lunes, abril 25, 2005

"¿Qué, la gente de EEUU siempre anda así de fachosa"?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Ayer me compré unos huaraches. Mis primeros huaraches en Estados Unidos.
De hecho, son los primeros huaraches que jamás me he comprado en mi vida.
Aunque suene ridículo, para mí, como mexicano de clase media, inmigrante, esto es un enorme acontecimiento. ¿Porqué? Implica, de alguna manera, una integración más.
¡Ridículo!, dirán algunos. Andar en huaraches es para indios. Costumbres de nacos.
Así pensaba yo también, antes de venir a este país. Por eso, el comprarme mis primeros huaraches son un hito más, un gran acontecimiento en mi vida "agringada".
Porque, más que andar como indio, esto significa -para mí- como un cambio de actitud. Un símbolo.
Todo se originó durante mi primera visita a Estados Unidos, hace casi diez años.
La primera impresión que recibí, en esa primer vista, no fue el país en sí. Tampoco los freeways, ni lo limpio de las calles, como muchos a "paisanos" les pasa.
No, la primera impresión que se me quedó, fue la ropa de la gente.
Como buen mexicano, estaba acostumbrado a la cultura de la imagen. O sea, el que la ropa para los mexicanos, es 'muy importante". Vital, de hecho.
Desde chiquito había oído (y aprendido) el axioma: "Como te ven, te tratan". Y aunque me lo decían con buenas intenciones, descubrí después que en realidad esa frase ocultaba una verdad más desalmada: "La gente pobre viste mal. Desconfía de ellos. La gente decente viste bien. Confía en ellos".
Durante esa mi primera visita a Estados Unidos, recuerdo que era marzo, y hacía un frío que pulverizó mi enclenque aguante tropical (Como buen tampiqueño, nunca había padecido los horrorosos fríos texanos: Mi rancho es de esos donde, apenas el termómetro baja a 20 grados, la gente ya sale con chamarra y gorro a la calle).
Pero acá estaba yo, en el aeropuerto Lovefield de Dallas, vistiendo una de esas camisas desechables de Milano, de ésas que después de dos lavadas uno no tiene qué colgarlas porque se paran solas. Me quedé lelo, mirando toda la gente a mi alrededor: Gringos. Primermundistas.
Me sentí chiquito. Apliqué en mí el axioma: Sentía que me iban a tratar mal, porque no vestía como ellos. Todos iban de traje, corbata, abrigos largos hasta la rodilla, de lana. Negros, elegantes.
Luego, tuve una revelación: Me di cuenta de que a la gente NO LE IMPORTABA cómo vestía yo. No me maltrataban ni con la mirada: Vamos, ni siquiera me miraban. Yo era un ser humano más, allí en medio del mundo.
Más aún: Si mis ojos se entrecruzaban con los de alguien, esa persona me sonreía, me saludaba con un ademán de cabeza. Me abrían la puerta. Me decían "Hi!"
Fue mi primer experiencia con la ropa en Estados Unidos.
Luego, comprendí que ese choque de elegancia en el aeropuerto, era flor de un día. De hecho, la gente iba así porque hacía frío, no porque estuvieran posando para un comercial de Hugo Boss. En cuanto el frío se aplacó, noté la transformación.
Los texanos aventaron las chamarras, los trajes y los abrigos al closet. Y salieron en ropa casual. Hasta en shorts.
Comprendí entonces que en este país, no se aplica eso de "Como te ven de tratan". Esa actitud es parte de una cultura clasista. Quizá sean traumas sojuzgantes que heredamos de la colonia. Quizá sean taras tercermundistas. No sé.
Lo que sí sé, es que al gringo le gusta vestir cómodo. Abomina la excesiva formalidad (en las maneras y en la ropa).
Aquí no "como te ven, te tratan". Más bien "Como te tratan, te ven".
Desde el más humilde lavaplatos de restaurante, hasta el presidente de una corporación, visten igual los fines de semana: El uniforme consiste, casi siempre, en camiseta sport tipo polo, shorts (de mezclilla o gabardina), tenis o chanclas. Y eso lo vemos en gente que sale a la tienda o a comer los domingos, tanto en barrios pobres como en exclusivas áreas. Gringos, negros, chinos, hispanos... La única regla es la comodidad.
Cuando comencé a reportear, me di cuenta que todos los periodistas acá andan cómodos. Nada de trajes apantalladores, como muchos reporteros traen en México (aunque se sientan como atiborrados en un costal, sudando la gota gorda). Me encantó eso de poder reportear en pantalones de mezclilla, zapatos casuales de pana, y camisas de algodón. A veces, si la cuestión lo ameritaba, podía uno hasta llevar camiseta (siempre que se pusiera un saco sport encima). O sin saco, con camisa de algodón y una corbata, ya uno se ve bien.
Nadie lo mira feo a uno. Nadie lo "trata mal por como lo ven".
Lo acepté. Me integré.
Peor: me encantó. Cada fin de semana salía en shorts, camiseta y chanclas al "mall", con la familia. Dejé de considerarme un fachoso. Me sentía cómodo, fresco.
Vaya, si hasta los policías en Texas llevan shorts en su uniforme: Camisa azul marina, manga corta, sin gorra, y con shorts azul marinos... ¡Y chanclas! O tenis negros.
(Y yo que me imaginaba a los policías gringos siempre elegantemente vestidos, como Matute el de Don Gato, o el Jefe O'Hara de Batman.)
Pero no todo fue final feliz: Cuando pensaba que por fin estaba a mis anchas, un acontecimiento me hizo volver a la realidad.
¿Cuál fue? Ni más ni menos que un viaje a México.
En una de esas vacaciones que visité Tampico, me sobrevino en choque cultural. ¡Pero al revés!
Resulta que unos amigos me invitaron un café. Tenía tiempo de no verlos y me encantó la idea.
Hacía mucho calor en Tampico, era agosto. Era sábado. Era temprano.
Me vestí. Busqué ropa limpia. Una camiseta limpia, un short limpio, unos tenis limpios.
Salí...
... y todo el mundo me miró feo.
Como diciendo "¿Y este mico de qué árbol se cayó?".
Fui a la casa de mi amigo. Le dio gusto verme, aunque me vió sorprendido de arriba a abajo.
No estaba listo. Pidió que lo esperara para ir al café.
Salió media hora después: Camisa de manga larga, de vestir. Camiseta de algodón abajo. Pantalón de vestir. Zapatos de charol.
"Chuy, pero si sólo vamos al café que está aquí abajo, en el primer piso", le dije. No me escuchó. Luego, en el café, comprendí porqué: TODO el mundo andaba así, formal.
Yo era el único fachoso. El único "agringado" (nada más que prieto, no güero y de ojo azul).
No me trataron mal, es cierto. Porque ni me hablaron. Pero sus miradas decían mucho.
Me volví a sentir como durante mi primera visita a Dallas: Chiquito, acomplejado, traumado. O peor.
"¿Porqué te vistes así, mijito?", me preguntaba mi preocupada madre, cuando me alistaba para salir a dar la vuelta al parque. "¿No trajiste ropa buena?"
La miré sorprendido: "Mamá, esta ropa es buena. Es cómoda, es de marca, la compré en JCPenney. Está limpia."
"¿Es qué la gente de Estados Unidos siempre anda así de fachosa? Mírate: Pareces un pelafustán".
!!!!!!!??????
Fue entonces cuando comprendí la enorme diferencia respecto a las actitudes de los mexicanos y los gringos respecto a la ropa. Y traté de entender porqué.
La ropa en México es cara. Para vestir bien, uno debe tener cantidades suficientes de dinero para sufragar ese 'caprichito'.
En Estados Unidos, no. La ropa es barata, y a veces, baratísima. Siempre hay ofertas especiales, hasta de ropa de marca. Uno se puede comprar pantalones y camisas de marca por 10 dólares o más. Si alguien quiere vestirse bien, no está fuera de su alcance.
Consecuentemente, toda la gente viste casi igual. No se notan las diferencias abismales entre ricos y pobres a las que está uno acostumbrado en México.
Los mexicanos tenemos terror a ir "en fachas". Es símbolo de naquería, de pobreza, de poca estima personal. Por eso la gente se pone sus mejores galas para ir a comer afuera, para ir al cine, y hasta para ir al súper. Para que no lo vean a uno "feo" ni "naco", ni le quieran ver la cara a la hora de pagar.
Mientras que en Estados Unidos, no es así. Prevalece la comodidad. La ropa no es un lujo, es una necesidad. Entre más fresco ande uno, mejor.
(Por eso vemos como marcianos a esos gringos turistas que andan en shorts y chanclas. No podemos entender cómo teniendo tantos dólares, no puedan vetirse "bien".)
Ya llegó primavera a Texas. Comienzan los calores. Por eso, me disparé a Payless y compré unos huaraches de cuero, tipo tenis. Frescos, flexibles, cómodos.
Y estaban en oferta: de 25 dólares, me los vendieron en 16. Una ganga.
Ahí ando, merodeando por la calle con mis huaraches. Y no me siento fuera de lugar.
Supongo que si me los llevo a México me van a ver como un "huarachudo". Me van a tirar a lurias. Y seguramente mi pobre madre se va a desmayar de un soponcio al saber que todo ese dinero que ella gastó para vestirme bien de niño, con mucho esfuerzo, fue en vano.
Pero mientras, me contento con andar fresco cuando voy al cine con mi hijo, cuando voy al súper, o cuando voy a dar la vuelta.
Al fin y al cabo, en este país "de fachosos", todo huarachudo es rey.

2 comentarios:

  1. Anónimo8:19 p.m.

    Y con ropa buena tan al alcance de la mano se siguen vistiendo tan mal?? Pues yo no sé si "como te ven, te tratan" pero seguramente "como te vistes, te ves (a tí mismo)"; tal vez los gringos más que liberados nomás tengan mal gusto jajajaj. Gran artículo!

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  2. Anónimo3:48 a.m.

    No es q se vistan mal! Ellos son practicos! no les importa aparentar como los tipicos sureños o chilangos muertos d hambre q no tienen un peso en la cartera y traen un traje viejo o replica presumiendo. Los del sur visten horrible no combina lo q usan. ..y segun ellos muy nice. No saben ser cool puro presumir lo q jamas seran q feo.
    Ademas por mas q traten jamas se veran como un gringo q con ropa comoda se ve fino. Yo vivo en la frobtera y naci en usa y siempre q voy a veracruz es lo mismo q por q me visto asi? para los nacos q no entienden de usa les explico y tu x q tvistes para quedar bien y no para ti? atte Amy Bradley Cazares

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