viernes, enero 28, 2005

¿Qué aprendí como inmigrante mexicano en Estados Unidos? A no tener complejos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

TAMPICO, Tamps.- Estoy en México. Vine una semana, de vacaciones, después de dos años de ausencia.

Me vine a recargar de baterías, de nostalgia, a México Lindo y Querido.

¿Cuál fue mi primera recepción al cruzar la frontera? Ver los encabezados de los principales diarios, americanos y mexicanos: "Estados Unidos alerta a sus habitantes a no viajar a México, por la narco-violencia"

Principalmente, alertaban a no viajar a Tamaulipas. JA. Yo vine a Tampico.

Las imágenes que esas noticias incitaban en la mente de los lectores eran de narcos armados hasta los dientes, correteando a inocentes turistas gringos en la calle.

Por supuesto, nada más alejado de la realidad. Estoy en Tampico, tan campante: He visto amigos entrañables, estoy con mi familia, me he ido a tomar un café (¡o muchos!), he dado caminatas legendarias por kilómetros y kilómetros de calles, a media noche, mientras discutía cómo arreglar el mundo. He ido a la tienda, a pasear, a divertirme, a cenar.

Y como si nada. Ni narcos con metralleta, ni gringos vestidos de bermudas y camisas floreadas, con bandera blanca pidiendo salvoconductos detrás de un camión militar volcado.

Lo peor es que los encabezados más escandalosos los difundieron periódicos mexicanos, de Tamaulipas. ¿Qué onda? Si no fuera de Tampico, y conociera a mi gente, hubiera salido corriendo despavorido.

A veces no sé de qué lado estamos los propios mexicanos: Del nuestro o del del enemigo...

*************

Y hablando de medios y de Tampico, recuerdo mis primeros meses como reportero bisoño en Estados Unidos, casi casi después de haber llegado.

Todo era nuevo. No conocía a nadie. Tenía, eso sí, experiencia en el periodismo mexicano. 6 años en un diario grande en Tampico, y en radio y televisión. Pero en lo que respecta a Estados Unidos era un completo novato.

Pero lo que más recuerdo de aquellos años no fue mi ignorancia de los modos y las formas de los gringos, o de Texas. Vaya, ni siquiera del idioma inglés, al que de perdido masticaba mas o menos bien.

No, mi principal shock en aquellos primeros meses fue, darme cuenta de que tenía montones de complejos como mexicano. Aunque lo negara.

Uno de los principales complejos fue enfrentarme a la gente poderosa. A los políticos, a los empresarios. Allí, frente a mí, tenía a multimillonarios, a políticos de Washington y Texas, a los que hasta entonces sólo había conocido en las secciones internacionales de los periódicos. Ahí estaban frente a mí, esperando que los cuestionara.

Entre ellos estaban los Kennedy. Y un (entonces) gobernador texano llamado George W. Bush.
Yo era inmigrante. De un país tercermundista. Mexicano. Sin dinero. Sin hablar bien inglés. Y me sentía chiquito, chiquito.

Me apantallaban, pa que más que la verdad. Había veces en que sentía que mis pantalones de mezclilla, con mis zapatos de pana, camisa barata y chamarra usada como que no cuadraban con ese ambiente primermundista. Me sentía fuera del lugar.

Como periodista mexicano nunca había sentido esos problemas. Siempre fui tímido, y quizá elegí esta carrera para exorcizar mis demonios. Logré ciertos éxitos en México, los suficientes como para tomar confianza. O sea, no era un apocado, ni traumado. O por lo menos así no me consideraba.

En Estados Unidos, sin embargo, descubrí una realidad: Estaba acomplejado.
Como mencioné, desde hace unos cuantos días estoy en Tampico de vacaciones. En una plática con Chuy, un viejo amigo de la juventud, surgió el tema: ¿Cómo me ha cambiado Estados Unidos durante todos estos años como emigrante?

Lo pensé un poco. Sí, soy distinto. Sí, en buena parte estos cambios son gracias a mi vida en Estados Unidos.

No, no me siento "pocho". Ni hablo inglés a la menos provocación, para apantallar a nadie.

Tampoco rezongo de las carencias materiales que veo en la calle en México, como para gritar a los cuatro vientos que me acostumbré a lo bueno.

"No, Chuy. Si me preguntas qué es lo que me ha cambiado de Estados Unidos, te diré que los gringos me enseñaron a tener más confianza en mí. A quitarme de complejos", respondí, sin titubear.

Por ejemplo, en México, como reportero, es una tragedia andar mal vestido a la hora de entrevistar a Don Cacahuate, el más importante político de la comarca. O al empresario del año.

Todos te mirarán feo, y Don Cacahuate chance y te voltee la cara al ver que eres un "naco".
De hecho, es un complejo para cualquier persona, reportera o no. Andar mal vestido, que lo vean naco, no cumplir con las expectativas.

Si hasta en los anuncios de empleo lo primero que piden siempre es "EXCELENTE PRESENTACIÓN", ¿no? Léase: "NO NACOS FACHOSOS, PRIETOS, INDIOS, FEOS".

Ésos eran mis complejos antes de llegar a Estados Unidos, expliqué.

En Texas, en cambio, aprendí que no importa cómo vistas, cómo hables, o si eres indio, negro, blanco, enano, o gordo. Todos tienen las mismas oportunidades. Nadie te mira "feo" (claro, hay muchas excepciones, pero son eso: Excepciones. No la regla).

Si yo me encuentro a un Bill Gates en un evento, y lo quiero entrevistar o al menos saludar, no me acompleja andar en bermudas, huaraches y camiseta. Y seguro que a Gates ni le importará. Seguro él también ha andado en bermudas, camiseta y huaraches en su casa frecuentemente. Y si no me ve vestido con Armani no supondrá que soy pobre. Quizá piense que no me gusta usarlo, que si no lo compro no es porque no pueda, porque hay muchos en barata de repente, o que sí tengo, pero lo dejé arrumbado en un closet... como él quisiera hacerlo en ese momento.

Los norteamericanos son muy desenfadados en ese sentido, muy igualitarios. A todos los tratan por igual, no importa cómo vistan o hablen. Quizá lo hagan por educación, de acuerdo: Pero lo hacen. Algo muy distinto a otras sociedades como la europea, donde las formas y la imagen cuentan tanto.

O como en México, donde la estructura de la sociedad es piramidal, donde los reporteros están acostumbrados a tratar a los políticos con deferencia. Y hasta sus jefes de redacción y editores los obligan a vestir de riguroso traje y corbata para las ruedas de prensa como si estuvieran en Londres (¡Pero en Monterrey!).

"Lo que pasa es que los yanquis son provincianos y brutos", comentaba una periodista española durante su primer viaje a Estados Unidos. "Les falta el refinamiento de la sociedad europea".

Quizá. Pero yo me quedo con ese provincialismo práctico, antes que andar arrastrando con añejas y carcomidas tradiciones medievales, que equivalen a discriminación.

De hecho, ¿qué son esas "formas" y "tradiciones", sino restos de una sociedad diseñada para marcar las diferencias entre amos y esclavos? O sea, discriminación, pura y simple. Y de la mala.

Como el famosísimo y socorrido "Respete que no somos iguales" de nosotros los mexicanos. Como el tono de admiración, temor y deferencia con que muchos reporteros aún preguntamos a los políticos o los empresarios.

"Aprendí a no tener miedo, Chuy", expliqué a mi amigo. "Aprendí a disimularlo, al menos. Porque me di cuenta que esa persona que tengo delante es muy parecida a mí. Y que, al igual que yo, tiene cierto temor de fallar, de hacer el ridículo, de quedar en exhibición ante los demás. Pero yo llevo una ventaja, porque al menos sé que él siente lo mismo que yo. Y el disimularlo me pone un paso adelante a mí".

Aunque yo vaya en huaraches, bermudas y camiseta. Y aunque sea un mexicano provinciano.

E-mail: cfzap@yahoo.com

No hay comentarios.:

Publicar un comentario