lunes, abril 25, 2005

Los verdaderos embajadores de México en EEUU

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Jimmy es cuate. No es mexicano, sino colombiano. Es un periodista de Bogotá que, por cuestiones de superación, se aventó a venirse a Estados Unidos para conseguir "el sueño americano". Como todos.Coincidí con él varias veces en mi trabajo, y con frecuencia organizábamos tertulias informales en la oficina, cuando se dejaban caer por allí otros amigos sudamericanos, casi todos prófugos económicos de los medios de nuestros países.Por eso me sorprendió cuando un día, mientras charlábamos, me soltó la frase de sopetón:"Déjeme decirle, mi amigo (los colombianos se hablan siempre de usted, hasta entre niños), que de verdad usted no parece mexicano". Mi obvia respuesta fue otra pregunta: "¿Porqué?"."Bueno, pues porque usted no viste de sombrero ni botas", explicó seriamente, señalándome. "Pero, sobre todo, porque usted sí sabe expresarse bien, es educado, y habla español correctamente".Mi reacción no fue de agradable sorpresa, sino de simple sorpresa. No sabía si agradecerle el comentario como un cumplido hacia mí como individuo, o sentirme ofendido como mexicano.Cuando Jimmy vio mi expresión, de inmediato aclaró: "Bueno, usted sabe porqué lo digo".Lo entendí. Yo quizá no sea el "mexicano típico" que todo mundo espera ver en Estados Unidos. La imagen que abunda allá no es la de los mexicanos urbanos, con título universitario, ciudadanos del mundo global del año 2002, como nos gusta vernos a nosotros mismos.Jimmy esperaba que yo usara la frase "ansina mesmamente" para afirmar algo. Que me dejara el bigotote a lo Pancho Villa y anduviera de sombrero hasta en la iglesia. Ah, y que manejara una "troca" (que no "camioneta") de llantas anchas, colores chillantes y con el estéreo a todo volumen con música de tambora.Lo que más me ofendió es que ni siquiera se esperaba que un mexicano hubiera estudiado más allá de la primaria, o que tuviera un maestro en la escuela lo suficientemente capacitado para haberle enseñado a hablar un "correcto" español.Otra:Mi amigo Tom, un gringo típico de Dallas, encendió la TV de un hotel durante una visita de trabajo que hicimos juntos a la Ciudad de México.De inmediato la pantalla se iluminó con la imagen de una conductora de uno de los noticierillos que TV Azteca mete entre la programación regular.La joven iba vestida con un saco formal y llevaba el pelo bien peinado, sobre los hombros. Pintado de rubio."She doesn't look Mexican!", fue la primera exclamación de Tom. (Traducción: "Ella no parece mexicana".)"¿Porqué dices eso? ¿Cómo son las mexicanas, según tú?", le pregunte, medio en broma y medio alarmado. Me respondió con un ademán de "tú sabes", más que elocuente.La respuesta se la leí de la mente. Tom, obviamente, esperaba ver leyendo las noticias de la tele a una mujer de piel muy morena, con trenzas y rasgos indígenas. Si hubiera estado vestida como danzante de la Guelaguetza no le hubiera parecido nada extraño. Estas imágenes de documental de National Geographic que Tom esperaba en la tele no tienen nada de malo, excepto que no representan a a la mujer mexicana típica que uno encontraría en una calle de Guadalajara o Veracruz.Cierto, muchos mexicanos (casi la mayoría) tenemos rasgos y ancestros marcadamente indígenas. ¿Tiene algo de malo esto? No que yo sepa. Tampoco es que me interese sobremanera, excepto que es una imagen equivocada. Como también lo sería suponer que todas las mujeres mexicanas son como las conductoras de noticieros, altotas, güerotas y sofisticadas, a lo Rebeca de Alba.Estos incidentes se me quedaron grabados como una reacción típica de un gringo promedio, como Tom, o un latinoamericano , como Jimmy. No los culpé, no actuaron con malicia. Las imágenes que tienen son típicas de casi todos los que viven "del otro lado", y a las que siempre recurren mentalmente cuando oyen el término "Mexican". Es una reacción instantánea, irreflexiva.Aunque mucha gente "nice" al sur de la frontera se horrorice, quienes llevan nuestra imagen como nación en Estados Unidos, no son Carlos Slim (el hombre más rico de Latinoamérica), ni Luis Miguel. Tampoco María Félix ni Carlos Fuentes. Ni siquiera Vicente Fox, quien más bien parece presidente de la República Menonita.No, la "gente bonita", o los representantes de la "inteligentzia" quedan totalmente fuera del cuadro cuando al gringo típico se le pregunta cuál es la idea que prevalece de los mexicanos.Nuestros embajadores más representativos, para bien o para mal, son los campesinos. La gente rústica, la que no tiene educación ni de primaria. La que trabaja en el cultivo, con las manos. La que muestra en su rostro las arrugas y pigmentación de quien labora bajo los rayos del sol día con día.No sería de extrañarse. La inmensa mayoría de los Mexican-Americans (ciudadanos americanos de origen mexicano) son descendientes de gente humilde. Muchos ya estaban allí antes del Tratado Guadalupe-Hidalgo, pero la mayoría apenas sí llegaron hace algunos años. Y siguen llegando.Y es que los migrantes que tanto enaltecen los medios cuando muere uno en el desierto, o cuando son ejecutados en Texas, no provienen de San Angel, Coyoacán o San Pedro, Nuevo León. Provienen de pueblitos -a veces conocidos, a veces perdidos- de Guanajuato, de San Luis Potosí, de Michoacán.No vienen de "shopping" ni a "ver mundo". A duras penas saben dónde está Dallas o Nueva York en un mapa. No vienen a ver lo bonitos que están los "freeways" ni a vestir ropa de marca.Vienen a trabajar.El inmigrante que los mexicanos del DF o Monterrey quieren ver, sofisticado y a la vanguardia, no se da mucho por estos lares. Aunque debido a la recesión económica, sí ha habido un aumento considerable de migrantes con título universitario y bilingües (no sólo de México, sino de toda Latinoamérica), la aplastante mayoría de los recién llegados son gente rural, con escaso nivel académico, según datos del censo de Estados Unidos 2000.Las cosas van cambiando, pero muy lentamente. Muchos migrantes mexicanos se han superado. Y lo siguen haciendo. Pero aún son más los campesinos que llegan a diario sin nada, con un muy largo camino por recorrer. Esa es la imagen que se tiene de los mexicanos en Estados Unidos.Los gringos todavía no se enloquecen por los discos de Paulina Rubio o Paty Manterola. Tampoco funcionó muy bien el querer meter con calzador a Thalía en el gusto anglosajón, invitándola al programa de Oprah Winfrey. En cambio, quienes sí venden discos a lo bestia son Los Tigres del Norte y Los Tucanes de Tijuana. Es más fácil verlos a ellos en la tele y en los medios como artistas consagrados.El "jet-set" mexicano, ése que nos gusta ver en los reportajes de "El Gordo y la Flaca" o "La Oreja" desde Miami o Beverly Hills, es una élite, y como tal, reducida. Minúscula, diríamos. Es fantasía y oropel. No realidad. Y creo que, para bien o para mal, los mexicanos "de allá" , los que se quedaron, habrían de ir enfrentándolo.

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