lunes, abril 18, 2005

El inmigrante mexicano que levantó un imperio pachanguero

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Las típicas bodas "gringas" son muy distintas al concepto que tenemos los hispanos de estos festejos.
Las misas comienzan temprano. Son solemnes y espirituales. La gente sale de la iglesia y acude a la recepción, la cual generalmente es en un campo de golf, o un patio. Al aire libre.
Allí los invitados se sirven bocadillos (alguna cosa untada sobre galletitas). Y vino, o refresco.
Una dulce y amable musica (por alguna orquesta de cuerdas) ameniza el ambiente de fondo.
Conversan, ríen, conviven. Les desean todos los parabienes al nuevo matrimonio. Entregan discretos regalos.
Y se despiden. Dos o tres horas después, ya están todos en casa. La pareja ya estará abordando el avión rumbo a su luna de miel. La boda, olvidada en el pasado.
No es de extrañarse que para esa hora aún haya luz del día.
Las bodas hispanas, en cambio, son muy distintas.
Comienzan a mediodía. Con la misa. Toda la raza va en bola, dentro de sus camionetotas. No importa lo especial o solemne de la celebración, las botas, el sombrero y el cinto "pipeado" son de rigor. El traje y la corbata, no tanto.
La misa es lo de menos. Un trámite que acaba en una hora. Para la una, los novios ya se están tomando fotos en la entrada de la iglesia con todo el mundo.
Entonces viene la pachanga.
Se renta un salón de fiestas. Entre más grande, mejor.
También música: Un DJ con temas grabados, para amenizar mientras llega el plato fuerte: Un grupo norteño o de banda, con instrumentos de viento, cuerdas y tambora. Eso es para ya más nochecita, y entrados en copas.
Y claro, mucha comida. ¿Indeciso si a los invitados les gusta el pollo, o la fajita, o la barbacoa? No hay tos, hay que tener viandas con todo eso. Y más. Buffet, para no andar con la lata de ir sirviendo.
Huelga decir, que habrá cerveza. De todas las marcas. Vino y refrescos.
El baile se prolonga hasta las cuatro o cinco de la madrugada. Los taconazos son ineludibles.
Cualquier inmigrante mexicano en Estados Unidos que se precie, debe seguir estos puntos rigurosamente si quiere quedar bien con la comunidad. Si tiene una hija quinceañera, o un hijo a punto de casarse, no hay de otra: Romper el cochinito, o pedir prestado, para hacer el festejo "como debe ser".
Jorge sabía de esto. De hecho, a sus veinticinco años, llevaba algún tiempo trabajando como DJ (o díyey, como se pronuncia). Ya sabe, de esos tipos que rentan su equipo de sonido para fiestas, con música grabada.
Jorge había llegado a Estados Unidos de mojado un par de años atrás. Comenzó trabajando en la construcción (como casi todos). Pero no aguantó mucho.
"Mucha chinga. Poca lana", fue el veredicto final. No, tenía que buscarle por otro lado.
Como pudo, se consiguió un equipo de sonido de quinta mano. Le pidió a un hermano que le mandara algunas cosas de México. Compró y grabó música "acá" y se lanzó a ofrecer sus servicios.
Los comienzos fueron duros. Mucha competencia. Poca promoción. Pero con esfuerzo, se fue dando a conocer en el ambiente pachanguero hispano de Texas.
Poco a poco comenzó a mejorar su equipo. A comprar más. Luego, cuando menos lo pensó, ya tenía la agenda llena de compromisos.
"Había semanas flojas, pero en general me iba bien", recuerda. Invertía casi todo en su equipo musical, y en una camionetita que pudo sacar a plazos para trasladarlo de pachanga a pachanga.
Luego, un día, un cliente con el que se había apalabrado para amenizar una boda, le preguntó si no conocía alguien que tomara video. Jorge se acordó de un cuate que tenía una cámara, y enganchó al cliente. Se fueron a mitades.
Pero el cliente, un zacatecano dueño de un negocito, necesitaba más cosas. Necesitaba un pastel.
"¿No conocen alguien que haga pasteles?", preguntó. Jorge se acordó de otro cuate que conocía a una señora, que era tía de una cocinera. Le dijo que sí, que él le podía conseguir un pastel bueno, bonito y barato.
Se coordinó con sus conocidos, y convino un precio. Jorge sacó una tajada por "comisión". Y se dio cuenta de que había tocado un filón.
Porque para muchos, una fiesta es un lujo. Pero para los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, las fiestas son compromisos ineludibles. No gastos.
Si tiene hijas, es normal que ahorren para sus quince años. Y echan la casa por la ventana. Sin escatimar. Y si no tienen lana, pos pa'eso están los padrinos.
"Me di cuenta que la gente necesitaba de todo, no solo música, o un DJ, sino un grupo, pastel, comida, salón... Y la mayoría de la gente no tiene tiempo de andar buscando precios, ni sabe a dónde preguntar", recuerda Jorge. "Me dije, bueno, ¿porqué no ofrecer todo el paquete junto?"
Comenzó ofreciendo música y video. Luego, agregó pasteles. Después conoció a un tipo que tomaba fotos y se asociaron. Más tarde, ofreció renta y venta de vestidos de quince años y bodas. Y esmóquins.
La última vez que yo lo fui a visitar, ya tenía un local propio. Parecía que uno entraba a una tienda de fiestas: Vestidos de novia aquí, álbumes de quince años allá. Un muestrario enorme de invitaciones y pasteles. Fotos de niñas sonrientes, en el "día más feliz de su vida", enmarcadas con motivos dorados.
"Ahora les damos a los clientes todo el paquete completo", me comentaba, mientras editaba un video en una computadora que acababa de comprar. "Hacemos las fotos, el video, la música. Si la niña quiere un video musical con ella como cantante, se lo hacemos".
También ofrecían el pastel, la comida y el salón para rentar. El cliente que anduviera apurado podía encontrar todo bajo un mismo precio, y dejar de preocuparse.
"Nos ha ido muy bien, mucha lana", reía Jorge. "Aunque no ha sido fácil".
Yo escuchaba sorprendido. Fotos, música, video, comida, pasteles, salón, renta de trajes, invitaciones... Todo un paquete completo de fiestas.
¿Qué más podía faltar?
Entonces entró un muchachito joven. Unos quince, dieciséis años. Hijo de mexicanos. Saludó a Jorge y se sentó por allá.
Luego llegaron dos más, juntos. Y luego tres, y otros más. En total, como quince muchachos llenaban la sala del negocio.
"¿Y ellos de qué la giran?", le pregunté con un susurro a Jorge, temiendo que se hubiera convertido en un Michael Jackson hispano o en otro Sergio Andrade.
"Son mis cadetes", respondió sonriendo. "Vienen a ensayar".
¿Cadetes?
"Tú no sabes, porque no tienes hijas quinceañeras", me explicó. "¿Te has puesto a pensar la bronca que es conseguir chambelanes?"
No lo podía creer.
Jorge continuaba explicando: "Hay que buscar conocidos, gente. Y luego hacerse tiempo para ensayar, buscar trajes... Nadie en este país tiene tiempo para eso. Por eso se nos ocurrió contratar a estos muchachitos, busqué a alguien que les enseñara varias coreografías diferentes y les compré trajes de cadetes navales. Con gorra, galones, cinturón y espada.".
Me quedé pasmado.
"Así, el cliente solo escoge la coreografía que quiera, y los cadetes llegan el día de la quinceañera ya listos. La muchacha solo tiene que aprenderse unos pasos sencillos y listo. Ya tienen sus chambelanes. Y son bien profesionales".
Todo por una feria extra, claro. "Hay que pagarles a los cadetes".
Jorge llegó a Estados Unidos con una mano adelante y otra detrás. No tenía muchos estudios (solo había terminado la prepa en México). Pero vio una oportunidad de negocio y se aventó.
Hoy en día, gracias a su imperio quinceañerístico, varias familias hispanas pueden respirar tranquilas de que su festejo les saldrá de lo mejor posible. No importa que tengan que pagar por el servicio.
"Los 'paisanos' significan un mercado enorme", sonreía Jorge mientras me despedía. "Hay mucha lana en esto. Y para mí, lo mejor es que los gringos ni se han dado cuenta."

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