sábado, diciembre 11, 2004

Por fin de armé de valor: Hice un trámite en el consulado... y sobreviví

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas Por fin lo hice. Después de semanas de ir aplazándolo, al fin me llené de valor y tomé la decisión de una buena vez por todas.

Tomé aliento, y muy solemne, le avisé a mi familia.

"Hay que ir al Consulado".

Lo hice. No lo podía creer, había articulado la frase completa.

Pero ya no había marcha atrás. Ni modo.

Como millones de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, necesitaba acudir al Consulado de México para renovar mi pasaporte. Hacía años que no había ido. Y le sacaba.

Cada vez que pasaba por el edificio del consulado en Dallas , el sentimiento era el mismo: Conmiseración. Conmiseración no hacia el consulado, sino hacia los cientos, miles de personas que día a día se ven haciendo filas enormes para sacar un pasaporte, una matrícula consular, o un permiso vehicular.

Yo siempre le he sacado a eso. Cada vez que necesitaba un trámite, prefería ir a hacerlo a México (y de paso aprovechar unas vacaciones).

Pero esta vez no me escapaba. El pasaporte estaba vencido y debía renovarlo para hacer otro trámite pendiente. Ni modo.

Algunos amigos me habían dado una sugerencia con antelación: "¿No quieres batallar? Ve y habla con el cónsul. Dile que eres periodista, de los medios. Pidele que te haga la balona para no hacer cola".

Confieso que la idea era tentadora. Una suerte de charolazo como los que se hacen en México a cada rato, solo que esta vez no era para entrar de gorra a las cantinas, sino para una causa noble: Ahorrarme el martirio de los trámites burocráticos.

Pero desistí. No por ser un santo, o un paladín de la verdad y la justicia (no lo soy, ni nunca he pretendido serlo), sino por simple vergüenza: ¿Con qué cara iba a criticar a la gente que se cree influyente (periodistas incluídos) si yo mismo caía en lo mismo.

No, preferí seguir el procedimiento oficial: Hacer cola, como todo mexicano. Como todo paisano. Como todo inmigrante. Perder medio día de trabajo, sin comer, sin desayunar.

Para desgracia de mi familia. Y mía.

Llegamos temprano. A sacar copias. El día anterior pasé por la oficina y pedí las formas y los requisitos. Estaban escritos en una hoja sencilla: Al leerla, me di cuenta con alivio que contaba con todos los documentos. Solo me faltaban las fotos.

Por fortuna, ahí cerca del Consulado (más bien dentro del mismo estacionamiento) hay una casetita donde toman fotos y copias. Claro, está siempre atascada de gente. Es como un pequeño consuladito.

"¿Oiga, cuánto por las fotos?", preguntamos, inocentemente. Solo necesitabamos 3 fotos, tamaño pasaporte. No debía de ser la gran cosa, total en Wal-Mart o Eckerd nos cobran 5 dolares por 32 fotos.

"Le salen en 15 dólares por cada cuatro", fue la respuesta.

Eso sí, instantáneas. Están luego luego, me dijeron.

¡Pero quince dólares! En fin...

Nos tomamos las fotos. Sacamos las copias. Pagamos. Y nos salimos.
"¿Ya nos vamos?", preguntó inocente Cesarito, aburrido por estar esperando cuarenta minutos a las fotos y las copias.

Ja. "Si apenas comenzamos, mijito", le dije.

Ni modo. Al menos el consuelo que le queda es que lo tuve que ir a sacar de la escuela para los pasaportes. No se podía quejar.

Cuando entramos al edificio del Consulado, el que se quería ir fui yo.
Colas, colas y colas. Laaaaaargas.

La de los pasaportes tenía como veinticinco personas. Y lo peor es que parecía no moverse. Sólo una ventanilla atendía.

Con todo, estábamos en la gloria: Al lado, los que querían sacar matrícula consular la estaban pasando peor. Facilito eran más de cincuenta, y con solo dos ventanillas.

¿Sillas? Unas doce apenas para los pasaportes. Para la matrícula no llegaban a treinta.
Huelga decir que la gente estaba fastidiada. Cansada. Aburrida. Pero qué hacían.
Nuestro consuelo era platicar. Y criticar.

(¿Acaso no estábamos en una oficina de gobierno de México? A donde fueras...)
Curiosamente, la ÚNICA ventanilla que avanzaba rápido era la de los extranjeros, o sea los no- mexicanos: En esa ventanilla decía VISA A EXTRANJEROS, y no tenía colas ni esperas. Los pocos que llegaban los atendían como de rayo.

"¿Ya nos vamos?", repetía su mantra Cesarito.

"No, todavía no", respondí mecánicamente.

"¡Qué lentitud!", se quejaba mi esposa Esther, mientras llenaba una forma de quejas y sugerencias (enfocándose, claro en lo primero). "La fila no avanza. Mira, parece que estamos en cualquier oficina de gobierno en México".

La miré, sonriendo: "¿Y DÓNDE crees que estamos?".

Sí, es Dallas. Es Texas. Pero allí, dentro del Consulado, es México. Un pedacito de México. "Un cachito de lo nuestro", como dice el comercial.

Y parece que sus funcionarios son los principales interesados en recordárnolos.

"¿Porqué no ponen más gente?", se desesperaba Esther.

"Pos porque no tienen", respondí.

"¿Y qué hacen con todo el dinero que la gente les paga por los trámites? ¿A dónde va?"

Buena pregunta. Contra lo que se puede suponer, los consulados NO reinvierten los ingresos que obtienen por pasaportes o visas, según nos informó un cónsul. No, lo envían a México, todito, a la SRE... que se encarga de DISTRIBUÍR esos ingresos en base a SU criterio.

O sea, si un consulado recauda mucha lana, seguro que no va a recibir esa lana, sino menos. Mucho menos. Y hágale como quiera.

Por ejemplo, el consulado de Dallas durante el año 2003, recibió un presupuesto fue de apenas 1 millón de dólares. Y eso lo debió usar para pagar todo lo necesario: Mantenimiento, renta del edificio, comprar papelería, etc., etc.

"Somos víctimas de nuestro propio éxito", comentaba una vez un cónsul alterno de Dallas, Julián Adem, al hablar de los trámites como la matrícula consular. Habían trabajado mucho para promover su uso entre los paisanos, y organizaciones públicas y privadas de Texas. Cuando la aceptación fue amplia, los inmigrantes se volcaron a tramitarla. Y el consulado hizo agua.

"Mira nada más las computadoras", pensé en voz alta, entre dientes, mientras pasaba mi primera hora y media en la fila. Seguro eran modelos IBM 486, de principios de los noventas. Con razón el funcionario se tardaba: Con semejantes antiguallas...

Tardamos, tardamos y tardamos. Por lo menos la gente estaba de buen humor. Hay un guardia de seguridad que hacía rondines: Un señor mayor, bajito, de bigote y lentes con acento caribeño que se la pasaba bromeando con nosotros. Como para hacernos más llevadero el martirio.

Por fin llegamos a la ventanilla. Entregamos todo.

"Oh, oh, hay un problema", nos dijo la muchacha. Muy amable, muy gentil, muy profesional... pero había UN PROBLEMA.

Necesitábamos una identificación de Cesarito, para renovar su pasaporte.

"Pero mírelo, es su cara", le volteé la cara. "Es él".

"Necesitamos una identificación, aunque sea la boleta de la escuela", nos dijo la chica. "Es requisito".

Sacó una hoja de requisitos, como la que yo tenía del día anterior. Sí, ahí con letras negras y claras decía: Menores de 18 años, identificación de la escuela, como boleta de calificaciones o cartilla de vacunación.

"Oiga, eso no estaba allí ayer", le dije. Saqué mi hoja. No, no estaba allí. Menores de 18 años no decía nada, sólo acta de nacimiento y pasaporte anterior.

La muchacha estaba extrañada. "Voy a decirle al cónsul que incluya todos los requisitos en la hoja", ofreció, sonriente y amable.

"Sí, por favor. Que ponga santo y seña, para que no pase esto", le supliqué.

Pero ya para qué. No había nada qué hacer, ni modo. Había que volver OTRO día.

Eso sí, la muchacha aceptó nuestras solicitudes de pasaporte. Y hasta nos preparó la de Cesarito para que al día siguiente solo le agregara lo que faltaba.

¿Fue una experiencia traumática, mi cita con el consulado? Fue lenta, es cierto. Fue tardada.
Pero no, no fue peor que cualquier otro trámite, en cualquier otra dependencia de gobierno, de México o Estados Unidos.

Dicen que la cosa está cambiando. Que los consulados están metiendo trámites por internet, que están haciendo todo más ágil.

A la mejor. Ojalá. Quiero creerlo. Por el bien de todos los inmigrantes y hasta de los propios empleados consulares.

Por eso, no me haga caso con mis quejas. Quizá exagero, lo reconozco. El problema a la mejor soy yo. (No sea que vayan a correr a alguien del consulado por mi culpa)

Porque, debo confesar, ODIO los trámites burocráticos.

Pero no creo que haya alguien (un sólo ser en este mundo) al que le ENCANTEN estos trámites. Que los haga por hobby, o que se sienta realizado de ir a perder horas y horas parado en una oficina, por muy bonita y eficiente que sea.

¿O a usted sí?

E-mail: cfzap@yahoo.com

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