viernes, diciembre 31, 2004

En Estados Unidos su palabra es sagrada... a menos que usted sea mexicano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Cuando estaba en sexto de primaria, mi maestro (que, por aquellas cosas de la vida resulta que también era... ¡mi papá!), nos ordenaba trabajos de matemáticas, siguiendo un procedimiento. Todos entregábamos el resultado, y mostrábamos el procedimiento seguido, para comprobar que todo lo habíamos hecho bien.
Había un compañero gordito, apellidado Orozco, creo. Muy afable y tranquilo. Llegó al escritorio de mi maestro-papá (horror, aún no me puedo acostumbrar) mostrando el resultado del problema.
—¿Y el procedimiento?—, preguntó el maestro, severo.
Orozco tartamudeó. —Lo tengo en otro cuaderno.
"Oh, oh", pensé. "A éste lo van a fregar".
Sorprendentemente, mi papá-maestro le entregó el cuaderno a Orozco y dijo en voz alta, para que todos oyéramos: —¡Sí le creo, porque usted es muy legal!
Yo me quedé estupefacto. ¿No iba a ir a verificar ese segundo cuaderno? A la mejor ni existía. ¿Y si Orozco mentía? ¿Porqué no tenía esa misma confianza con todos nosotros, los demás?
Lo más importante, ¿porqué el maestro no le hacía igual CONMIGO? ¡Si yo era su hijo!
(Después se me ocurrió que no lo hacía conmigo PRECISAMENTE porque era su hijo, y conocía perfectamente mis mañas.)
Como quiera, esa actitud de mi padre me pareció muy extraña. Y nos sigue pareciendo a los mexicanos.
No concebimos que haya algo llamado confianza. No a nivel de pueblo, de país.
Ah, claro. Confiamos en la familia, en los hijos (menos los maestros, aclaro). Confiamos en los amigos. A nivel personal no hay problema.
Pero a nivel país, a nivel trabajo, a nivel mentalidad como pueblo, somos completamente desconfiados del prójimo.
A todos les pedimos comprobantes de lo que dicen, pedimos pruebas irrefutables.
No porque seamos desconfiados por naturaleza. No nacemos así. Lo que pasa es que nos hemos hecho así a fuerza de tanta transa entre nosotros.
Por ejemplo, si usted va a declarar algo ante una autoridad en México, seguro le van a pedir pruebas. Comprobantes. Originales, o copias apostilladas y notarizadas. Si se puede, firmadas con sangre, y le aseguro que no pocos querran comprobar si el DNA de esa sangre corresponde efectivamente al suyo.
Si en un documento su nombre aparece como Fco. en vez de Francisco, ¡ah, ya se puede esperar que se la hagan de tos! Ese "no es usted", "es un fraude", "falsificación", etcétera. Y se las verá canutas para comprobar que no hay transa.
Esta mentalidad de nosotros contrasta totalmente con la mentalidad gringa. En Estados Unidos, usted no tiene que comprobar nada, con su palabra basta.
Ante una corte, ante una oficina de gobierno, ante cualquier autoridad, generalmente basta con que usted levante la mano derecha y jure decir la verdad, sólo la verdad, y nada más que la verdad, para que todo mundo le crea. Porque usted LO JURÓ.
En algunas solicitudes o formas y contratos siempre hay una cláusula que dice: "Declaro bajo juramento que la información que presenté aquí es la verdad". Hasta en los contratos para servicio telefónico.
En Estados Unidos, la palabra de uno sí vale.
Y no es que los gringos sean unos dechados de honestidad, ni que no se sientan tentados a mentir. Muchos lo hacen. Pero la mayoría se abstiene de mentir, no por decencia o moral, sino que uno no sabe si lo cacharon en la mentira y lo están dejando ahorcarse a usted mismo.
¿Cómo estar seguros? Mejor no mienten.
Algunos se la juegan, y mienten. Pero si los cachan, ya pueden irse encomendando al santo de su devoción.
Porque el perjurio, en Estados Unidos, es un delito enorme. Gravísimo. Si se descubre que usted mintió, le puede ir peor que por el delito mismo.
Tuve mi primera experiencia al respecto al año de llegar aquí. Tenía que declarar mis impuestos, y acudí con Basurto, un contador que trabaja para hispanos en Dallas.
—Puedes deducir las millas que manejas en tu carro, si lo usas para reportear— me recomendó.
—¿Y cómo hago eso?—, pregunté.
—Simple. Cómprate un cuaderno, o una libretita. A donde vayas, anota cuántas millas tenías antes y después del trayecto. A fin de año te descuentan por cada milla recorrida y te pueden reembolsar ese dinero.
Mis ojos debieron haberse abierto como canicas, porque Basurto me vió extrañado.
—¿Y la oficina de recaudaciones, el IRS, acepta como documento válido una libretita escrita con pluma de mi puño y letra?— pregunté extrañado. Aún no lo podía creer.
—Claro. Ellos suponen que si tú te tomaste el trabajo de escribir y anotar cada milla durante todo el año, entonces debe ser cierto. Simple, ¿no?
Algo similar nos pasó cuando solicitamos un préstamo hipotecario para nuestra casa. Teníamos ciertas fallas en el crédito. Creímos que ya la causa estaba perdida. Hasta me imaginé la casa con alitas, que se alejaba de nosotros.
—No hay problema—, declaró Amy, una jovencita que nos estaba ayudando con el trámite. Encendió su computadora, y comenzó a escribir una carta. "Soy César Fernando Zapata, y estoy solicitando un crédito hipotecario. Tengo algunos problemas de crédito en tal y tal fecha, pero por medio de esta carta me comprometo solucionarlos. Estamos entusiasmados por nuestra nueva casa, y les aseguramos que cumpliremos con los pagos a tiempo".
Amy le extendió una pluma y me hizo firmarla. —Con esto basta—, declaró. Envió la carta junto con todos los papeles y me la aceptaron, igual que hubiera sido un documento con el sello de las barras y las estrellas, firmado por George W. Bush.
Lo dicho, en Estados Unidos, la palabra es sagrada. Si tú les juras, te creen. Y lo hacen de buena fe.
—Los gringos son muy inocentes— se reía un cuate una vez, luego de haberle "visto la cara" a un güero. Se sentía muy picudo por la hazaña. Se jactaba que a él nunca lo hacían menso.
Yo, en vez de seguirle el juego, me molesté. —Sí, y tú abusaste de esa confianza.
—¿Qué te traes? ¿Pus de qué lado estás?— me reclamó.
—Lo que pasa es que por esa actitud ahora nos tienen a todos los mexicanos por mentirosos—, le expliqué.
Y es cierto. En estados como Texas, cada vez menos gringos creen en la palabra de los mexicanos.
Cada vez más agencias de gobierno y oficinas están pidiendo pruebas "irrefutables" de que nosotros decimos la verdad.
Como dijimos, no es que nazcan desconfiados. Es que tanta transa los está haciendo así.
Lo peor es que no piden pruebas a otros gringos, sino solo a los mexicanos.
¿Discriminación? No creo. Más bien una palabra peor: DESCONFIANZA.
Como comentó una funcionaria municipal una vez a un amigo, que acudía a hacer un trámite: —Antes no pedíamos tantos papeles, pero nos dimos cuenta de que mucha gente cometía fraude— suspiró moviendo la cabeza. —Ahora debemos estar seguros.
No sé si felicitarlos por hacerse más estrictos. O lamentarme por nosotros, los que causamos ese cambio.
******
Para los que se están preguntando cómo me fue con mi cita de la residencia en Inmigración, les diré que todo estuvo bien. Tranquilo. Un trámite de ventanilla, nada más: "A ver sus papeles. Gracias. Firme aquí, por favor. Ponga su huella acá. Muy bien. En seis meses o un año recibirá su tarjeta, mientras use este sello para viajar. Gracias, y que tenga un buen día".
Tiempo total de espera y trámite: Una hora. Todos muy amables, muy profesionales y razonables. Lo dicho, Inmigración está cambiando. Ojalá así se comporten siempre, y con todos sus clientes.
E-mail: cfzap@yahoo.com

El regalito navideño que me tiene guardado el Servicio de Inmigración

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - ¿Que cuesta casi 20 mil dólares, le causa incontables depresiones, tensiones y problemas estomacales, y de pilón, le tardan 7 años en entregarle después de que usted paga por eso?
¿No sabe? Le voy a dar una pista: Mi "regalito" navideño.
No, no es un auto comprado a crédito. Tampoco es una tanda de mil personas.
No es un boleto de lotería comprado "retroactivamente", ni una herencia, ni un título post-graduado.
¿Se da? Le voy a decir: Es MI residencia permanente.
Mi "Green Card", o "Tarjeta Verde". El documento que especifica que un servidor es un "inmigrante legal" en Estados Unidos.
Por fin, después de más de siete años de espera, de incontables trámites, de dolores de cabeza, de ataques de neurastenia y nervios ante muros que la ley migratoria me ha impuesto, daré el ÚLTIMO paso de este largo y sinuoso camino: Tener la tarjetita que diga que soy un migrante legal en Estados Unidos.
¿Que porqué me tardé tanto? Pregúntele al Servicio de Inmigración (llamado ahora el Buró de Ciudadanía y Servicios Migratorios). ¿Que porqué me costó casi 20 mil dólares? No sé. Aún me estoy preguntando eso. Pero sobre todo, aún no alcanzo a entender de dónde demonios pude sacar tan gigantesca cantidad de dinero. Más de 200 mil pesos mexicanos.
Ni en qué se fueron: Recuerdo que tuve que contratar a una abogada. Me cobró, de entrada, mil quinientos dólares por una visa de trabajo, que incluía a mi familia. Pagué la mitad en ese momento (¡Con tarjeta de crédito! Aún estoy pagándola), y la otra mitad a plazos.
Luego, vinieron "piquitos": Que si viajar a firmar esto, que ir al consulado, que visar allá, que pagar "derechos", que pasaportes, carta de empleo, carta de Santa Claus, y no sé qué tanto.
Después, vinieron renovaciones, más visados, más derechos, y por fin, iniciamos el trámite para la residencia.
Ahí la abogada no se tentó la mano: 3 mil 500 dólares, si quieres. Mitad ahora, mitad cuando acabe el trámite. Ni modo.
De nuevo: Más papeles, más viajes, más trámites, más tensión.
El balance total: casi 20 mil dólares de gastos (incluyendo pagos de trámites ante Inmigración, y pago de abogado), y más de siete años de espera.
El mes pasado, por fin, me llegó la carta de aprobación. Saqué una cita para ir a la entrevista final. Aparentemente es sólo una "formalidad": Tomar huellas y una foto. Aparentemente, ya es el último tirón. Aparentemente TODO está bien.
Aparentemente...
Una de las cosas que me ha dejado esta aventura, es el haber aprendido que con el Servicio de Inmigración las apariencias siempre engañan. Cuando uno cree que lo tiene todo bajo control, ¡ZAS!, le salen con algo nuevo.
Me pasó hace algunos meses, cuando renové mi último permiso de trabajo.
Hicimos todo con anticipación. La ley dice que uno debe renovar la tarjeta cada año, tres meses antes del vencimiento, para evitar demorad. Lo hicimos con seis meses de antelación.
El permiso de trabajo se venció, y la nueva tarjeta no llegó.
Tuvimos que pedir una cita extra ante Inmigración. Después de cinco horas de espera, llegué a la ventanilla, con mis papeles.
"Usted no tiene ningún caso pendiente con nosotros", rezongó la oficial.
"¡Cómo que no!", casi me infarté. "Mire, renové mi permiso de trabajo y no me llegó. Sólo quiero un permiso temporal".
Expliqué, expliqué, y expliqué. La oficial movió la cabeza. Y la movió y la movió y la movió.
"Que no, que no. Aquí no aparece nada. No sé nada, no sé nada y no sé nada", repetía mientras tecleaba a la computadora.
Tuve que hacer un viaje relámpago a la oficina de mi abogada para pedir una copia del documento donde constaba que yo sí estaba arreglando mi residencia. Al verlo, la oficial volvió a mover la cabeza: "Debe haber algún error".
?????
Por fin, tras seis horas de espera, trámites y más neurastenia, me extendieron la tarjetita temporal.
¿Espantoso? ¿Exhasperante? ¿Inconcebible? Claro. Y más. Puede usted agregar todos los adjetivos que se le ocurra, y se quedará corto. Pero así funciona el Servicio de Inmigración de Estados Unidos.
"Una agencia del tercer mundo en un país del primer mundo", la calificó una vez una periodista canadiense.
(Y luego se sorprenden de que tanta gente se pase "a la brava", como indocumentados. Hacerlo "derecho", por la vía legal, es carísimo, y tardadísimo. Y el 99% de los solicitantes seguro serían rechazados.)
Como éste, me han pasado innumerables problemas con los agentes de Inmigración, siempre que he tratado con ellos. No, nunca he hecho nada ilegal. Pero ellos se encargan de hacerlo todo más complicado.
"No sé, no aparece aquí nada, no hay nada, no se puede, no se puede, no se puede", dicen.
No tendrán tronos ni reinas, ni nadie que les comprenda, pero detrás de su escritorio, los agentes de Inmigración son El Rey. Y su palabra es la ley.
Así lo estipula claramente el reglamento inmigratorio: Adjudica "discreción absoluta" a sus agentes para tomar decisiones por su propia cuenta, en el momento y en el lugar, sin consultar a superiores. ¿Usted quiere quejarse? ¡Por favor! Usted es un EXTRANJERO. Un "ALIEN" (Extraño). O séase, no tiene NINGÚN DERECHO a opinar sobre cuestiones de un país que NO ES EL SUYO. Así que cállese y acepte, sino le va peor.
Claro, como extranjero, sé que Estados Unidos no tiene NINGUNA OBLIGACIÓN para conmigo. Quizá moral, pero no jurídica. Somos, todos nosotros, invitados. La residencia permanente, o la visa, no es un derecho, sino un privilegio, que los dueños de esta casa se dignan en darnos... o negarnos. Igual en México y en China.
Pero no soy el único que piensa que las leyes migratorias son el peor desgarriate que tiene Estados Unidos. Hasta el propio presidente Bush lo ha admitido. Urge una reforma.
Últimamente, parece que las cosas están cambiando bastante con el nuevo jefe de Inmigración, el hispano Eduardo Aguirre. A la agencia la han dividido en dos: El brazo "armado", por decirlo así, que opera en la frontera (y que vemos todos los días deteniendo indocumentados), y el brazo "administrativo", o sea los funcionarios burocráticos, que están detrás de un escritorio.
A éstos últimos les han imbuído un sentido de "servicio al cliente", como si fueran una empresa privada: Al ir con ellos son más amables que antes. Incluso le piden, al final del trámite, que usted llene un papelito donde diga cómo califica su experiencia con Inmigración, si necesita mejorar, piden consejos. Se deposita en un ánfora, de manera anónima. Es un esfuerzo por mejorar el servicio al público, dicen.
Hasta han descongestionado las oficinas, y muchos trámites se pueden hacer por internet. Rápido, fácil, y desde su casa.
Pero aún con todo, siguen siendo burócratas. Y quizá el Servicio de Inmigración de Estados Unidos sea la burocracia más agobiada de trabajo del mundo, y la que peor resuelve sus trámites retrasados. Falta de presupuesto y una avalancha de solicitudes son las responsables de esta situación.
Dudo que alguien siga la ley migratoria al pie de la letra, es imposible. Está llena de contradicciones, de puntos vagos, de lagunas que parecen océanos. Si el funcionario se pone estricto, y le revisa hasta el último detalla al solicitante, algo le va a encontrar.
"¡¡¡Ajá!!! Usted durmió del lado equivocado de la cama la noche del 15 de abril de 2001. Eso significa que quebrantó la ley migratoria, por lo que ya no califica usted para tal o cual beneficio. Lo siento", dirá un agente, aburrido, tras un escritorio y una computadora. "I'm sorry. Next!".
Por eso he aprendido a no confiarme. Por eso no sé qué significa la cita que tengo dentro de algunos días ante Inmigración: No sé si ese "regalito" que me tienen guardado significa mi residencia permanente (¡Por fin!), o mi deportación inmediata a México. Con ellos nunca se sabe.
La próxima columna les informaré. Si la escribo desde México, sabrán porqué.
Feliz Navidad.
E-mail: cfzap@yahoo.com

sábado, diciembre 11, 2004

Y volví a ir al Consulado...(Parte II)

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Volví a ir al Consulado de México. De nuevo, a tramitar el pasaporte que me faltaba para mi familia, el de mi hijo, Césarito.

Y otra vez, me salieron con trabas.

Otro papel faltaba. Otra copia estaba mal. Otro retraso.

"¿Puede venir mañana?", me preguntó la muchacha de la ventanilla de pasaportes. Muy amable, muy eficiente, muy simpática...

...Pero no me dio el pasaporte!

"Ayer me entregó una copia fotostática de un acta de nacimiento equivocada", me explicó. "¿Podría traer el acta buena mañana?"

"Mañana trabajo", respondí en un tono de lamento. No sé si por ella o por mí.
(Rectifico: Por mí).

"Mándemelo por fax."

"Tengo el papel en mi casa. Y allá no tengo fax."

Y era verdad, lo juro. ¿De dónde iba a sacar un fax?

Un día antes, esa señorita me había dicho que podía regresar al otro día, que ya no tenía que hacer cola. "Sólo acérquese a la ventanilla y lo atiendo".

Lo que nunca me aclaró, es que eso mismo les dice a TODOS los que les falta un papel, y tienen que volver.

Resultado: Habían dos colas frente a su ventanilla. La de los que iban por primera vez, y al ladito (junto a la ventanilla) la de los que ya habíamos ido antes pero que nos faltó... "Un papel".

Aún con todo, la experiencia pudo haber sido peor. El personal del consulado fue amable. No fueron groseros. No me negaron el pasaporte. Me tardaron, es cierto, pero ¿qué puede uno esperar de una oficina de gobierno?

Muchas otras personas llegaron, entregaron sus documentos (completos y en regla), pagaron y les entregaron sus pasaportes dos o tres horas después. Sin problemas, sin preocupaciones.

Y seguro no les importó que el baño tuviera o no papel. O puertas.

Volví al día siguiente. La muchacha de la ventanilla (¿Cómo se llamará? Es muy simpática y eficiente, repito. La culpa de mis desgracias no es suya, seguro sólo sigue reglas) me recibió con una enorme sonrisa. Me puso enfrente de la fila (a pesar de las miradas asesinas de más de un paisano) con un: "¿Ahora sí ya trajo el acta?"

"¡Sí!", casi grité en triunfo. Le entregué el acta mencionada. Por si acaso, andaba bien pertrechado, con todos los documentos que encontré en mi casa bajo el brazo, en un portafolio. Ni la carta a Santa Claus se me olvidó.

La muchacha vio el acta. Asintió.

"Le tendré el pasaporte listo hoy, a las doce", me dijo.

¡No lo podía creer! Miré el reloj: Las 10.

"¿Tan pronto?", le pregunté, incrédulo.

Ella me lo aseguró. No tuve motivos para dudar, pero tampoco tenía corazón para comprobarlo.
Así que dejé pasar un día, y volví al día siguiente a las 12.

El pasaporte ahí estaba. Con la foto de Cesarito y su sonrisa medio torcida (muy "cool", dirán los niños de su edad. O eso creen. Un niño de ocho años nunca se atreverá a que lo fotografíen con sonrisas "bonitas", "nice" o "cute", serían el hazmerreír de la tropa). Por fin.

Mientras analizaba la situación, allí en medio de una oficina de gobierno de México, en Dallas, pensé que mi caso no era único. ¿Para qué me quejo? Seguramente, a los largo de los cincuenta estados de la unión americana, otros consulados están iguales.

O peores: Saturados de gente que hace trámites, ya sea para volver de vacaciones a México, para sacar permiso a sus autos para cruzar la frontera, o sacar pasaportes para un trámite ante el Servicio de Inmigración.

Vaya, la bronca comienza hasta el momento en que uno llega, pues no hay donde estacionarse. Hace dos años el consulado consiguió que le prestaran el terreno de al lado, para construír un estacionamiento, y con eso doblar sus espacios. Pero ni así.

Y aún con todo, México es el país que más consulados tiene en Estados Unidos: Alrededor de 45. El país que le sigue por número de consulados es Canadá, y apenas tiene alrededor de 17.

Y aún así son insuficientes. No es raro ver que familias enteras deben viajar días, gastando dinero, gasolina y tiempo para trasladarse hasta su consulado más cercano.

El de Dallas, por ejemplo, abarca una jurisdicción enorme: 130 condados de Texas, todo el estado de Arkansas, e indirectamente los estados de Oklahoma, Kansas y Missouri.

Han hecho hasta consulados "móviles", en los que personal de la oficina cada cierto fin de semana se traslada a pueblos o estados vecinos, a hacer casi todos los mismos trámites que se hacen en el consulado: pasaportes, matrículas consulares, etc. Estos consulados "móviles" han llegado hasta Alaska y Hawaii.

Pensando esto, no me sentí digno de quejarme. Volteé a ver el baño de hombres, y entré, mientras cavilaba.

Solo habían dos inodoros. Sin puertas. Estaban ocupados por dos "paisanos", quienes (desvergonzadamente o porque no tenían de otra) hacían sus necesidades tranquilamente, casi a la vista de todos los que entraban. "Quizá estoy siendo demasiado exigente", me dije.

El baño no tenía papel, ni siquiera puertas, es cierto.

Pero por lo menos NO tuve que viajar una semana desde Oklahoma o Arkansas a sacar los pasaportes.

Lo dicho: Quizá me estaba volviendo demasiado exigente.

Por fin de armé de valor: Hice un trámite en el consulado... y sobreviví

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas Por fin lo hice. Después de semanas de ir aplazándolo, al fin me llené de valor y tomé la decisión de una buena vez por todas.

Tomé aliento, y muy solemne, le avisé a mi familia.

"Hay que ir al Consulado".

Lo hice. No lo podía creer, había articulado la frase completa.

Pero ya no había marcha atrás. Ni modo.

Como millones de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, necesitaba acudir al Consulado de México para renovar mi pasaporte. Hacía años que no había ido. Y le sacaba.

Cada vez que pasaba por el edificio del consulado en Dallas , el sentimiento era el mismo: Conmiseración. Conmiseración no hacia el consulado, sino hacia los cientos, miles de personas que día a día se ven haciendo filas enormes para sacar un pasaporte, una matrícula consular, o un permiso vehicular.

Yo siempre le he sacado a eso. Cada vez que necesitaba un trámite, prefería ir a hacerlo a México (y de paso aprovechar unas vacaciones).

Pero esta vez no me escapaba. El pasaporte estaba vencido y debía renovarlo para hacer otro trámite pendiente. Ni modo.

Algunos amigos me habían dado una sugerencia con antelación: "¿No quieres batallar? Ve y habla con el cónsul. Dile que eres periodista, de los medios. Pidele que te haga la balona para no hacer cola".

Confieso que la idea era tentadora. Una suerte de charolazo como los que se hacen en México a cada rato, solo que esta vez no era para entrar de gorra a las cantinas, sino para una causa noble: Ahorrarme el martirio de los trámites burocráticos.

Pero desistí. No por ser un santo, o un paladín de la verdad y la justicia (no lo soy, ni nunca he pretendido serlo), sino por simple vergüenza: ¿Con qué cara iba a criticar a la gente que se cree influyente (periodistas incluídos) si yo mismo caía en lo mismo.

No, preferí seguir el procedimiento oficial: Hacer cola, como todo mexicano. Como todo paisano. Como todo inmigrante. Perder medio día de trabajo, sin comer, sin desayunar.

Para desgracia de mi familia. Y mía.

Llegamos temprano. A sacar copias. El día anterior pasé por la oficina y pedí las formas y los requisitos. Estaban escritos en una hoja sencilla: Al leerla, me di cuenta con alivio que contaba con todos los documentos. Solo me faltaban las fotos.

Por fortuna, ahí cerca del Consulado (más bien dentro del mismo estacionamiento) hay una casetita donde toman fotos y copias. Claro, está siempre atascada de gente. Es como un pequeño consuladito.

"¿Oiga, cuánto por las fotos?", preguntamos, inocentemente. Solo necesitabamos 3 fotos, tamaño pasaporte. No debía de ser la gran cosa, total en Wal-Mart o Eckerd nos cobran 5 dolares por 32 fotos.

"Le salen en 15 dólares por cada cuatro", fue la respuesta.

Eso sí, instantáneas. Están luego luego, me dijeron.

¡Pero quince dólares! En fin...

Nos tomamos las fotos. Sacamos las copias. Pagamos. Y nos salimos.
"¿Ya nos vamos?", preguntó inocente Cesarito, aburrido por estar esperando cuarenta minutos a las fotos y las copias.

Ja. "Si apenas comenzamos, mijito", le dije.

Ni modo. Al menos el consuelo que le queda es que lo tuve que ir a sacar de la escuela para los pasaportes. No se podía quejar.

Cuando entramos al edificio del Consulado, el que se quería ir fui yo.
Colas, colas y colas. Laaaaaargas.

La de los pasaportes tenía como veinticinco personas. Y lo peor es que parecía no moverse. Sólo una ventanilla atendía.

Con todo, estábamos en la gloria: Al lado, los que querían sacar matrícula consular la estaban pasando peor. Facilito eran más de cincuenta, y con solo dos ventanillas.

¿Sillas? Unas doce apenas para los pasaportes. Para la matrícula no llegaban a treinta.
Huelga decir que la gente estaba fastidiada. Cansada. Aburrida. Pero qué hacían.
Nuestro consuelo era platicar. Y criticar.

(¿Acaso no estábamos en una oficina de gobierno de México? A donde fueras...)
Curiosamente, la ÚNICA ventanilla que avanzaba rápido era la de los extranjeros, o sea los no- mexicanos: En esa ventanilla decía VISA A EXTRANJEROS, y no tenía colas ni esperas. Los pocos que llegaban los atendían como de rayo.

"¿Ya nos vamos?", repetía su mantra Cesarito.

"No, todavía no", respondí mecánicamente.

"¡Qué lentitud!", se quejaba mi esposa Esther, mientras llenaba una forma de quejas y sugerencias (enfocándose, claro en lo primero). "La fila no avanza. Mira, parece que estamos en cualquier oficina de gobierno en México".

La miré, sonriendo: "¿Y DÓNDE crees que estamos?".

Sí, es Dallas. Es Texas. Pero allí, dentro del Consulado, es México. Un pedacito de México. "Un cachito de lo nuestro", como dice el comercial.

Y parece que sus funcionarios son los principales interesados en recordárnolos.

"¿Porqué no ponen más gente?", se desesperaba Esther.

"Pos porque no tienen", respondí.

"¿Y qué hacen con todo el dinero que la gente les paga por los trámites? ¿A dónde va?"

Buena pregunta. Contra lo que se puede suponer, los consulados NO reinvierten los ingresos que obtienen por pasaportes o visas, según nos informó un cónsul. No, lo envían a México, todito, a la SRE... que se encarga de DISTRIBUÍR esos ingresos en base a SU criterio.

O sea, si un consulado recauda mucha lana, seguro que no va a recibir esa lana, sino menos. Mucho menos. Y hágale como quiera.

Por ejemplo, el consulado de Dallas durante el año 2003, recibió un presupuesto fue de apenas 1 millón de dólares. Y eso lo debió usar para pagar todo lo necesario: Mantenimiento, renta del edificio, comprar papelería, etc., etc.

"Somos víctimas de nuestro propio éxito", comentaba una vez un cónsul alterno de Dallas, Julián Adem, al hablar de los trámites como la matrícula consular. Habían trabajado mucho para promover su uso entre los paisanos, y organizaciones públicas y privadas de Texas. Cuando la aceptación fue amplia, los inmigrantes se volcaron a tramitarla. Y el consulado hizo agua.

"Mira nada más las computadoras", pensé en voz alta, entre dientes, mientras pasaba mi primera hora y media en la fila. Seguro eran modelos IBM 486, de principios de los noventas. Con razón el funcionario se tardaba: Con semejantes antiguallas...

Tardamos, tardamos y tardamos. Por lo menos la gente estaba de buen humor. Hay un guardia de seguridad que hacía rondines: Un señor mayor, bajito, de bigote y lentes con acento caribeño que se la pasaba bromeando con nosotros. Como para hacernos más llevadero el martirio.

Por fin llegamos a la ventanilla. Entregamos todo.

"Oh, oh, hay un problema", nos dijo la muchacha. Muy amable, muy gentil, muy profesional... pero había UN PROBLEMA.

Necesitábamos una identificación de Cesarito, para renovar su pasaporte.

"Pero mírelo, es su cara", le volteé la cara. "Es él".

"Necesitamos una identificación, aunque sea la boleta de la escuela", nos dijo la chica. "Es requisito".

Sacó una hoja de requisitos, como la que yo tenía del día anterior. Sí, ahí con letras negras y claras decía: Menores de 18 años, identificación de la escuela, como boleta de calificaciones o cartilla de vacunación.

"Oiga, eso no estaba allí ayer", le dije. Saqué mi hoja. No, no estaba allí. Menores de 18 años no decía nada, sólo acta de nacimiento y pasaporte anterior.

La muchacha estaba extrañada. "Voy a decirle al cónsul que incluya todos los requisitos en la hoja", ofreció, sonriente y amable.

"Sí, por favor. Que ponga santo y seña, para que no pase esto", le supliqué.

Pero ya para qué. No había nada qué hacer, ni modo. Había que volver OTRO día.

Eso sí, la muchacha aceptó nuestras solicitudes de pasaporte. Y hasta nos preparó la de Cesarito para que al día siguiente solo le agregara lo que faltaba.

¿Fue una experiencia traumática, mi cita con el consulado? Fue lenta, es cierto. Fue tardada.
Pero no, no fue peor que cualquier otro trámite, en cualquier otra dependencia de gobierno, de México o Estados Unidos.

Dicen que la cosa está cambiando. Que los consulados están metiendo trámites por internet, que están haciendo todo más ágil.

A la mejor. Ojalá. Quiero creerlo. Por el bien de todos los inmigrantes y hasta de los propios empleados consulares.

Por eso, no me haga caso con mis quejas. Quizá exagero, lo reconozco. El problema a la mejor soy yo. (No sea que vayan a correr a alguien del consulado por mi culpa)

Porque, debo confesar, ODIO los trámites burocráticos.

Pero no creo que haya alguien (un sólo ser en este mundo) al que le ENCANTEN estos trámites. Que los haga por hobby, o que se sienta realizado de ir a perder horas y horas parado en una oficina, por muy bonita y eficiente que sea.

¿O a usted sí?

E-mail: cfzap@yahoo.com