jueves, abril 14, 2005

Las ventas de garage en Estados Unidos: Tentación y perdición

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Es increíble cómo se llena uno de chácharas viviendo en Estados Unidos.
Esto lo pudimos comprobar en carne propia con la pasada mudanza: del pequeño departamento de una recámara que hasta entonces ocupábamos, salían cajas, cajas y más cajas llenas de cosas.
"Y pensar que llegamos a este país sólo con una maleta de ropa", pensé mientras mi espalda sufría cargando.
En un abrir y cerrar de ojos la casa nueva, de tres recámaras, se llenó con cajas y montones de cosas. Y pensar que todo estuvo antes amontonado en un departamentito...
Cualquier dirá, bueno, de qué se quejan. Vivir en Estados Unidos les da la facilidad de comprar lo que nunca pudieron (o podrían jamás) adquirir en México. Los aparatos electrónicos, enseres, ropa, son más baratos que en América Latina. Más accesibles, claro.
La cosa es que no hablo de eso. Por supuesto, poder comprar un refrigerador, una tele, una cama a precio razonable siempre es bienvenido.
Pero el problema es que la mayoría de las casas en este país están llenas de cosas superfluas. Mugre y media que nunca sabemos porqué compramos, ni de dónde salió: Juguetes. Prendas. Adornitos. Libros...El consumismo.
Me corrijo: Sí sabemos de dónde salieron todas estas cosas. La mayoría las compramos en las ventas de garage.
Es una tentación irresistible, lo reconozco. Cada fin de semana, uno solamente debe salir a la calle, a cualquier vecindario, para encontrarse con los letreritos hechos de cartón que invitan a comprar: GARAGE SALE (y una flechita hacia la casa en cuestión).
Uno va manejando, o caminando. Va a algún mandado, a ver a la familia, a hacer la compra de la semana. Pero bueno, vemos el letrerito que parecería que nos atrae como el canto de una sirena, nos volteamos a ver y decimos, "bueno, ¿porqué no vamos a ver? Total, un ratito, no nos tomará mucho tiempo. Ya andamos por aquí."
Y así comienza. Nos desviamos un poquito y llegamos al lugar, el cual se ve a lo lejos porque ya hay varios carros estacionados hasta en doble fila.
Entramos en otro mundo. La gente de camiseta, pantalones cortos y tenis se desvía un momento. Los días son soleados, invitan a salir. ¿Y qué mejor lugar para socializar y pasar el fin de semana que una venta de garage? Quién sabe, a la mejor uno termina comprando algo verdaderamente últil.
Hay de todo: Ropa, juguetes, aparatos, chuchería y media y hasta muebles o estufas. Nos hemos encontrado hasta con equipos de gimnasio, herramientas y colecciones de estampillas.
Claro, uno no puede resistir a la tentación. Y si se pone abusado, puede obtener hasta una ganga.
Bueno, con decirles que la primera sala que nos compramos, la hallamos, precisamente, en una venta de garage. Y eran muebles muy buenos, que aguantaban bastante. Por una fracción de lo que costaban en la tienda.
"A ver, métete por allí a ver si encontramos una Estate Sale", me dice mi esposa. Esas son mejores: Son las ventas en casas en las que los dueños han fallecido, o se mudan. Los familiares no quieren encargarse de todo el triquerío que los abuelos han acumulado durante décadas de vivir en Estados Unidos (y, claro, visitando ventas de garage) y deciden venderlo todo. Absolutamente todo lo que está en las casas, desde los muebles, computadoras (de los ochentas), juegos de atari, juguetes, ropa (corbatas, pantalones, zapatos, calcetines), libros y hasta los cuadros de las paredes y las fotos familiares. Huelga decir que estas ventas siempre están atestadas. La gente hasta llega con camionetas para cargar los objetos pesados que compra.
Claro, no son cosas nuevas. Ni perfectas. Pero uno siempre puede encontrar algo en buen estado, o con pequeños defectos, por un diez por ciento del precio de tienda.
Incluso hay objetos que se encuentran en su envoltura original, que nunca fue abierta.
Veo a la gente que sale satisfecha, cargando mugre y media y atiborra sus carros. Esta señora compró rollos de papel tapiz nuevecito, nunca usado. Aquél hombre se lleva una sierra eléctrica de los noventas pero todavía funcionando. Esa niña encontró una muñeca viejita, pero que todavía sonríe, y su hermanito un juego de mesa Scrabble al que le faltan dos piezas. Total de la venta: 10 dólares.
A mi mente me llegan las estrofas del inmortal Cri-Cri: "El señor tlacuache / carga cachivaches..."
Como digo, esto puede ser el paraíso para los chachareros como nosotros. Pero también puede ser la perdición, porque aunque muchas cosas están marcadas con precios de 1 ó 3 dólares, uno se agarra a comprar y comprar y termina gastando mucho más de lo que tiene. De dólar en dólar.
"¿Un tren eléctrico?", le pregunto a mi esposa con el ceño fruncido. Trae una cajota que balancea de lado a lado.
"Sí, míralo. Está completito. Y bien barato".
"¿Y para qué diablos necesitamos un tren eléctrico?"
"No lo necesitamos, pero a la mejor lo podemos regalar en Navidad. O venderlo en eBay", me dice entusiasmada. Ya no hay más que alegar, la compra es casi un hecho.
Un individuo mira a mi esposa y ve la cajota del tren, con visible envidia y decepción. Si tan sólo hubiera llegado dos segundos antes que ella. Pero ni hablar.
"¿Y esas lamparitas japonesas?", vuelvo a preguntar.
"Están bien bonitas", me dice mi esposa, malabareando con las lamparitas y la cajota del tren.
"Ya tenemos lámparas en la casa. No necesitamos lámparas", le recuerdo.
"Pero están bien baratas. Un dólar cada una. En ningún lugar encuentras lamparitas tan bonitas a un dólar". Es el veredicto final.
Seguramente las lamparitas pasarán el resto de sus días arrumbadas en un rincón de nuestro garage. Hasta el día en que a nosotros se nos ocurra hacer nuestra propia venta de garage y encuentren otros padres adoptivos. Claro, corta feria de por medio.
Pero eso no importa ahora. Eso está lejos en el futuro. Ahora sólo importa encontrar una ganga.
"Cómprame esto, papá", me dice Cesarito, mostrandome una bolsita llena de juguetillos de ésos que salen en McDonald's. Los robots se mezclan con las princesas de Walt Disney, o un carrito de Hot Wheels y un avión caza bombardero.
"Cada bolsita le cuesta veintinco centavos", me recuerda la dueña de la casa, en un arranque inspirado de mercadotecnia. Lo dice en inglés, idioma que Cesarito entiende mejor que el español.
Cesarito agarró dos bolsas más.
(Claro, al rato esos juguetitos no van a ser mas que pedazos. Descabezados, sin brazos, olvidados en un rincón abajo de la cama. No importa cuántas veces le pongamos la película de Toy Story, Cesarito es irreductible en sus principios respecto al trato inmisericorde hacia los juguetes. Anoche se le cayó el brazo de un Gundam Wing a la taza del baño).
Debo confesar que yo mismo he caído más de una vez en las tentaciones de los "garage sales", y en un arranque de frenesí, me he llenado de libros, plumas y hasta ropa que quizá nunca quise en verdad. Esos libros nunca los leí (para ser sincero, nunca me interesó en realidad la metafísica china medieval, por ejemplo), las plumas nunca las usé, las camisetas me la puse una o dos veces, y eso para cortar el pasto.
¡Pero fueron verdaderas gangas!
Saliendo de esas ventas, ya andamos encarrerados. No podemos resistir la tentación:
"Mira, vete a la vuelta a ver si encuentras otro".
Yo callo y acato. Se nos está haciendo tarde para lo que íbamos a hacer, pero a quíen le importa si podemos encontrar una ganga.
Gringos, negros, mexicanos, chinos se mezclan democráticamente. Mucho paisano, que llega en familia, en una camioneta van o una pick up. Pagan sin rechistar, compran para todos. Es el día de asueto de los compradores de chácharas.
Los economistas oficiales ni siquiera se dignan en mirar de arriba a abajo a estos emprendedores en ciernes. Los gobiernos municipales limitan las ventas de garage a uno cada seis meses, so pena de recibir una fuerte multa. Pero seguramente estas ventas son un signo empresarial inequívoco.
Hay quienes tienen la teoría que el único objetivo de las ventas de garage es cambiar la mercancía de manos. Un tipo llega, compra una cháchara a una familia. La arrumba por tres años en su casa, y luego la saca a vender en su propia venta de garage. Millones y millones de dólares se intercambian cada semana en todo Estados Unidos gracias a estas chácharas. Y todo mundo contento.
Precisamente uno de los sitios más visitados de internet es la mencionada eBay, que es la venta de garage más grande del mundo. Allí uno puede encontrar desde autos hasta una oscura estampilla de colección para conocedores. Yo mismo he comprado montones de cosas en las subastas de eBay y hasta ahora me considero un cliente satisfecho.
Hay que aclarar que la mayoría de la gente no hace estas ventas de garage para sacar ganancias, sino para deshacerse de todas las porquerías que tiene. Aún así, el dinerillo recaudado sí nos saca de un apuro, y hasta puede ser una actividad bastante redituable.
"Hicimos una venta de garage nosotros con una vecina el otro día", contaba la Sra. Maggi, mamá de un amiguito de Cesarín. "Juntamos de todo, y nos fue muy bien. Yo vendí cuatrocientos dólares en dos días".
¡Cuatrocientos dólares! ¡Por vender las chácharas que de todas maneras uno ya no quiere! Nos pusimos a pensar, y nos dimos cuenta que estamos sentados sobre una mina de oro, y no nos habíamos dado cuenta.
Ahora estamos planeando nuestra propia venta de garage. Será el próximo sábado, en el jardín de nuestra casa nueva. La mercancía consiste en todo lo pacientemente recaudado durante seis años de chacharear por los vecindarios suburbanos de Dallas (o sea, media casa).
Cierto, la mayor parte son cosas superfluas. Podriamos decir que basura. Pero por favor, ¿dónde podría encontrar usted un ejercitador portátil clásico de los ochentas por cinco dólares? Y si compra un juego de vasitos conmemorativos del año 2000 a tres dólares, le "regalamos" una gorrita por cincuenta centavos. Una verdadera ganga.

1 comentario:

  1. Anónimo8:34 p.m.

    ola sapata tienes rason teley perosaves asisomos pornaturalesa jejeejejej cuidate diostevendiga

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