lunes, abril 18, 2005

Manuel, el de la basura

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Lo conocí hará cosa de dos años. También en diciembre. También con un frío espantoso.
Típico invierno texano. La piel de la cara quemaba y lo único en que pensaba era en quedarme en mi casa.
Vivíamos en un departamento, en el primer nivel. Ese día se habían amontonado varias bolsas de basura en la cocina, y salí un momento al frío a sacarlas. Debía caminar hasta el contenedor comunitario de los departamentos, que estaba a unos doscientos metros de mi puerta.
Como pude, balcanceé las tres bolsotas negras de plástico en mis dos manos, y comencé a caminar a brinquitos para espantar las temperaturas bajo cero.
-¡Oiga, señor!
Me llamó una voz. Volteé distraídamente y lo ví por primera vez: Era un hombre de unos treinta y ocho años. Vestía un sencillo suéter, unos desgastados pantalones de mezclilla y tenis. Unos bigotitos y una rala barba era lo único que definía su rostro.
Un inmigrante mexicano indudablemente.
-¿Sí?- pregunté. -¿Qué se le ofrece?
El hombre se acercó a mí, encorvado como para mantener el poco calor en su cuerpo. "Ya me imagino qué se le ofrece", pensé. "De seguro algún dinero. Me va a salir con algún cuento de que iba a México, que su camión lo dejó, que va a ver a su abuelita enferma... En fin".
-Buenas, mi nombre es Manuel- se presentó el individuo. Como si adivinase mis pensamientos, me explicó: - No, no le vengo a pedir nada. En cambio, vengo a ofrecerle algo.
Ahora sí había picado mi curiosidad.
Prosiguió: -Verá usted, resulta que yo vivo en estos mismos departamentos, por allá. Y veo que usted tiene que caminar todos los días hasta el contenedor de basura para tirar sus bolsas.
Hasta ahí, todo era obvio. En medio de los malabares que trataba de hacer con las tres bolsotas, asentí.
-Bueno, pues yo le estoy ofreciendo a la gente que vive por aquí mis servicios para encargarme de tirar las bolsas de basura- declaró Manuel.
No, no sonaba a cotorreo, lo dijo muy en serio. Muy profesional.
-¿Usted quiere tirar mi basura?- pregunté casi sin pensar.
-Bueno, sí. Por un pequeño cobro, claro- explicó-. Mire, por cuatro dólares a la semana, yo puedo pasar por su puerta todos los días, e ir a tirar las bolsas de basura que usted me deje la noche anterior. Así usted no tiene que salir al frío ni arriesgarse.
Me quedé pensando. Ya ni sentía las bolsas.
-Si usted lo prefiere, puedo pasar una vez a la semana, o cobrarle por bolsa. Entonces la tarifa sería $1.50- detalló.
Debo confesar que Manuel me sacó de onda. Yo, de malpensado, estaba seguro de que este mexicano (inmigrante como yo), humilde me iba a pedir dinero. Una limosna. En cambio, Manuel -con toda la dignidad de un ser humano trabajador- me había ofrecido un servicio. Satisfacer una necesidad.
Una mujer negra, bien vestida y esbelta, bajó entonces por las escaleras desde el segundo piso del edificio de enfrente. Mientras se subía a un auto Honda, se tomó un momento para voltear, ver a Manuel, y saludarlo con un ademán y una sonrisa antes de partir.
-Ella es una de mis clientas- explicó Manuel sonriente, mientras devolvía el saludo.
No contraté los servicios de Manuel en ese momento. Le dije que en ese rato no tenía dinero, que lo iba a pensar. Entendió perfectamente. Garrapateó su teléfono en un papelito arrugado que me entregó, a manera de "bísnes card" y se despidió.
Manuel me dejó pensando. ¿Quién era? Me ofreció un servicio sencillo, ir a tirarme la basura. Parecería hasta algo prosaico e incluso ridículo.
Pero su actitud me encantó.
Me imaginé que Manuel había venido a Texas desde México a trabajar. Como tantos inmigrantes latinoamericanos. Quizá la suerte no le sonrió. Quizá no pudo comprar papeles "chuecos" (cuestan caros). Quizá nadie le tendió la mano, ni lo recomendó en una chamba.
O quizá sí tenía trabajo, pero a la mejor lo despidieron. O era empleado temporal.
O a la mejor sí tenía empleo, pero no le alcanzaba. Necesitaba pagar cuentas. El mandado.
El caso es que me imaginé a Manuel despertándose un día y encontrándose con el dilema de que necesitaba dinero.
Muchos de nosotros hubiéramos pasado ese día lamentándonos. Y el siguiente. Y toda la semana. Maquinando maneras de pedir prestado a los cuates. O maldiciendo a Estados Unidos por no ser el paraíso donde se barren los dólares, como pensábamos.
Pudo no haber hecho nada, quedarse cruzado de brazos, en espera de que le mejorara la suerte.
O peor, irse a robar, a matar. A sacar dinero fácil.
Pero no. Manuel no hizo eso. En cambio, pensó qué podía hacer para juntar dinero. No tenía trabajo. No hablaba inglés. Pero tenía dos brazos, dos piernas y un cerebro.
Se le ocurrió cobrar a sus vecinos por irles a tirar la basura.
Es cierto, caminar hasta el contenedor puede ser una latita. Sobre todo para quienes viven lejos del tiradero, o para quienes no tienen tiempo (en este país todo mundo anda a las carreras). O quien lo olvida. Hay muchas mujeres viviendo solas. O el marido trabaja. No falta qué ocurra.
Manuel quizá vió una oportunidad de negocio, un nicho como dicen los entendidos. "Quizá", pensó, "haya quien esté dispuesto a pagar por ese servicio".
Y se lanzó a su empresa.
Cuatro dólares a la semana es muy poco para este país. Es lo que les sobra a muchos en feria en la bolsa. Haciendo cálculos, pensé que si Manuel tenía diez personas a quienes les tirara la basura a la semana, ya se estaría ganando unos cuarenta dólares cada siete días. Libres de polvo y paja.
No es un salario, claro, pero al menos sirven para comprar lo básico. Pan, tortillas, huevos. Leche. A la mejor Manuel tiene familia, aquí o en México. Para un padre, cuarenta dólares muchas veces significa la diferencia entre que sus hijos se vayan a la cama con hambre, o que tengan algo para cenar.
Manuel para mí es un símbolo de los inmigrantes mexicanos y latinoamericanos que vienen a este país. No es el mejor. No es el más famoso, ni el más exitoso. Es, en cambio, uno más entre millones de inmigrantes que día a día se abren camino a brazo partido, inventando, creando, ingeniándoselas para encontrar cómo ganar el dólar de mañana. Ya sea pintando un cuadro hermoso, dirigiendo una corporación, escribiendo una canción, construyendo una carretera... o tirando la basura a sus vecinos.
Es la misma iniciativa que nuestra gente muestra en todos lados, fuera o dentro de sus países. Es gente que en un arranque de crisis, agarra unas tortillas, les unta frijoles, queso y chile y se lanza a vender tacos a la calle para salir adelante. Pero de hambre no se mueren.
Esta es, precisamente, el tipo de actitudes que Estados Unidos premia con el éxito a quien se avienta a trabajar a diario, sin importar de qué país venga, ni si es morenito, indito o feo.
Cada día, más y más Manueles salen adelante en este país, a pesar de las críticas y ataques de los que, todavía, no nos quieren.

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