viernes, abril 29, 2005

Cuando los adultos les tienen miedo a los niños

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata
DALLAS, Texas - Cesarito, mi hijo, acaba de tener otro de sus ataques de pataleta.
Cuando no le salen las cosas como él quiere, le da por culpar a todo el mundo, y enojarse mucho. Y este es uno de los momentos en los que se me dificulta ser padre.
A veces me pregunto si yo estoy mal. Si no soy buen padre. Supongo que son preguntas que todos se hacen.
Pero a veces también me pregunto hasta qué punto tiene la culpa el que Cesarito viva en Estados Unidos. ¿Será el ambiente el que lo hace así? ¿Será la culpa de nosotros, sus padres, que somos o muy estrictos o muy tolerantes?
¿Mi hijo sería más amable, más comportado, más controlable, de habernos quedado en México?
Aunque no lo queramos aceptar, el ambiente en este país afecta el comportamiento de muchos niños. Tan sólo en la escuela, los maestros y asesores se la pasan repitiéndoles a los alumnos que NADIE tiene derecho a tocarlos, ni a disciplinarlos ni a pegarles. Ni siquiera una nalgada. Ni siquiera sus padres.
"Y si alguien, cualquier persona, quiere hacerles algo, ustedes llamen a la Policía", les informan.
Esto les da municiones a todos los chiquillos (desde kínder), y tienen lista la amenaza típica a los padres que los regañan por cualquier pataleta: "Si me castigas, le llamaré a la policía".
En alguna columna anterior ya habíamos tratado el tema este. De cómo los padres americanos están aterrados ante la idea de disciplinar a sus hijos. Para ellos, la psicología, el diálogo, la terapia familiar es primero.
No importa que los niños hagan pataletas y tengan ataques de ira. Los padres los dejan, porque es "parte de su personalidad".
¿Nalgadas? Horror. Es tabú. Cualquier insinuación al respecto los convertiría en abusadores de niños, bestias retrógradas. Una imagen que no va con ellos.
No me malinterpreten: Yo estoy seguro de que la psicología, la terapia y el diálogo son mucho mejores a la hora de hacer entender a los niños. Pero estoy de acuerdo en que una nalgada leve (sin abusar, ni lastimar) de vez en cuando puede hacer maravillas para erradicar pataletas.
(Ya sé, ya sé. No faltarán los cientos de expertos que me van a llenar el e-mail con sus teorías rebatiéndome. No importa. ¡Vengan!)
Aclaro: Pegar a los niños porque sí, por pura violencia, no es la respuesta. Eso es abuso. Es peligroso. Y causa verdaderas tragedias.
Pero irnos al otro extremo, con técnicas "modernas" y "liberales" es, a mi modo de ver, peor aún. Sobre todo en Estados Unidos. Sobre todo hoy en día.
Hay casos terribles, que han seguido este camino y se han metido en broncas que, de no ser trágicas, serían ridículas.
Como el de un matrimonio apellidado Barnard, en Deltona, Florida, quienes se cansaron de que sus dos hijos adolescentes se negaban a ayudar en la casa.
Los esposos aseguraron a los medios que habían tratado por todos los medios habidos y por haber, disciplinar a sus hijos, de 12 y 17 años. Habían usado todas las técnicas psicológicas posibles: Los castigaron. Los amenazaron. Les ofrecieron dinero.
Y nada: Los chiquillos seguían en las mismas.
¿Qué hicieron los padres? Simple: En un arranque de desesperación... se declararon ¡EN HUELGA!
Un día, papá y mamá se salieron de la casa y se fueron a vivir a una tienda de campaña en el patio. Hasta que sus hijos entendieran.
Los Barnard llevaban pancartas y todo. En ellas pedían: "Cooperación y respeto" a sus hijos.
Imagínese.
O el caso de un padre de Texas, cuyos hijos de 9, 11 y 15 años se portaban extremadamente mal, y no respondían a ninguna de las técnicas de diálogo y psicología infantil.
Los niños eran todo un caso: Peleaban, decían maldiciones y no hacían caso a sus padres.
El padre, harto de la situación, les dió un ultimátum: O se portaban bien, o iba a vender por internet los regalos que les tenía comprados para Navidad.
Los hijos, claro, lo tiraron a loco. No le creyeron. Incluso el mayor lo desafió abiertamente a intentar vender los juguetes.
"No lo hará", les aseguró el hijo mayor a sus hermanos. "No se atreverá, ya lo verán".
Con todo el dolor de su corazón, según lo confesó después, el padre puso a la venta los regalos de sus hijos en el sitio de internet eBay: tres videojuegos Nintendo DS, con sus respectivos juegos.
Un casino de internet pagó más de 5 mil dólares por los juguetes, y el padre ofreció donar el dinero a su iglesia.
"Me duele más a mí que a ellos, pero necesito que aprendan la lección", confesó el padre, casi pidiendo perdón por haber disciplinado a sus hijos.
También en Florida, una niñita de cinco años debió ser sacada recientemente de la escuela esposada y subida a una patrulla de la Policía.
¿El motivo? La chiquilla estaba totalmente fuera de control. Ya había golpeado y amenazado a compañeros y maestros desde días atrás, y las autoridades escolares le habían avisado a la madre, una enfermera, para que pusiera fin a este problema. Sin resultado.
Los maestros no tuvieron otra opción, le tuvieron que hablar a la Policía. La ley les prohíbe disciplinar a los niños, aún a un niños que golpea, patea y le pega a todo el mundo.
Los maestros les tienen miedo a los niños.
Y no es para menos: Cualquier sospecha siquiera de abuso contra ellos, podría costarles su carrera y hasta su libertad.
(Muy distinto a mis tiempos de alumno en México, donde los maestros nos daban reglazos en la palma de la mano, y los padres estaban de acuerdo.)
En Texas, cerca de Fort Worth, pasó un caso similar hace dos semanas. Una mujer llamó desesperada al número de emergencia 911 para pedir que enviaran una patrulla a su casa.
"¿Qué emergencia tiene, señora?", le preguntó el operador. ¿Sería algún robo? ¿Algún ataque? ¿Algún delincuente que la amenazaba?
"No, son mis hijas", respondió la mujer alarmadísima. "Se están peleando y no puedo separarlas".
Las niñas tenían 12 y 13 años de edad.
El policía, incrédulo y fastidiado por la pérdida de tiempo, respondió a la mujer irónico: "¿Y qué quiere que hagamos, señora? ¿Que les disparemos?".
La mujer se enojó, y denunció al oficial a sus superiores, quienes lo sancionaron. La mujer, en cambio, nunca supo explicar porqué debió llamar a la Policía para solucionar una situación familiar que ella debía haber tenido bajo control.
Y así como estos, son muchos los casos en Estados Unidos donde los hijos tienen total control sobre sus padres.
Muchos analistas han vuelto a poner sobre la mesa si no los padres no han abusado de las teorías de psicología infantil, tan en boga en los setentas y ochentas. "Quizá debiéramos regresar al sistema de castigo de nuestros abuelos", sugirió alguien.
No sé. La violencia en sí no soluciona nada. Y esto daría excusa a los que abusan de niños (que son bastantes, de hecho) para justificar sus delitos, como ya mencionamos antes.
Han habido casos de niños asesinados a golpes, por ejemplo. Y son bastantes y muy seguidos. Desafortunadamente.
Mi abuela decía: Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre...Y creo que en esto de criar hijos, la frase tiene mucho de verdad.
Por lo pronto, Cesarito ya se quedó de nuevo castigado: No jugará sus videojuegos que tanto le gustan, por lo menos durante dos semanas (sólo le permitimos jugar viernes, sábados y domingos). Hasta nuevo aviso.
No le pegamos, no lo golpeamos. Pero le dimos donde más le duele.
Sin embargo, si sigue perdiendo el control y haciendo sus pataletas, tendremos que recurrir a las enseñanzas de los abuelos.
Porque yo sí estoy seguro de que dos o tres nalgadas SÍ harían una diferencia.

martes, abril 26, 2005

¿Conviene a México anexarse a Estados Unidos?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Muy bien, lo admito, el titulito de esta columna pudo haber atragantado a más de uno que leen esta columna. Seguramente no faltaron quienes dejaran su café o su pan de dulce, se levantaran de la mesa indignados e hicieran pedazos el periódico. Eso si no es que ya tomaron el teléfono para reclamarle al editor por publicar estas "estupideces".
¿México, nuestro lindo y querido, anexado, unido, absorbido a Estados Unidos?
Bueno, reconozco que la idea se lee cataclísmica ya escrita. La peor pesadilla perredista, izquierdista, anti-yanqui.
Pero no es una pesadilla. Tampoco un paraíso. Es una idea, nada más. No mía, ni surgió ayer.
Aunque parezca mentira, esta idea ya es vieja. No estoy inventando el hilo negro. Me he topado con algunos sitios en internet que promueven esta propuesta (incluso hubo un partido político en Tijuana creado años atrás con el único propósito de lograr esta meta) abiertamente. La anexión forma parte de una corriente que viene desde hace tiempo, y que todos -absolutamente todos- los mexicanos la hemos pensado en algún momento de nuestra vida: en alguna conversación de café, en alguna discusión política en el aula, en algún programa de radio. Ya sea por estar a favor o en contra de ella. Temiéndola o deseándola.Se trata de una idea descabellada, me dirían. Espantosa. Irreal. Ilusa. Horrenda. Inimaginable.
Pero no, no lo es. Es una idea. Punto. No estamos aquí para promoverla o ridiculizarla, sino para discutirla. Como toda idea, tiene pros y contras, y cualquier persona inteligente, por lo menos, aceptaría discutirlos.¿Qué le pasaría a México si decide unirse a Estados Unidos? ¿Sería bueno para nuestro país? ¿Malo? Claro, en todo hay cosas buenas y malas, pero en este caso, ¿las cosas positivas superarían a las negativas?Como son de sobra conocidos los puntos en contra de esta idea, me permitiré analizar los puntos a favor, que quizá también los haya.
La principal crítica a la idea es que México termine siendo una colonia subyugada a Estados Unidos. Es una idea abstracta y confusa. ¿Qué significa 'subyugado'?
Según la Real Academia, 'subyugar' significa "Avasallar, sojuzgar, dominar poderosa o violentamente."
En la práctica, hay que reconocer que México ya está subyugado a Estados Unidos, aunque insistamos en negarlo. Y si no es al gobierno de Washington directamente, sí a las grandes corporaciones financieras (gringas). México vende el 80% de todo lo que produce a EEUU. ¿Qué más colonialismo se quiere?
Ahora bien, el término "colonia" es muy espinoso políticamente entre los americanos. Casi igual que "esclavismo", "fascismo" o "racismo". En caso de anexión, los primeros en negar rotundamente el colonialismo serían los propios norteamericanos. Porque no va con su filosofía política actual. Porque correrían el riesgo de ser tachados de retrógradas a nivel mundial. (Aún'más que ahora, lo que ya es decir bastante.)
¿Porqué? Porque los americanos se autonombran campeones de la justicia a nivel mundial. Se consideran el prototipo de la moralidad, del ejemplo civilizado.
Por eso, tener una colonia "ya no queda". Destruye esa imagen ideal que ellos tienen de sí mismos. Por esto, no se atreverían a convertir a México en una colonia, así tan descaradamente.
Tampoco sería un "estado libre asociado", como Puerto Rico. Tendría que inventarse un nuevo concepto, aunque el trato sería -al menos en teoría- de igual a igual.
O sea, se buscaría formar una especie de confederación, como la que tiene Rusia con las ex repúblicas soviéticas. Una Federación Norteamericana, o algo así, donde todos los miembros (quizá incluída Canadá) tuvieran voto y voz iguales, para contrarrestar el enorme peso de Estados Unidos.
Es decir, cada nación tendría sus propias leyes, sus himnos y banderas, pero al izar el lábaro tricolor o la "Old Glory" de las barras y estrellas, también se haga lo mismo con la bandera de la Federación, como se hace en Europa.
¿Qué pasaría, entonces? Los mexicanos tendríamos chance de fronteras abiertas. Viajar a buscar trabajo donde nos diera la gana, de los ríos Usumacinta y Suchiate "pa'arriba". Acceder al mercado laboral más grande del mundo.
De esta manera, cualquier mexicano que viva, digamos, en Cuernavaca, y que no encuentre chamba, pueda si quiere, irse a trabajar a Nueva Orleans, Louisiana, donde quizá le espere un empleo mejor pagado y con mayores perspectivas.
Cada país proveería lo que le sobra: Canadá, los recursos naturales, Estados Unidos el capital y nosotros la mano de obra (no solamente corporal, sino también intelectual, que la hay).
Y aunque no lo crean, hay miles de norteamericanos ansiosos por poder irse a México a vivir permanentemente, en su mayoría jubilados. Para ellos, México ofrece todo lo que Estados Unidos no tiene: clima agradable, ambiente relajado, cultura ancestral y una vida relativamente más barata. La mayoría de ellos ya decidieron que sus restos descansarán al sur de la frontera.
Un temor que se tiene en caso de una anexión es que el poderío militar norteamericano acabe controlando todo. Ver "marines" custodiando la frontera con Guatemala horrorizaría a más de uno, y es comprensible. Pero para evitar esto se buscaría una coordinación con los ejércitos de los tres países, como se hizo con la OTAN. Tanto Canadá, como México están tan interesados como Estados Unidos por evitar que se cuelen terroristas (un atentado en El Paso necesariamente afectaría a Ciudad Juárez). En este sentido, un tratado así tiene lógica. Defendería no solo a Estados Unidos, sino a toda Norteamérica.
Los opositores a todo esto dicen que Estados Unidos dice una cosa y hace otra. Tienen razón. Aseguran que Estados Unidos pudiera rechazar el término "colonia" por cuestiones retóricas, pero en la práctica, si se requiere, es capaz de cambiar de opinión, e invadir cualquier país en su beneficio, pisoteando sus leyes e instituciones. Incluso México.
Pudiera ser. La historia de Estados Unidos está llena de estos ejemplos. Pero los gringos nunca han "invadido" Dakota o Wyoming. Y nunca los "invadirían" porque SON Estados Unidos. Sería inútil y hasta estúpido. Por eso, un México "asociado" o "anexado" evitaría una invasión militar yanqui si antes elabora los mecanismos para hacerla inexistente, como por ejemplo, establecer un ejército común, federado. Es decir, ni a México le convendría enemistarse con la Casa Blanca, ni a Estados Unidos le convendría enemistarse con Los Pinos. Sería como si usted tomara un cuchillo y se obsesionara con la idea de enterrárselo en una mano: Sería autodestructivo.
Por otro lado, México no correría el riesgo de perder identidad cultural, como se teme. México tiene un poderío cultural tal, que le hace los mandados todo lo que Hollywood pueda recetarle. Es gracioso ver como, mientras los intelectuales en México se la pasan dando la voz de alarma del "peligro" que corre la identidad cultural mexicana ante la cercanía con los gringos, en Estados Unidos las tendencias mexicanas en la comida, música, costumbres y hasta el idioma español ya están arraigadas desde hace años, y todo mundo lo ve como algo natural.
Pero me dirán, "es que hay casos como Puerto Rico, que ya no quiere ser parte de Estados Unidos, porque se siente una colonia". En realidad, los puertorriqueños no quieren separarse de Estados Unidos. Ya han hecho varios plebiscitos para preguntarle a la población su sentir al respecto, y en todos ha ganado el estatus actual, de "estado libre asociado". Ni siquiera el anexarse como estado número 51 ha tenido tantos votos. Y la independencia ni se diga: casi nadie vota por ella.
¿Porqué? Porque a los puertorriqueños le conviene. Porque nacen con ciudadanía americana, tienen pasaporte gringo y pueden viajar a Estados Undos a trabajar, con todos los derechos de los anglosajones. Y además porque el gobierno americano da exenciones fiscales a las empresas que se instalen en Puerto Rico. Y porque no pagan impuestos federales. Y porque pueden votar por sus gobernantes. (Si se convirtieran en un nuevo estado, tendrían que pagar impuestos federales, lo que no les cae en gracia).
Otro mito: En un país anexado, los mexicanos vamos a ser "ciudadanos de segunda", pobres y sin las oportunidades de un gringo. Mi experiencia (poca o mucha) viviendo en Estados Unidos me ha dicho lo contrario. Uno es pobre por diversos factores fuera de nuestro control, pero no porque haya una oscura oficina de burócratas en Washington obsesionados con mantener a los mexicanos sojuzgados. Uno es ciudadano de segunda si así lo decide. De hecho, actualmente nuestra gente migrante en EEUU es pobre en buena medida porque no tiene los papeles para trabajar legal. Y muchos jovencitos terminan en trabajos menores debido a que carecen de oportunidades para becas o apoyos para estudiar una carrera. Todo esto cambiaría si se tienen las mismas oportunidades como ciudadanos americanos (o de una confederación mayor que incluya a EEUU y México).
Actualmente hay mexico-americanos (chicanos, hijos de mexicanos) que han destacado tanto o más que los anglosajones, porque supieron aprovechar las ventajas de ser ciudadano americano. ¿Que ha habido casos de discriminación? Por supuesto. Pero uno puede hacer dos cosas: o sentirse mal y deprimido por esto, o salir a la calle, sobreponerse y gritarlo a los cuatro vientos para hacerse víctima. A los medios gringos les encantan estas noticias del mexicano o el negro víctima del racismo de un anglo perverso. Un chicano me dijo una vez una frase que nunca se me ha olvidado, con respecto a Estados Unidos: "En este país, si estudias y nunca te callas la boca, llegarás muy lejos". Él lo sabía por experiencia. Nunca se calló la boca. Cuando alguien, aunque fuera un empleado de una tienda, mostraba el más mínimo deseo de discriminarlo, él de inmediato levantaba la voz y exigía ver a su supervisor. Hacía valer su fuerza como minoría étnica y ciudadano americano, en el país donde todos se jactan de igualdad. Y llegó muy lejos.
Hoy en día, el poder económico de los 18 millones de mexicanos que vivimos en Estados Unidos duplica el de los 100 millones que se quedaron al sur del Bravo. ¿Es esto una ventaja, o desventaja? ¿Sería aplicable en caso de una anexión, o asociación más completa con el Tío Sam?
Otro temor que se tiene es que, dandose el caso de la anexión, los gringos "se aprovechen" de México. O sea, que ellos saquen ventaja a costa nuestra. Pero la situación, hoy en día, ya es de por sí ventajosa para ellos. Ellos tienen el dinero. Tienen los recursos. Tienen el poderío militar. Y eso lo consiguieron en 200 años de historia. Nosotros nunca hemos tenido nada de eso, a pesar de tener 3 mil años. Solo nuestro orgullo nacional y patriótico (lo que no tendríamos porqué perder).
O sea, ya ahorita nosotros no tenemos ninguna ventaja. En cambio, como ciudadanos "Norteamericanos" (no necesariamente de "Estados Unidos" sino de esa parte Norteamericana llamada México) tendríamos todas las ventajas que esto implicaría, al igual que los Smith o los Jones. Al menos ante la ley.
Una propuesta así no sería simple. La posible anexión de México a Estados Unidos tendría primero que pasar sobre un obstáculo que nos parece increíble: la autorización del Congreso en Washington. Y aunque los mexicanos no lo creamos, allá la idea no sería tan bien recibida por todos. ¿Porqué? Muy sencillo. Pongamos el ejemplo de Puerto Rico: Si el día de mañana, los puertorriqueños votan en favor de convertirse en el estado 51, deberán ir al Congreso y solicitar oficialmente su ingreso como estado, lo que deberá votarse entre los legisladores. Y hay muchos que temen aceptar un estado donde se habla español y no inglés, ya que sentaría un precedente que agravaría el conflicto en otros estados donde ya se debate oficializar el inglés ante el fuerte embate del español (como en Texas y California). Es decir, si Estados Unidos acepta un estado hispano, ¿porqué no dos, o tres, o diez? Y esto no le caería muy bien a muchos. Además, Puerto Rico como estado de la Unión permitiría a sus ciudadanos votar en las elecciones federales (lo que no pueden hacer ahora, a menos que cambien su residencia a EEUU). Serían 3 millones de personas que de golpe se unirían al ya de por sí fuerte bloque de votantes hispanos, lo cual podría desequilibrar la balanza en las elecciones federales. Sería el inicio (oficial) de la hispanización del país.
Ahora, esto es Puerto Rico. 3 millones de habitantes. Un mar de distancia. Imagínense lo que ocurriría con México, con 100 millones de habitantes y 10 mil kilómetros de frontera común.
100 millones de nuevos votantes potenciales que podrían decidir entre un presidente anglo, republicano, demócrata... o hispano. 32 nuevos estados que podrían elegir congresistas y senadores (nos tocarían mínimo 64 escaños de un Senado de 164, o sea casi mayoría legislativa). Congresistas, senadores y votantes mexicanos que podrían decidir si autorizar o no el español como lengua co-oficial de la "Unión". Que podrían cambiar las políticas de Washington a su favor. Los candidatos deberían hacer campaña no solo en Winsconsin o Minnesota, sino también en Oaxaca y Sinaloa. Y el PRI, PAN o PRD podrían abrir comités locales en Los Angeles o San Antonio para lanzar candidatos, depende de cómo se estructure esto.Sería, en fin, el objetivo del actual gobierno foxista: "Borrar la frontera".
Y esta idea, claro, ha causado horror y espanto entre los políticos nacionalistas... americanos.(¡La pesadilla de un Tom Tancredo o un Pat Buchanan!)
No se me preocupen, nacionalistas mexicanos: Pueden dormir tranquilos. Como podemos ver, la idea de que México se anexe a Estados Unidos es un sueño guajiro. Y nunca será realidad precisamente porque los gringos serían los primeros en oponerse.
Aunque, como un lector norteamericano una vez opinó: "Yo creo que sería muy bueno que los Estados Unidos se anexaran a México ya... Antes de que México nos anexe a nosotros".

lunes, abril 25, 2005

Los verdaderos embajadores de México en EEUU

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Jimmy es cuate. No es mexicano, sino colombiano. Es un periodista de Bogotá que, por cuestiones de superación, se aventó a venirse a Estados Unidos para conseguir "el sueño americano". Como todos.Coincidí con él varias veces en mi trabajo, y con frecuencia organizábamos tertulias informales en la oficina, cuando se dejaban caer por allí otros amigos sudamericanos, casi todos prófugos económicos de los medios de nuestros países.Por eso me sorprendió cuando un día, mientras charlábamos, me soltó la frase de sopetón:"Déjeme decirle, mi amigo (los colombianos se hablan siempre de usted, hasta entre niños), que de verdad usted no parece mexicano". Mi obvia respuesta fue otra pregunta: "¿Porqué?"."Bueno, pues porque usted no viste de sombrero ni botas", explicó seriamente, señalándome. "Pero, sobre todo, porque usted sí sabe expresarse bien, es educado, y habla español correctamente".Mi reacción no fue de agradable sorpresa, sino de simple sorpresa. No sabía si agradecerle el comentario como un cumplido hacia mí como individuo, o sentirme ofendido como mexicano.Cuando Jimmy vio mi expresión, de inmediato aclaró: "Bueno, usted sabe porqué lo digo".Lo entendí. Yo quizá no sea el "mexicano típico" que todo mundo espera ver en Estados Unidos. La imagen que abunda allá no es la de los mexicanos urbanos, con título universitario, ciudadanos del mundo global del año 2002, como nos gusta vernos a nosotros mismos.Jimmy esperaba que yo usara la frase "ansina mesmamente" para afirmar algo. Que me dejara el bigotote a lo Pancho Villa y anduviera de sombrero hasta en la iglesia. Ah, y que manejara una "troca" (que no "camioneta") de llantas anchas, colores chillantes y con el estéreo a todo volumen con música de tambora.Lo que más me ofendió es que ni siquiera se esperaba que un mexicano hubiera estudiado más allá de la primaria, o que tuviera un maestro en la escuela lo suficientemente capacitado para haberle enseñado a hablar un "correcto" español.Otra:Mi amigo Tom, un gringo típico de Dallas, encendió la TV de un hotel durante una visita de trabajo que hicimos juntos a la Ciudad de México.De inmediato la pantalla se iluminó con la imagen de una conductora de uno de los noticierillos que TV Azteca mete entre la programación regular.La joven iba vestida con un saco formal y llevaba el pelo bien peinado, sobre los hombros. Pintado de rubio."She doesn't look Mexican!", fue la primera exclamación de Tom. (Traducción: "Ella no parece mexicana".)"¿Porqué dices eso? ¿Cómo son las mexicanas, según tú?", le pregunte, medio en broma y medio alarmado. Me respondió con un ademán de "tú sabes", más que elocuente.La respuesta se la leí de la mente. Tom, obviamente, esperaba ver leyendo las noticias de la tele a una mujer de piel muy morena, con trenzas y rasgos indígenas. Si hubiera estado vestida como danzante de la Guelaguetza no le hubiera parecido nada extraño. Estas imágenes de documental de National Geographic que Tom esperaba en la tele no tienen nada de malo, excepto que no representan a a la mujer mexicana típica que uno encontraría en una calle de Guadalajara o Veracruz.Cierto, muchos mexicanos (casi la mayoría) tenemos rasgos y ancestros marcadamente indígenas. ¿Tiene algo de malo esto? No que yo sepa. Tampoco es que me interese sobremanera, excepto que es una imagen equivocada. Como también lo sería suponer que todas las mujeres mexicanas son como las conductoras de noticieros, altotas, güerotas y sofisticadas, a lo Rebeca de Alba.Estos incidentes se me quedaron grabados como una reacción típica de un gringo promedio, como Tom, o un latinoamericano , como Jimmy. No los culpé, no actuaron con malicia. Las imágenes que tienen son típicas de casi todos los que viven "del otro lado", y a las que siempre recurren mentalmente cuando oyen el término "Mexican". Es una reacción instantánea, irreflexiva.Aunque mucha gente "nice" al sur de la frontera se horrorice, quienes llevan nuestra imagen como nación en Estados Unidos, no son Carlos Slim (el hombre más rico de Latinoamérica), ni Luis Miguel. Tampoco María Félix ni Carlos Fuentes. Ni siquiera Vicente Fox, quien más bien parece presidente de la República Menonita.No, la "gente bonita", o los representantes de la "inteligentzia" quedan totalmente fuera del cuadro cuando al gringo típico se le pregunta cuál es la idea que prevalece de los mexicanos.Nuestros embajadores más representativos, para bien o para mal, son los campesinos. La gente rústica, la que no tiene educación ni de primaria. La que trabaja en el cultivo, con las manos. La que muestra en su rostro las arrugas y pigmentación de quien labora bajo los rayos del sol día con día.No sería de extrañarse. La inmensa mayoría de los Mexican-Americans (ciudadanos americanos de origen mexicano) son descendientes de gente humilde. Muchos ya estaban allí antes del Tratado Guadalupe-Hidalgo, pero la mayoría apenas sí llegaron hace algunos años. Y siguen llegando.Y es que los migrantes que tanto enaltecen los medios cuando muere uno en el desierto, o cuando son ejecutados en Texas, no provienen de San Angel, Coyoacán o San Pedro, Nuevo León. Provienen de pueblitos -a veces conocidos, a veces perdidos- de Guanajuato, de San Luis Potosí, de Michoacán.No vienen de "shopping" ni a "ver mundo". A duras penas saben dónde está Dallas o Nueva York en un mapa. No vienen a ver lo bonitos que están los "freeways" ni a vestir ropa de marca.Vienen a trabajar.El inmigrante que los mexicanos del DF o Monterrey quieren ver, sofisticado y a la vanguardia, no se da mucho por estos lares. Aunque debido a la recesión económica, sí ha habido un aumento considerable de migrantes con título universitario y bilingües (no sólo de México, sino de toda Latinoamérica), la aplastante mayoría de los recién llegados son gente rural, con escaso nivel académico, según datos del censo de Estados Unidos 2000.Las cosas van cambiando, pero muy lentamente. Muchos migrantes mexicanos se han superado. Y lo siguen haciendo. Pero aún son más los campesinos que llegan a diario sin nada, con un muy largo camino por recorrer. Esa es la imagen que se tiene de los mexicanos en Estados Unidos.Los gringos todavía no se enloquecen por los discos de Paulina Rubio o Paty Manterola. Tampoco funcionó muy bien el querer meter con calzador a Thalía en el gusto anglosajón, invitándola al programa de Oprah Winfrey. En cambio, quienes sí venden discos a lo bestia son Los Tigres del Norte y Los Tucanes de Tijuana. Es más fácil verlos a ellos en la tele y en los medios como artistas consagrados.El "jet-set" mexicano, ése que nos gusta ver en los reportajes de "El Gordo y la Flaca" o "La Oreja" desde Miami o Beverly Hills, es una élite, y como tal, reducida. Minúscula, diríamos. Es fantasía y oropel. No realidad. Y creo que, para bien o para mal, los mexicanos "de allá" , los que se quedaron, habrían de ir enfrentándolo.

Los mitos del "Sueño Americano"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Los mitos son lo que nos alimentan a experimentar, como seres huamnos. A avanzar. A progresar.
Pero una vez que logramos llegar a la añorada cima, nos damos cuenta de que el paisaje no se ve tan bonito como pensábamos desde allá abajo.
Lo mismo pasa con el espejismo de vivir y trabajar en Estados Unidos.
Desde nuestros pueblos en México y el resto de Latinoamérica el mito es alimentado por Hollywood y las series de TV. Pero como todos los expertos en opinión pública lo saben, nada es tan efectivo como el relato de uno de los nuestros, que lo ha vivido en carne propia. Como aquellos amigos de la infancia, que una vez se fueron "al norte", y ahora regresan vistiendo ropa de marca, zapatos lustrados y sombreros stetson.
Conduciendo sus "trocotas" de muchos colores, con llantas anchas y el estéreo CD tocando a todo volumen "La Puerta Negra" como para que todo el pueblo se entere.
¿Y qué decir de sus anécdotas de como es la vida "del otro lado"?: Que si ganan 20, 30, 50 dólares la hora. Que si todos allá tienen carro "del año". Que si van a un baile o concierto "de los Tigres" dos veces por semana.
¿Y qué decir de las gringotas?
"Viera compadre, qué viejonas! ¡Pero mujerones, compadre, gringotas todas!".
Y así por el estilo.
Por supuesto, tales relatos no pueden sino incitar el natural instinto de curiosidad de cualquiera. Y si a eso le agrega la crónica jodidez de muchos de nuestros pueblos en México, la decisión no tarda mucho en tomarse:
"Amá, apá, ya lo he pensado", dice el jovenzuelo, campesino en ciernes, a su humilde familia. "Me voy a ir al otro lado, como se fue Miguel. A hacer dólares. Vieran cuánta lana les voy a enviar".
Los mitos, desafortunadamente, son eso: Mitos. La realidad de Estados Unidos, sin caer en los argumentos manipulados de la izquierda anti-norteamericana, no es leche y miel. El país tiene sus oportunidades, pero también sus problemas. Y enormes.

Veamos algunos de los mitos:

Mito 1: En Estados Unidos, el trabajo abunda.
Falso. Claro, comparado con San Juan de las Tunas, hay más trabajo en Dallas o en Los Angeles. Pero igual uno encuentra oportunidades en Monterrey o Tijuana. Y también más problemas. Actualmente, a causa de la tan mencionada recesión, Estados Unidos apenas sí ha retomado un crecimiento que araña un enclenque 1 por ciento. Pero para esto, en los meses anteriores millones tuvieron que ser despedidos. Miles de negocios de todo tamaño ya se declararon en bancarrota. Y este remolino, causado por las grandes corporaciones, ha arrastrado también a negocios de servicios (restaurantes, hoteles, tiendas), o de mediano tamaño, que es donde nuestra gente se emplea con más frecuencia.

Mito 2: La bronca es pasar la frontera. Ya del otro lado todo es más fácil.
Falso. Lo fácil (relativamente) es pasar (digo, si uno no se muere en el desierto). A pesar de las cifras alarmantes y verdaderas de las muertes en la frontera que vemos en los noticieros, en número absolutos son más los que logran pasar que los que se mueren en el intento. No, el problema verdadero es llegar a un país extraño, sin saber dónde están las cosas, dónde pedir trabajo, a quién pedirselo. Sin hablar el idioma, sin un lugar donde quedarse. Si a eso se añade no tener dinero, o no conocer a nadie, el cuadro es desolador. No se puede entrar a una tienda y pedir chamba así nomás. Hay que presentar papeles. Y si no se tienen hay que comprarlos. Y si no sabe dónde comprarlos, debe saber que cuestan entre 200 y 500 dólares por un seguro social y una tarjeta de residencia "chuecas". La bronca es que comprarlos es delito federal, y se paga con cárcel, en caso de que lo agarren. Esas personas son candidatos casi seguros a deportación , ya que "la migra" hace rondines y tiene retenes en todas las carreteras desde California hasta Texas.

Mito 3: Yo tengo amigos allá que me van a ayudar en todo.
Verdadero (según el caso) y falso. Uno puede conocer mucha gente allá, pero si no es familiar, es difícil que lo ayuden a uno en todo. Para cosas tan simples, como encontrar trabajo, hay que tener auto (en muchas ciudades, las distancias no se recorren de otra manera). Y aunque uno tenga amigos, éstos tendrán que darle de comer, alojamiento, dinero, ropa y "ray" al trabajo todos los días, por lo menos hasta que junte unos 1, 000 dólares para comprarse un carrito e independizarse. Lo que puede durar de varias semanas a meses.

Mito 4: Voy a trabajar duro para comprarme mi casa y mi carro, y tener mucho dinero..
Difícil. No imposible. Hay quien lo ha logrado en un año. Hay quienes llevan años intentándolo, aún con papeles (aquí se incluye este humilde servidor). Ni siquiera muchos gringos lo han conseguido, a pesar de ser ciudadanos americanos. Uno debe contar con que por lo menos durante los primeros 12 meses la situación va a ser muy complicada, por no decir crítica. Pasando ese periodo, si el inmigrante logra aguantar, ya puede hablar de proyectos a futuro. Antes de eso, todo es apenas adaptarse, sobrevivir.

Mito 5: Estados Unidos ya es como México, con tanto paisano allá. No tengo ni qué aprender inglés.
Falso. Estados Unidos es un país distinto al de México, no importa que "nos hayan robado Texas y California". Eso fue hace más de siglo y medio. Y aunque el censo calcula una cifra de alrededor de 18 millones de mexicanos viviendo "en el otro lado", hay que tomar en cuenta de que Estados Unidos es una nación con más de 320 millones de habitantes. O sea, más de 300 millones viven, trabajan y hacen negocios en inglés. Si usted quiere esperarse a que todos ellos aprendan español, puede irse buscando una silla para sentarse.
Si alguien quiere de verdad progresar, debe aprender el idioma. No hacerlo causa bastantes problemas, hasta para situaciones tan sencillas como pedir una dirección por teléfono.

Mito 6: Toda la gente en "el otro lado" vive bien.
Falso. La mayoría vivimos de prestado. Todo está hipotecado, empeñado o financiado. Uno trabaja como burro para pagar las deudas. Es cierto, uno gana en dólares... pero también gasta en dólares. La imagen del gringo que llega a México gastando dólares sin ton ni son es inexacta: Casi todos estos turistas se echan en dos semanas lo que fueron juntando trabajosamente todo el año. Y regresan a trabajar para pagar la endedudada que se dieron por irse a "Méksiko".
La realidad es que el nivel de vida en Estados Unidos puede ser bueno, si uno sabe administrarse. La mayoría, desafortunadamente, no lo sabemos.

Mito 7: Voy a formar una familia allá, a buscar novia (o).
Si uno no tiene ni en qué caerse muerto, no se van a fijar en él ni las moscas. Para eso no necesita uno irse a Estados Unidos. Cuando uno consigue un empleo, las prioridades cambian, y uno trata de mantener la chamba (o las chambas, si consigue dos). O sea, uno trabaja -si le va bien- de 8 a 12 horas. Entre más trabaje, gana más dinero (acuérdese que pagan por hora). Con esto, se entiende que a veces ni tiempo queda para noviar. Y si se consigue un "part-time", o trabajo de medio tiempo, para tener más horas libres, le va peor porque no le va a alcanzar ni para pagar la renta. Mucho menos para andar de galán.

Mito 8 (para mujeres): Voy a tener mi bebé en Estados Unidos, para que el gobierno me mantenga y me dé papeles.
Falso. El gobierno de Estados Unidos no mantiene ni a los propios gringos. Hay ayudas, sí, pero limitadas, y sólo para quienes son ciudadanos americanos -y califiquen. Si su bebé nace allá, tendrá ciertos derechos. Pero ojo, los tendrá él, no su madre mexicana, la que sería indeseable si es indocumentada. Ha habido casos en que se ha deportado a los padres de un niño ciudadano americano, mientras que al niño sí se le permite quedarse, aunque por ley debe estar a cargo de un adulto. Como no hay otra opción, toda la familia sale.
La residencia o ciudadanía americana no se dá automáticamente por tener un bebé "del otro lado". Para ello, tendría que esperar a que el niño llegue a los 21 años y pida legalizar a su familia, como residentes. Pero para lograrlo, tendrá que comprobar que tiene el suficiente dinero para mantenerlos y que éstos no recurran a pedir ayuda del gobierno.

Mito 9: En Estados Unidos no quieren al mexicano, son racistas y anti-hispanos.
Indistinto. Como dijimos, Estados Unidos es un país de más de 300 millones de habitantes. Uno no puede echar en un mismo saco a tanta gente, con distintas actitudes y personalidades. Sí hay muchos anti-mexicanos, que nos acusan de todos los males habidos y por haber, pero en general la actitud hacia nuestros "paisanos" es indiferente. Nos tratan igual que a cualquiera. Si uno se comporta correctamente, nos tratan correctamente. Si uno viola una ley, nos meten a la cárcel. Más que racismo, hay un clasismo sutil: tanto tienes, tanto vales. Pero esto es igual en México (o peor). La diferencia es que en Estados Unidos, si uno es indio, pero con dinero, será Mr. Indio. En México, en cambio, uno nunca pasará de ser "ese pinch... indio".

Mito 10: Hay gringotas.
Verdadero.

El profesor de Harvard que le tiene pavor a los mexicanos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Hay un viejito gringo por allí que le tiene pavor a los mexicanos.
Bueno, son muchos los que nos tienen pavor. Y no solo viejitos, también hay mujeres, hombres y hasta niños, quizá. Varias organizaciones anti-inmigrantes se han encargado de lavarles el cerebro y alertarles de la "amenaza café". O sea, de los hispanos, que llegamos en masa a Estados Unidos. No a comernos a los niños gringos, como se decía de los inmigrantes chinos allá en el siglo 19, pero sí a comernos todo lo demás: Trabajos, servicios de salud, welfare, etc.
Pero volvamos al viejito ése que nos tiene tanto miedo. Se llama Samuel P. Huntington, y es ni más ni menos que un destacado profesor de la que es, quizá, la universidad más prestigiosa del mundo, Harvard.
Huntington acaba de publicar un ensayo en la revista Foreign Policy (www.foreignpolicy.com), titulado "The Hispanic Challenge" ("El Desafío Hispano"). Es un adelanto a su nuevo libro "Who we are" ("Quiénes somos"). En él, el profesor alerta que los hispanos somos un peligro para Estados Unidos. Un peligro cultural, económico, social y hasta político. Sobre todo, y especialmente, los mexicanos.
¿Porqué? Echando mano a estadísticas y estudios (parciales), el profesor Huntington, quien es director del Centro de Estudios Exteriores de Harvard, declara que con nuestras costumbres, nuestro idioma español, nuestro gusto por los chiles y los tacos, los mexicanos vamos a acabar barriendo con todo lo bonito que es el "American way of life".
Dice, a grandes rasgos, que Estados Unidos es grande debido a que fue colonizado por anglosajones protestantes, especialmente británicos. Y en esas costumbres, credo y religión estriba la esencia del país. "Si Estados Unidos hubiera sido colonizado por católicos portugueses o españoles, no seríamos Estados Unidos, sino Brasil o México", explica.
Luego se queja de el inmenso flujo de inmigrantes mexicanos, que estamos amenazando con cambiar la esencia del país. Porque no somos "blancos". Porque no somos protestantes. Porque no somos anglosajones. Porque no hablamos inglés.
El problema no es que vengamos, según dice Huntington. El problema es que no nos "adaptamos" al crisol de razas, como otros inmigrantes italianos, polacos y alemanes hicieron en su tiempo. Nosotros seguimos apegados al español, al catolicismo, y muchos hasta a nuestra bandera de origen, aún cuando nos hagamos ciudadanos americanos.
Pero sobre todo, lo que al viejito éste le molesta en particular, es que sigamos tercos en hablar español. En nuestras casas, con nuestros familiares y amigos. Y en especial, con nuestros hijos.
Su temor es sencillo. Él dice que si les hablamos en español a nuestros niños (la mayoría nacidos aquí), nunca perderán el idioma de sus padres, como hicieron otros inmigrantes del pasado. Peor: para él es malísimo que "para la segunda o tercera generación", los hispanos no hablen sólo inglés, sino que sean... ¡Bilingües! (Horror de horrores.)
Este es uno de los temores más socorridos de los anti-inmigrantes: Que convirtamos a este país en hispano. Que el español le haga sombra al inglés. Que se vean de pronto en un país donde la mayoría de la gente no se pueda comunicar con ellos.
"Me molesta cuando llamo a una empresa o al banco, y el sistema me pregunta si quiero inglés o español", se quejaba recientemente un lector a un periódico de Dallas. "Estoy en América (sic), en mi país. Lo más patriota que espero es que me atiendan en mi idioma".
Ojo: El principal temor de los antiinmigrantes es no poderse hacer entender con los hispanos. Pero nunca se les prende el coco un poquito y piensan "Bueno, ¿no me convendría aprender un segundo idioma?". No, en vez de eso, optan por atacar a todos los que no hablan inglés y acusarlos de antiamericanos, antipatriotas o invasores. Que para el caso es lo mismo.
Igualito el viejito Huntington. E igualito el viejito Pat Buchanan, un ex candidato presidencial, de ultraderecha, que ha sido comentarista en la cadena CNN, y quien se pasa la vida quejándose de los mexicanos. En un reciente artículo, añoró casi con lágrimas en los ojos aquél "entrañable Estados Unidos de los años cincuentas", donde todo el mundo era blanco y hablaba inglés. Dio a entender que entonces no había crimen, que todo era limpio y bonito... hasta que aparecimos nosotros, los inmigrantes y lo echamos todo a perder.
"¡Nos quieren meter el español a fuerza por la garganta!", se quejaba un admirador de Buchanan. Y luego atacaba a todos los mexicanos por no querer aprender inglés.
Yo respeto las opiniones de todos. De este tipo. Del Sr. Buchanan. Del Sr. Huntington. Lo que pasa es que ellos siguen metidos dentro de su mundo de cristal, viendo Estados Unidos como desde una torre, alejados de la realidad.
En muchos sentidos, ellos siguen viviendo en aquél país que tanto añoran, y no quieren aceptar que ya murió. Que ya no es el mismo. Que ya cambió, para bien o para mal. Como muchos países cambian y seguirán cambiando.
Vaya, ya ni siquiera México es el mismo país de 1950. Y dentro de 50 años, no será el mismo país de 2004, como tampoco lo será Estados Unidos.
Antier, sentado en una banca de la cafetería gringa, dentro de una escuela primaria gringa, en el subrubio gringo de Garland, Texas, se me ocurrió que estos viejitos y sus secuaces andan bien despistados. En su nube intelectual. Estoy seguro de que esas personas que echan pestes de los inmigrantes mexicanos, por querer "imponer" el español, nunca se han parado en una clase de inglés. En todo lo largo y ancho del país, las clases de inglés como segundo idioma están creciendo como hongos. Y en escuelas de todo tipo: en iglesias, en primarias, secundarias, organizaciones no lucrativas, y dónde no.
¿Y quiénes creen ustedes que componen la inmensa mayoría del estudiantado de estas clase? Adivinó: Los hispanos. Los mexicanos, sobre todo.
Esto pensé cuando estaba sentado en esa cafetería que les cuento. Asistí porque era la fiesta de graduación de una de estas clases de inglés. Las escuelas públicas municipales de Garland destinaron un presupuesto a ofrecer clases gratis de inglés a los padres de familia que quisieran.
Las clases se dan por la tarde, tres veces a la semana, en una de las mismas escuelas a las que los hijos de estos inmigrantes acuden. Los que las imparten son los mismos maestros profesionales y titulados que trabajan por las mañanas, dando clases a los niños.
Y, como mencionamos, las clases son gratis. Totalmente gratis. Para el que quiera.
¿Hay madres o padres que no tienen con quién dejar a sus hijos para acudir a las clase? No hay problema: Las clases se imparten al mismo tiempo que clases extras para los niños de todos los grados, en salones contiguos. Allí, un maestro certificado y con título profesional, se encarga de ayudarles a los niños a hacer la tarea o repasar lecciones, mientras sus papás estudian inglés.
¿Mencioné ya que todo esto es totalmente gratis?
La fiesta de fin de curso estuvo abarrotada. Los padres de familia contribuyeron con comida, refrescos, y postres. Era un buffet. Maestros y alumnos convivieron agradablemente. Hubo incluso una entrega de reconocimientos para los alumnos que habían mostrado asistencia perfecta en todo el semestre.
"Pero esto es solo el inicio", recordaba la maestra Shannon Terry, directora del Programa Bilingüe, que tomó la palabra ante el micrófono para agradecer el apoyo de la comunidad hispana. "Ustedes están dando el ejemplo a sus hijos de seguir estudiando."
Minutos antes, esta "gringa" alta, rubia y de ojos azules, se había disculpado porque iba a hablar en español al público, e iba a cometer muchos errores. "Como ustedes los van a cometer al hablar inglés, pero es importante que lo hagan con entusiasmo. Para que nuestra comunidad sea totalmente bilingüe".
Había de todo. Hombres solos. Mujeres solas. Pero también matrimonios, parejas. Grupos de amigos que iban juntos a estudiar. Mexicanos, centroamericanos, sudamericanos. Pero más mexicanos. En jeans deslavados, en tenis, en zapatos de pintor. Acabados de salir de la obra, o de limpiar oficinas, o de cuidar niños, estos hombres y mujeres dedicaron dos horas, cada tercer día, a aprender inglés. Muchos ni siquiera tenían estudios de secundaria o preparatoria en México, y se les dificultaba más encarrerarse en la vida académica.
Pero todos iban. Todos acudían. Incluso hubieron muchos que se quedaron fuera de los cursos, porque el cupo era limitado. La demanda excedió la oferta.
En todo Estados Unidos estas escenas se repiten. Gringos hablando español e hispanos poniendo todo el esfuerzo de su parte por aprender inglés. Por ser parte de la sociedad de este país.
"Hay que aprender inglés, para mejorar", explicaba uno de los asistentes. "Uno vive en Estados Unidos. Y el idioma de este país es el inglés".
No pude evitar sonreír mientras comía un flan, y recordaba las profecías apocalípticas de Samuel Huntington y Pat Buchanan. Ciertamente, nosotros no seremos el típico norteamericano, gringo, güero, protestante y pecoso de 1950. Pero tampoco somos ya tan "extranjeros": Muchas de nuestras familias llevan aquí más tiempo que la mayoría de las familias anglosajonas.
Y éstos somos nosotros, Sr. Huntington. Los inmigrantes que nunca vivimos ese paraíso de los cincuentas del Sr. Buchanan, pero cuyos hijos y nietos heredarán el Estados Unidos del siglo 21. Y lo harán hablando dos idiomas. O quizá hasta más. Y no por eso dejarán de ser menos americanos... o mexicanos.

"¿Qué, la gente de EEUU siempre anda así de fachosa"?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Ayer me compré unos huaraches. Mis primeros huaraches en Estados Unidos.
De hecho, son los primeros huaraches que jamás me he comprado en mi vida.
Aunque suene ridículo, para mí, como mexicano de clase media, inmigrante, esto es un enorme acontecimiento. ¿Porqué? Implica, de alguna manera, una integración más.
¡Ridículo!, dirán algunos. Andar en huaraches es para indios. Costumbres de nacos.
Así pensaba yo también, antes de venir a este país. Por eso, el comprarme mis primeros huaraches son un hito más, un gran acontecimiento en mi vida "agringada".
Porque, más que andar como indio, esto significa -para mí- como un cambio de actitud. Un símbolo.
Todo se originó durante mi primera visita a Estados Unidos, hace casi diez años.
La primera impresión que recibí, en esa primer vista, no fue el país en sí. Tampoco los freeways, ni lo limpio de las calles, como muchos a "paisanos" les pasa.
No, la primera impresión que se me quedó, fue la ropa de la gente.
Como buen mexicano, estaba acostumbrado a la cultura de la imagen. O sea, el que la ropa para los mexicanos, es 'muy importante". Vital, de hecho.
Desde chiquito había oído (y aprendido) el axioma: "Como te ven, te tratan". Y aunque me lo decían con buenas intenciones, descubrí después que en realidad esa frase ocultaba una verdad más desalmada: "La gente pobre viste mal. Desconfía de ellos. La gente decente viste bien. Confía en ellos".
Durante esa mi primera visita a Estados Unidos, recuerdo que era marzo, y hacía un frío que pulverizó mi enclenque aguante tropical (Como buen tampiqueño, nunca había padecido los horrorosos fríos texanos: Mi rancho es de esos donde, apenas el termómetro baja a 20 grados, la gente ya sale con chamarra y gorro a la calle).
Pero acá estaba yo, en el aeropuerto Lovefield de Dallas, vistiendo una de esas camisas desechables de Milano, de ésas que después de dos lavadas uno no tiene qué colgarlas porque se paran solas. Me quedé lelo, mirando toda la gente a mi alrededor: Gringos. Primermundistas.
Me sentí chiquito. Apliqué en mí el axioma: Sentía que me iban a tratar mal, porque no vestía como ellos. Todos iban de traje, corbata, abrigos largos hasta la rodilla, de lana. Negros, elegantes.
Luego, tuve una revelación: Me di cuenta de que a la gente NO LE IMPORTABA cómo vestía yo. No me maltrataban ni con la mirada: Vamos, ni siquiera me miraban. Yo era un ser humano más, allí en medio del mundo.
Más aún: Si mis ojos se entrecruzaban con los de alguien, esa persona me sonreía, me saludaba con un ademán de cabeza. Me abrían la puerta. Me decían "Hi!"
Fue mi primer experiencia con la ropa en Estados Unidos.
Luego, comprendí que ese choque de elegancia en el aeropuerto, era flor de un día. De hecho, la gente iba así porque hacía frío, no porque estuvieran posando para un comercial de Hugo Boss. En cuanto el frío se aplacó, noté la transformación.
Los texanos aventaron las chamarras, los trajes y los abrigos al closet. Y salieron en ropa casual. Hasta en shorts.
Comprendí entonces que en este país, no se aplica eso de "Como te ven de tratan". Esa actitud es parte de una cultura clasista. Quizá sean traumas sojuzgantes que heredamos de la colonia. Quizá sean taras tercermundistas. No sé.
Lo que sí sé, es que al gringo le gusta vestir cómodo. Abomina la excesiva formalidad (en las maneras y en la ropa).
Aquí no "como te ven, te tratan". Más bien "Como te tratan, te ven".
Desde el más humilde lavaplatos de restaurante, hasta el presidente de una corporación, visten igual los fines de semana: El uniforme consiste, casi siempre, en camiseta sport tipo polo, shorts (de mezclilla o gabardina), tenis o chanclas. Y eso lo vemos en gente que sale a la tienda o a comer los domingos, tanto en barrios pobres como en exclusivas áreas. Gringos, negros, chinos, hispanos... La única regla es la comodidad.
Cuando comencé a reportear, me di cuenta que todos los periodistas acá andan cómodos. Nada de trajes apantalladores, como muchos reporteros traen en México (aunque se sientan como atiborrados en un costal, sudando la gota gorda). Me encantó eso de poder reportear en pantalones de mezclilla, zapatos casuales de pana, y camisas de algodón. A veces, si la cuestión lo ameritaba, podía uno hasta llevar camiseta (siempre que se pusiera un saco sport encima). O sin saco, con camisa de algodón y una corbata, ya uno se ve bien.
Nadie lo mira feo a uno. Nadie lo "trata mal por como lo ven".
Lo acepté. Me integré.
Peor: me encantó. Cada fin de semana salía en shorts, camiseta y chanclas al "mall", con la familia. Dejé de considerarme un fachoso. Me sentía cómodo, fresco.
Vaya, si hasta los policías en Texas llevan shorts en su uniforme: Camisa azul marina, manga corta, sin gorra, y con shorts azul marinos... ¡Y chanclas! O tenis negros.
(Y yo que me imaginaba a los policías gringos siempre elegantemente vestidos, como Matute el de Don Gato, o el Jefe O'Hara de Batman.)
Pero no todo fue final feliz: Cuando pensaba que por fin estaba a mis anchas, un acontecimiento me hizo volver a la realidad.
¿Cuál fue? Ni más ni menos que un viaje a México.
En una de esas vacaciones que visité Tampico, me sobrevino en choque cultural. ¡Pero al revés!
Resulta que unos amigos me invitaron un café. Tenía tiempo de no verlos y me encantó la idea.
Hacía mucho calor en Tampico, era agosto. Era sábado. Era temprano.
Me vestí. Busqué ropa limpia. Una camiseta limpia, un short limpio, unos tenis limpios.
Salí...
... y todo el mundo me miró feo.
Como diciendo "¿Y este mico de qué árbol se cayó?".
Fui a la casa de mi amigo. Le dio gusto verme, aunque me vió sorprendido de arriba a abajo.
No estaba listo. Pidió que lo esperara para ir al café.
Salió media hora después: Camisa de manga larga, de vestir. Camiseta de algodón abajo. Pantalón de vestir. Zapatos de charol.
"Chuy, pero si sólo vamos al café que está aquí abajo, en el primer piso", le dije. No me escuchó. Luego, en el café, comprendí porqué: TODO el mundo andaba así, formal.
Yo era el único fachoso. El único "agringado" (nada más que prieto, no güero y de ojo azul).
No me trataron mal, es cierto. Porque ni me hablaron. Pero sus miradas decían mucho.
Me volví a sentir como durante mi primera visita a Dallas: Chiquito, acomplejado, traumado. O peor.
"¿Porqué te vistes así, mijito?", me preguntaba mi preocupada madre, cuando me alistaba para salir a dar la vuelta al parque. "¿No trajiste ropa buena?"
La miré sorprendido: "Mamá, esta ropa es buena. Es cómoda, es de marca, la compré en JCPenney. Está limpia."
"¿Es qué la gente de Estados Unidos siempre anda así de fachosa? Mírate: Pareces un pelafustán".
!!!!!!!??????
Fue entonces cuando comprendí la enorme diferencia respecto a las actitudes de los mexicanos y los gringos respecto a la ropa. Y traté de entender porqué.
La ropa en México es cara. Para vestir bien, uno debe tener cantidades suficientes de dinero para sufragar ese 'caprichito'.
En Estados Unidos, no. La ropa es barata, y a veces, baratísima. Siempre hay ofertas especiales, hasta de ropa de marca. Uno se puede comprar pantalones y camisas de marca por 10 dólares o más. Si alguien quiere vestirse bien, no está fuera de su alcance.
Consecuentemente, toda la gente viste casi igual. No se notan las diferencias abismales entre ricos y pobres a las que está uno acostumbrado en México.
Los mexicanos tenemos terror a ir "en fachas". Es símbolo de naquería, de pobreza, de poca estima personal. Por eso la gente se pone sus mejores galas para ir a comer afuera, para ir al cine, y hasta para ir al súper. Para que no lo vean a uno "feo" ni "naco", ni le quieran ver la cara a la hora de pagar.
Mientras que en Estados Unidos, no es así. Prevalece la comodidad. La ropa no es un lujo, es una necesidad. Entre más fresco ande uno, mejor.
(Por eso vemos como marcianos a esos gringos turistas que andan en shorts y chanclas. No podemos entender cómo teniendo tantos dólares, no puedan vetirse "bien".)
Ya llegó primavera a Texas. Comienzan los calores. Por eso, me disparé a Payless y compré unos huaraches de cuero, tipo tenis. Frescos, flexibles, cómodos.
Y estaban en oferta: de 25 dólares, me los vendieron en 16. Una ganga.
Ahí ando, merodeando por la calle con mis huaraches. Y no me siento fuera de lugar.
Supongo que si me los llevo a México me van a ver como un "huarachudo". Me van a tirar a lurias. Y seguramente mi pobre madre se va a desmayar de un soponcio al saber que todo ese dinero que ella gastó para vestirme bien de niño, con mucho esfuerzo, fue en vano.
Pero mientras, me contento con andar fresco cuando voy al cine con mi hijo, cuando voy al súper, o cuando voy a dar la vuelta.
Al fin y al cabo, en este país "de fachosos", todo huarachudo es rey.

El pasatiempo favorito de Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Cada que visito estas cadenas de tiendas en Estados Unidos, veo lo mismo: Gente. Mucha gente.
Me gusta ir temprano, aunque pocas veces lo logro. Pero ya para las 10 de la mañana las tiendas están llenas.
Los fines de semana, estas tiendas que les digo, están a reventar. Parecen una kermés, porque los clientes llevan a sus chiquillos. Llegan las familias enteras vestidas cómodamente, con camisetas, shorts y tenis, y no tardan en perderse entre los pasillos de la tienda. Se pasan horas allí, y sólo hacen una pausa para ir a comer.
A veces hay hasta música, pláticas y mesas redondas, gratis, para cualquier cliente que quiera participar. Y siempre están llenas.
¿Qué clase de tiendas son estas, se preguntarán? Seguramente de comida, o ropa, ¿no?
Pues no. Se trata de tiendas de libros. Sí, librerías, esas tiendas donde la gente puede comprar libros, revistas y discos. Algo para leer.
A los gringos les encanta leer. Es uno de los pasatiempos favoritos de este país, aparte del béisbol.
Para un servidor, quien se sentía como animal raro en México, donde las librerías son chiquitas, escasas y (generalmente) caras, esto fue uno de los descubrimientos más felices cuando llegué a Estados Unidos. Las cadenas de librerías norteamericanas son grandes, fuertes y están donde quiera.
No son sitios aburridos, silenciosos, donde solo entran ratones de biblioteca o intelectualoides pedantes. Para nada. Son sitios enormes, amplios, súper iluminados, donde hasta dan ganas ir a leer.
Y mucha gente lo hace, de hecho. De gorrra, sin pagar: Son tantos los estudiantes y niños que llegan para hojear los tesoros que ahí se encuentran, que las cadenas se dieron cuenta de esto y establecieron salitas especiales (allí, en medio de los estantes) para que uno agarrara el bonche de libros y se sentara placidamente a leer a sus anchas. Por horas, si uno quiere.
Y los empleados no los regañan, es más, ni siquiera los ven. Al contrario: Ahí, junto a las salitas hay mesas con cafeteras y galletitas por si se antoja.
Es común ver estudiantes haciendo la tarea, con las patas arriba del mueble, anotando datos de libros que nunca van a comprar, pero que ahí pueden leer a gusto.
Barnes and Noble, Borders, Bookstop, Beethoven & Shakespare and Co., son algunos de los nombres de las poderosas cadenas de librerías, que surgen como hongos. Ha de ser buen negocio, para que sean tantas y se den el lujo de prestar sus libros a gorrones.
Pero mi favorita es la Half-Price Books ('Libros a Mitad de Precio'). Es una cadena de libros usados, que tiene varias sucursales en Estados Unidos. La casa matriz está en Dallas, y ocupa un edificio del tamaño de un Wal-Mart, lleno de discos (CD's y de acetato), cassettes, revistas y por supuesto, libros. Millones de ellos. De todo tipo. A mitad de precio.
Nada de tienditas oscuras, sucias y polvorientas. La tienda tiene aire acondicionado, mucha luz, música de fondo y sus salitas de lectura. Ah, y hasta una cafetería para los hambrientos.
En medio del edificio hay un oasis multicolor, marcado con una casita de madera, tapetes de parches y dibujos en las paredes. Pero lo que sobresalta son las atrayentes tapas de los libros de esa sección: Infantiles. Allí, la música se confunde con el griterío de los clientitos y sus papás, quienes a veces escuchan atentos a un empleado que les lee un cuento, ciertos días a la semana.
¿Porqué tanta diferencia, me preguntaba, respecto a otros países? ¿De dónde nace este enorme gusto por leer del norteamericano, si todos sabemos (o suponemos) que son uno de los pueblos más ignorantes del mundo, quienes no saben distinguir Uruguay de Paraguay?
El norteamericano quizá sea ignorante respecto al mundo exterior. Pero le encanta leer. ¿Cómo suponer que es de otra manera, si la industria editorial de Estados Unidos es la más poderosa del mundo? Se publica de todo: Novelas, cuentos, terror, ciencia-ficción, literatura, drama... Libros de fotos, de historia, de guerra, de coser, de jardinería, de... ¡qué sé yo! Diga un tema, el que sea, el que le guste, y seguramente encontrará uno o muchos libros sobre eso en cualquier librería de Estados Unidos.
En Estados Unidos el libro es un artículo muy apreciado, casi adorado, pero accesible. Barato.
En México, por otro lado, y tristemente, los libros son caros. Son escasos. Son artículo de lujo. Se editan buenos libros, pero dominan los títulos de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, de parapsicología o el sesudo estudio sobre la muerte de Colosio.
No es que tengamos nada contra esos temas. Cada quien su preferencia, pero en la variedad está el gusto, ¿no? Y es precisamente esa variedad de gustos la que da la potencia increíble a la industria del libro en Estados Unidos: Hay compradores, por lo tanto, es buen negocio.
¿Pero porqué pasa esto? ¿Porqué el gringo es lector? ¿Porqué ellos sí y nosotro no?
Mi hijo, Cesarito, de 8 años, quizá me dio la respuesta.
"Hasta hoy, llevo leídos 109 libros", me dijo anoche orgulloso. Le creí, aunque a medias. Seguramente no son 109 libros, quizá sólo son 20, o 30. Pero aún así, son más de los que el mexicano promedio leerá en toda su vida.
Cesarito es un alumno promedio de segundo año, hijo de inmigrantes mexicanos, en una escuela primaria promedio de Estados Unidos. Como cualquier escuela, tiene programas para invitar a los niños a leer, desde primer grado. Desde pre-kínder.
Cada escuela tiene su biblioteca. Y cada niño puede (si quiere) pedir prestados dos libros cada semana. Es más, debe hacerlo, porque en su programa de estudio está contemplado que cada jueves debe visitar la biblioteca, y leer. Al final, debe escribir un ensayo sobre el libro leído, sus personajes y responder un cuestionario.
Los libros que Cesarito lee no son gruesos, ni complicados. No son "La Guerra y la Paz" de León Tolstoi, ni "Los Miserables" de Víctor Hugo. Son libros de cuentos, para niños de su edad. Con dibujos e historias sencillas.
Pero es el principio. Así comienzan las escuelas a meterles a los chiquillos el gusto por la lectura. A imaginar, a pensar. A apagar la televisión y el videojuego, y a ponerse a leer.
Primero lo hacen con la promesa de premios. Hay concursos (dentro de la escuela, y entre varias escuelas) para ver cuántos libros puede leer cada niño. Los ganadores reciben vales para ir a comer a su restaurante favorito con la familia. O un diploma. Pero lo interesante no es eso, sino que a fuerza de tanto insistir, los niños se van acostumbrando a leer. Les pierden el miedo. Conforme crecen, los libros de dibujos dejan paso a los de letrotas grandes, luego letras más pequeñas. Después vienen libros como Huckleberry Finn y Tom Sawyer, o Colmillo Blanco de Jack London. Cuando los niños se gradúan de preparatoria, deben hacer una tesis sobre obras como Frankenstein o Los Tres Mosqueteros para recibir su diploma de egresados.
Esto les ayuda a pensar, a ordenar sus ideas. Pero sobre todo, les imbuye el gusto por leer.
A la mejor el 99 por ciento de esos niños no va a ser escritor. Quizá nunca sean mas que lectores de avión, o de sala de espera de consultorio. Pero tendrán la costumbre de entrar a una librería y comprar el último best-seller de Tom Clancy, o Stephen King, y lo terminarán, y seguirán comprando otros libros. Leer estos libros no tiene nada de vergonzoso. Leer nunca lo es, y siempre será mucho mejor que no hacerlo.
Y quién sabe, quizá con el tiempo, Cesarito o sus compañeritos hasta lean La Divina Comedia o El Quijote. Y si no los disfrutan o no los entienden, por lo menos los habrán leído, lo que ya es decir mucho.
Claro, dirán algunos, esos países tienen tiempo de leer y dinero para libros porque tienen la vida resuelta. No se preocupan por estirar su salario, o mantener una familia en México o en Latinoamérica.
Yo creo que la cosa es al revés. Los gringos tienen una frase al respecto, espectacular por su sencillez: "Readers are leaders" ("Los lectores son líderes"). Casualmente los países más desarrollados son los que más leen. Europa, Japón, Estados Unidos, Canadá. Aún países como Argentina y Chile leen más que países como México, y son considerados como más "avanzados" culturalmente hablando.
¿Será que los países ricos leen más porque son desarrollados? ¿O es que acaso esos países son desarrollados precisamente porque leen más?
No sé. Habría que averiguarlo. Y para hacerlo no se necesitan grandes inversiones. Las escuelas pueden pedir a las empresas privadas que patrocinen concursos entre niños para leer. Los restaurantes, papelerías, cines o jugueterías podrían dar vales de descuento para los ganadores. Sería una buena promoción para ellos. El niño que lea 100 libros en el año puede ganar. Si no tiene dinero para comprar libros, los puede pedir prestados a la biblioteca. Las editoriales estarían ansiosas de donar libros para niños a cualquier escuela. Para ellos es una inversión a futuro.
Pero falta que los padres ayuden. Los maestros, los políticos. Si se comienza así, de poco a poco y en serio, no se requieren millones y millones de dólares. Solo voluntad, ganas.
Sobre todo, habría que hacer un esfuerzo para enseñarles a los niños a LEER EN INGLÉS. Los mejores libros, los más importantes del mundo, casi siempre se publican en inglés. Muchos, muchísimos libros excelentes y vitales para el desarrollo de cualquier persona y país se quedan sin traducir al español. Libros de matemáticas, de física, de medicina, de biología...
Además, es el idioma (casi) oficial de la biblioteca mundial del conocimiento humano: Internet.
"¿Qué haces?", le pregunté a un amigo una vez que traía un libro bajo el brazo.
"Estudio latín", me respondió orgulloso.
"¿Y para qué?", le pregunté.
"Pues porque el latín es un idioma muy importante. Hay grandes obras publicadas en latín que me gustaría leer", fue la respuesta en un tono de "¿qué no sabes?"
"Mejor invierte tu tiempo en aprender inglés", le respondí. "El inglés, por mucho que les duela a algunos, es el latín moderno. Todo se escribe en inglés."
Y es cierto. Independientemente de las cuestiones políticas y militares, el inglés es la llave para un mundo de conocimientos que aún no se alcanza en español. Casi todos los autores hispanos están traducidos al inglés, lo que no ocurre al revés.
Si uno no aprende inglés, se está perdiendo de hacer suyas obras maravillosas, que quizá le cambien la vida.
Obras que están ahí, son baratas, son accesibles, si tan solo uno aprende inglés. Y quizá, en el futuro cuando haya suficientes lectores en español, aumentará la posibilidad de que esas obras se traduzcan al español.
Pero primero necesitamos tener los lectores.
Nunca es tarde para comenzar. Puede ser hoy, o mañana. En un mes. Pero hacerlo. Comenzar con los niños chiquitos, sembrar en ellos el gusto por leer, por escribir. Invertir en los futuros Carlos Fuentes u Octavios Paz, de la misma manera que los clubes de futbol siembran futuros Cuauhtémocs Blanco o Maradonas.
Cuando en México y Latinoamérica las súper cadenas de librerías sean tan grandes y fuertes como las cantinas y los estadios, será porque esos niñitos que comenzaron a leer hoy ya crecieron y se quedaron con el gusto para siempre. Y lo pasarán a sus hijos.
Será entonces cuando dejaremos los latinoamericanos de ser seguidores y ya podremos, quizá, comenzar a soñar con ser líderes.

La historia de Rosa, la mujer arrestada por no darle su asiento a un hombre

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - La señora Rosa Parks tenía 42 años, y estaba cansada aquél día. Le dolían los pies después de tantas horas trabajando como costurera en una planta, y necesitaba descansar.
Por eso, cuando tomó el autobús de camino a su casa, lo primero que hizo fue buscar un asiento. Necesitaba descansar un poco.
El autobús se llenó, y los asientos se acabaron. Rosa dormitó. Minutos después, apenas notó cuando un hombre le hablaba.
Al voltear, vio que era el chofer del autobús. Le ordenaba a Rosa que se levantara del asiento, y se lo diera a un hombre, que estaba parado.
¿Debería Rosa, una mujer cansada, haberse levantado y darle el asiento a un hombre parado en un autobús? De primera impresión la respuesta es, por supuesto, no.
El problema es que esto ocurrió el 1 de diciembre de 1955, en un autobús de la segregada ciudad de Montgomery, Alabama.
Rosa era una dama, cierto. Pero también era negra. Y el hombre al que debía darle el asiento era blanco.
Así había sido en el sur de Estados Unidos. Desde siempre. Por eso el chofer ordenó a Rosa a levantarse y darle el asiento al hombre blanco. Era su deber. Era la ley.
No importaba que estuviera cansada. No importaba que fuera una mujer: Era negra. Y eso era suficiente.
Escenas como ésta ocurrían todos los días, en casi todo el país. No era raro ver asientos en los autobuses exclusivos para blancos. Ni bancas en el parque, o bebederos, baños e incluso escuelas, a los que solo los rubios de ojos azules podían acceder. Los negros tenían sus propios asientos, baños, bebederos y escuelas, siempre y cuando no se mezclaran con los blancos.
En Texas, era común ver letreros en negocios donde no se permitía entrar "Ni a perros ni a mexicanos". Así se vivía en el Estados Unidos de los años cincuentas.
Por lo tanto, el que Rosa debiera darle el asiento a un blanco no era raro, era cosa de todos los días. Nuestra historia hubiera terminado ahí, si Rosa hubiera accedido, se hubiera levantado y le hubiera dado el asiento al hombre blanco.
Pero Rosa dijo que no. Que no se iba a levantar.
El chofer insistió. Ella era negra. No podía hacer eso. La amenazó. Ella replicó que estaba cansada y no tenía porqué darle el asiento a un hombre.
El autobús paró. El conductor se bajó, buscó un policía, y lo trajo para que arrestaran a Rosa Parks. Esposada, fue a dar a la comisaría. ¿El cargo? Violar las leyes que segregaban a los negros.
O sea, no darle su asiento a un hombre blanco.
Fue un pequeño incidente, no el único de este tipo ocurrido en Estados Unidos por aquellos años, pero sí el que detonó todo el movimiento de derechos civiles.
Rosa Parks salió poco después de la cárcel, pero el daño al orgullo de la comunidad negra ya estaba hecho. Tras pagar la fianza de Rosa, los líderes negros se reúnen y deciden boicotear el servicio de autobuses de Montgomery, en protesta por sus políticas de segregación.
Los dueños de la línea se rieron. ¿Qué pueden hacer esos negros contra nosotros?, pensaban. Necesitan usar los autobuses, no tienen de otra. Necesitan ir a trabajar. Tarde o temprano se doblarán.
Pero no fue así. Cada día, a partir del 5 de diciembre, la gente de raza negra se unía más. Dejaron de usar el servicio de transporte público. Los que tenían carros llevaban a amigos. Pero la mayoría iba caminando a pie, o en bicicleta al trabajo.
Algunos iban hasta a lomo de mula.
"No durarán mucho", pensaban las autoridades blancas. Y también se equivocaron.
Un joven ministro religioso alentaba a la comunidad a no doblegarse. Él mismo encabezaba las caminatas, y desde el púlpito de su iglesia daba discursos que unían más a los negros. Se llamaba Martin Luther King.
"Hay un momento en que la gente se cansa de ser segregada, después de tanto tiempo", decía King. "Este es el momento de decir basta". Pero insistía en que la protesta debía ser pacífica, nunca llegar a la violencia.
No pedían cambiar el mundo. Inicialmente, la protesta solo buscaba acabar con el sistema de segregar a los pasajeros negros de los autobuses. También pedía que los choferes fueran corteses con estas personas -que al fin y al cabo, pagaban pasaje igual que todos- y que contrataran choferes negros.
Pero la tozudez de la línea de autobuses, sumada al desprecio de las autoridades municipales de Montgomery, hicieron el asunto más grave.
Pasaron días. Semanas. La protesta sigue.Los autobuses se vaciaron. Y la empresa comenzó a perder dinero. Mucho dinero. Después de todo, el 75 por ciento de sus usuarios eran negros.
La empresa se vio forzada a cerrar rutas, reducir el número de unidades. Aumentó el pasaje de 10 a 15 centavos. Todo para resistir el boicot, aunque sin éxito. El dinero lo perdía como una hemorragia.
Pero no fueron los únicos afectados. Como las familias negras ya no se transportaban lejos, decidieron comprar cerca de su casa. Muchos negocios del centro de la ciudad sufrieron entonces enormes pérdidas (no querían a los negros, pero les encantaban sus dólares). Empresarios, dueños de negocios y ciudadanos comunes blancos comenzaron a enojarse con los negros. Los amenazaron, los insultaban cuando los veían caminando en grupos. Los querían provocar.
Sin embargo, los negros no respondían a las agresiones. Se acordaban de Martin Luther King y su llamado a la no violencia.
La actitud pacífica les costaba mucho a los manifestantes. Sobre todo cuando la policía los comenzó a detener por nada, y a multarlos sin motivo.
La familia de Rosa Park era objeto de amenazas constantes, y a ella misma la despidieron de su empleo.
Las agresiones llegaron hasta a dañar casas de las familias negras, e incluso alguien le pone una bomba a la casa de Martin Luther King mientras él estaba oficiando misa. Por fortuna ni su esposa ni su hija de 2 meses salen heridas, a pesar de haberse encontrado en la vivienda al momento de la explosión.
Así era el Estados Unidos de 1955.
Los seguidores de King se enfurecieron. Prometieron venganza, pero el ministro los detuvo. No van a resolver el problema con más violencia, les dice, al contrario. Esto unió más a la comunidad en el boicot.
La empresa de autobuses quebró. Muchos negocios quebraron. A regañadientes, se dieron cuenta de que necesitaban de la comunidad negra, aunque no la quisieran. Y aunque no lo reconocieran en público.
Un año después del incidente, la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos decreta que las leyes de segregación racial de Alabama eran inconstitucionales, y obliga a sus autoridades a revocarlas.
Al día siguiente, Martin Luther King, junto con Rosa Parks y otros líderes del movimiento, celebraron la decisión. ¿Su primera actividad? Abordar un autobús y sentarse donde les diera la gana, sin que los levantaran o los arrestaran por ser negros.
Rosa Parks fue considerada desde entonces como una de las pioneras de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Y a pesar de su celebridad, prefirió retirarse a una vida privada, seguir trabajando y criar a sus hijos. Aunque fundó varias organizaciones de defensa de los derechos.
La unidad de la población negra inició verdaderamente allí. Gracias a la unión de los 17,000 habitantes de raza negra de Montgomery, se pudo tener éxito en el boicot, que detonó las luchas por hacer de Estados Unidos un país, si no 100% justo, sí por lo menos bastante menos racista de lo que era antes.
¿Porqué celebrar a una persona negra en esta columna, que se supone relata las historias de los inmigrantes hispanos? Porque la historia de Rosa Parks cambió a este país. Porque gracias al shock que causó (junto con el activismo posterior de Martin Luther King) se reconocen hoy en día los mismos derechos a blancos, negros, hispanos y asiáticos en Estados Unidos. Por lo menos en el papel. Por lo menos en las cortes. Lo cual ya es bastante.
Cierto, Estados Unidos no es un paraíso. Sigue habiendo mucha injusticia. Mucho racismo. Mucha segregación "de facto". Pero todo ello son actitudes personales, de ciertos individuos. No es una política institucional del gobierno, no es "la ley". Parece que no, pero eso es una enorme diferencia, aunque a veces nos quejemos.
En buena medida, todos los que vivimos en Estados Unidos les estamos en deuda a todos esos primeros activistas, y a muchos otros como César Chávez. A ellos les tocó vivir en un país muy distinto al de hoy en día, pero tuvieron el coraje de hacer algo para cambiarlo. A pesar de las amenazas, a pesar de los despidos. A pesar de las bombas en sus casas. Y lo lograron.
****
La Sra. Parks sigue viva hoy en día. En 1999, la diminuta mujer, de sombrerito y falda larga, caminó por el pasillo principal del Congreso de Estados Unidos, en una ceremonia en su honor. Allí, el entonces presidente Bill Clinton le otorgó la Medalla de Oro del Congreso, el máximo galardón que un ciudadano americano puede recibir de su país.
Tras recibir a Rosa y darle la mano, Clinton de inmediato hizo lo que ameritaba: Allí, ante los legisladores, y millones de espectadores que seguían la ceremonia por TV, el presidente de Estados Unidos volteó a ver a la anciana mujer... y le ofreció su asiento.
Él era el presidente, el hombre más poderoso del mundo. Cierto. Pero después de todo, Rosa era una dama.

sábado, abril 23, 2005

Inmigrantes mexicanos: ¿Los más "cochinones" de EU?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - La señora Gloria Cervantes estaba una vez en México, de vacaciones, cuando se dio cuenta de una agradable sorpresa.
No había basura.
"Todo estaba muy limpio", comenta jovial la Sra. Cervantes, mientras recuerda la anécdota.
Como broma, agregó: "Se nos ocurrió que México ahora está muy limpio, porque casi todos los mexicanos estamos en Estados Unidos".
Broma cruel, pero tiene algo de cierto. Como lo comprueba la Sra. Cervantes, residente en Dallas, cuando visita un barrio "hispano" de "este lado".
Lo que reluce de inmediato no es la música (grupera) a todo volumen. Ni las "trocotas".
No, tristemente lo que más resalta es la basura. El descuido de las viviendas. El desaseo.
La gota que derramó el vaso de la paciencia de la Sra. Cervantes ocurrió en septiembre pasado, cuando participaba en una marcha en pro de dar amnistía migratoria a los mexicanos. Allí, un grupo de norteamericanos insultaron a los participantes, acusándolos de ser "mexicanos cochinos".
"Eso me dio mucho coraje", recuerda Cervantes. Y decidió hacer algo al respecto.
Juntó amigos, vecinos. Pidió ayuda a negocios de su barrio. Y echó a andar su organización, la Unión por la Dignidad Latina.
A pesar del rimbombante nombre, el objetivo principal de este grupo no es hacer grilla, ni invadir predios. No, la misión es sencilla: Mantener limpios los barrios mexicanos de Dallas.
O convencer a la gente que no los ensucie.
Casi nada.
¿El nombre de la campaña? "No Manches".
"O sea, que no se manche la ciudad. Y de paso, que no se manche la fama de todos nosotros como comuidad", explicó.
Aunque suene sencillo, quizá sea una labor titánica.
Lo primero que ha hecho la Sra. Cervantes, es convencer a una imprenta para que imprima 2 mil folletos trípticos, donde informa a la gente (en español, y con caricaturas) que no debe tirar la basura en la calle. Que mantenga limpio el jardín de su casa. Que dé mantenimiento a su vivienda, a su patio.
Esos folletos los va a repartir en barrios como Oak Cliff, East Dallas y West Dallas, donde se congrega la mayoría de los "paisanos"... Y casualmente los barrios donde más suciedad se ve.
¿Somos cochinos los mexicanos? Yo creo que no. O al menos no todos.
La bronca es que uno se lleva otra impresión cuando visita los barrios "latinos" en las ciudades de Estados Unidos: latas, botes, botellas rotas, ropa sucia... Porquería y media.
Y a nadie parece importarles.
"No creo que la limpieza sea una virtud genética de tal o cual pueblo. No hay razas más limpias que otras", comentaba el cónsul de México en Dallas, Carlos García de Alba, durante la reciente ceremonia en la que la Sra. Cervantes dio a conocer su proyecto al público. "Es cuestión de cultura, de educación, de principios... Los hijos de padres 'cochinones' seguirán siendo 'cochinones'".
¿A qué se debe que haya mexicanos 'cochinones'? Según el cónsul, la culpa la pueden tener los programas de estudio de las escuelas, que eliminaron la materia de civismo años atrás.
"Como que perdimos algo en el camino. Nos 'desconchinflamos' ", resalta.
Sin embargo, insistió que los mexicanos le ponemos más atención a la limpieza personal. A diferencia de los anglosajones, quienes se esfuerzan más por la limpieza del entorno.
La labor de "No Manches" es muy buena. Es excelente. Es un buen programa, que ya hacía falta, y aplaudimos la iniciativa y el apoyo que ha mostrado la Sra. Cervantes. Deberían haber más personas como ella en otras ciudades de Estados Unidos con gran población mexicana.
PERO...
Por otro lado, y ya poniéndonos quisquillosos, no podemos más que decir una cosa:
¡QUE VERGÜENZA!
¿A qué grado hemos llegado los mexicanos inmigrantes, que nos tengan que decir con folletos que sigamos reglas TAN SENCILLAS como no tirar basura?
Pero el asunto no termina aquí.
La campaña "No Manches" no solamente intenta inculcarnos el mantener limpia nuestra comunidad (algo que deberíamos haber traído desde niños), sino que nos da otros consejos, como : "No tires balazos al aire. No tomes cerveza en la vía pública, sobre todo en los parques públicos, ni enfrente de niños y familias. No pongas tu estéreo a todo volumen, porque molestas al vecino..." Y por el estilo.
Y esto sí que es lamentable.
"Siempre lo repito, y lo voy a reiterar:", dijo por su parte la Dra. Elba García, una inmigrante del DF que ahora es concejal del Distrito I en Dallas, compuesto en su mayoría por población mexicana "Las quejas que recibimos todos los días en estos barrios siempre son las mismas: Basura. Ruido. Beber en vía pública. Animales sueltos, sin correa. Balazos al aire."
"Y creo que hay que cambiar. Es algo que todos podemos hacer".
Reiteramos, esto ocurre no solo en Dallas, sino en muchas ciudades de Estados Unidos con gran población mexicana: los mismos problemas, las mismas broncas. Parece crónico.
¿Tan mal andamos?
Por supuesto, también hay gringos cochinos. Y negros.
Además, no todos los inmigrantes mexicanos somos así. Hay muchos de nosotros que tratamos de cuidar el ambiente, de no ensuciarlo. Hombres, mujeres, niños y familias inmigrantes, día a día, ponen un enorme esfuerzo, tiempo y trabajo en mantener limpias sus casas, sus patios, sus calles. Respetan la ley, y cuidan su comunidad. Esto también es cierto.
Pero, como maldición, lo que siempre resalta son los prietitos del arroz: La gente a la que le "vale" cortar su pasto o tirar la basura en el bote. La que deja botellas rotas de cerveza en la calle. La que no le importa hacer sus escandalosos pachangones (pistola incluída) frente a niños.
Lo curioso es que, mientras tanto, muchos andamos exigiendo a los cuatro vientos que nos den reconocimiento como una comunidad valiosa. Queremos que los norteamericanos nos tomen en serio, que no nos vean como una raza de segunda categoría. Que nos reconozcan nuestra contribución a la riqueza de este país.
Pero ni siquiera nos esforzamos por tirar la basura donde se debe.
No es cosa de leyes locales. No es cosa de costumbres "gringas". No es cosa de ser pobres, o ricos. Es simple sentido común. De ser gente limpia o no serlo.
Vamos, ya no digamos que lo hacemos por cumplir con la ley. Ultimadamente, eso sería hasta secundario. De perdido que lo hiciéramos por dignidad propia, por educar a nuestros hijos con costumbres sanas y valores.
"Al final, este problema es una autoagresión", comentaba el cónsul García de Alba. "Contra nosotros, y contra el ambiente en que estamos".
Por supuesto.
Lo irónico de todo, es que somos nosotros los mexicanos e hispanos, los que mantenemos limpias y bonitas muchas de las casas y los barrios de este país: En las colonias más cuidadas, los jardineros son mexicanos. Los barrenderos, los pintores. Y los que remozan y dan mantenimiento a los edificios, para que estén presentables y bonitos.
¿Y cómo tenemos nuestras casas? Nada más imagínese.
Ojalá esto cambie. Pero por lo pronto, agradecemos el esfuerzo de personas como la Sra. Cervantes, que dan mucho de su tiempo en favor de mejorar nuestra comunidad inmigrante. O de perdido, de dejarla presentable.
Esperamos que logremos cambiar. Porque si no, el siguiente paso sería que los gringos, los negros o los asiáticos tengan que iniciar una campaña para hacernos "comprender" la importancia de la limpieza. Que nos digan "Sé limpio. Pórtate bien. Suénate la nariz".
En una palabra: "Civilízate".
Y eso sí que sería en verdad vergonzoso.

La República del Norte: ¿Un nuevo país en Norteamérica?

DESDE LAS ENTRAÑAS

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Al mismo tiempo que crece la población hispana en Estados Unidos, crecen también los grupos que ven en cada inmigrante un terrorista potencial.
No son pocas las organizaciones que prevén una futura "balcanización" de Estados Unidos. Según ellos, por culpa de nosotros, los inmigrantes. Sobre todo los mexicanos.
Para ellos, los inmigrantes somos más un peligro que un beneficio para Estados Unidos. Peor, nos ven como "cabezas de playa", soldados de la avanzada de una invasión a su país por una potencia extranjera.
(Aquí sí se aplica, según ellos, la estrofa del Himno Nacional Mexicano, "un soldado en cada hijo te dió".)
La opinión es que el gobierno norteamericano debe tomar medidas estrictas y graves ya, para evitar esta "invasión". O sea, poner militares armados con metralletas y morteros en la frontera. Cerrar los puntos de acceso al país ("¡Ni un mexicano más!"). Y sobre todo, correr a todo el que sea (o parezca) "paisano". Y a sus hijos, aunque hayan nacido ciudadanos americanos, aventarlos al otro lado de la frontera y quitarles su ciudadanía.
Todas estas medidas, dicen, son en prevención, a una futura guerra civil, donde anglos e hispanos se matarán unos a otros por el control de estas tierras.
Estas ideas nos sonarán extremistas. Para muchos hispanos, mexicanos e inmigrantes, están totalmente fuera de lógica: La mayoría de los que llegamos acá lo que buscamos es, si no integrarnos totalmente (nunca seremos "gringos", no importa cuánto tratemos), por lo menos adaptarnos. Por eso muchos de nosotros atiborramos las clases de inglés, y tratamos de no meternos en problemas con la ley.
Cuando tenemos hijos, tratamos de enseñarles los valores de ser ciudadano norteamericano y querer a su país, pero sin olvidar sus raíces: Los llevamos de vacaciones a México, les enseñamos nuestras fiestas, nuestras costumbres, y a la parentela que dejamos allá. Y sobre todo, les hablamos en español, para que no lo pierdan, pero al mismo tiempo los empujamos a aprender inglés como cualquier otro americano, para que no sufra lo que nosotros.
En una palabra, buscamos ser parte. Quizá no tan rápido como muchos (o nosotros mismos) quisieran, pero ahí la llevamos.
¿Guerra civil? ¿Balcanización? ¿Matar gringos? Nunca. Jamás lo pensamos, al menos la inmensa mayoría de nosotros. Al contrario: Casi todos somos gente pacífica, que queremos tranquilidad, un lugar donde criar nuestra familia sin sobresaltos. Muchos latinoamericanos venimos precisamente de sitios donde la guerra nos ha dejado traumas, como en Centroamérica o en Colombia.
Aún más, nos reímos de esos profetas del desastre, que vaticinan el apocalipsis hispano. Gringos locos, decimos.
Por eso nos sorprendió ver que un profesor universitario (chicano, o méxico-americano) anda diciendo a todo el mundo que es cuestión de tiempo para que los estados del sur de Estados Unidos se separen, y junto con los estados del norte de México, formen un nuevo país. La llamada "República del Norte".
El profesor en cuestión trabaja en una universidad en Nuevo México, y se llama Charles Truxillo. Aparentemente es respetado y muy conocido, incluso tiene algunos escritos sobre el tema.
Esa teoría separacionista ya la habíamos conocido. Hay organizaciones extremistas de jóvenes hispanos, anti-norteamericanos, que promueven el enfrentamiento directo con Washington, para separar Texas, Arizona, Nuevo México, California, Nevada y Utah del control anglosajón, y formar su propio país (al que llamarían Aztlán, como el mítico sitio donde nacio la raza azteca). Estos grupos (como MECHA, Aztlan y varios, nacidos en los sesentas) tienen mucho éxito en algunas universidades, donde los jovencitos chicanos buscan algo en qué creer, y se les unen.
Pero fuera de estos círculos poca gente los pela. Ni siquiera los propios mexicanos o inmigrantes saben de su existencia, mucho menos los gringos. Y la mayoría de los chicanos que estudiaron los conocen, pero pocos les siguen la corriente.
Por eso nos sorprendió que el Dr. Truxillo fuera entrevistado por periódicos grandes y hasta por la agencia Associated Press, que difundió sus teorías a todo el mundo.
¿Qué dice Truxillo? Casi nada nuevo: Que todo el sur de Estados Unidos ya tiene una enorme mayoría de población hispana (de origen mexicano casi todos). Y que eventualmente, cuando estos hispanos tomen el poder político y económico de la zona, quieran separarse de Estados Unidos, al sentirse como "extranjeros en su propia casa", y formar su propia nación, independiente del resto de la Unión Americana. (Un poco como la historia de Texas, pero al revés.)
Pero eso no es todo. Truxillo asegura que la dirigencia del nuevo país, la República del Norte (con capital en Los Ángeles), invitaría a unirse a los estados mexicanos de Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Sonora y las Baja Californias. Según dice, debido a que la gente de estos lugares tienen más afinidad cultural, política, económica y hasta racial, con los Mexican-Americans que los mexicanos de más al sur.
Esto ocurrirá, según suTruxillo, para el año 2080. Y nadie podrá hacer nada para evitarlo, pues es un proceso normal y paulatino que lleva siglos concinándose (desde la guerra México-Estados Unidos, para ser exactos).
¿Porqué la nueva república no se anexará todo México, se preguntarán muchos? ¿O porqué no "devolverá" los estados perdidos con el Tratado Guadalupe Hidalgo a sus antiguos "dueños"? Porque, según el profesor universitario, los estados del norte de México tienen más en común con los chicanos. Más que un chiapaneco o un chilango.
Todo suena muy fantasioso, pero el Dr. Truxillo es una persona estudiada y con credenciales: Actualmente es profesor adjunto de Estudios Chicanos de la Universidad de Nuevo México, y es muy respetado entre esos círculos.
Pero eso no es todo. En su tratado, el profesor vaticina que México no solamente perderá sus estados del norte, sino que, por esas mismas fechas del 2080, los yucatecos verán realizado por fin su sueño de formar una república independiente, y le mocharán otro pedazote de tierra a la nación azteca. Esta nueva República Maya incluirá no solo Yucatán, sino Quintana Roo, Campeche, Tabasco, Chiapas y Guatemala y Belice. Su capital será Mérida, claro (¿O Cancún?)
Uno puede ver este nuevo mapa del año 2080 en el sitio de internet del Dr. Truxillo, en http://www.unm.edu/~ecdn/map2080ad.htm
Pero aunque suene todo una catástrofe para México, para el Dr. Truxillo no lo es. Según él, un México georgráficamente más pequeño (del tamaño de Francia) podrá progresar mejor. Seguirá teniendo ciudades importantes, como Guadalajara, Veracruz, Puebla, Toluca, y el propio DF, además de la mayoría de la costa del Golfo, y la costa del Pacífico.
(Claro, no tendrá el poderío económico de la República del Norte, y apostamos a que tampoco tendrá igual fuerza militar. Me pregunto si seguirá habiendo agentes de la Migra.)
Aunque no lo diga abiertamente, pienso que las opiniones del Dr. Truxillo están basadas en un racismo sutil. Primero, su teoría lo que dice es que los mexico-americanos no quieren a los gringos. Entendemos que tras tantos años de discriminación y abuso, hay mucho resentimiento.
Pero tampoco quiere a los mexicanos, y me refiero a los mexicanos indígenas. Excluye claramente a la gente de Veracruz para abajo, porque su ascendencia indígena les da una cultura "distinta" a la gente del norte, casi toda "Caucásica", blanca y descendiente de europeos (según él).
Además, explica que esta división ya se da de facto en México, con los estados del norte más ricos, avanzados, y pro-capitalistas (y panistas), mientras que en el centro sigue dominando el pro-gobiernismo y el priísmo (con el DF como cabecera, aunque tengan a André Manué). Los estados del sur, por su parte, tienen tendencias izquierdistas, según él, lo que se evidencia con la presencia de guerrillas.
Estas teorías levantaron ámpula entre muchos norteamericanos, que de inmediato llamaron a la Guardia Nacional y a los Marines a tomar medidas extremas para evitar que al "Reconquista" se llevara a cabo. Pero cualquiera que lea los postulados de Truxillo se dará cuenta de que el señor es todo, menos escandaloso: La futura (y posible) separación de la República del Norte la relata como una transición normal, y hasta pacífica. Nunca llama a las armas ni se burla de los gringos, o los mexicanos del sur, al contrario: Espera que todo se resolverá pacíficamente, y que al final los nuevos países tomen su curso.
¿Tendrá razón el Dr. Truxillo? ¿Será este un Nuevo País, metido como sandwich entre dos naciones "extrañas"?
Lo cierto es que cada vez más chicanos educados en universidades se están radicalizando: Parece que después de siglos de sojuzgamiento, de olvidar sus costumbres y su idioma español a punta de palos (literalmente: En muchas escuelas castigaban a los niños mexicanos a golpes por hablar español, allá por los cincuentas y sesentas), los chicanos están "liberándose". Muchos están reaprendiendo español, toman clases de "Estudios Chicanos" en universidades (¡Por los que pagan!) y hasta se ponen nombres aztecas y mayas. Se vuelven más mexicanos que los mexicanos... sin serlo totalmente.
Sobre todo entre la juventud universitaria, que es, casualmente, de donde saldrán los líderes y políticos méxico-americanos del futuro.
(¿Estará por allí en una de esas universidades el que será el primer presidente hispano del país más poderoso del planeta? ¿Se apellidará López, Gómez o Villanueva? ¿Será morenito y bigotón? Y más importante: ¿Será alumno del Dr. Truxillo?)
Quién sabe. Nuestra opinión es esta: No habrá un nuevo país chicano en el futuro. Ya existe ahora. Basta venir a visitar Texas o California para darse cuenta de que donde quiera se habla español, se escucha música mexicana y se comen más tortillas que pan, y más salsa que catsup.
Y aunque seamos todos "mexicanos", aparentemente, uno sólo tiene que sentarse en una plática de amigos en cualquier reunión para darse cuenta de lo mucho que diferimos (ideológicamente) de los demás "mexicanos" que se quedaron al sur de la frontera.
Por ejemplo, nunca falta un "experto" que opina que "si en México se hiciera tal o cual cosa, todo mejoraría", ni falta el interlocutor que le responda: "Sí, pero cómo crees que los políticos van a permitir que eso ocurra. ¡Nunca! Y hasta la gente se opondría". Aborrecen la "mordida" y el "mañana" mexicanos, como si nunca los hubieran padecido en carne propia, y confían en que llegará el día en que México se parezca un poquito más a Estados Unidos... por lo menos en lo bueno.
La República del Norte ya está aquí, y uno no tiene que esperar al 2080 para verla. ¿O qué piensa usted?

¿Quienes tienen los puentes más largos del mundo? ¡Los gringos!

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Los niños regresaron a clases (¡por fin!) después del mentado "Spring Break". La verdad, ya ni me acordaba de esas fechas (hace ya bastantito tiempo que no me tocan a mí, para ser sinceros).
No tengo nada contra las vacaciones. Ni contra el hecho de que sean otros los que las disfruten, y no yo. Ni en México ni en Estados Unidos.
Pero lo que sí me sorprendió al llegar a este país, fue descubrir que, a pesar de lo que se diga, en Estados Unidos son más "puenteros" que en México.
Recuerdo que todos los mexicanos nos hacemos bromas unos a otros respecto a los días festivos, y los famosos "puentes": Que si somos un país de flojos, que si nos encanta tomarnos días libres, que primero las vacaciones, luego Semana Santa, y luego fin de año, posadas, etcétera.
Creo que hasta hay un chiste muy famoso, que cuenta, uno por uno, los días festivos, y al final se da cuenta de que totalizan 364. "Pero como ese día que falta es el Día del Trabajo, pues ya tampoco cuenta", termina el cuento.
¡Mentira vil! No tengo aquí los datos exactos, pero facilito, a ojo de buen cubero, los gringos nos dicen " quítate que ái te voy" en eso de los puentes. Nomás que aquí, para que no suene tan feo (ni tan tercermundista) los llaman, elegantemente, "long weekends" (Fines de semana " largos" ).
¿Qué es eso, se preguntarán? Nada, simples puentes. No puentecitos, como en México, de dos o tres días, sino puentezones, como el de Brooklyn.
Al gringo le fascinan los puentes y los días festivos, y las vacaciones. Más que al mexicano.
Sí, ya sé que por costumbre, por cultura, se nos machaca desde chiquillos que somos los amos absolutos a nivel mundial de las vacaciones, de los puentes y de los permisos de trabajo. Pero no. El vecino del norte nos gana, como mencionamos.
Nada más hay que sacar un calendario y hacer cuentas.
Por principio, y para ser justos, hay que reconocer que Latinoamérica y Estados Unidos comparten ciertos días festivos que son comúnes a todos, como el 1 de enero, Navidad y el Día del Trabajo (que se festeja no el 1 de enero, sino en septiembre, y curiosamente, SIN trabajar. Pone a pensar cómo festejaríamos el Día del Descanso. ¿Trabajando? ¡Ja-ja! Ya parece. Pero bueno...).
Además, casi todos los países tenemos un Día de la Independencia (o Nacional).En México es el 16 de septiembre. En Estados Unidos, claro, el 4 de julio. Ese día nadie trabaja, claro.
Estos son los descansos " oficiales" de ambos países. O sea, los de " a chaleco" , donde ni oficinas de gobierno, ni escuelas, ni bancos laboran. E incluso muchas empresas tampoco.
Hasta allí bien.
Pero luego, en México comienzan a escasear los días festivos. Hay Semana Santa, que son quince días, claro. En Estados Unidos es el famoso "Spring Break" , el cual dura solo una semana. Pero antes de que adelantemos conclusiones, hay que seguir viendo el calendario.
México tiene más días festivos: Como el 5 de febrero, de la Constitución. Luego el 21 de marzo, día de Benito Juárez, Jueves y Viernes Santos (Semana Santa), y el 5 de mayo. 12 de octubre, 2 de noviembre el Día de los Muertos y 20 de noviembre, Día de la Revolución. Luego viene el guadalupano 12 de diciembre y después Navidad y Año Nuevo.
Son 13 en total. Pero hay que aclarar, que en muchos de estos días sí se trabaja. Sí hay escuela. Sí abren los bancos. Fuera de algún festejo escolar o ceremonia oficial, las cosas siguen igual.
En Estados Unidos no.
Por principio, hay varios festejos que en México ni en cuenta: 19 de febrero es el Día de Martin Luther King, el líder asesinado de la comunidad negra. Ahí, la gente NO trabaja. Si cae en miércoles o jueves, mejor: Puentezote a la vista.
Luego viene el 16 de febrero que es ni más ni menos que el cumpleaños de George Washington, el primer presidente de la república. De nuez, es " oficial": No escuela. No bancos. No trabajo.
Igual, el día festivo es uno, pero si cae a principio o fin de semana, puente seguro.
Cuando apenas ya vamos agarrando vuelo, ¡zácatelas! Nos cae el Spring Break. Aunque no es " oficial" para el gobierno, muchos padres lo usan para irse de " vaca" con los chiquillos.
Luego viene el 31 de mayo, que es el famoso "Memorial Day" o Día de los Soldados Caídos en Combate. De nuevo, fin de semana largo. Es cuando muchos estudios de cine estrenan películas taquilleras, aprovechando que la familia está descansando.
Luego, entran las vacaciones de verano. Dos meses y medio. Más que en México.
Claro, después viene el 4 de julio. Obligado.
Luego, el Día del Trabajo ya mencionado, en septiembre. Igual, no chamba.
Ah, pero luego viene el 12 de octubre. Día de Colón (o Columbus, como dicen por acá). Si se puede, nadie trabaja. Por lo menos oficinas de gobierno y bancos, nanay. (Y eso que los gringos no son de "la raza").
El mes siguiente, es el Día de los Veteranos. Es como el Memorial Day, en honor a los soldados, pero en este caso se honra a los que no se murieron en la guerra. Ni quien se acuerde, porque todos se van de pachanga.
Menos de dos semanas después viene el festejo más importante de Estados Unidos: El Día de Acción de Gracias, o "Thanksgiving Day" (El Día del Guajolote, dicen los paisanos). Todo se detiene. Nadie trabaja. es un " holiday" sagradísimo. Mucho más que Navidad o Año Nuevo. Aquí sí que amerita puentezote. Con tirantes de acero y todo.
Ah, pero Thanksgiving es solo el principio. Oficialmente dan inicio ese día los festejos navideños. Aunque la gente vuelve al trabajo, ya nada es igual: De ahí en adelante, hasta enero, todo es manejar en neutral. Total, ya se va a acabar el año. Los proyectos importantes se dejan hasta enero, con más calma.
Luego vienen Navidad y Año Nuevo. Ni hablar.
Eso sin contar los inumerables días que tienen funcionarios y maestros de "preparación". Además de los días festivos de cada nacionalidad y raza del "melting pot": Los judíos, los afroamericanos, los italianos, los irlandeses, todos tienen sus "holidays" particulares, que mucha gente ya sigue (no por solidaridad racial, sino por puro relajo).
Vaya, si hasta George Bush festeja el Cinco de Mayo en la Casa Blanca, con mariachis, tacos y sombrerote.
¿Demasiados festejo? Para nada. Se habla incluso de AGREGAR más al calendario: El 11 de septiembre. Día de la Unificación Nacional. Y al paso que va, segurito que se aprueba.
También los hispanos no se quieren quedar cortos, y están cabildeando con toda su fuerza para hacer del nacimiento del líder agrícola César Chávez un día festivo, a la par de Martin Luther King. En California y en muchas partes de Texas, Nuevo México y Arizona, por lo menos, ya se celebra extraoficialmente.
La gente en México dirá: "¡Estos gringos son más pachangueros que uno!" Y sí, quizá. Si se toma en cuenta sobre todo, que estos días festivos no son únicos: Generalmente se toman en racimo, junto a otros, para hacer "puentes". Al final, el famoso día festivo termina siendo dos o tres o hasta cuatro.
Pero para ser justos, hay que tomar en cuenta un dato: La mayoría de la gente de Estados Unidos vive lejos de su ciudad natal. Es muy común que los hijos, una vez que se independizan, generalmente encuentran empleo en otra ciudad, o en otro estado. A veces viajan desde Nueva York hasta Los Ángeles, y ven poco a sus familias.
En un país tan extenso y vasto, donde hasta un viaje en avión tarda 10 horas, se entiende que los "Holidays" deban de ser, de perdido, de dos o tres días. Para dar chance a la gente a que viaje a su casa, con sus padres, su familia que dejaron en el otro lado de la nación.
Con todo, nosotros los inmigrantes siempre somos los más amolados. Como la mayoría de nosotros generalmente trabajamos más que todos (porque en los restaurantes, hoteles y jardinerías siempre se trabaja), ni lo gozamos. Y como tampoco podemos viajar tan fácil para ver a la familia, pues ni nos saben esos fines de semana "largos".
La bronca es cuando uno va al banco, y despistado, trata de cambiar su cheque de pago. Entonces, ¡oh, sorpresa! Se da cuenta de que el banco cerró porque era Día de... No sé qué. Y ya se amoló uno, porque al día siguiente es puente, y luego viene sábado y domingo. Si bien le va hasta el lunes tendrá dinero.
Gracias a Dios que existen las tiendas de los chinos, donde por una "módica" suma, le cambian el cheque a uno. Y ni modo...