viernes, diciembre 31, 2004

En Estados Unidos su palabra es sagrada... a menos que usted sea mexicano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Cuando estaba en sexto de primaria, mi maestro (que, por aquellas cosas de la vida resulta que también era... ¡mi papá!), nos ordenaba trabajos de matemáticas, siguiendo un procedimiento. Todos entregábamos el resultado, y mostrábamos el procedimiento seguido, para comprobar que todo lo habíamos hecho bien.
Había un compañero gordito, apellidado Orozco, creo. Muy afable y tranquilo. Llegó al escritorio de mi maestro-papá (horror, aún no me puedo acostumbrar) mostrando el resultado del problema.
—¿Y el procedimiento?—, preguntó el maestro, severo.
Orozco tartamudeó. —Lo tengo en otro cuaderno.
"Oh, oh", pensé. "A éste lo van a fregar".
Sorprendentemente, mi papá-maestro le entregó el cuaderno a Orozco y dijo en voz alta, para que todos oyéramos: —¡Sí le creo, porque usted es muy legal!
Yo me quedé estupefacto. ¿No iba a ir a verificar ese segundo cuaderno? A la mejor ni existía. ¿Y si Orozco mentía? ¿Porqué no tenía esa misma confianza con todos nosotros, los demás?
Lo más importante, ¿porqué el maestro no le hacía igual CONMIGO? ¡Si yo era su hijo!
(Después se me ocurrió que no lo hacía conmigo PRECISAMENTE porque era su hijo, y conocía perfectamente mis mañas.)
Como quiera, esa actitud de mi padre me pareció muy extraña. Y nos sigue pareciendo a los mexicanos.
No concebimos que haya algo llamado confianza. No a nivel de pueblo, de país.
Ah, claro. Confiamos en la familia, en los hijos (menos los maestros, aclaro). Confiamos en los amigos. A nivel personal no hay problema.
Pero a nivel país, a nivel trabajo, a nivel mentalidad como pueblo, somos completamente desconfiados del prójimo.
A todos les pedimos comprobantes de lo que dicen, pedimos pruebas irrefutables.
No porque seamos desconfiados por naturaleza. No nacemos así. Lo que pasa es que nos hemos hecho así a fuerza de tanta transa entre nosotros.
Por ejemplo, si usted va a declarar algo ante una autoridad en México, seguro le van a pedir pruebas. Comprobantes. Originales, o copias apostilladas y notarizadas. Si se puede, firmadas con sangre, y le aseguro que no pocos querran comprobar si el DNA de esa sangre corresponde efectivamente al suyo.
Si en un documento su nombre aparece como Fco. en vez de Francisco, ¡ah, ya se puede esperar que se la hagan de tos! Ese "no es usted", "es un fraude", "falsificación", etcétera. Y se las verá canutas para comprobar que no hay transa.
Esta mentalidad de nosotros contrasta totalmente con la mentalidad gringa. En Estados Unidos, usted no tiene que comprobar nada, con su palabra basta.
Ante una corte, ante una oficina de gobierno, ante cualquier autoridad, generalmente basta con que usted levante la mano derecha y jure decir la verdad, sólo la verdad, y nada más que la verdad, para que todo mundo le crea. Porque usted LO JURÓ.
En algunas solicitudes o formas y contratos siempre hay una cláusula que dice: "Declaro bajo juramento que la información que presenté aquí es la verdad". Hasta en los contratos para servicio telefónico.
En Estados Unidos, la palabra de uno sí vale.
Y no es que los gringos sean unos dechados de honestidad, ni que no se sientan tentados a mentir. Muchos lo hacen. Pero la mayoría se abstiene de mentir, no por decencia o moral, sino que uno no sabe si lo cacharon en la mentira y lo están dejando ahorcarse a usted mismo.
¿Cómo estar seguros? Mejor no mienten.
Algunos se la juegan, y mienten. Pero si los cachan, ya pueden irse encomendando al santo de su devoción.
Porque el perjurio, en Estados Unidos, es un delito enorme. Gravísimo. Si se descubre que usted mintió, le puede ir peor que por el delito mismo.
Tuve mi primera experiencia al respecto al año de llegar aquí. Tenía que declarar mis impuestos, y acudí con Basurto, un contador que trabaja para hispanos en Dallas.
—Puedes deducir las millas que manejas en tu carro, si lo usas para reportear— me recomendó.
—¿Y cómo hago eso?—, pregunté.
—Simple. Cómprate un cuaderno, o una libretita. A donde vayas, anota cuántas millas tenías antes y después del trayecto. A fin de año te descuentan por cada milla recorrida y te pueden reembolsar ese dinero.
Mis ojos debieron haberse abierto como canicas, porque Basurto me vió extrañado.
—¿Y la oficina de recaudaciones, el IRS, acepta como documento válido una libretita escrita con pluma de mi puño y letra?— pregunté extrañado. Aún no lo podía creer.
—Claro. Ellos suponen que si tú te tomaste el trabajo de escribir y anotar cada milla durante todo el año, entonces debe ser cierto. Simple, ¿no?
Algo similar nos pasó cuando solicitamos un préstamo hipotecario para nuestra casa. Teníamos ciertas fallas en el crédito. Creímos que ya la causa estaba perdida. Hasta me imaginé la casa con alitas, que se alejaba de nosotros.
—No hay problema—, declaró Amy, una jovencita que nos estaba ayudando con el trámite. Encendió su computadora, y comenzó a escribir una carta. "Soy César Fernando Zapata, y estoy solicitando un crédito hipotecario. Tengo algunos problemas de crédito en tal y tal fecha, pero por medio de esta carta me comprometo solucionarlos. Estamos entusiasmados por nuestra nueva casa, y les aseguramos que cumpliremos con los pagos a tiempo".
Amy le extendió una pluma y me hizo firmarla. —Con esto basta—, declaró. Envió la carta junto con todos los papeles y me la aceptaron, igual que hubiera sido un documento con el sello de las barras y las estrellas, firmado por George W. Bush.
Lo dicho, en Estados Unidos, la palabra es sagrada. Si tú les juras, te creen. Y lo hacen de buena fe.
—Los gringos son muy inocentes— se reía un cuate una vez, luego de haberle "visto la cara" a un güero. Se sentía muy picudo por la hazaña. Se jactaba que a él nunca lo hacían menso.
Yo, en vez de seguirle el juego, me molesté. —Sí, y tú abusaste de esa confianza.
—¿Qué te traes? ¿Pus de qué lado estás?— me reclamó.
—Lo que pasa es que por esa actitud ahora nos tienen a todos los mexicanos por mentirosos—, le expliqué.
Y es cierto. En estados como Texas, cada vez menos gringos creen en la palabra de los mexicanos.
Cada vez más agencias de gobierno y oficinas están pidiendo pruebas "irrefutables" de que nosotros decimos la verdad.
Como dijimos, no es que nazcan desconfiados. Es que tanta transa los está haciendo así.
Lo peor es que no piden pruebas a otros gringos, sino solo a los mexicanos.
¿Discriminación? No creo. Más bien una palabra peor: DESCONFIANZA.
Como comentó una funcionaria municipal una vez a un amigo, que acudía a hacer un trámite: —Antes no pedíamos tantos papeles, pero nos dimos cuenta de que mucha gente cometía fraude— suspiró moviendo la cabeza. —Ahora debemos estar seguros.
No sé si felicitarlos por hacerse más estrictos. O lamentarme por nosotros, los que causamos ese cambio.
******
Para los que se están preguntando cómo me fue con mi cita de la residencia en Inmigración, les diré que todo estuvo bien. Tranquilo. Un trámite de ventanilla, nada más: "A ver sus papeles. Gracias. Firme aquí, por favor. Ponga su huella acá. Muy bien. En seis meses o un año recibirá su tarjeta, mientras use este sello para viajar. Gracias, y que tenga un buen día".
Tiempo total de espera y trámite: Una hora. Todos muy amables, muy profesionales y razonables. Lo dicho, Inmigración está cambiando. Ojalá así se comporten siempre, y con todos sus clientes.
E-mail: cfzap@yahoo.com

No hay comentarios.:

Publicar un comentario