viernes, diciembre 31, 2004

El regalito navideño que me tiene guardado el Servicio de Inmigración

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - ¿Que cuesta casi 20 mil dólares, le causa incontables depresiones, tensiones y problemas estomacales, y de pilón, le tardan 7 años en entregarle después de que usted paga por eso?
¿No sabe? Le voy a dar una pista: Mi "regalito" navideño.
No, no es un auto comprado a crédito. Tampoco es una tanda de mil personas.
No es un boleto de lotería comprado "retroactivamente", ni una herencia, ni un título post-graduado.
¿Se da? Le voy a decir: Es MI residencia permanente.
Mi "Green Card", o "Tarjeta Verde". El documento que especifica que un servidor es un "inmigrante legal" en Estados Unidos.
Por fin, después de más de siete años de espera, de incontables trámites, de dolores de cabeza, de ataques de neurastenia y nervios ante muros que la ley migratoria me ha impuesto, daré el ÚLTIMO paso de este largo y sinuoso camino: Tener la tarjetita que diga que soy un migrante legal en Estados Unidos.
¿Que porqué me tardé tanto? Pregúntele al Servicio de Inmigración (llamado ahora el Buró de Ciudadanía y Servicios Migratorios). ¿Que porqué me costó casi 20 mil dólares? No sé. Aún me estoy preguntando eso. Pero sobre todo, aún no alcanzo a entender de dónde demonios pude sacar tan gigantesca cantidad de dinero. Más de 200 mil pesos mexicanos.
Ni en qué se fueron: Recuerdo que tuve que contratar a una abogada. Me cobró, de entrada, mil quinientos dólares por una visa de trabajo, que incluía a mi familia. Pagué la mitad en ese momento (¡Con tarjeta de crédito! Aún estoy pagándola), y la otra mitad a plazos.
Luego, vinieron "piquitos": Que si viajar a firmar esto, que ir al consulado, que visar allá, que pagar "derechos", que pasaportes, carta de empleo, carta de Santa Claus, y no sé qué tanto.
Después, vinieron renovaciones, más visados, más derechos, y por fin, iniciamos el trámite para la residencia.
Ahí la abogada no se tentó la mano: 3 mil 500 dólares, si quieres. Mitad ahora, mitad cuando acabe el trámite. Ni modo.
De nuevo: Más papeles, más viajes, más trámites, más tensión.
El balance total: casi 20 mil dólares de gastos (incluyendo pagos de trámites ante Inmigración, y pago de abogado), y más de siete años de espera.
El mes pasado, por fin, me llegó la carta de aprobación. Saqué una cita para ir a la entrevista final. Aparentemente es sólo una "formalidad": Tomar huellas y una foto. Aparentemente, ya es el último tirón. Aparentemente TODO está bien.
Aparentemente...
Una de las cosas que me ha dejado esta aventura, es el haber aprendido que con el Servicio de Inmigración las apariencias siempre engañan. Cuando uno cree que lo tiene todo bajo control, ¡ZAS!, le salen con algo nuevo.
Me pasó hace algunos meses, cuando renové mi último permiso de trabajo.
Hicimos todo con anticipación. La ley dice que uno debe renovar la tarjeta cada año, tres meses antes del vencimiento, para evitar demorad. Lo hicimos con seis meses de antelación.
El permiso de trabajo se venció, y la nueva tarjeta no llegó.
Tuvimos que pedir una cita extra ante Inmigración. Después de cinco horas de espera, llegué a la ventanilla, con mis papeles.
"Usted no tiene ningún caso pendiente con nosotros", rezongó la oficial.
"¡Cómo que no!", casi me infarté. "Mire, renové mi permiso de trabajo y no me llegó. Sólo quiero un permiso temporal".
Expliqué, expliqué, y expliqué. La oficial movió la cabeza. Y la movió y la movió y la movió.
"Que no, que no. Aquí no aparece nada. No sé nada, no sé nada y no sé nada", repetía mientras tecleaba a la computadora.
Tuve que hacer un viaje relámpago a la oficina de mi abogada para pedir una copia del documento donde constaba que yo sí estaba arreglando mi residencia. Al verlo, la oficial volvió a mover la cabeza: "Debe haber algún error".
?????
Por fin, tras seis horas de espera, trámites y más neurastenia, me extendieron la tarjetita temporal.
¿Espantoso? ¿Exhasperante? ¿Inconcebible? Claro. Y más. Puede usted agregar todos los adjetivos que se le ocurra, y se quedará corto. Pero así funciona el Servicio de Inmigración de Estados Unidos.
"Una agencia del tercer mundo en un país del primer mundo", la calificó una vez una periodista canadiense.
(Y luego se sorprenden de que tanta gente se pase "a la brava", como indocumentados. Hacerlo "derecho", por la vía legal, es carísimo, y tardadísimo. Y el 99% de los solicitantes seguro serían rechazados.)
Como éste, me han pasado innumerables problemas con los agentes de Inmigración, siempre que he tratado con ellos. No, nunca he hecho nada ilegal. Pero ellos se encargan de hacerlo todo más complicado.
"No sé, no aparece aquí nada, no hay nada, no se puede, no se puede, no se puede", dicen.
No tendrán tronos ni reinas, ni nadie que les comprenda, pero detrás de su escritorio, los agentes de Inmigración son El Rey. Y su palabra es la ley.
Así lo estipula claramente el reglamento inmigratorio: Adjudica "discreción absoluta" a sus agentes para tomar decisiones por su propia cuenta, en el momento y en el lugar, sin consultar a superiores. ¿Usted quiere quejarse? ¡Por favor! Usted es un EXTRANJERO. Un "ALIEN" (Extraño). O séase, no tiene NINGÚN DERECHO a opinar sobre cuestiones de un país que NO ES EL SUYO. Así que cállese y acepte, sino le va peor.
Claro, como extranjero, sé que Estados Unidos no tiene NINGUNA OBLIGACIÓN para conmigo. Quizá moral, pero no jurídica. Somos, todos nosotros, invitados. La residencia permanente, o la visa, no es un derecho, sino un privilegio, que los dueños de esta casa se dignan en darnos... o negarnos. Igual en México y en China.
Pero no soy el único que piensa que las leyes migratorias son el peor desgarriate que tiene Estados Unidos. Hasta el propio presidente Bush lo ha admitido. Urge una reforma.
Últimamente, parece que las cosas están cambiando bastante con el nuevo jefe de Inmigración, el hispano Eduardo Aguirre. A la agencia la han dividido en dos: El brazo "armado", por decirlo así, que opera en la frontera (y que vemos todos los días deteniendo indocumentados), y el brazo "administrativo", o sea los funcionarios burocráticos, que están detrás de un escritorio.
A éstos últimos les han imbuído un sentido de "servicio al cliente", como si fueran una empresa privada: Al ir con ellos son más amables que antes. Incluso le piden, al final del trámite, que usted llene un papelito donde diga cómo califica su experiencia con Inmigración, si necesita mejorar, piden consejos. Se deposita en un ánfora, de manera anónima. Es un esfuerzo por mejorar el servicio al público, dicen.
Hasta han descongestionado las oficinas, y muchos trámites se pueden hacer por internet. Rápido, fácil, y desde su casa.
Pero aún con todo, siguen siendo burócratas. Y quizá el Servicio de Inmigración de Estados Unidos sea la burocracia más agobiada de trabajo del mundo, y la que peor resuelve sus trámites retrasados. Falta de presupuesto y una avalancha de solicitudes son las responsables de esta situación.
Dudo que alguien siga la ley migratoria al pie de la letra, es imposible. Está llena de contradicciones, de puntos vagos, de lagunas que parecen océanos. Si el funcionario se pone estricto, y le revisa hasta el último detalla al solicitante, algo le va a encontrar.
"¡¡¡Ajá!!! Usted durmió del lado equivocado de la cama la noche del 15 de abril de 2001. Eso significa que quebrantó la ley migratoria, por lo que ya no califica usted para tal o cual beneficio. Lo siento", dirá un agente, aburrido, tras un escritorio y una computadora. "I'm sorry. Next!".
Por eso he aprendido a no confiarme. Por eso no sé qué significa la cita que tengo dentro de algunos días ante Inmigración: No sé si ese "regalito" que me tienen guardado significa mi residencia permanente (¡Por fin!), o mi deportación inmediata a México. Con ellos nunca se sabe.
La próxima columna les informaré. Si la escribo desde México, sabrán porqué.
Feliz Navidad.
E-mail: cfzap@yahoo.com

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