viernes, abril 08, 2005

Cada vez más migrantes mexicanos abusan de sus hijos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - En estas fechas, en las que la paz parece algo endeble, una de las explicaciones que más escuchamos en México respecto a la política exterior estadounidense, es que los "gringos" son amantes de la violencia.
"Son muy violentos", comentaba un amigo. "Les encanta imponerse, no escuchan las peticiones de paz mundial".
No son como nosotros los mexicanos, continuaba. Nosotros siempre abogamos por la paz.
Cuando pedimos más explicaciones sobre los motivos de este sentir, la respuesta fue: "Es obvio. Nada más hay que ver cómo viven en Estados Unidos. Con tanta violencia, tantas familias destrozadas, tanta drogadicción. Hasta matan niños".
Esta última frase suena estridente a oídos latinos. Matar ya es, de por sí, un crimen capital. Pero matar niños, por Dios, ya es algo inconcebible. Un delito impensable.
A los mexicanos (y latinoamericanos en general) nos horrorizan las historias que leemos en las noticias sobre los delitos que se cometen contra los niños en Estados Unidos. Cuando nosotros emigramos hacia aca, uno de los primeros "shocks" fue el enterarnos de todos los casos en los que menores de edad eran golpeados, violados, abandonados y hasta asesinados a cuchilladas e incluso balazos en el país. Casi no pasaba un mes sin que se reportara un incidente horrendo como ésos.
Como reporteros, tuvimos la triste labor de cubrir estos sucesos en Dallas, y fue cuando nos dimos cuenta de que algo muy malo estaba pasando con la sociedad norteamericana. ¿Cómo era posible que se atacara con tanta saña a seres indefensos, que ni siquiera sabían qué ocurría? ¿Seres que lo único que pedían de los adultos era afecto y protección? Eran sólo niños, por Dios.
Y cuando decimos "niños", nos referimos a eso: niños. No muchachos de 17 ó 16 años (que calificarían legalmente dentro de la categoría de niños). No, eran bebés de pocos días de nacidos, de meses. Chiquitos de apenas uno ó dos años que habían sido quemados, golpeados, pateados, lanzados desde ventanas, acuchillados y hasta balaceados. En el 99 por ciento de los casos, los criminales fueron familiares... y hasta sus propios padres.
Tristemente, contra lo que pudiésemos creer, no siempre se podía aducir que la demencia o las drogas habían causado los ataques. En muchas ocasiones se trató de crímenes pensados, premeditados, realizados con frialdad y planeación. Ejecuciones puras.
Eso sin contar los delitos cometidos por extraños: esos eran aparte. Y muchos. Más de una docena de niños han sido secuestrados de sitios públicos (y hasta de su propia casa) en el norte de Texas desde 1997. La mayoría sigue desaparecida, y desgraciadamente algunos otros fueron encontrados muertos en parajes solitarios, con huellas de horribles ataques.
En fin, un verdadero infierno. No pasa día sin que las autoridades informen sobre casos en los que niños han sido retirados de sus hogares por el gobierno por sufrir de abusos.
Al principio, tratamos de encontrar una explicación. "Esto ocurre porque Estados Unidos -y los norteamericanos- son muy insensibles", pensamos. Muy militarizados, y sin tanto amor a la familia, como nosotros. Y como remate, para sentirnos bien, concluímos: "Eso nunca pasará entre los mexicanos".
Así se piensa también en México.
Desafortunadamente, la cosa está cambiando. Para mal.
"A últimas fechas, hemos visto que los casos de abusos contra niños mexicanos se han incrementado demasiado. Hay semanas en las que, de 13 niños que nos llegan, 11 son hispanos", comentaba Laurie Swyers, vocera de la organización Jonathan's Place, de Dallas, dedicada a recibir a niños cuyas familias han abusado tanto de ellos, que deben ser retirados definitivamente y enviados a familias adoptivas. Ya no para buscarles un mejor futuro, sino simplemente para salvarlos de morir.
Esto no ocurría hasta hace un par de años, informan. Era rarísimo ver niños mexicanos. Del total de los niños retirados, alrededor del 40 por ciento era anglosajón, 45 por ciento era de raza negra, y el resto eran "de otras razas", incluídas asiáticas y latinos. Ahora el asunto se revirtió, y hay días en que el 80 por ciento de los niños que llegan son mexicanos.
Esto crea un verdadero problema, pues el personal no está capacitado para hablar español. Ni siquiera tienen familias sustitutas suficientes que puedan recibir a estos niños mientras la corte los da en adopción.
"Los mexicanos nunca haríamos eso a un niño", nos gusta pensar. Pero detrás de los coloridos cuartos de juego -llenos de muñecos de peluche y jueguetes de kínder- de Jonathan's Place, se esconden historias horrendas, cometidas contra niños mexicanos que ni siquiera cabrían en las páginas de los pasquines de nota roja.
Como la madre inmigrante que, en un arranque de ira, tomó a sus dos hijos (una niña de cuatro años y un bebé de meses) y los estrelló repetidas veces contra la pared. Cuando la niña despertó, en un hospital y a cargo del estado, lo primero que preguntó fue por su hermanito. Quería saber cómo estaba, porque "mamá lo había golpeado contra la pared". Con mucho tacto, y el corazón destrozado, las trabajadoras sociales apenas sí pudieron hacerla entender en un rudimentario español que su hermanito se había ido al cielo.
O como el caso de la niña de tres años que debió ser retirada de su familia porque el padre abusaba de ella constantemente, y la "compartía" con los tíos y parientes varones.
O como la niña de 11 años que mientras dormía, fue sujetada por una hermana mayor y su novio, mientras su madre le destrozaba un brazo a golpes con un bate de béisbol.
Tuvimos la (triste) oportunidad de visitar el lugar. Un centro construído en una casa antigua, del centro histórico de Dallas. En medio de la sala principal (que se asemeja a una guardería, con una tele donde pasan películas de caricaturas, libros de dibujos, colores, y muchos juguetes) nos saludaron algunos de los niños "retirados". Chiquitines alegres y normales. Uno de ellos (que se decía llamar "Tí", o "Te" en español) quería aprender a leer. No le importaba que apenas tuviera 4 años. A otro le encantaba que le hicieran cosquillas en el estómago, y su contagiosas carcajadas llenaba toda la habitación. Un bebito de apenas meses, sentado en una andadera, nos vio y de inmediato sonrió de oreja a oreja. Cualquiera atención que uno tuviera hacia el causaba el mismo efecto. "Es un bebé maravilloso", contaba una voluntaria. "Nunca llora, nunca da problemas. Sólo ríe, y ríe".
Lo primero que estos niños hicieron al vernos, fue pedir un abrazo. Se veían desesperadamente necesitados de afecto. Fuera de eso, eran totalmente normales. "Son extremadamente inteligentes, muy brillantes para su edad", explicaba otra trabajadora social.
Parecería una escena normal en cualquier guardería o pre-kínder. Costaba trabajo recordar que todos esos niños estaban allí por una razón: Porque sus padres los habían golpeado o atacado a tal grado, que sus vidas corrían peligro si permanecían en su casa.
Nadie se explica porqué los padres atacan a sus hijos. Porqué los quieren matar. Y para los trabajadores sociales es doblemente difícil cuando se trata de familias hispanas, una cultura que se supone enaltece a unión familiar y a los hijos por sobre todo lo demás.
Estos niños no encuentran salida fácil. Usualmente, el estado se los retira a los padres, y los entrega a los familiares más cercanos, como abuelos o tíos. Pero entre los inmigrantes esto no siempre es fácil, pues casi siempre la familia cercana se encuentra en México o Centroamérica. Pasan días antes de que puedan encontrar una familia sustituta, y algunos deben quedarse en las mismas oficinas del Child Protective Service (Servicio de Protección al Menor) en Texas, durmiendo en un sillón. Las autoridades ya ni siquiera sueñan con encontrarles una familia hispana, porque saben que será una tarea difícil.
La Oficina de Servicios de Protección al Niño (o CPS, por sus siglas en inglés) de Texas, apenas sí tiene personal y recursos para atender tantos casos. Muchas veces han sido acusados de sobrepasarse en sus funciones. En particular, entre los hispanos se les tiene terror, porque piensan que el simple hecho de dar una nalgada a un niño malcriado puede llamar la atención de un vecino que pueda llamar al CPS para iniciarles un proceso. Lo cierto es que los propios agentes y trabajadores sociales del CPS en varias ocasiones han reconocido lo ingrato de su labor, y cómo el problema de abuso en niños sigue creciendo y ellos no cuentan ni con el apoyo ni con los recursos para hacerle frente.
Además, no son perfectos. Se equivocan. En no pocas ocasiones se ha acusado a los CPS de injusticias al retirar niños a familias por casos que no lo ameritaban. Son historias de horror tan espantosas como las de los casos justificados. Hay montones de organizaciones y sitios de internet donde se documentan casos donde el CPS lo que hizo fue destrozar familias por "equivocarse" en sus diagnósticos. Muchos de estos casos jamás se rectificaron, e incluso se habla de casos en que las cortes dieron en adopción a niños que no eran víctimas de abuso.
Los propios agentes del CPS reconocen que hay problemas: "Crecen y crecen los expedientes y no nos damos a basto", recordaba un trabajador que quiso permanecer en el anonimato, en una reciente entrevista a los medios. Además, los casos que deben ver son tan horrendos, que no pocos empleados han debido renunciar a sus puestos para correr en busca de terapia sicológica.
El propio gobierno de Texas determinó recortar fondos de su presupuesto estatal del ciclo 2003-2004. Una de las áreas más afectadas fue la atención a niños, donde se eliminará el seguro médico de 250 mil niños de bajos recursos. En el CPS, se despedirán a 240 agentes.
La cosa no parece mejorar. Cada vez, aumentan los niños retirados de sus hogares por maltratos. Y cada vez más, aumentan los que vienen de familias mexicanas. Lo que comprueba que, en asuntos de malos tratos contra niños, los mexicanos no somos peores que los "gringos"... pero tampoco mejores. El mito de que nuestra gente nunca atacaría a un niño debería desaparecer, porque nos hace complacientes y ciegos a un problema potencial que seguramente se pudiera evitar.
E-mail: cfzap@yahoo.com

No hay comentarios.:

Publicar un comentario