únicamente tuvo que encontrar a un abogado lo suficientemente ambicioso como ella para entablar pleito.
Tanto el periódico como la demandada llevaban las de perder, claro. Y seguramente lo sabían. Si sus abogados eran lo suficientemente "picudos", podrían haberle dado vuelta a la tortilla y salir airosos (¿se acuerdan del caso de O.J. Simpson, por ejemplo?). Pero sería un juicio largo, caro y no valía la pena. En cambio, se "arreglaron" con la demandante y su abogado afuera del tribunal (léase, se "mocharon", aunque a muchos gringos les horroriza siquiera la posibilidad de que "ésas" cosas también ocurran en este país), y asunto arreglado.
Eso sí, seguramente los ejecutivos del periódico le dieron un cese relámpago al empleado que autorizó ese anuncio, y en adelante se cuidaron de no aceptar otros avisos con tintes "discriminatorios". Se curan en salud.
Las leyes en Estados Unidos se cuidan mucho de prohibir cualquier tipo de discriminación, ya sea por sexo, edad, creencias religiosas, origen y, claro, por raza.
Por ejemplo la ley laboral establece claramente que es completamente ilegal que una empresa o patrón discrimine a empleados (o solicitantes de empleo) por ser mujeres, ancianos, o musulmanes. Si alguno de ellos sospecha que no le dieron la chamba por cualquiera de estos aspectos, muy bien puede entablar demanda y tendrá a la empresa ante los tribunales pariendo chayotes por un buen tiempo. Hay que decirlo, algunas veces las demandas son infundadas, producto de la ambición de uno que otro vivales que busca dinero fácil.
Por eso, los periódicos también se cuidan a la hora de publicar anuncios de empleos. Hay que fijarse bien que no se soliciten "Señoritas" , no "Hombres", ni "Jóvenes" o "Hispanos". (Esos anuncios que uno ve rutinariamente en México - donde se solicita "secretaria, no mayor de 26 años, soltera, buena presentación y sin hijos"- equivaldría, en Estados Unidos, a publicar las instrucciones sobre cómo fabricar una bomba terrorista. Apenas se estaría secando la tinta del periódico cuando ya caerían demandas como una tonelada de tabique sobre quien resulte responsable.
Los inmigrantes hispanos, claro, nos sentimos aliviados. Es cierto que muchos de nosotros somos víctimas de discriminación laboral (y de muchos otros tipos) de manera rutinaria, pero el hecho de que por lo menos la ley lo prohiba, ya es alentador.
Pero también hay que reconocer que hay muchos otros hispanos que nunca han sido discriminados en Estados Unidos. Bastantes más. Aunque no lo publiquen los periódicos.
Tampoco mencionamos las veces en que nosotros, como hispanos, como mexicanos, como inmigrantes, hemos discriminado. Aunque no lo queramos aceptar.
Hasta yo mismo me sacado de onda.
Desde hace unos cuantos meses, el Departamento de Vivienda de Estados Unidos ha estado difundiendo comerciales contra la discriminación en la vivienda, en canales de TV en español. Uno de esos comerciales es excelente: Muestra a un hombre (joven, bien vestido, blanco, delgado y sonriente. Una persona decente. Con acento caribeño) sentado de frente a la cámara. Atrás se él se ve el interior de lo que parece ser un departamento o una casa vacía. Como de renta.El actor avisa al televidente que el Departamento de Vivienda trata de erradicar la discriminación que se comete contra solicitantes de alquileres. Porque la discriminación ocurre en todas partes, de maneras que quizá no reconocemos.
"Hagamos un experimento", pide el actor al televidente. "Imagínese que usted tiene una casa de renta, y yo soy un solicitante. ¿Me rentaría la casa?"
Yo, inconscientemente, pensé. "Claro que sí, ¿porqué no? Se ve decente. Siempre y cuando tenga el dinero del depósito y la renta".
O sea, dentro de nosotros estamos seguros de que no somos discriminadores. Que, como hispanos, somos más "abiertos" que cualquier gringo "redneck" o derechista pro-nazi, de esos que "cazan" mexicanos en la frontera. No, no, cuándo vamos a ser nosotros así, no inventes.
Pero entonces, gracias a la magia del video digital, ese actor del comercial de pronto cambia en un microsegundo. Se convierte ya no en un "decente y bien vestido" hispano (que es la imagen que tenemos de nosotros mismos), sino en un hombre de unos veinte años... Negro. Y no solo negro, sino vestido de manera bastante, digamos, "casual". Casi como pandillero.
Su voz, la misma de antes, nos desafía tranquilamente: "¿Y qué tal ahora? ¿Me rentarías la casa si fuera negro?"
Nosotros estábamos tomando un refresco en ese momento, y el cambiazo casi nos hace atragantarnos.
Antes de que pudiésemos digerir la metamorfosis, el comercial continuó:
"¿Y que tal si tengo acento?", pregunta la misma voz, pero esta vez dentro del cuerpo de un asiático (y digo, de verdad asiático. Chino totalmente, hasta vestido de Mao. Calvo y gordo).
No nos pudimos detener para pensar. La cosa siguió:
El actor vuelve a cambiar de aspecto. Se convierte en un árabe: Moreno, cejón, con un rizado cabello café oscuro revuelto sobre su cabeza. "¿Y si soy diferente?", es la pregunta esta vez.
Luego, vuelve a cambiar. Pero esta vez no es un hombre, sino una mujer hispana. Parece puertorriqueña: Morena, pelo negro, largo, ondulado. No fea, pero tampoco atractiva, debido a que trae ropa vieja, mal arreglada, con una bolsota al hombro y un bebé cargando: "¿Y qué tal si soy mujer? ¿Y si tengo niños? ".
"¿Me aceptarías o me rechazarías?", pregunta al final la voz.
Para concluir (y cuando ya hemos derramado la mitad del refresco en atragantamientos consecutivos, el actor vuelve de nuevo a su imagen original: Amable, joven, bien vestido. Una persona decente.
"¿Lo harías?", es la estocada final.
Yo no sé, el asunto me puso a pensar. No me considero particularmente cerrado de mente, al contrario. Me gusta pensar que soy bastante tolerante y abierto con la gente. De racismo, claro, nada.
Pero los distintos aspectos del actor en el comercial me derribaron los paradigmas que de mí tenía.
Más aún, mucha gente a la que le he preguntado (amigos, familiares, compañeros de trabajo. Hispanos, mexicanos, latinoamericanos, que se consideran amables, buenas gentes, compasivos y nada racistas) coinciden en lo mismo: "A ésos nunca les rentaría nada", determinan.
"No por odio racial, sino por temor", me explica otra persona, tratando de aminorar su sentimiento. "Es que no me gustaría tener problemas".
Ajá. Lo malo es que eso es lo mismo que piensan muchos norteamericanos que les niegan servicios, renta o trabajo a nosotros los hispanos: No es porque sean malos, pero no confían en nosotros. No quieren problemas.
Pero para la ley es igual. Eso es discriminación y punto.
"Todos somos racistas", es la máxima de Marcos, mi jefe, el cubano. "Como seres humanos, todos lo somos", repite. Debo confesar que ahora pienso que quizá no ande tan errado.
Como hispanos, como mexicanos, como inmigrantes, ¿cuántas veces no hemos juzgado a la gente por su aspecto? Incluso dentro de nuestra propia comunidad. Conocemos personas, por ejemplo, que les sacan la vuelta a los centroamericanos por considerarlos "transas".
Claro, muchos dirán: "Pues racista lo será usted. Ya enseñó el cobre. Porque yo, por lo menos no lo soy".
Pero qué pasaría si yo me cambiara de aspecto, me pusiera dentro del cuerpo de un negro hip-hop, o un árabe musulmán, como el del comercial, y le preguntase: "¿Me rentaría un cuarto? ¿Lo haría?"

Los "cangrejitos" inmigrantes

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Ya creo que todos hemos escuchado la famosa historia del cangrejito mexicano que quería salir de la cubeta, ¿verdad?
Por si no la conocen, es la de ese pescador que estaba agarrando cangrejos en un río. Tenía dos cubetas llenas de su pesca, pero una estaba tapada y la otra no.
Cuando alguien preguntó al pescador porqué tenía una cubeta destapaba, respondió: "La cubeta tapada tiene cangrejos normales, que se salen si los dejo. La cubeta destapada, en cambio, tiene cangrejos mexicanos. No necesito ponerle tapa".
Lo que pasaba es que cuando un cangrejito mexicano quería salir de la cubeta, los demás, aparentemente, lo jalaban hacia abajo.
Claro, la anécdota tiene su moraleja: Los mexicanos no aguantamos que otros sobresalgan. Cuando podemos, los jalamos hacia el piso para que se queden a nuestro nivel. Por eso no progresamos, por eso siempre vamos a estar fregados, por eso siempre vamos a ser subdesarrollados, etc., etc...
Bueno, esa historia la he escuchado montones de veces desde que vivo en Estados Unidos. Sobre todo cuando llegué por primera vez acá, y ví la enorme diferencia entre la manera en que viven los inmigrantes mexicanos con respecto a los de otras nacionalidades.
Si uno va a un barrio donde viven, por decir, inmigrantes chinos o vietnamitas, es lo mismo: Casas bonitas, arregladas. En barrios buenos. Casi todos tienen su negocio propio.
Algo muy similar ocurre con los que vienen de la India.
En general, estos inmigrantes tienen un nivel de vida muy superior a los mexicanos.
¿Porqué? Hay una explicación que sale fácil de los labios: "Es que los chinos y los indios se apoyan entre ellos", me explicaba un "experto" todólogo, que para cualquier tema tiene una teoría. "Cuando alguien viene de China, la comunidad hace una 'tanda' para ayudarlo a establecer su negocito, y luego les paga a todos. Igual pasa con otros migrantes, como los hindúes o árabes".
"¿Te has fijado, por ejemplo, que todos los árabes son dueños de un Seven-Eleven?".
Por supuesto, esto no pasa con los mexicanos, continuó. Al contrario: Los mexicanos recién llegados siempre son vistos como carne fresca para aquellos transas con más tiempo en Estados Unidos que buscan abusar de él (o ella).
Confieso que me creí la historia. Y más de una vez la "comprobé" al ver lo mal que se portaba ciertas personas con sus propias gentes.
Pero ahora me convencí de que no siempre es así.
Yo lo comprobé después de que compramos nuestra casa. Es nuestra primera casa en Estados Unidos. Ya saben, el "sueño americano", y todo lo demás.
(Un sueño que nos costó cinco años de trámites, y otro año en broncas con el crédito, con conseguir una hipotecaria buena, un interés decente, etcétera).
Pero bueno, por fin compramos la casita. No es la más bonita que encontramos. Tampoco la más barata, pero por lo menos, es lo que pudimos encontrar basados en nuestros ingresos.
Cuando acudimos a tomar posesión, los defectos comenzaron a salir a flote: La alfombra estaba asquerosa. La cerca del patio trasero estaba prácticamente tirada en el piso, de tan vieja y podrida. Y las paredes del interior brillaban, pero de mugre.
Cuando Arnold, mi cuñado, la visitó, notó algo raro en una pared. Le comenzó a dar pequeñas patadas con la punta del pie en la base de la pared.
Su pie hizo un hoyo sin esfuerzo. En la pared.
Dejó un agujerote, de lo podrido que estaba la madera.
Confieso que la casa se veía muy diferente cuando la visitamos por primera vez. Quizá fuera porque estaba habitada y amueblada. O quizá fuera porque el inspector que la revisó nos vio la cara y nos dijo que todo estaba perfecto.
Ante tal situación, nos dimos cuenta que teníamos dos opciones. O nos peleábamos con la hipotecaria y los antiguos dueños para que arreglaran los desperfectos (lo que implicaría semanas o meses de desgastantes broncas), o pagábamos nosotros mismos de nuestra bolsa los arreglos. Lo que, por supuesto, implicaba desembolsar miles y miles de dólares. (La mano de obra es carísima en Estados Unidos).
Nunca nos imaginábamos que la solución estaba frente a nuestros ojos.
Arnold dijo: "No se preocupen. Yo les puedo ayudar a pintarla. Y de paso, les arreglo esa pared".
En un dos por tres, reclutó a amigos, compadres y familiares. Todos expertos en construcción, pintura, carpintería. Todos de confianza. Todos mexicanos.
Sin cobrar nada (solo las tortas, los refrescos y pa'la gasolina), todos ayudaron en la casa: Cambiaron la pared que estaba cayéndose de podrida. Pintaron toda la casa por dentro, los tres cuartos, mas la cocina, comedor, sala y baño.
"Mira, esta pintura es barata, pero no es buena. Si compras de esta otra, sale cinco dólares más cara, pero te dura más, y es de lujo", me explicaba Arnold en la tienda de pinturas, exponiendo sus secretos profesionales a mi beneficio."Déjame te doy el número de mi cuenta de pintor para que te hagan un descuento".
La pintura me salió más barata que cualquiera que hubiera podido encontrar en cualquier tienda.
Pero eso no fue todo. Haciendo gala de talento, Arnold y asociados hasta se dieron tiempo para darle unos efectos artísticos a los cuartos, "de ésos que sólo hay en casas ricas".
En el patio, nuestro sobrino Jon y el tío abuelo tumbaron a patadas la cerca del patio. Veinte años de podredumbre y humedad. Apenas terminó con la pintura, Arnold dirigió sus baterías hacia el patio.
"Hay una madera muy buena, a buen precio", explicó. "95 centavos por tabla. Puedes comprarla, y yo te instalo una cerca nueva, con puertas y todo. De paso compramos una pintura para que dé el efecto de cedro, y te va a quedar como si fuera una cerca de casa residencial".
La cerca dio más batalla, pero al final, en menos de una semana, estaba levantada. De inmediato el vecino de al lado, un inmigrante chino, comenzó a regatear con Arnold los pormenores de un trabajo similar en su patio.
"Por lo menos te van a caer chambas aquí", le dije.
De pilón, arreglaron los desperfectos menores que había, como cerraduras y apagadores de luz.
En menos de un mes, la casa estuvo mejor que antes, sin desembolsar gran cosa, solo para el material usado (pintura y madera).
"Oye, no tenemos para pagarles", le advertimos a Arnold, señalando a sus ayudantes.
"No se preocupen, ellos me ayudaron hoy. Cuando ellos tienen algún pariente que necesita ayuda, yo voy y no les cobro. Todo queda en familia", respondió.
Por supuesto, estas actitudes dan al traste con la teoría de los cangrejitos. Arnold, quizá por ser familia, estaba hasta cierto punto comprometido a darnos una mano, pero igual no era su problema. Podría haber hecho el esfuerzo mínimo para no quedar mal, "y háganle como quieran".
Pero no, le echó todas las ganas. Y sus amigos también. Sin ser familia. Por pura solidaridad.
Lo curioso es que, a pesar de lo que se diga de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, esta actitud es común: Somos tantos, que siempre tenemos alguien, un Arnold, que nos ayude con una bronca.
En otras comunidades quizá a los recién llegados les ayuden instalándoles un negocio, como con los asiáticos. Quizá entre los hindúes es común tener familiares abogados (que les ayuden con cuestiones legales) o médicos (que les ayuden con su salud).
Nosotros los mexicanos siempre tenemos alguien que sabe de carpintería. O de construcción, o de plomería, o de jardinería. O de mecánica.
Tal vez estas personas no tengan profesiones con el "glamour" de las familias asiáticas, pero igual siempre están dispuestos a ayudar a parientes o amigos que tienen un problema, sin cobrar.
Cuando vimos que había una gotera en el techo de la casa (¡otra bronca!), supimos que podría convertirse en un problema serio a la larga. Mi esposa de inmediato lo comentó a un conocido de la iglesia, quien casualmente es techero. Llegó en su motocicleta y revisó el problema sin cobrar.
"No se preocupe", explicó. "Nosotros le podemos ayudar, le podemos poner un parche en la teja, o cambiarla. Yo tengo tejas que me han sobrado, eso lo hacemos rápido".
Mientras se subía a su Harley-Davidson, y encendía el motor, agregó: "Y si tiene problemas con la plomería u otra cosa le puedo llamar a mi hermano, él sabe de éso".
Luego, vimos la alfombra. Era un asco. Le comentamos eso a unos compadres. "Oiga, nosotros conocemos a un amigo de un compadre que pinta alfombras. Le puede cobrar barato, si yo lo recomiendo", nos dijeron.
Luego, Lupe, nuestra otra cuñada, nos recomendó a una persona, un jardinero, que ayudaría al mantenimiento del jardín y el pasto. Cobrando poco, claro. Por ser amigo.
Así, haciendo uso de la red de ayuda de la familia, hemos estado saliendo poco a poco de las broncas.
"Gracias, Arnold", le dijimos al salir.
"No hay tos. Oye, por cierto, tengo algunas broncas con la traducción de un contrato. ¿Me puedes echar la mano para pasarlo al inglés?"
Nosotros no sabemos nada de albañilería. Somos unos inútiles a la hora de arreglar el sistema eléctrico de una casa, y estamos perdidos en cuanto a plomería. Pero, como parte de la red "de cangrejitos", estamos dispuestos a ayudar en lo que sabemos. Ahora nos toca a nosotros dar algo de lo recibido.
Yo sé que cada quien cuenta cómo le fue en la feria. Y sé que más de un inmigrante se las ha visto amargas por culpa de otros inmigrantes abusivos. Allá afuera, es cierto, hay muchos cangrejitos que buscan a otro para hundirlo más adentro de la cubeta.
Pero en lo que a nosotros respecta, comprobamos que la teoría no siempre corresponde con la realidad. Y como nosotros, hay muchas otras familias de inmigrantes latinoamericanos con parientes "cangrejitos", cuya ayuda desinteresada siempre los saca de cualquier cubeta donde se hunden para hacer realidad su "sueño americano".

Los hijos indocumentados: Ni son "de aquí", ni se sienten "de allá"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Arturo es un muchacho como cualquiera en Estados Unidos.
Tiene 17 años, viste de jeans y camiseta, y le encantan los videojuegos.
Recién está "descubriendo" a las muchachas, y ya se pasa horas al teléfono, para molestia de sus padres, de origen mexicano.
Pero además de las mencionadas, Arturo tiene una pasión que recién encontró: El francés.
No el pan, claro, sino el idioma. Arturo es bilingüe casi desde bebé, como todos los hijos de inmigrantes en Estados Unidos. Para él, el inglés y el español no tienen secretos, y pasa de uno a otro como si cambiara de canales en la tele.
Pero el francés es distinto. Algo totalmente nuevo. Lo descubrió como una clase optativa en la High School y quedó prendado. Se gasta casi todo el dinero que le dan en cassettes, libros y todo lo que suene francés.
Como es el primero en la clase de idiomas, Arturo tomó con entusiasmo el proyecto de fin de año: Un viaje a París. Todos sus compañeros hicieron actividades durante el año para ahorrar dinero para el pasaje. Una semana en París, practicando el idioma que le encantaba, era demasiado bueno para ser verdad.
Pero Arturo no pudo ir al ansiado viaje. Su madre, Paula, con todo el dolor de su corazón, debió ir a hablar con el maestro para explicar su predicamento:
"Lo que pasa es que Arturito no tiene papeles", le explicó a un boquiabierto profesor. "Si sale del país no lo van a dejar entrar de nuevo".
"Pero yo creí que era ciudadano americano", expresó el maestro.
"No, él nació en México. Lo trajimos cuando tenía un año", aclaró la mujer.
Los padres de Arturo son indocumentados mexicanos. Ambos han vivido más de una década casi "a salto de mata", buscando empleos que los acepten sin documentos, y escapándose por un pelito de alguna que otra redada que "La Migra" ha hecho en las fábricas donde trabajaban.
Para millones de indocumentados mexicanos, y de otras nacionalidades, ese riesgo constante forma parte de la vida. Es comprensible, pues todos saben que no tienen papeles, y que hay que andarse con cuidado, porque en cualquier momento podrían deportarlos.
Pero esta realidad es casi inconcebible para sus hijos que ahora son adolescentes y que, como Arturo, no nacieron en Estados Unidos.
"Yo me siento americano", comenta Arturo con un español tropezado, aunque sin remordimiento ni dolor. "No conozco México, aunque me gustaría ir. Pero me da pavor saber que el gobierno de Estados Unidos me quiera sacar de aquí".
Para muchos de nosotros, los indocumentados siempre son personas adultas, que llegan a Estados Unidos por su propio pie, en busca de trabajo. Saben a lo que se atienen.
Pero frecuentemente nos olvidamos que también hay otro tipo de indocumentados: Los niños. Los hijos de ésos inmigrantes que entraron al país en brazos, mientras sus padres vadeaban el río Bravo, o cruzaban el desierto.
Una vez pasado el trauma del viaje, las familias se establecen: Los padres encuentran trabajo, rentan un departamento, y hacen sus vidas normalmente. A los niños los meten a la escuela, y en poco tiempo estos pequeños se adaptan a su nueva vida.
Conforme pasa el tiempo, Estados Unidos se convierte en su única vida, pues pierden el recuerdo de que México alguna vez existió para ellos.
Pero la realidad de su situación les llega tarde o temprano. Generalmente en la preparatoria (o High School). Y a veces les cae como un shock.
"Nadie me había dicho nada, yo pensaba que era como mis amigos", comentaba Anabelle, otra hija de indocumentados. "En la casa mis papás nunca hablaron de eso, yo creí que era ciudadana".
No fue sino al acabar la preparatoria, cuando Anabelle fue a pedir informes para obtener una beca para una universidad, cuando se enteró de su situación.
"Ahora no sé qué hacer", explica, mientras piensa que quizá sus sueños de convertirse en enfermera se han ido a pique. "Voy a tener que encontrar trabajo. Aunque sin papeles...".
El impacto que sufren estos muchachos al saberse no americanos puede ser devastador. No tanto porque resientan el no ser ciudadanos norteamericanos (después de años en que se la pasaron cantando el himno de Estados Unidos y recitando la famosa "Pledge of Allegiance""), sino porque ven que sus sueños de seguir estudiando se cortan de tajo por faltarles un documento.
La mayoría, sin embargo, no lo aceptan. Conscientemente quizás entiendan su situación, una vez que hablan con sus padres. Pero en su interior, ellos no se sienten tan diferentes a sus amigos de toda la vida, quienes han nacido acá: Hablan inglés, como ellos. Les gustan los mismos programas de TV, comen las mismas pizzas y hamburguesas, y visten con las mismas marcas de ropa "cool" que ven en sus escapadas al "mall".
Pero sus padres se preocupan, porque saben que, aunque no lo mencionen, saben que sobre sus hijos pende el riesgo de deportación. Quizá no ahora, cuando son menores de edad y están estudiando, pero seguramente tendrán problemas una vez que se conviertan en adultos, totalmente integrados y con sus vidas dependientes a este país, al cual oficialmente nunca pertenecieron.
A lo mejor que podrían aspirar sería a seguir en las sombras, como sus padres: Encontrar un empleo, de lo que fuera (donde no se requieran papeles). O comprar documentos falsos.
Pero aunque quizá les vaya mejor que a sus padres (después de todo hablan inglés como nativos, y terminaron la preparatoria) las perspectivas nunca serán muy buenas para ellos.
En el peor de los casos, si cometen un delito, les puede caer "la migra" y la deportación será automática. Allí no valdrá hablar un excelente inglés o haberse criado en los mismos suburbios que los agentes de inmigración: Hasta México van a dar.
"Imagínate, como le pasó al hijo de un compadre", comentaba nuestro cuate Gustavo, un fotógrafo capitalino convertido en restaurantero en Dallas. "Su hijo de 19 años andaba en malos pasos, lo agarraron con 'mota' y lo metieron a la cárcel. Cuando fue a corte, ¡sópatelas! que se descubre que no tenía papeles. Y pos pa' llá vas, chiquito, que lo echan en una "perrera" y hasta Matamoros fue a dar."
"No, si ya andaba hasta chillando", continuaba Gustavo, con su particular acento para platicar las cosas: "'¡Buuuu, buuuu! Qué voy a hacer en México, si no conozco a nadie, toda mi gente está acá'", decía. Y pos ni modo. Allá se quedó".
Claro, por fortuna, no todos los jovencitos indocumentados caen en ese nivel. La inmensa mayoría son personas normales, con vidas normales. No se meten en más problemas que usted o yo, y tratan de hacer sus vidas, pero eso no disminuye la gravedad de su situación: En un santiamén pueden perder todo lo que conocen en la vida y podrían ser deportados a un país que oficialmente es el "suyo", pero del que no concen absolutamente nada.
Como si a usted o a mí, de buenas a primeras, nos dijeran que somos ciudadanos de China y nos deportaran para allá, perdiendo trabajos, posesiones, amigos y todo. Así, sin más.
"Ojalá pase la famosa ley esa", comenta Fernando, el papá de dos adolescentes nacidas en Nayarit, que llegaron sin papeles a Texas cuando apenas comenzaban a caminar. "Por el bien de nuestros hijos".
Fernando se refiere a una iniciativa de ley presentada al Congreso en Washington (llamada Acta de Ajuste a Estudiantes) que les otorgaría la residencia permanente a los jovencitos indocumentados menores de 21 años que hayan concluído la High School y estén en proceso de entrar en la universidad.
La propuesta busca que esa inversión hecha por las escuelas públicas no se pierda, y que esos cerebros (algunos de ellos verdaderamente brillantes) se desperdicien en trabajos menores.
Pero la ley aún no es tal. Apenas una simple propuesta. "Murió" en el Congreso, debido a debates entre ambos partidos, y al 11 de septiembre, y ahora parece que la están reviviendo. Pero aún no la aprueban.
Si la ley pasa o no pasa, queda en manos del gobierno. Mientras eso sucede, Arturo se tiene que contentar con ver París en fotos o películas.
"No importa, está bien", se conforta. "Algún día podré ir a conocerlo".
Sus padres sonríen y lo abrazan. Pero sus ojos declaran lo que no quieren decir: Que ir a París es lo de menos. El verdadero problema para Arturo (y millones como él) vendrá cuando terminen la escuela, y deban salir a la calle a buscar trabajo al no encontrar posibilidades de estudiar en una universidad.
Porque allá afuera, éstos jovencitos que no son "de allá", pero se sienten "de aquí", no se diferencian legalmente en nada al inmigrante que acaba de llegar ayer cruzando el desierto: Sin papeles y sin el más mínimo derecho a sentirse parte de Estados Unidos.

¿"Paisano" come "paisano"?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas -Cristina y Amado andaban felices buscando casa.
La joven pareja, de origen mexicano, había logrado el primer paso de su "sueño americano".
De hecho, a pesar de todos los problemas que trae consigo el ajuste a una vida nueva en Estados Unidos, a los dos esposos les había ido bien: Tienen papeles, trabajan en su profesión. Les pagan en dólares, tienen título universitario. No son "mojados".
Sólo les faltaba la casita para redondear su situación.
Fueron a ver muchas casas. No se decidían. Había tantas y tan bonitas.
Una cosa estaba claro: Querían su casa de tres cuartos. Cochera, y, especialmente, con chimenea. Ah, y otra cosa, en un barrio donde no hubiera mexicanos...
"No es que seamos sangrones", se justificaba Amado, originario de Guadalajara. "Lo que pasa es que queremos un barrio tranquilo, familiar, donde podamos criar a nuestros hijos".
"Sobre todo, que sea seguro", acotaba Cristina.
(??????)
Es decir, daban a entender que en un barrio con inmigrantes mexicanos, la seguridad familiar no estaba garantizada.
No es de extrañarse. Amado y Cristina forman una clase diferente entre los migrantes latinoamericanos en Estados Unidos: Llegan legalmente (usualmente con visa de turista), son jóvenes y tienen estudios. Muchos hablan un inglés suficiente.
Por lo mismo, no les apetece mucho juntarse con los otros migrantes mexicanos, los que llegan "mojados", los que usan sombrero y botas hasta para ir a misa. Los que oyen música grupera dentro de sus "trocas" de llantas anchas, y tienen a sus familias al sur de la frontera.
Son dos tipos de inmigrantes mexicanos muy, pero muy lejos entre sí. A pesar de las similitudes.
"Luego luego se nota cuando el barrio se va llenando de 'macuarros' " explica Ricardo, otro mexicano en busca de vivienda. "Nada más fíjate en las calles, en las cocheras. Cuando hay dos o tres carros, es que vive más de una familia allí. Y más si son camionetas vans o de trabajo".
Yo, personalmente, no me había fijado en la diferencia, pero si uno pone atención se da cuenta que sí, se nota: Las zonas donde hay más "gringos" se ven más cuidadas. Se ven niños jugando en la calle. Los autos son uno o dos, en la cochera.
En los barrios de inmigrantes, en cambio, la música es a todo volúmen. Y las cocheras no bajan de tener de tres a siete automóviles, generalmente desvencijados y con la manchota de aceite sobre el pavimento. No se ven casas muy familiares que digamos.
Si uno se pone a pensar, es comprensible: Los inmigrantes mexicanos procedentes de pueblos y zonas pobres, llegan solos. Se juntan en grupos para rentar una casa o un departamento. Todos trabajan, por lo que deben tener su propio carro (generalmente barato). Y no les interesa mucho darle aspecto hogareño a sus viviendas. (¿Qué haría por ejemplo yo, de vivir con cuatro o cinco pelaos? No creo que ninguno de nosotros sepa cómo mantener una casa limpia y arreglada. Cuando mucho, nos haríamos sandwiches, supongo).
Entonces entendimos la postura de Amado y Cristina y de Ricardo.
¿Es que los inmigrantes mexicanos nos estamos volviendo racistas con nosotros mismos? ¿Clasistas? ¿Qué se puede esperar cuando todos nos discriminan, si nosotros también comenzamos a hacerlo? ¿Cuál unión podemos esperar?
Pero no nos engañemos. Esta situación no solamente ocurre entre Amado y Cristina, ni en Estados Unidos: Pasa todos los días incluso dentro del mismo México. ¿Cuántas personas de clase media o media alta, desprecian a las clases más bajas? ¿Cuántas personas "fresas" están dispuestas a comprar una vivienda en un barrio popular? ¿Cuántos de nosotros, mexicanos que tuvimos la suerte de lograr una cierta educación les hacíamos el fuchi a la música grupera, antes de que estuviera de moda? Porque ahora todos los artistas quieren grabar un disco grupero, cuando hace apenas diez años esa música estaba reservada para la gente "raspa".
Estos inmigrantes mexicanos de clase media, profesionistas, generalmente se juntan más con amigos sudamericanos (colombianos, venezolanos, chilenos y argentinos), que tienen un nivel educativo similar a ellos. Porque saben que es difícil encontrar profesionistas entre los "paisanos".
Elia, una joven americana hija de padres mexicanos, contaba su experiencia con los "paisanos": "Yo iba manejando tranquila al trabajo, cuando me chocaron el carro por detrás."
El automóvil lo acababan de comprar la semana anterior, nuevo, de agencia. Y quedó como sandwich.
El auto responsable fue una camioneta tipo van, de trabajo. De unos migrantes mexicanos que regresaban de trabajar en una construcción.
Elvia llevó también su parte: El impacto la azotó contra el tablero. La bolsa de aire se abrió, pero la fuerza del impacto la hizo sangrar de la cara y le sacó el aire."Lo único que recuerdo es que veía a esos tipos de la camioneta que me chocó mirándome, como tontos", se acuerda con enojo. "Pinch... 'mojados', yo estaba gritando y llorando de dolor, y ellos no fueron ni para levantarse y ayudarme. De perdido me hubieran hablado. Pero no, solo se me quedaban mirando como estúpidos sentadotes en su carro".
Resultó que los tipos no sabían manejar. El conductor tenía poco en Estados Unidos, no conocía la ciudad y ese era su primer auto. Acababa de llegar de una zona rural de Veracruz. Por supuesto, no tenía licencia, y cada vez que manejaba era una odisea.
Incidentes como éste se repiten cada vez más. Sobre todo debido a que aumenta el número de migrantes mexicanos más preparados que buscan suerte en Estados Unidos, y no se sienten identificados como el "traidiconal migrante".
¿Será que la brecha entre los propios mexicanos se va ensanchando? ¿Será que el profesionista mexicano que emigra se vuelve racista y clasista con sus compatriotas una vez que "la hace"?
Pero hay que reconocer que, en muchas ocasiones, los propios migrantes humildes tienen buena culpa de los santitos que les cuelgan: Por ejemplo, cada fin de año la Policía de Dallas prepara un operativo de vigilancia especial en los barrios mexicanos de Oak Cliff, East Dallas y West Dallas. Saben que, al dar la última campanada de cada 31 de diciembre, a los mexicanos nos brota lo "paisano", y (azuzados, claro, por las infaltables copitas entre pecho y espalda) no somos pocos los que sacamos a la "tartamuda" de debajo de la cama y nos damos vuelo tirando balazos al aire. Cada año se han dado heridos y hasta varios niños muertos por balas perdidas. Pero a pesar de los rondines especiales, a pesar de las advertencias, los mexicanos seguimos haciendo lo mismo. Como si estuviésemos en la fiesta patronal del pueblo.
No es de extrañarse que haya mexicanos que no quieran vivir cerca de otros mexicanos. No por racismo. No por clasismo. Sino por pura salud propia, ¿no cree usted?

El sueño (¿guajiro?) de muchos profesionistas mexicanos: Ejercer en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Francisco estudió odontología en México. Y es muy buen dentista. De los mejores.
Se tituló con honores. Comenzó a ejercer su carrera con cierto éxito en su ciudad natal, en el estado de Veracruz, durante algunos años, antes de que se le metiera la inquietud de irse a Estados Unidos.
"Ya había estado en Tennessee un tiempo cuando tenía como dieciocho años", recuerda. "Me gustó, y me dije, bueno, ya me titulé de dentista, a la mejor la podría hacer por allá."
No le iba tan mal en su pequeño consultorio, pero no ajustaba para el gasto. Con una esposa y dos hijos pequeños, Francisco siempre se las veía apretadas a fin de mes.
Un día se decidió a lanzarse a la aventura. Empacó y arregló sus asuntos. Cerró la clínica, y, armado con una visa de turista por diez años con la que había ido a Texas de vacaciones una vez, emigró.
Con suerte, pudiera encontrar una chamba en mi área, pensó. La perspectiva de ganar en dólares lo alentó, sobre todo cuando vió que un dentista americano ganaba más de diez veces lo que él, por hacer el mismo trabajo, las mismas horas.
La familia llegó a instalarse con parientes de segundo y tercer grado, en una casita de dos cuartos en Pasadena, un suburbio cercano a Houston. Con esfuerzo, y mucho entusiasmo, Francisco y su esposa Pilar comenzaron a planear el futuro para sus hijos.
"Ya verás, vieja, nomás hay que aguantarnos un tiempo con alguna chambita, hasta que yo comience a buscar que me contraten en lo que sé hacer", le decía a una ilusionada Pilar.
Pero las cosas no salieron como pensaban. El trabajo que consiguieron (después de mucho batallar) fue limpiando baños, en una empresa de empleos temporales. Luego, se les acabó.
Haciendo malabares con el dinero, consiguieron alguna que otra chambita: Francisco, de limpiapisos. Luego, lavaplatos. Pilar entró a una tintorería de chinos, y después a una bodega donde se distribuían armar flores artificiales.
Mientras, Francisco iba cuando podía a hacer llamadas, a presentarse en consultorios médicos, mostrando sus credenciales, su título, y fotos de algunos trabajos dentales hechos en México. Por poco y lo corren a patadas.
A la mala entendió que la profesión médica (como la de abogado) es muy delicada en Estados Unidos. No cualquiera entra, y no porque sea una mafia, sino que el riesgo de demandas y mala práctica hace muy restringidas las oportunidades. Si uno quiere ejercer, debe pasar montones de exámenes, cursos y (de ser posible) volver a estudiar la universidad si desea ser autorizado para trabajar en lo que sabe.
"Los 'gringos' son muy especiales en estas cosas", se lamentaba Francisco.
De todas maneras, aceptó hacerles trabajitos a parientes y amigos cercanos: Que si un empaste. Que si una muela picada. Que si pegarle un diente.
Trabajos ilegales. Bajo la mesa. Francisco se arriesgó mucho, y por poco lo agarran por ejercer la medicina sin licencia.
A sus pacientes no les importaba: Casi todos ellos inmigrantes indocumentados como Francisco, agradecían tener a un doctor titulado en México que los atendiera, y que les cobrara "lo justo", no los cinco mil o diez mil dólares que les cobraría un dentista norteamericano. Ninguno se le enfermó, ninguno se le murió, al contrario: Le agradecían sus atenciones, y hasta volvían. Muchos le traían amigos y parientes al consultorio hechizo que Francisco improvisó en una recámara del departamentito que (con el fruto de la lavada de pisos) pudo rentar.
Pese a los sinsabores, su familia creció. Dos bebés nacieron (ya ciudadanos americanos) y los hijos grandes se criaron como típicos chiquillos americanos. Eso sí, hablando inglés en la escuela y español en la casa. Con altibajos, la familia prosperó.
Pese a todo, nunca pudo ejercer su profesión como soñaba. El "consultorio" lo cerró luego que supo de un "colega" en Dallas al que lo agarraron igual que él y le echaron varios años de cárcel por ejercer sin licencia. (Aunque había sido un dentista reconocido en México).
Tras cambiarse a distintas ciudades dentro de Texas, la familia de Francisco ya se estableció: él, como asistente de una bodega. Pilar, como empleada de un restaurante.
Hoy, tras doce años de haber emigrado, Francisco se siente frustrado al no vivir su sueño, de ganar en dólares haciendo lo que le gusta. "Es más difícil de lo que creía", reconoce. Desde hace ocho años que tiró la toalla y mejor se dedica a trabajar. De lo que caiga.
Pese a todo, Pilar le da ánimos: "Dentro de lo que cabe, estamos bien. Tenemos trabajo, aunque solo ganemos el mínimo. Nuestros hijos están bien, sanos, estudiando. Seguimos aquí. No nos podemos quejar".
Los sueños de Francisco, sin embargo, hace mucho que se fueron por los suelos. Como él, cada día miles de inmigrantes profesionistas se desencantan con la realidad de vivir en Estados Unidos.
Y a pesar de esto, cada día también son miles los que llegan con esperanzas de "hacerla" en Estados Unidos. Llegan sin nada, pero eso sí, bajo el brazo traen esperanzados sus títulos profesionales: de médicos, abogados, dentistas, arquitectos, ingenieros... Sin saber que, aquí, valen tanto como el papel en que usted está leyendo esto.
Traen con ellos currículums impresionantes. Premios, reconocimientos, cartas de recomendación. Con ellos esperan lograr algo... sin darse cuenta que compiten con profesionistas americanos, que también la ven muy difícil.
Hay que decir que algunos sí logran hacer realidad su sueño. Pero son muy, pero muy pocos. Poquísimos. Qué será, uno entre quinientos, entre mil. Y eso poniéndonos optimistas.
Esos son los afortunados: Los que lograr "amarrar" una visa de trabajo antes de venirse. Los que llegan como turistas, no a trabajar de lavaplatos, sino a tocar puertas, a mandar currículums. A hacer llamadas telefónicas, a enviar emails. Y se regresan a México, a seguir intentándolo.
Pero son minoría. Cuando consiguen su sueño, ni se imaginan que afuera de su elegante oficina en Estados Unidos, millones de colegas (quizá mejores que ellos, más preparados y capaces) todos los días doblan la espalda a la intemperie, como jardineros, albañiles o pintores, soñando con una oportunidad que nunca les va a llegar. A pesar de todas las maravillas que soñaron (y les contaron) de Estados Unidos.

Lo que los "coyotes" nunca le dicen a los migrantes

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Por más que se alerta a los mexicanos, parece que nadie hace caso respecto a los peligros de venirse "de mojado" a Estados Unidos.
A pesar de las campañas de la Patrulla Fronteriza, a pesar de los avisos del gobierno americano, a pesar de los carteles y consejos del gobierno mexicano, la migración indocumentada a Estados Unidos continúa más fuerte que nunca.
También continúan , por consiguiente, las muertes en la frontera. Se calcula que un promedio de dos mexicanos mueren en la frontera. Cada día.
Los horrorosos relatos de los asaltos, el desierto, la insolación y tantos otros peligros que enfrentan los emigrantes no parece que les hacen mella. Todo mundo se avienta pensando: "Sí, pero a mí no me va a pasar eso".
No es que le pase o no. Es que cruzar la frontera (a nado, por el río Bravo, o peor, por el desierto) es un peligro real. Gente muere. Mujeres son asaltadas, violadas. Hombres son atracados (a veces hasta por los mismos "polleros" ) o asesinados. A toda esta pobre gente lo mejor que les puede pasar es que los agarre "la migra".
Si usted tiene un amigo, un pariente, un compadre que esté pensando lanzarse a la aventura, por favor hágalo entrar en razón. Que tenga mucho cuidado. De ser posible, mejor que ni se venga de indocumentado.
Oiga, eso está muy bien, me dirán muchos, pero qué hago, si no tengo chamba. Si no me la juego, me muero de hambre.
Lo entendemos. Para muchos mexicanos y centroamericanos la situación es deseperante. La única válvula de escape que existe (lo quiera uno o no) es emigrar a Estados Unidos.
"Además, yo conozco a un cuate que pasa gente. Me asegura que él me pasa fácil, sin bronca", me dirán. "Ya lo ha hecho muchas veces".
Sin ánimo de destrozar sueños y aspiraciones, hay que ponerse a pensar en muchas cosas antes de emigrar. Los "coyotes" nunca cuentan la otra parte de la historia: Pasar no es el trofeo final para el emigrante. Es, apenas, el primer paso.
Una vez que uno llega, hay que sortear muchos, pero muchos otros obstáculos antes de poder trabajar y ganar en dólares. Y eso no se lo cuentan los "coyotes".
Por principio, pasar es lo más "sencillo". Es peligroso, mucho, pero bastantes lo logran. Aunque lo agarre la "Migra" y lo devuelva, no son pocos los que lo intentan de nuevo una y otra vez. Usando la táctica de "la ametralladora": entre más dispares, más chance tienes de atinarle.
Y no se trata de pasar solamente la frontera, para nada. Existen muchos otros retenes más adentro, que tienen que sortear. Revisiones. Rondines. No cualquier coyote es tan "picudo" como para leerle la mente a los agentes de migración.
Pero como dijimos, eso quizá sea lo de menos. La bronca principal para el inmigrante es que, una vez en Estados Unidos, ¿qué van a hacer?
Para trabajar se necesitan contactos, gente que ya esté allá y que quiera darle la mano. Para trabajar se necesita tener papeles
"Los compro falsos", me dirán . "Mi amigo 'el coyote' me los vende baratos". No lo dudo. Pero nada más hay que ver esos supuestos "papeles" para darse cuenta que son más chafones que nada. Cualquiera los va a detectar cuando vaya a pedir chamba.
(Además de que, si lo agarra la Policía, ya se puede ir encomendando al santo de su devoción: El delito por portar documentos falsos es federal, y le puede acarrear años de cárcel).
Otra bronca de los papeles falsos es que casi siempre tienen la identidad de personas problemáticas: No son pocos los "paisanos" que se han metido en broncotas porque andan con los papeles de tipos a los que busca la Policía por "transas", por robo o incluso por delitos peores como el homicidio. Para asegurarse de que los papeles son "limpios" uno tendría que hacer un chequeo criminal... lo que solo está al alcance de la Policía o detectives. No de los "coyotes".
Luego está el problema de las licencias de conducir. Si usted no tiene papeles legales, no le van a dar licencia en ninguna parte de Estados Unidos.
"No es problema", me dirán. "Yo no manejo". No importa. En Estados Unidos la licencia se usa como la identificación universal: se la piden para todo. ¿Cómo piensa cambiar el cheque de pago, en caso de que encuentre trabajo? ¿Cómo piensa abrir una cuenta de banco, por ejemplo, para pagar sus deudas (que las va a tener) o para enviar dinero a su familia?
Claro que hay otras opciones. Por ejemplo, enviar dinero lo puede hacer por empresas que se dedican a eso. Pero le cobran. Poco, pero le cobran. Para cambiar cheque lo puede hacer en los mini-supers de la esquina. Pero le cobran. Para identificarse puede sacar la matrícula consular mexicana. Pero no todos lo aceptan como documento oficial.
Además, quiéralo o no, uno está forzado a manejar en Estados Unidos. Fuera de ciudades que tienen metro o buenos sistemas de autobuses, como Nueva York, Chicago o San Francisco, el resto de la gente se traslada en auto. A todos lados. Las distancias son tan enormes, que es indispensable manejar. Para ir al trabajo. Para ir a hacer la compra de la semana. Para ir al médico. Para todo.
Y si un oficial de la Policía lo detiene por cometer una infracción, adivine qué es el primer documento que le va a pedir. No la matrícula consular. Exacto: La licencia de conducir. Y si no la tiene, multota que se va a llevar (como 200 dólares) Si reincide hasta el carro le pueden quitar, o mandarlo al bote.
Eso, sin mencionar las dificultades obvias, como hablar inglés. Aunque se rodee de "paisanos", siempre la sombra del inglés estará rondándole sobre la cabeza. Hasta para hablar por teléfono necesitará de perdido masticar el idioma.
A pesar de todos estos enormes obstáculos, es cierto, son muchos los que se avientan a emigrar. Muchos lo consiguen, pero otros muchos fracasan. Aunque llegan sanos y salvos a Estados Unidos, y comienzan a trabajar, muy pronto se dan cuenta que no "barren" con los dólares como les prometieron. Se dan cuenta que los trabajos son escasos (hay recesión, ¿recuerdan?), muy peleados y no muy bien pagados. Si bien le va, puede comenzar a ganar el salario mínimo, que son como $5.50 dólares la hora, que serían como $220 dólares a la semana (menos impuestos, lo que daría como $180 a la semana, neto).
O sea, como $720 dólares al mes.
Claro, me dirá, pocos en México ganan eso. Sí, pero hay que considerar que tiene que pagar renta. Si vive arrimado, calculo que le cobrarán entre 150 y 200 dólares al mes por el cuarto (o la cama, el catre o la cobija en el piso) donde se duerma. Eso si es una persona sola.
Si se quiere independizar, y rentar un apartamento, calculo que se gastará como $400-$500 dólares por un lugar de una recámara, más la luz.
Luego viene el asunto de la comida. Una comida básica en McDonald's o Burger King le cuesta como 5 dólares. Es lo más barato que hay, esos restaurantes son como los puestos de tacos en México. Calculemos que come en la calle, diariamente. Dos veces, comida y cena (sin desayuno). Serían como 10 dólares diarios. En una semana, serían como 50 dólares (5 días). Al mes, serían como $200 dólares (o sea cuatro semanas).
Ahora, si hace la compra cada semana en el supermercado, podría ahorrar. Una persona se gastaría un promedio de $30-$40 dólares a la semana, si compra lo indispensable (huevos, leche, tortillas, frijoles, aceite, etc.). Eso sin contar el gas o la electricidad que gasta en la cocina.
Hay un ahorro, cierto, pero pocos "paisanos" van de compra al súper. La mayoría son hombres de rancho, que vienen a trabajar en la construcción, como techeros, albañiles o jardineros. Pocos tienen el gusto (o conocimiento) de andar cocinando.
Eso sin contar gasolina (unos $20-$30 dólares a la semana), luz (como $100-$200 dólares al mes, por un departamento), ropa (uno no va a andar encuerado), zapatos, y todos los etcéteras que se imagine.
Ah, y eso que todavía no hemos sumado lo que tiene que enviar a la familia. Mínimo 200 dólares al mes (y ya es una cantidad muy amolada).
Con todo, dejamos fuera los gastos "extra" en que los hombres solos siempre incurren: Ya saben, alguna cervecita, alguna salidita a un baile, algún cigarrito. Uno tiene sus tentaciones, pues.
¿Ya sumó? ¿Ya se dio cuenta que los números no cuadran?
Pasar la frontera no es el mayor éxito de un inmigrante. Es conseguir chamba. Mantenerla, Sobrevivir. Competir con otros 5 millones de inmigrantes que están esperando que lo corran a uno para ocupar su puesto. Comer poco. Gastar poco. Ahorrar mucho. Trabajar mucho. No irse de parranda. No malgastar. No tener "casa chica" (porque es un caminito seguro a la quiebra). Todos esos son los retos que los "paisanos" deben superar antes de lograr el éxito en Estados Unidos.
Y eso nunca nos lo dicen los "coyotes".

"Porque usted se lo ha ganado..."; Endeudándose en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - La primera carta me llegó meses después de haber emigrado a Estados Unidos.
Era como cualquiera, como tantos otros millones de cartas que día a día surcan las líneas del correo de Estados Unidos. Una carta más.
Pero para mí era una celebración.
Era un ofrecimiento de tarjeta de crédito.
Para mí era un descubrimiento, una reafirmación de que existía. Para alguien que no tenía nada en el mundo (y que había sido rechazado en repetidas ocasiones por los departamentos de crédito de bancos en México durante años) el recibir esa cartita significaba un avance. "Ya de perdido se han dado cuenta que existo", pensé.
Además, para los inmigrantes en Estados Unidos, el que una empresa te ofrezca crédito es como si alguien te invitara a pasar a una casa elegante a la que crees que nunca tendrías acceso. Ahora sí, uno se podía sentir parte (aunque sea un poco) de la vida en este país.
Sin pensarlo dos veces, llené la solicitud (aplicación, dicen los "paisanos"), y la envié hasta con timbres de más para evitar que se perdiera en el correo.
Y esperé. Con ansias, eso sí.
Pocas semanas después, ¡vualá! Llegó otro sobre (¡con mi nombre y todo!) que se sentía más gordito. Al tacto, adiviné un plástico dentro, y sin esperar más, hice cachitos el sobre.
Allí estaba, brillando a la luz de la lámpara: Mi primera tarjeta de crédito. No tan sólo de Estados Unidos, sino de toda mi vida. Me quedé mirándola orgulloso: azul limpia e, incrustadas en su superficie las letras doradas que gritaban al mundo el nombre de su dueño: CESAR F. ZAPATA. ¡Yo!
Estaba alegre. Al fin ya era "alguien" en este país. Iba a poder hacer crédito. Iba a poder pertenecer "al sistema".
¡Qué equivocado estaba! Hoy, a seis años de distancia, ya no pido mas que me den esquina. Las deudas se apiñan una a una. Ya ni mandando 150, 200 ó 300 dólares sacian las hambrientas fauces de esos monstruos en que se convirtieron aquellos elegantes pedacitos de plástico.
Como yo, hay millones de personas en igual o peor situación. La recesión (que en realidad es una crisis) disparó a muchos a la calle, sin trabajo, sin oportunidad de volverse a emplear en mucho tiempo debido al exceso de solicitantes, pero con miles de dólares en deuda imposible de pagar.
El crédito en Estados Unidos es como un idioma universal: Si no lo hablas te mueres de hambre. Es un país donde todo mundo vive de prestado. El sistema está diseñado así, y el que no acepta sus reglas, queda fuera de la jugada.
Nosotros los hispanos, tan acostumbrados a abrinos brecha por el mundo a machetazos de efectivo (que tanto nos cuesta guardar en el colchón) nos damos cuenta que en Estados Unidos eso puede ser más un problema que una ventaja. Si ninguna empresa puede encontrar su nombre en alguna base de datos de computadora, nadie le va a prestar nada. No va a poder comprar carro, ni nada. O si lo compra, deberá ser a un interés altísimo, y le ponen más trabas que si buscara postularse para presidente de la república.
Por eso, poco a poco, los "paisanos" entendemos que debemos sacar una tarjeta. Algún crédito pequeño. Podemos comenzar rentando muebles, una sala, o un ventilador en empresas chicas. Luego de allí ya comenzamos a recibir ofertas (generalmente a tasas estratosféricas), pero es un empiezo. Si alguien cumple religiosamente con los pagos, no se sobregira y mantiene las riendas del gasto, el premio no tarda en llegar. Le aumentan la línea de crédito. Le dan mejores tasas de interés. Recibe mejores ofertas.
Hacer crédito en Estados Unidos no es un lujo, es una necesidad. Es el son al que todo mundo debe bailar.
Pero es un arma de dos filos. Sobre todo para los que no pagan a tiempo.
Yo no soy perfecto. Si uno no recuerda hacer el pago mensual, la sanción se multiplicará muchas veces en el futuro.
Luego viene la comezón en las manos. Antes, si uno no tenía dinero, simplemente no sale. Se queda en casa. Si se le antoja un refresco, y no tiene en su bolsa mas que hoyos, bueno, se conforma con tomar agua en su casa. Si le encanta irse al cine o con los cuates, y no tiene dinero, bueno, se queda en su casa viendo el futbol. O conviviendo con la familia.
Ah, pero si tiene una tarjeta, la cosa cambia. Entonces sí, cuídado mundo, que nadie lo va a detener.
Nos agarramos a dar "tarjetazos" a diestra y siniestra. Hasta para echarle gasolina a la "troca" hacemos el famoso "swap!". El plástico huele a quemado. Y no perdemos oportunidad para "casualmente" sacar la cartera frente a los cuates y dejar que "accidentalmente" se asome el logo orgulloso de VISA o Mastercard.
Hasta que llega el cobro mensual. Entonces sí sufrimos nuestros excesos.
"No importa", decimor. "No tengo ahorita para pagar los mil quinentos dólares que ya hasté, pero me piden solamente un pago mínimo de 20 dólares. Voy a mandar eso nada más y luego pago el resto."
Ese "luego" nunca llega. Los billetitos de a veinte se siguen acumulando (nadie nos dijo que solo paga los intereses, no la deuda), ah, pero eso sí, mientras tanto seguimos dándole vuelo al tarjetazo. Cuando menos nos damos cuenta, esa "cuentita" ya asciende a 4 mil dólares, con pagos mínimos de ¡120 dólares!
Claro, después de eso ya ni lo pagos mínimos podemos hacer. Vemos con horror cómo los cientos (¡o miles!) de dólares se apilan uno sobre otro despiadadamente, hasta que nos hundimos sin remedio.
Para muchos (acostumbrados al hasta hace poco caótico sistema de créditos mexicano, con Barzones y Fobaproas) la solución es simple: No pago y punto. Total, arguyen, en Estados Unidos no es ilegal deber. Ni tampoco lo pueden meter a la cárcel ni embargarlo. Me declaro en quiebra y háganle como quieran.
Lo malo es que la solución no es tan sencilla como uno piensa. Si uno no paga las deudas, la venganza de los bancos es perversa: Una marcotota en su reporte de crédito.
Es el equivalente a ser un apestado. Donde quiera que vaya le van a cerrar la puerta. No va a poder ni comprar un chicle a crédito, mucho menos una tele, un mueble ni (¡jamás!) un auto o una casa. Por lo menos durante dos años, y eso si acepta su culpa y acude a pedir clemencia y establece un sistema de pagos.
Lo he visto a últimas fechas en carne propia. Al ir a pedir un préstamo para comprar una casita, comenzaron las trabas. Que si no tiene esto, no se puede. Que si no tiene aquello, tampoco. Que si no tiene buen crédito, menos. ¿Que no lo tiene? Pues ni modo. Búsquele por otro lado. Buen día.
Con todo, yo estoy en la gloria comparado con otros. Hay quienes se han pasado hasta 7 años trabajando duramente para pagar deudas de hasta 10 mil dólares que se gastaron en quién sabe qué. Ya ni siquiera se acuerdan en qué se fue el dinero, porque se lo echaron en puras mugres.
Si tan solo nos hubiéramos sentado con una calculadora, o un lápiz y un papel a hacer números antes de embarcarnos. Si tan sólo hubiéramos leído la letra pequeña (ni por no saber inglés nos podemos quejar, porque todas las solicitudes ya hasta vienen en español). Si tan sólo hubiéramos entendido que un APR significa Tasa Anual de Interés, y que 24.99% es en realidad un 25% por ciento disfrazado, que significa que cada cosa de 10 dólares que compremos con la tarjeta en realidad nos está costando $12.50... o más, si no pagamos todo a tiempo.
Eso no enseñan en la escuela. Hasta ahora, ciertas preparatorias americanas ya tienen clases de economía y crédito, para enseñarles a los jovencitos cómo manejar con cuidado y domar ese animalón que es el crédito.
Esa es la triste historia del crédito en Estados Unidos. Mientras muchos inmigrantes y ciudadanos americanos se la pasan con insomnio pensando cómo le van a hacer para pagar sus deudas, esa misma noche le llegará a otro inmigrante un sobrecito de invitación que lo pondrá feliz.
La carta casi siempre comiensa diciendo: "Porque usted se lo ha ganado..."
El inmigrante bailará de alegría. Llenará la solicitud y esperará con ansias la llegada del plastiquito.
Meses después, se pasará años trabajando de sol a sol (en la jardinería, en los techos, en los restaurantes, o donde sea) pagando las deudotas.
Y la historia se repetirá de nuevo...

E-mail: cfzap@yahoo.com