miércoles, abril 13, 2005

El niño hispano que quería ir al espacio


DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Franklin era un niño como cualquier otro, en cualquier país de Latinoamérica. Su mamá era ama de casa. Su papá, capataz de obra en construcciones. La familia vivió un tiempo en Venezuela, y después se trasladó a Costa Rica, donde el niño nació.
Cuando cumplió siete años, Franklin se maravilló al escuchar una noticia increíble: En el cielo había una nueva estrella.
Su mamá, con entusiasmo, le relató que los rusos habían puesto en el espacio un aparato, una cosa que se llamaba satélite y que daba vueltas a la Tierra como si fuera una luna. Se llamaba "Sputnik".
Desde entonces, Franklin quedó impactado. Decidió que algún día él mismo iba a viajar al espacio, a ver todas esas maravillas que su mamá le contaba.
En vez de jugar a la pelota, Franklin agarraba cualquier caja de cartón y "construía" naves espaciales con ellas. Su pasión por el espacio fue creciendo, y no se perdía exhibición científica ni libros sobre el tema. Estaba totalmente embelesado.
Franklin creció. Dejó de ser niño, y se convirtió en adolescente. Una vez vio un folleto de la NASA, la Administración del Espacio de Estados Unidos, que invitaba a estudiantes a prepararse para convertirse en "rocket scientists" (científicos de cohetes). Franklin no tardó en escribir una carta a la NASA, para pedir una oportunidad, pero la respuesta fue negativa y tajante: Las carreras en la NASA sólo eran para ciudadanos americanos. Punto.s
Allí, en mitad de un país subdesarrollado de Centroamérica, el jovencito Franklin pudo haber terminado con su sueño, golpeado por la realidad. Pero este incidente lo único que logró fue enojarlo. ¿Porqué el espacio estaba reservado exclusivamente para ciudadanos americanos? ¿Porqué un niño de Costa Rica, de Latino América, no podía ser astronauta?
Entonces Frabklin se hizo una promesa: Si para viajar al espacio necesitaba estar en Estados Unidos, hasta allá es hacia donde iba a ir.
Cuando acabó la preparatoria, el joven comenzó a trabajar por su cuenta en un banco. Pero las cosas de la vida diaria no le hicieron olvidar ni por un instante su objetivo. Comenzó a ahorrar lo más que pudo y a todo el mundo le contaba que el dinero lo iba a usar para viajar a Estados Unidos, donde se convertiría en astronauta.
"Por supuesto, todos se reían de mí", recuerda.
Sus padres no lo desanimaron en su extraña afición, al contrario: Lo incitaban a seguir adelante, a perseguir sus sueños, a tal grado que su papá le compró un boleto de avión para que viajara a la casa de unos parientes en Connecticut.
Hasta allá viajó Franklin, como cualquier inmigrante, a perseguir su sueño. Por suerte logró ser aceptado en una High School y se apuró a aprender inglés. Lo hizo tan bien, que sus calificaciones fueron de las mejores, a tal grado que consiguió una beca universitaria.
Pero cuando fue a llenar los formularios de inscripción, lo volvieron a rechazar. "Usted no es ciudadano americano", le dijeron una y otra vez.
Cualquier otro se hubiera desanimado allí mismo. Franklin, en cambio, convenció a la universidad para que le permitiera cursar un año becado. Al término de ese año, los funcionarios escolares se convencieron de permitirle cursar toda la carrera.
Mientras estudiaba, Franklin trabajaba de ayudante en un laboratorio de física de la escuela.
Cuando la NASA abrió la convocatoria para aspirantes a astronautas, Franklin era el primero en la fila. Pero de nuevo se encontró con el mismo problema: "Eres inmigrante. Eres extranjero. No eres ciudadano americano".
Esto tampoco lo desalentó. Siguió esforzándose, preparándose.
Por fin, tras años de batallar y estudiar, el joven centroamericano se convirtió en ciudadano de Estados Unidos a los 27 años. Trabajó como físico de fusión en un laboratorio del Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT), de donde obtuvo su doctorado en ciencias.
Por enésima vez Franklin llenó su solicitud para ser astronauta en la NASA. Pero esta vez, al fin, no lo rechazaron, al contrario: Lo sometieron a entrevistas y pruebas físicas en Houston, al igual que a miles de aspirantes.
Pero él era diferente: Fue el primer inmigrante aspirante a astronauta. Y el primer hispano.
Pese a su entusiasmo inicial, después no pasó nada. Transcurrieron meses sin saber nada de los resultados de las pruebas de la NASA. Franklin regresó a su trabajo, como siempre.
Por fin, en 1980, recibió una llamada. La persona al otro lado de la línea, un funcionario de la NASA, le preguntó a Franklin: "Doctor, ¿estaría usted interesado en convertirse en astronauta?
En 1986, tres décadas después de aquél día en Costa Rica en que decidió ser astronauta, el niño Franklin logró por fin su sueño: Viajó al espacio durante seis días en el Columbia, y formó parte de la tripulación que puso en órbita un satélite, y se encargó de realizar experimentos en astrofísica.
Franklin fue el primer hispano enviado al espacio por la NASA, pero la cosa no paró allí. Viajó al espacio seis veces más. Es, aún hoy, el astronauta que más veces ha viajado al espacio en los transboradores, después de Jerry Ross.
La última misión de Franklin al espacio fue en 2002, en la nave Endeavour, en la que estuvo en órbita durante 13 días.
A pesar de que ya no viaja al espacio, hoy este inmigrante hispano divide su tiempo en dar cátedra universitaria a futuros científicos y a diseñar motores para impulsar futuras misiones espaciales. La NASA usará uno de sus diseños para lanzar la Estación Espacial Internacional, en 2006.
Hoy Franklin ya no es aquél niño ilusionado de Costa Rica. Ahora es el Dr. Franklin Chang-Díaz, uno de los astronautas más admirados de la historia. En su país es héroe nacional, y hasta estampillas de correo se han impreso con su retrato.
Pero él no descansa. Recuerda bien su niñez, como la de cualquier chiquillo latinoamericano, persiguiendo un sueño que parecía inalcanzable.
"Si trabajas duro, obtienes lo que quieres", expresa con entusiasmo el Dr. Chang Díaz.
Pero su entusiasmo no se limita a palabras: El Dr. Chang Díaz apoya incansablemente numerosos programas para reclutar jóvenes científicos de todo el mundo para trabajar en su laboratorio. Busca darle una oportunidad a todos aquellos chiquillos que como él una vez, sueñan con ir al espacio.
¿Cuántos Franklins hay en nuestros países latinoamericanos, soñando ahora ser astronautas o manejar naves espaciales? Quizá el niño de la calle al que usted ve por la ventana todos los días sea el próximo astronauta en Marte. Quizá aquél chiquillo que va a la escuela, con zapatos viejos y ropa remendada, sea el científico que diseñe la mejor nave espacial de la historia. Quizá aquella niñita callada sea la primera colonizadora hispana en la luna.
El Dr. Chang Díaz también se pregunta eso. Por ello apoya a los jóvenes. Hasta su mamá, la Sra. María Eugenia Díaz, hoy en día da pláticas en escuelas a niños que, como Franklin, buscan hacer realidad sus sueños, sin importar si son pobres, si son latinoamericanos o si no son "ciudadanos americanos".
Este mes la revista Discovery le dió al Dr. Chang Díaz el premio a la Innovación en Ciencia Espacial y Tecnología, y lo reconoció como uno de los "seis revolucionarios que han cambiado al mundo".
Junto a él hay científicos especialistas en comunicaciones, en el espacio y en tecnología. Al Dr. Chang-Diaz, en cambio, los editores de Discovery le tenían reservado una categoría especial: "Explorador del Espacio".
Este título es seguramente el mejor premio que pudo haber recibido aquél chiquillo que jugaba con naves espaciales hechas de cartón, allá en la Costa Rica de los cincuentas.

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