miércoles, abril 13, 2005

¿Y quién se acuerda de "Las Paisanas"?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - Bueno, en esta columna siempre hablamos de los migrantes de México en Estados Unidos.
Que si el migrante éste hizo esto, que si el migrante aquél hizo aquello... Igual en casi todos los periódicos.
Lo que pocos o casi nadie mencionan es que no solamente existen LOS migrantes, sino que también hay LAS migrantes.
Cada vez más y más mujeres mexicanas y latinoamericanas "se la juegan" para pasar a Estados Unidos y trabajar acá. No importa los peligros que significa el viaje, los riesgos que implica contratar un "pollero" o lo despidadado del desierto o el río Bravo.
"Me vine porque no tenía de otra", recuerda una señora que solo quiere que la identifiquemos con el apodo de Charo. "Mi esposo perdió el trabajo, y no tiene profesión. Nos endrogamos con el entierro de mi papá, y no había de otra. Por suerte conocía gente acá en Texas, y me dieron chance de venirme, pero sola".
Recuerda que por poco "se raja" al cruzar la frontera, de noche, en medio del monte: Allí, sola, con un montón de pelados que quién sabe si eran maleantes, o si la iban a querer violar o matar. "Pero la necesidad es canija", recuerda. Además, su familia había batallado mucho para juntar los mil dólares que pedía el "pollero".
Charo no es una mujer joven, ni particularmente ágil. A sus cuarenta y tantos años, es chaparrita y un tanto pasadita de peso. Su físico no sirve precisamente para saltar, correr o nadar, pero aún así no tuvo de otra mas que juntar fuerza y hacer de tripas corazón para llegar hasta Dallas.
"Y rezar para que no me violaran o me mataran en el camino", rememora moviendo la cabeza. "No dejaba de pensar en mis hijos..."
La imagen tradicional del "paisano" ya no es tal. Personas como Charo nos recuerdan que ahora tenemos que tomar en cuenta también la imagen de las "paisanas".
Hace poco, se dieron a conocer estudios que advertían que la migración femenina a Estados Unidos ha ido en aumento desde México. Algunos ponen las cifras hasta en 400 mil mujeres que cada año tratan de cruzar la frontera. De ellas, unas 500 nunca llegarán vivas a su destino.
La mayoría de las mujeres que emigran son casadas, que se lanzan a venirse de migrantes para reunirse con sus maridos y criar aquí a su familia.
A estas damas generalmente son sus esposos los que envían por ellas. Primero llega el hombre. Una vez que se establece, y junta dinero, contrata un "pollero" para traer a su mujer, y los hijos de la pareja, si los hay. O a veces primero llega la mujer, y luego ambos piden a los hijos.
Pero esto no siempre es así. De hecho, la imagen del migrante que trae a su esposa y juntos se reúnen después de muchos años de separación, es muy romántica. Pero a veces no coincide con la realidad. Como en el caso de Charo.
Pero muchas otras veces, las migrantes que llegan son solas. Son las que se avientan al peligroso trayecto no para reunirse con maridos o hijos, sino precisamente, porque no tienen un hombre que las apoye. Muchas de ellas, quizá la mayoría, son madres solteras, que buscan un mejor futuro para sus hijos (a quienes generalmente dejan en México).
A los políticos como Vicente Fox les encanta llenarse la boca alabando y reconociendo la valentía y el esfuerzo de "estos migrantes". Se les acaba la saliva de tanto pronunciar adjetivos halagüeños, que casi casi enaltecen la figura de los "paisanos" a proporciones míticas.
Pero estas "paisanas" no son nada de eso. Como la mayoría de los que venimos a Estados Unidos desde Latinoamérica, no son personas osadas. No son personas temerarias, que busquen vanagloriarse de sus logros al burlar a la Patrulla Fronteriza. Simplemente son personas, punto. Mujeres, jóvenes, señoras, madres de familia, como las de cualquiera, que llegan con miedo, mucho miedo. Pero no tienen de otra: se ven acorraladas ante la falta de oportunidades laborales.
"Yo era maestra, en México", recordaba Ana, una señora de edad que entró a trabajar de sirvienta a la casa de un amigo mexicano. "Jubilada. Por eso no me alcanzaba el dinero. Se presentó la oportunidad, y me vine. Por unos meses, hasta que junte el dinero para la boda de mi hija, usted sabe. Es que es muy caro..."
La señora Ana no sobrellevaba muy bien su condición de "paisana". Se la pasaba llorando todas las noches, abrazando las fotos de sus hijas. Por fortuna, en seis meses juntó la cantidad que necesitaba -"Y un poquito más, mire, a la mejor pongo una tiendita"- y se regresó a México.
No se necesita ser un Premio Nóbel para ver que la propia sociedad mexicana orilla a las mujeres a buscarle por donde sea. Uno nada más tiene que abrir las páginas de anuncios clasificados de cualquier periódico para ver las ofertas de empleo: La mayoría son para hombres. Y las que son para mujeres (o para sexo "indistinto"), ponen sus condiciones claramente desde el principio: Si son mujeres, que sean solteras, no mayores a 25 años de edad, sin hijos y sin compromisos.
Ah, y si se casan mientras están empleadas, lo más seguro es que las corran.
¿Y aún así nos "sorpendemos" de que ellas quieran emigrar? Si lo que debería sorprendernos es precisamente porqué las mujeres no fueron la primeras en salirse de México, después de tantas trabas que les ponen para aspirar a uno de los derechos tan básicos como es el del trabajo.
Y si para un hombre es duro emigrar, para una mujer la tarea puede ser peor. Tan solo los riesgos de cruzar "de mojado" ya implica doble peligro para una joven o una señora.
Son tantos los casos de mujeres violadas, atacadas, y hasta asesinadas en la frontera, que cualquiera pensaría que los relatos las desalentarían de venir. Pero no. Cada día son más y más las que llegan.
Llegan a trabajar de sirvientas. O cuidando niños. O de meseras, cocineras o limpiando cuartos de hotel.
Si acaso, lo que podemos decir respecto a las mujeres migrantes que ellas sí demuestran un verdadero deseo de ayudar a sus familias. Muchos hombres "se olvidan" de que tienen hijos o esposa en México. Algunos dejan de enviar dinero, o nunca vuelven a escribir. Después se sabe que se casaron por acá, olvidándose de su familia mexicana.
Pero las migrantes siempre tienen en cuenta a sus hijos. Ahorran como pueden (hasta dejando de comer), juntan los dolaritos y los envían religiosamente a casa, donde su mamá o una hermana cuidan a sus hijos. No faltan los regalitos en Navidad, la ropa de los niños, zapatos, y hasta útiles escolares, que los envían por paquetería o mandan el dinero para que los compren allá.
Se pasan los días pensando en sus hijos, y desde el primer día en que llegan se ocupan en maquinar mil y un maneras de traerse a sus "bebés". Muchas de ellas lo consiguen.
Por ejemplo, Marcia es hondureña. Era secretaria en Tegucigalpa, pero la empresa la corrió cuando se embarazó. El padre de su hijo (por supuesto) nunca se hizo cargo del niño, y desapareció de su vida antes de que éste naciera. Así que Marcia se vio en la necesidad de buscar trabajo a como diera lugar.
"Pero no hay, no hay", se frustra al platicar. "Donde quiera que usted vaya es igual, no hay dinero".
Al fin, se vino para Estados Unidos. Por suerte, comenzó a trabajar de ayudante de la ayudante de la ayudante de una secretaria en una empresa hipotecaria. Lista y con la experiencia en oficinas, no tardó en convertirse en agente de préstamos.
Se compró un carrito que casi se caía de viejo, pero ahorró. Compartió la renta con una amiga del trabajo, y al año, Marcia envió no solo por su hijo de tres años, sino hasta por su mamá quien cuidaba de él. Ahora, la familia de tres ya está reunida en Estados Unidos.
Las historias de las "paisanas" son a veces felices, como la de Marcia. O trágicas, como las de las 500 mujeres que mueren en el desierto, y dejan atrás no tan solo sueños e ilusiones, sino hijos, madres, hermanos que se quedan esperando por saber de ellas.
La verdadera tragedia de sus muertes no es que fallezca una mujer en el desierto. Otra migrante más. Sino que en cada una de esas muertes, la que se va es una madre, a la que un niño o una familia necesitan. Una madre que no tuvo más remedio que "jugársela" por su familia, y perdió. Y al perder ella, perdimos, en buena medida, todos los demás.

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