viernes, abril 08, 2005

El español en Estados Unidos: ¿Un idioma de viejos?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - La moda en todas partes, es exaltar la presencia del español (y por consiguiente de los mexicanos) en Estados Unidos.
En la prensa, en la radio, en la televisión, todos comentamos con alegría (y un dejo de triunfo) que el español está conquistando Estados Unidos. Que la cultura latinoamericana se está imponiendo. Que dentro de diez, quince, cincuenta años, todos van a hablar español en Estados Unidos.
Las cifras del censo parecen apoyarnos con toda su fuerza. Ejecutivos de todas las corporaciones norteamericanas han corrido a las salas de juntas para llamar a reunión de emergencia para planear qué hacer con el "asunto hispano". Estrategias en español se planean, presupuestos multimillonarios se destinan para los medios latinoamericanos, series bilingües se filman para la televisión.
Nosotros, los mexicanos o latinoamericanos que vivimos en Estados Unidos, nos sentimos como los festejados del cumpleaños. De pasar a ser nadie (una comunidad discriminada, o ignorada), de pronto todo el mundo se esmera en complacernos: agencias de publicidad, canales de televisión, marcas de ropa, corporaciones, gobierno municipales y estatales.
Todos quieren ser nuestros amigos. Pero es interés, no amor: Ellos saben que gastamos dinero. Que compramos. Y mucho.
Somos los que más gastamos en diversión, por ejemplo. A diferencia del típico gringo, que va al cine solo, o con su pareja o un hijo, nosotros llenamos las salas con tres o cuatro niños, mas la esposa, y a veces, hasta los tíos. Salimos a comer a restaurantes incluso más que los propios americanos, y de pilón cargamos con los abuelitos y hasta con el perico. No nos tiembla la mano al comprar autos último modelo (y si son "trocas" de cuádruple tracción y rines dorados, mejor).
"A mí me gusta hacer negocios con los mexicanos", me comentaba un uruguayo, ex oficial de la Fuerza Aérea Uruguaya, que llegó a instalar un negocio de venta de antenas satelitales. "No son como los otros latinoamericanos. Los mexicanos trabajan mucho, se parten la espalda, pero les gusta gastar en vivir bien. No me repelan cuando compran mis satélites".
Pero sobre todo, el nuevo chisme que más suena en el vecindario es la creciente presencia del español en todos los ámbitos de la vida americana. "Hasta George W. Bush lo habla", comentaba una participante en un foro de internet, preguntando si debía aprenderlo. Todos mundo le decía que sí, que se olvidara del francés y alemán. "En diez años, todos vamos a hablar español en este país", le decían.
Debo confesar que yo era uno de estos profetas españófilos. En un par de columnas resalté la importancia de nuestro idioma, y cómo hasta Blockbuster había creado tiendas especiales para satisfacer a los clientes que no somos muy buenos para ver películas en inglés.
La presencia del español es evidente, ni quién lo dude. Si de algo se distinguirá esta primera década del siglo 21 en Estados Unidos, será por la guerra contra el terrorismo y la presencia del idioma español.
El español llegó, sí. ¿Pero para quedarse?
A los mexicanos nos encanta decir que sí. La emigración a Estados Unidos es como una especie de reconquista, una "venganza de Moctezuma" contra el país que "nos quitó" la mitad del territorio. Y como no pudimos vencerlos con balas, los vamos a vencer con chiquillos, que tenemos al por mayor. Y con la fuerza de la letra Ñ.
En el futuro, pensamos, todo Texas, California, Nuevo México y Arizona volverán a ser "de la raza". Y todos hablarán español.
Yo lo creí, como digo. Ahora, al ver a mis sobrinos (primera generación de méxico-americanos) platicar entre ellos y mi hijo de siete años, me sorprendí.
¿Porqué no hablaban en español?
Ahí los tenía. Cinco chiquillos, de entre siete y once años, hablando inglés como cualquier típico chiquillo gringo. Si no cerraba los ojos, y los escuchaban, me los imaginaba anglosajones, rubios, de ojos azules y pecas. Pero abría los ojos, y ¡oh, choque! Prietitos, prietitos, rasgos indudablemente mestizos.
Sus padres (mis cuñados, mi esposa y yo) somos mexicanos por los cuatro costados. Nacimos y nos criamos en México. Emigramos ya bien entrados nuestros veintes y treintas. Hablamos un inglés que dista de ser perfecto. Vemos TV en español. Rentamos películas subtituladas. Estamos al tanto de nuestro México lindo y querido a diario, por internet, por periódicos. Defendemos el español y el catolicismo con todo nuestro ser, en un país protestante y anglosajón.
Nuestros hijos, sin embargo, son otra cosa.
Ellos no saben de tradiciones mexicanas. Las conocen porque han ido de vacaciones, porque tienen amigos en México. De vez en cuando los obligamos a mantenerlas, pero les son tan ajenas como era para nosotros el Thanksgiving Day que veíamos en las caricaturas de niños.
Y por más que les hablamos en español todo el tiempo en la casa, es imposible evitar que prefieran el inglés: El inglés, aprendido en la escuela, se ha convertido para ellos en el idioma "de los cuates". De los amigos. El español, en cambio, es una especie de jerga familiar, que se usa con la familia, pero en particular con los padres, los tíos y los abuelos.
Un idioma de viejos.
No, a pesar de los buenos deseos que todos tengamos, el español no va a echar raíces tan fácilmente como creemos en Estados Unidos. Aquellos gringos ultraderechistas que se la pasan poniendo el grito en el cielo ante la "invasión" del español están equivocados. Tal invasión no pasará de ser una curiosidad histórica.
Para que un idioma de vedad eche raíces en una tierra necesita algo básico: hablantes. Pero hablantes nativos, no aprendidos. Y en esta categoría no entran nuestros hijos.
La realidad es que el español lo mantenemos vivos nosotros, los migrantes. Los que nacimos fuera de este país. Los que lo necesitamos para expresarnos, para hablar de cosas serias, para leer libros complicados, para desnudar nuestra alma. Forma parte de nuestro ser.
Y al ser parte de nosotros, el español (el que hablamos yo y mi familia), seguramente morirá con nosotros. Nuestros hijos nos llorarán... pero en inglés.
La fuerza del español se mantiene gracias a la constante llegada de inmigrantes de Latinoamérica. Es un flujo que no ha parado. Pero el uso del idioma se diluye en la segunda generación, y se pierde totalmente en la tercera. Mi hijo, que ya habla solo en inglés con sus amigos, seguramente preferirá el inglés para dirigirse a sus hijos. Y los hijos de sus hijos ni siquiera conocerán el español.
Esta actitud de los más jóvenes hacia el castellano no es por desprecio, sino por costumbre. Lo mismo ha pasado a los hijos de inmigrantes libaneses, chinos y judíos afincados en México, para los que los idiomas nativos de sus padres son algo extraño y nunca aprendido. Ellos prefieren el español.
Por supuesto, si uno pregunta a "expertos" sobre el futuro del español en Estados Unidos, le dirán lo contrario: "El español está más vivo que nunca", le dirán. "Conquistará este país". "Llegaremos a tener un presidente hispano" (sí, pero ¿hablará un buen español?).
¿Quiénes son esos "expertos"? Generalmente son los comentaristas y periodistas de los canales hispanos, Univisión y Telemundo. Pero ellos no son imparciales, debido a que sus cadenas dependen de nosotros, los inmigrantes. Nosotros los mantenemos a flote, porque vemos sus programas todos los días. Nuestros hijos, no. Ellos prefieren ver canales en inglés. Si acaso ven alguna telenovela mexicana, es por costumbre, porque su mamá lo hace. Al morir la mamá, la moda se olvidará, seguramente.
Son estas cadenas de TV las que le apuestan al crecimiento del español, porque en ello les viene su subsistencia. Los millones de dólares que les inyectan las agencias de publicidad les llegan gracias a que habemos casi 40 millones de personas que los vemos. En español.
Otros "expertos" que también se aferran al espejismo del español eterno en EEUU, son generalmente ex-militantes de grupos furibundamente pro-latinos. Son nuestra versión de los Panteras Negras o el Ku-Klux-Klan: grupos que hacen del extremismo anti-gringo su razón de ser. A ellos les conviene promover el español, para ser considerados "minorías" y por lo tanto, gozar de subsidios del gobierno americano. O de perdido, para alborotar incautos y salir en la televisión. Les gritan "racistas" a cualquiera que piense diferente, y en no pocas ocasiones se aprovechan de los temores de nuestra gente como trampolín político. Es gracioso ver a uno de esos "políticos" californianos o tejanos envolverse en la bandera mexicana, ponerse su sombrerote cada cinco de mayo, y gritar al micrófono: "¡Semos la raza, amigooouuus! ¡Y ansina mesmamente nuestra people va a recover todos los lost territories! ¡Up with Mexico, cabr*nes!"
Ellos sacan partido mientras haya idioma español en Estados Unidos. Pero nada nos asegura que esto continuará.
Si el día de mañana Estados Unidos corta de tajo la inmigración (o si la regula, como se planea hacer, con alguna amnistía o con permisos de trabajos) dará un golpe mortal al español. Al cortar el enorme flujo de inmigrantes, quizá en algunas décadas disminuyan notablemente los hablantes nativos.
(Eso es imposible, dirán algunos. Estados Unidos NUNCA se atrevería a hacer eso. Bueno, yo no estaría tan seguro. Siembre un líder extremista en un campo fértil de electores temerosos y verá lo que pasa. Estados Unidos es un país muy proclive a ese tipo de extremos. Y ya ha ocurrido en el pasado).
Mi esposa y yo seguiremos hablando español. Como hablantes nativos, no tenemos de otra. Igual nuestros cuñados, amigos y compañeros de trabajo. Pero, eventualmente, en unos treinta o cuarenta años, moriremos. Nuestros hijos hablarán seguramente una versión champurreada de spanglish. Pero nuestros nietos serán más gringos que muchos gringos de acá.
Pero no hay que preocuparse tanto. En caso de que ello ocurra, el español de todas maneras seguirá como la segunda lengua de este país. Será el que más se estudie, el que más se aprenda, y el más buscado por los estudiantes y profesores. El más solicitado por las corporaciones con negocios internacionales. Y en la frontera con México seguirá siendo tan importante (o más) que el inglés.
En ese sentido, el español sí llegó para quedarse. Aunque solo sea en las aulas universitarias, o en algunas pocas casas de inmigrantes. Pero la tan ansiada "reconquista" no va a ser tal.
Si acaso, nuestros nietos festejarán "the reconquest" cantando a todo pulmón. Pero en inglés.

E-mail: cfzap@yahoo.com

2 comentarios:

  1. creame cuan le digo que es verdad lo que esta escrito en el ensayo yo naci en tijuana y tengo cinco años en los estados unidos y hablo casi todo el tiempo ingles por lo cual creo que el español muere con el tiempo en los estados unidos

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  2. Anónimo9:34 a.m.

    Después de leer algunas de sus publicaciones, caigo en cuenta que la mexicanidad no se puede entender sin la hispanidad. Ignoramos a España como nuestra base cultural. Salvo los indigenas (que son ciudadanos mexicanos), los hispanomexicanos (mexicanos de cualquier tipo de herencia española) nos desentendemos de la cultura hispanoamericana, a tal grado que sentimos más simpatía por EE.UU. que por Argentina, o Colombia.
    Podríamos decir que un chicano siempre será mexicano gracias a su herencia biológica. Pero es necesario que sus padres (que son inmigrantes) fortalezcan la identidad hispánica en ellos, porque más allá de pragmatismo económico, se trata del metafísico vínculo que se tiene con el resto de los hispanoamericanos, Guinea Ecuatorial, Filipinas y España.

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