jueves, abril 14, 2005

Los "cangrejitos" inmigrantes en EU

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Ya creo que todos hemos escuchado la famosa historia del cangrejito mexicano que quería salir de la cubeta, ¿verdad?
Por si no la conocen, es la de ese pescador que estaba agarrando cangrejos en un río. Tenía dos cubetas llenas de su pesca, pero una estaba tapada y la otra no.
Cuando alguien preguntó al pescador porqué tenía una cubeta destapaba, respondió: "La cubeta tapada tiene cangrejos normales, que se salen si los dejo. La cubeta destapada, en cambio, tiene cangrejos mexicanos. No necesito ponerle tapa".
Lo que pasaba es que cuando un cangrejito mexicano quería salir de la cubeta, los demás, aparentemente, lo jalaban hacia abajo.
Claro, la anécdota tiene su moraleja: Los mexicanos no aguantamos que otros sobresalgan. Cuando podemos, los jalamos hacia el piso para que se queden a nuestro nivel. Por eso no progresamos, por eso siempre vamos a estar fregados, por eso siempre vamos a ser subdesarrollados, etc., etc...
Bueno, esa historia la he escuchado montones de veces desde que vivo en Estados Unidos. Sobre todo cuando llegué por primera vez acá, y ví la enorme diferencia entre la manera en que viven los inmigrantes mexicanos con respecto a los de otras nacionalidades.
Si uno va a un barrio donde viven, por decir, inmigrantes chinos o vietnamitas, es lo mismo: Casas bonitas, arregladas. En barrios buenos. Casi todos tienen su negocio propio.
Algo muy similar ocurre con los que vienen de la India.
En general, estos inmigrantes tienen un nivel de vida muy superior a los mexicanos.
¿Porqué? Hay una explicación que sale fácil de los labios: "Es que los chinos y los indios se apoyan entre ellos", me explicaba un "experto" todólogo, que para cualquier tema tiene una teoría. "Cuando alguien viene de China, la comunidad hace una 'tanda' para ayudarlo a establecer su negocito, y luego les paga a todos. Igual pasa con otros migrantes, como los hindúes o árabes".
"¿Te has fijado, por ejemplo, que todos los árabes son dueños de un Seven-Eleven?".
Por supuesto, esto no pasa con los mexicanos, continuó. Al contrario: Los mexicanos recién llegados siempre son vistos como carne fresca para aquellos transas con más tiempo en Estados Unidos que buscan abusar de él (o ella).
Confieso que me creí la historia. Y más de una vez la "comprobé" al ver lo mal que se portaba ciertas personas con sus propias gentes.
Pero ahora me convencí de que no siempre es así.
Yo lo comprobé después de que compramos nuestra casa. Es nuestra primera casa en Estados Unidos. Ya saben, el "sueño americano", y todo lo demás.
(Un sueño que nos costó cinco años de trámites, y otro año en broncas con el crédito, con conseguir una hipotecaria buena, un interés decente, etcétera).
Pero bueno, por fin compramos la casita. No es la más bonita que encontramos. Tampoco la más barata, pero por lo menos, es lo que pudimos encontrar basados en nuestros ingresos.
Cuando acudimos a tomar posesión, los defectos comenzaron a salir a flote: La alfombra estaba asquerosa. La cerca del patio trasero estaba prácticamente tirada en el piso, de tan vieja y podrida. Y las paredes del interior brillaban, pero de mugre.
Cuando Arnold, mi cuñado, la visitó, notó algo raro en una pared. Le comenzó a dar pequeñas patadas con la punta del pie en la base de la pared.
Su pie hizo un hoyo sin esfuerzo. En la pared.
Dejó un agujerote, de lo podrido que estaba la madera.
Confieso que la casa se veía muy diferente cuando la visitamos por primera vez. Quizá fuera porque estaba habitada y amueblada. O quizá fuera porque el inspector que la revisó nos vio la cara y nos dijo que todo estaba perfecto.
Ante tal situación, nos dimos cuenta que teníamos dos opciones. O nos peleábamos con la hipotecaria y los antiguos dueños para que arreglaran los desperfectos (lo que implicaría semanas o meses de desgastantes broncas), o pagábamos nosotros mismos de nuestra bolsa los arreglos. Lo que, por supuesto, implicaba desembolsar miles y miles de dólares. (La mano de obra es carísima en Estados Unidos).
Nunca nos imaginábamos que la solución estaba frente a nuestros ojos.
Arnold dijo: "No se preocupen. Yo les puedo ayudar a pintarla. Y de paso, les arreglo esa pared".
En un dos por tres, reclutó a amigos, compadres y familiares. Todos expertos en construcción, pintura, carpintería. Todos de confianza. Todos mexicanos.
Sin cobrar nada (solo las tortas, los refrescos y pa'la gasolina), todos ayudaron en la casa: Cambiaron la pared que estaba cayéndose de podrida. Pintaron toda la casa por dentro, los tres cuartos, mas la cocina, comedor, sala y baño.
"Mira, esta pintura es barata, pero no es buena. Si compras de esta otra, sale cinco dólares más cara, pero te dura más, y es de lujo", me explicaba Arnold en la tienda de pinturas, exponiendo sus secretos profesionales a mi beneficio."Déjame te doy el número de mi cuenta de pintor para que te hagan un descuento".
La pintura me salió más barata que cualquiera que hubiera podido encontrar en cualquier tienda.
Pero eso no fue todo. Haciendo gala de talento, Arnold y asociados hasta se dieron tiempo para darle unos efectos artísticos a los cuartos, "de ésos que sólo hay en casas ricas".
En el patio, nuestro sobrino Jon y el tío abuelo tumbaron a patadas la cerca del patio. Veinte años de podredumbre y humedad. Apenas terminó con la pintura, Arnold dirigió sus baterías hacia el patio.
"Hay una madera muy buena, a buen precio", explicó. "95 centavos por tabla. Puedes comprarla, y yo te instalo una cerca nueva, con puertas y todo. De paso compramos una pintura para que dé el efecto de cedro, y te va a quedar como si fuera una cerca de casa residencial".
La cerca dio más batalla, pero al final, en menos de una semana, estaba levantada. De inmediato el vecino de al lado, un inmigrante chino, comenzó a regatear con Arnold los pormenores de un trabajo similar en su patio.
"Por lo menos te van a caer chambas aquí", le dije.
De pilón, arreglaron los desperfectos menores que había, como cerraduras y apagadores de luz.
En menos de un mes, la casa estuvo mejor que antes, sin desembolsar gran cosa, solo para el material usado (pintura y madera).
"Oye, no tenemos para pagarles", le advertimos a Arnold, señalando a sus ayudantes.
"No se preocupen, ellos me ayudaron hoy. Cuando ellos tienen algún pariente que necesita ayuda, yo voy y no les cobro. Todo queda en familia", respondió.
Por supuesto, estas actitudes dan al traste con la teoría de los cangrejitos. Arnold, quizá por ser familia, estaba hasta cierto punto comprometido a darnos una mano, pero igual no era su problema. Podría haber hecho el esfuerzo mínimo para no quedar mal, "y háganle como quieran".
Pero no, le echó todas las ganas. Y sus amigos también. Sin ser familia. Por pura solidaridad.
Lo curioso es que, a pesar de lo que se diga de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, esta actitud es común: Somos tantos, que siempre tenemos alguien, un Arnold, que nos ayude con una bronca.
En otras comunidades quizá a los recién llegados les ayuden instalándoles un negocio, como con los asiáticos. Quizá entre los hindúes es común tener familiares abogados (que les ayuden con cuestiones legales) o médicos (que les ayuden con su salud).
Nosotros los mexicanos siempre tenemos alguien que sabe de carpintería. O de construcción, o de plomería, o de jardinería. O de mecánica.
Tal vez estas personas no tengan profesiones con el "glamour" de las familias asiáticas, pero igual siempre están dispuestos a ayudar a parientes o amigos que tienen un problema, sin cobrar.
Cuando vimos que había una gotera en el techo de la casa (¡otra bronca!), supimos que podría convertirse en un problema serio a la larga. Mi esposa de inmediato lo comentó a un conocido de la iglesia, quien casualmente es techero. Llegó en su motocicleta y revisó el problema sin cobrar.
"No se preocupe", explicó. "Nosotros le podemos ayudar, le podemos poner un parche en la teja, o cambiarla. Yo tengo tejas que me han sobrado, eso lo hacemos rápido".
Mientras se subía a su Harley-Davidson, y encendía el motor, agregó: "Y si tiene problemas con la plomería u otra cosa le puedo llamar a mi hermano, él sabe de éso".
Luego, vimos la alfombra. Era un asco. Le comentamos eso a unos compadres. "Oiga, nosotros conocemos a un amigo de un compadre que pinta alfombras. Le puede cobrar barato, si yo lo recomiendo", nos dijeron.
Luego, Lupe, nuestra otra cuñada, nos recomendó a una persona, un jardinero, que ayudaría al mantenimiento del jardín y el pasto. Cobrando poco, claro. Por ser amigo.
Así, haciendo uso de la red de ayuda de la familia, hemos estado saliendo poco a poco de las broncas.
"Gracias, Arnold", le dijimos al salir.
"No hay tos. Oye, por cierto, tengo algunas broncas con la traducción de un contrato. ¿Me puedes echar la mano para pasarlo al inglés?"
Nosotros no sabemos nada de albañilería. Somos unos inútiles a la hora de arreglar el sistema eléctrico de una casa, y estamos perdidos en cuanto a plomería. Pero, como parte de la red "de cangrejitos", estamos dispuestos a ayudar en lo que sabemos. Ahora nos toca a nosotros dar algo de lo recibido.
Yo sé que cada quien cuenta cómo le fue en la feria. Y sé que más de un inmigrante se las ha visto amargas por culpa de otros inmigrantes abusivos. Allá afuera, es cierto, hay muchos cangrejitos que buscan a otro para hundirlo más adentro de la cubeta.
Pero en lo que a nosotros respecta, comprobamos que la teoría no siempre corresponde con la realidad. Y como nosotros, hay muchas otras familias de inmigrantes latinoamericanos con parientes "cangrejitos", cuya ayuda desinteresada siempre los saca de cualquier cubeta donde se hunden para hacer realidad su "sueño americano".

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