lunes, abril 25, 2005

El pasatiempo favorito de Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Cada que visito estas cadenas de tiendas en Estados Unidos, veo lo mismo: Gente. Mucha gente.
Me gusta ir temprano, aunque pocas veces lo logro. Pero ya para las 10 de la mañana las tiendas están llenas.
Los fines de semana, estas tiendas que les digo, están a reventar. Parecen una kermés, porque los clientes llevan a sus chiquillos. Llegan las familias enteras vestidas cómodamente, con camisetas, shorts y tenis, y no tardan en perderse entre los pasillos de la tienda. Se pasan horas allí, y sólo hacen una pausa para ir a comer.
A veces hay hasta música, pláticas y mesas redondas, gratis, para cualquier cliente que quiera participar. Y siempre están llenas.
¿Qué clase de tiendas son estas, se preguntarán? Seguramente de comida, o ropa, ¿no?
Pues no. Se trata de tiendas de libros. Sí, librerías, esas tiendas donde la gente puede comprar libros, revistas y discos. Algo para leer.
A los gringos les encanta leer. Es uno de los pasatiempos favoritos de este país, aparte del béisbol.
Para un servidor, quien se sentía como animal raro en México, donde las librerías son chiquitas, escasas y (generalmente) caras, esto fue uno de los descubrimientos más felices cuando llegué a Estados Unidos. Las cadenas de librerías norteamericanas son grandes, fuertes y están donde quiera.
No son sitios aburridos, silenciosos, donde solo entran ratones de biblioteca o intelectualoides pedantes. Para nada. Son sitios enormes, amplios, súper iluminados, donde hasta dan ganas ir a leer.
Y mucha gente lo hace, de hecho. De gorrra, sin pagar: Son tantos los estudiantes y niños que llegan para hojear los tesoros que ahí se encuentran, que las cadenas se dieron cuenta de esto y establecieron salitas especiales (allí, en medio de los estantes) para que uno agarrara el bonche de libros y se sentara placidamente a leer a sus anchas. Por horas, si uno quiere.
Y los empleados no los regañan, es más, ni siquiera los ven. Al contrario: Ahí, junto a las salitas hay mesas con cafeteras y galletitas por si se antoja.
Es común ver estudiantes haciendo la tarea, con las patas arriba del mueble, anotando datos de libros que nunca van a comprar, pero que ahí pueden leer a gusto.
Barnes and Noble, Borders, Bookstop, Beethoven & Shakespare and Co., son algunos de los nombres de las poderosas cadenas de librerías, que surgen como hongos. Ha de ser buen negocio, para que sean tantas y se den el lujo de prestar sus libros a gorrones.
Pero mi favorita es la Half-Price Books ('Libros a Mitad de Precio'). Es una cadena de libros usados, que tiene varias sucursales en Estados Unidos. La casa matriz está en Dallas, y ocupa un edificio del tamaño de un Wal-Mart, lleno de discos (CD's y de acetato), cassettes, revistas y por supuesto, libros. Millones de ellos. De todo tipo. A mitad de precio.
Nada de tienditas oscuras, sucias y polvorientas. La tienda tiene aire acondicionado, mucha luz, música de fondo y sus salitas de lectura. Ah, y hasta una cafetería para los hambrientos.
En medio del edificio hay un oasis multicolor, marcado con una casita de madera, tapetes de parches y dibujos en las paredes. Pero lo que sobresalta son las atrayentes tapas de los libros de esa sección: Infantiles. Allí, la música se confunde con el griterío de los clientitos y sus papás, quienes a veces escuchan atentos a un empleado que les lee un cuento, ciertos días a la semana.
¿Porqué tanta diferencia, me preguntaba, respecto a otros países? ¿De dónde nace este enorme gusto por leer del norteamericano, si todos sabemos (o suponemos) que son uno de los pueblos más ignorantes del mundo, quienes no saben distinguir Uruguay de Paraguay?
El norteamericano quizá sea ignorante respecto al mundo exterior. Pero le encanta leer. ¿Cómo suponer que es de otra manera, si la industria editorial de Estados Unidos es la más poderosa del mundo? Se publica de todo: Novelas, cuentos, terror, ciencia-ficción, literatura, drama... Libros de fotos, de historia, de guerra, de coser, de jardinería, de... ¡qué sé yo! Diga un tema, el que sea, el que le guste, y seguramente encontrará uno o muchos libros sobre eso en cualquier librería de Estados Unidos.
En Estados Unidos el libro es un artículo muy apreciado, casi adorado, pero accesible. Barato.
En México, por otro lado, y tristemente, los libros son caros. Son escasos. Son artículo de lujo. Se editan buenos libros, pero dominan los títulos de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, de parapsicología o el sesudo estudio sobre la muerte de Colosio.
No es que tengamos nada contra esos temas. Cada quien su preferencia, pero en la variedad está el gusto, ¿no? Y es precisamente esa variedad de gustos la que da la potencia increíble a la industria del libro en Estados Unidos: Hay compradores, por lo tanto, es buen negocio.
¿Pero porqué pasa esto? ¿Porqué el gringo es lector? ¿Porqué ellos sí y nosotro no?
Mi hijo, Cesarito, de 8 años, quizá me dio la respuesta.
"Hasta hoy, llevo leídos 109 libros", me dijo anoche orgulloso. Le creí, aunque a medias. Seguramente no son 109 libros, quizá sólo son 20, o 30. Pero aún así, son más de los que el mexicano promedio leerá en toda su vida.
Cesarito es un alumno promedio de segundo año, hijo de inmigrantes mexicanos, en una escuela primaria promedio de Estados Unidos. Como cualquier escuela, tiene programas para invitar a los niños a leer, desde primer grado. Desde pre-kínder.
Cada escuela tiene su biblioteca. Y cada niño puede (si quiere) pedir prestados dos libros cada semana. Es más, debe hacerlo, porque en su programa de estudio está contemplado que cada jueves debe visitar la biblioteca, y leer. Al final, debe escribir un ensayo sobre el libro leído, sus personajes y responder un cuestionario.
Los libros que Cesarito lee no son gruesos, ni complicados. No son "La Guerra y la Paz" de León Tolstoi, ni "Los Miserables" de Víctor Hugo. Son libros de cuentos, para niños de su edad. Con dibujos e historias sencillas.
Pero es el principio. Así comienzan las escuelas a meterles a los chiquillos el gusto por la lectura. A imaginar, a pensar. A apagar la televisión y el videojuego, y a ponerse a leer.
Primero lo hacen con la promesa de premios. Hay concursos (dentro de la escuela, y entre varias escuelas) para ver cuántos libros puede leer cada niño. Los ganadores reciben vales para ir a comer a su restaurante favorito con la familia. O un diploma. Pero lo interesante no es eso, sino que a fuerza de tanto insistir, los niños se van acostumbrando a leer. Les pierden el miedo. Conforme crecen, los libros de dibujos dejan paso a los de letrotas grandes, luego letras más pequeñas. Después vienen libros como Huckleberry Finn y Tom Sawyer, o Colmillo Blanco de Jack London. Cuando los niños se gradúan de preparatoria, deben hacer una tesis sobre obras como Frankenstein o Los Tres Mosqueteros para recibir su diploma de egresados.
Esto les ayuda a pensar, a ordenar sus ideas. Pero sobre todo, les imbuye el gusto por leer.
A la mejor el 99 por ciento de esos niños no va a ser escritor. Quizá nunca sean mas que lectores de avión, o de sala de espera de consultorio. Pero tendrán la costumbre de entrar a una librería y comprar el último best-seller de Tom Clancy, o Stephen King, y lo terminarán, y seguirán comprando otros libros. Leer estos libros no tiene nada de vergonzoso. Leer nunca lo es, y siempre será mucho mejor que no hacerlo.
Y quién sabe, quizá con el tiempo, Cesarito o sus compañeritos hasta lean La Divina Comedia o El Quijote. Y si no los disfrutan o no los entienden, por lo menos los habrán leído, lo que ya es decir mucho.
Claro, dirán algunos, esos países tienen tiempo de leer y dinero para libros porque tienen la vida resuelta. No se preocupan por estirar su salario, o mantener una familia en México o en Latinoamérica.
Yo creo que la cosa es al revés. Los gringos tienen una frase al respecto, espectacular por su sencillez: "Readers are leaders" ("Los lectores son líderes"). Casualmente los países más desarrollados son los que más leen. Europa, Japón, Estados Unidos, Canadá. Aún países como Argentina y Chile leen más que países como México, y son considerados como más "avanzados" culturalmente hablando.
¿Será que los países ricos leen más porque son desarrollados? ¿O es que acaso esos países son desarrollados precisamente porque leen más?
No sé. Habría que averiguarlo. Y para hacerlo no se necesitan grandes inversiones. Las escuelas pueden pedir a las empresas privadas que patrocinen concursos entre niños para leer. Los restaurantes, papelerías, cines o jugueterías podrían dar vales de descuento para los ganadores. Sería una buena promoción para ellos. El niño que lea 100 libros en el año puede ganar. Si no tiene dinero para comprar libros, los puede pedir prestados a la biblioteca. Las editoriales estarían ansiosas de donar libros para niños a cualquier escuela. Para ellos es una inversión a futuro.
Pero falta que los padres ayuden. Los maestros, los políticos. Si se comienza así, de poco a poco y en serio, no se requieren millones y millones de dólares. Solo voluntad, ganas.
Sobre todo, habría que hacer un esfuerzo para enseñarles a los niños a LEER EN INGLÉS. Los mejores libros, los más importantes del mundo, casi siempre se publican en inglés. Muchos, muchísimos libros excelentes y vitales para el desarrollo de cualquier persona y país se quedan sin traducir al español. Libros de matemáticas, de física, de medicina, de biología...
Además, es el idioma (casi) oficial de la biblioteca mundial del conocimiento humano: Internet.
"¿Qué haces?", le pregunté a un amigo una vez que traía un libro bajo el brazo.
"Estudio latín", me respondió orgulloso.
"¿Y para qué?", le pregunté.
"Pues porque el latín es un idioma muy importante. Hay grandes obras publicadas en latín que me gustaría leer", fue la respuesta en un tono de "¿qué no sabes?"
"Mejor invierte tu tiempo en aprender inglés", le respondí. "El inglés, por mucho que les duela a algunos, es el latín moderno. Todo se escribe en inglés."
Y es cierto. Independientemente de las cuestiones políticas y militares, el inglés es la llave para un mundo de conocimientos que aún no se alcanza en español. Casi todos los autores hispanos están traducidos al inglés, lo que no ocurre al revés.
Si uno no aprende inglés, se está perdiendo de hacer suyas obras maravillosas, que quizá le cambien la vida.
Obras que están ahí, son baratas, son accesibles, si tan solo uno aprende inglés. Y quizá, en el futuro cuando haya suficientes lectores en español, aumentará la posibilidad de que esas obras se traduzcan al español.
Pero primero necesitamos tener los lectores.
Nunca es tarde para comenzar. Puede ser hoy, o mañana. En un mes. Pero hacerlo. Comenzar con los niños chiquitos, sembrar en ellos el gusto por leer, por escribir. Invertir en los futuros Carlos Fuentes u Octavios Paz, de la misma manera que los clubes de futbol siembran futuros Cuauhtémocs Blanco o Maradonas.
Cuando en México y Latinoamérica las súper cadenas de librerías sean tan grandes y fuertes como las cantinas y los estadios, será porque esos niñitos que comenzaron a leer hoy ya crecieron y se quedaron con el gusto para siempre. Y lo pasarán a sus hijos.
Será entonces cuando dejaremos los latinoamericanos de ser seguidores y ya podremos, quizá, comenzar a soñar con ser líderes.

1 comentario:

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