martes, abril 12, 2005

Mano cadena

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Don Candelario fue el primero de su familia en llegar a Estados Unidos, a principios de los ochentas.
Él había crecido en un pueblito en el centro de San Luis Potosí, donde tradicionalmente sus jóvenes viajan al norte en busca de oportunidades. Don Candelario no lo dudó, y partió un día a la aventura.
Cuando ya tenía cierto tiempo en Dallas (a donde había llegado a buscar a un amigo), le llamó a un hermano mayor. Me va bien, dijo. Quizá tú puedas encontrar oportunidades.
Cuando ya eran dos hermanos en Dallas, no perdieron la oportunidad y les llamaron a los demás hermanos. En total, toda la familia -incluídos siete hermanos, padre y madre- emigró.
El mejor amigo de Don Candelario, Rubén, también viajó, y se estableció. Como él, también había nacido en el mismo pueblo, y siempre habían sido camaradas. A los pocos años de vivir solo, mandó por su mujer y su hijo de cuatro años.
Esa mujer tenía hermanos, a los que también invitó a irse a Estados Unidos. Todos ellos se establecieron primero en la misma casa, compartiendo los gastos, hasta que se casaron y se independizaron. Todos ya tienen cónyuges, hijos y una vida formada en Estados Unidos.
También trajo a sus papás, dos personas mayores, que ya son residentes en este país.
Una vez, toda la familia se puso a sacar la cuenta de la gente que ha llegado desde la llegada de Don Candelario. En total, perdieron la cuenta cuando llegaron a sesenta, incluyendo arientes, familia directa e indirecta, amigos y quién sabe cuántos más.
Esta no es la historia de los Buendía de Macondo. No, es la historia de los Gómez, de San Luis Potosí, y Dallas. Pero también pudiera ser la historia de los López, de Zacatecas y Chicago, o de los Villanueva, de Morelos y Los Ángeles.
Estas historias se repiten una y otra vez en Estados Unidos: Son las historias de miles y miles de migrantes mexicanos y latinoamericanos que llegan a este país.
El guión es casi el mismo: primero llega uno, abre brecha, encuentra oportunidades y se establece. Al poco tiempo manda por los hermanos, las hermanas, o la esposa e hijos. O los papás, amigos o compadres.
Es la "mano cadena" que nos gusta tanto mencionar en Latinoamérica cuando nos referimos a un esfuerzo compartido.
Esta "mano cadena" es la que está convirtiendo a Estados Unidos en un país hispano. Porque a nosotros nos gusta la vida familiar. A diferencia de la mentalidad anglosajona (donde los hijos pueden mudarse de Los Angeles a Nueva York en busca de oportunidades, sin lamentar la separación de la familia), nosotros siempre añoramos a los nuestros. Los idealizamos, no pasa un día sin que nos acordemos de ellos, ni que maquinemos nuevas formas de traerlos para acá. Y casi siempre lo logramos.
Esta actitud la vemos en todo Estados Unidos. Cuando vamos a cualquier sitio público (restaurante, sala de cine, tienda) los hispanos somos fácilmente reconocibles porque cargamos hasta con el perico. No coincibimos vivir alejados de los nuestros, ni aunque se trate de tíos ya no tan cercanos, o los mismos abuelos.
Las mismas leyes migratorias de Estados Unidos están diseñadas para facilitar esta tendencia: buscando fortalecer la "reunificación familiar", Washington modificó su legislación para hacer más fácil que un residente o ciudadano traiga a sus hijos, padres o hermanos, algo que es raro que otros países permitan.
Resultado, los hispanos (y en particular los mexicanos) resultamos los más beneficiados. Casi todo el mundo tiene un pariente, un amigo o un conocido viviendo acá. No es de extrañarse, por tanto, que más del 70 por ciento de los 30 millones de hispanos que viven acá sean de origen mexicano.
Esa "mano cadena" también explica porqué existen comunidades enteras originarias de un mismo pueblo en ciertas ciudades, como en Nueva York, donde casi ya es un municipio del estado de Puebla, de tanto poblano que se ha ido para allá. No se sabe quién fue el primer poblano que pisó la ciudad de los rascacielos, pero seguramente fue alguien que tenía muchos amigos y familia, porque ahora ya está lleno por allá. Incluso ya hay quienes han rebautizado a la ciudad como "Puebla York".
Usted puede saborear mole poblano con la misma facilidad con que encuentra los famosos hot-dogs neoyorquinos, a la vuelta del Central Park.
Y así ha ocurrido con cada rincón de Estados Unidos. En Dallas, donde vivo, son enormes las comunidades de guanajuatenses y potosinos (como la familia de mi esposa). En otras ciudades son los michoacanos o los morelenses. O los zacatecanos o hidalguenses.
Ya no ocurre esto solamente en ciudades grandes, como Los Ángeles o Chicago. Ahora hasta los propios anglosajones se sorprenden de cómo se han "mexicanizado" barrios y pueblos enteros en el corazón del país, en estados típicamente norteamericanos como Wisconsin, las Dakotas, o Kansas, donde las plantas procesadoras de alimentos, o las granjas requieren constantemente de la mano de obra inmigrante.
Para bien, o para mal, este es un hecho irreversible. Ninguna ley lo detendrá, ni todos los agentes de inmigración con que cuente Estados Unidos.
Todos los días se repite la historia. Y con cada nuevo Don Candelario que llega a abrir brecha, hay montones de familiares detrás de él, esperando que les den la luz verde que inicie una nueva dinastía de méxico-americanos en Estados Unidos.
Y todos los días, estas familias hacen un poquito de historia. Tanto de México como de Estados Unidos, a pesar de todo.

E-mail: cfzap@yahoo.com
www.cesarfernando.blogspot.com



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