sábado, noviembre 13, 2004

Si EU quiere seguir progresando, quizá deba quitarles la ciudadanía americana a los gringos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas — Conversando con un amigo una vez, tratábamos de analizar porqué Estados Unidos se convirtió en la potencia que es ahora.

¿Qué tuvieron los gringos que los demás países no? Además de suerte, claro (acuérdense, por ejemplo, que Estados Unidos no sufrió ninguna destrucción dentro de su territorio en las dos guerras mundiales, que devastaron Europa y Japón).

(Y, para agradar a los antiyanquis izquierdistas, además de "pisotear a otros países" y de paso, "robarse la mitad del territorio mexicano".)

Pueden haber muchas respuestas sesudas y doctas. Muchas razones. Pero creo que, al final, lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia, fue, sencillamente, hambre. Hambre de su gente por hacer algo. Primero, esa hambre fue para satisfacer las necesidades básicas: Tener un techo donde vivir, un plato con comida que llevar a la mesa.

Después, el hambre de crecer, aún a costa de los dueños ancestrales de la tierra, que fueron los indígenas.

Luego, con la expansión, el hambre fue de recursos, de construír, de crecer. Hambre de oro, de riqueza, de éxito rápido.

A veces los motivos fueron moralmente cuestionables. Vil mezquinidad, dirán algunos idealistas franceses. Simples mercaderes incultos, deseosos de hacerse ricos, dirán otros. Pero el resultado está ahí, a la vista.

Los gringos, en síntesis, tuvieron hambre. Y no se detuvieron ante nada para satisfacer esa hambre, o megalomanía. Y el resultado fue ese país, que uno puede odiar o admirar, pero que no pasa desapercibido.

Pues bien, esa hambre que impulsó a siete generaciones de norteamericanos para crear la única superpotencia de principios del siglo XXI, parece que ya desapareció.

"No lo vas a creer", me decía un amigo que acababa de llegar a Texas, hace tiempo. "Trabé amistad con un jovencito americano, ¡y si vieras lo vacío que está! Se contenta con voltear hamburguesas en un restaurante, no piensa en estudiar y su mayor aspiración es comprarse una cerveza y una pizza el sábado en la noche."

Este inmigrante no podía creer lo que veía. Él, como muchos otros de nosotros, pasó las de Caín para llegar a Estados Unidos. Una vez aquí, estaba volviendo a vivir una pesadilla, al no tener documentos legales que le pudieran permitir siquiera trabajar.

A duras penas logró encontrar una chambita de medio tiempo limpiando baños, a las 4 de la madrugada, y eso le medio daba para sobrevivir. A pesar de tener estudios universitarios en Latinoamérica.

Por eso se sorprendía al ver personas más jóvenes que él (nacidos en Estados Unidos, con ciudadanía americana, con seguro social y papeles, en fin: Con todas las facilidades para progresar y tener éxito) totalmente apáticas.

"Es verdaderamente difícil encontrar personas que de verdad quieran trabajar", se quejaba otro inmigrante, éste sí con papeles y muchos años en este país. Como gerente de un local comercial, prefería contratar inmigrantes mexicanos, árabes o chinos, en vez de ciudadanos americanos, porque "ellos sí trabajan".

"Una vez", recuerda con amargura, "llegó una muchacha ciudadana a pedir un trabajo. La contratamos pero exigía horas extras. Pero no le gustaba trabajar:ponía trabas para todo, se quejaba de todo, y a la menor llamada de atención ponía cara de disgusto y amenazaba con demandarnos si la despedíamos".

Otra persona que contrataron simuló una caida "accidental" en medio de la oficina a los pocos días de llegar, para cobrar seguro de incapacidad. Cuando la empresa quiso evitarlo, los llevó a corte.

"Muchos, como son ciudadanos, quieren que el gobierno los mantenga gratis. O que una empresa termine pagándoles sin trabajar", se lamentaba el gerente inmigrante.

"Ese es el problema que tiene ese país", recordaba por su parte un capataz de obra de construcción. El tipo es un norteamericano "puro": anglosajón, protestante, de ojos azules y cabellos rubios. Pero también es un experto en el manejo de personal, por eso expresaba claramente sus opiniones: "Los ciudadanos se quejan de que estamos llenos de inmigrantes indocumentados. Dicen que 'les quitan los empleos a los norteamericanos'. Pero la verdad es que es raro que los ciudadanos americanos acepten hacer cierta clase de trabajos, como la construcción".

Y cuando aceptan un empleo así, "de inmediato quieren ganar 25 dólares la hora, tener beneficios sociales exagerados, y trabajar cuando les dé la gana".

Por eso, no es raro que el 90% de los trabajadores de ciertas industrias son inmigrantes. En la construcción, en la hotelería, en los restaurantes, en los talleres mecánicos, la jardinería, y en general cualquier área donde se requiera un enorme esfuerzo físico, la mano de obra inmigrante es más que apreciada.

¿Los norteamericanos quieren que esas industrias contraten sólo ciudadanos? Tendrían, primero, que satisfacer todas sus demandas. Y no todas las empresas están en esas condiciones. Si un día desaparecen los inmigrantes como por arte de magia (como ocurrió en el bodrio "Un día sin mexicanos"), y los empresarios se ven obligados a emplear sólo a ciudadanos, ya podemos pensar que las empresas NO absorberían ese gasto extra.

¿Quién lo absorbería, entonces? Pues el consumidor. Porque los precios de varios productos y servicios subirían, para compensar las exigencias de los trabajadores.

Los inmigrantes trabajan duro. No se quejan. Son cumplidos. Muchos, es cierto, desafortunadamente son víctimas de abuso, de casi esclavismo por su misma ignorancia y situación ilegal. No vendría mal un sindicato que les defendiera.

Pero la realidad es que muchos de ellos son los que trabajan. A diferencia de muchos, muchos otros ciudadanos americanos que no les gusta trabajar.

"La situación es terrible", se quejaba un jovencito norteamericano "puro", mientras buscaba trabajo durante un verano en que estuvo de vacaciones de su escuela. "No hay trabajo. Quiero solicitar empleo en de mesero, y me ofrecen una miseria. ¡Y además tengo que hablar español!"

Por supuesto, el jovencito (y su familia, de paso) ya tenían un culpable de esta situación: Los "malditos" inmigrantes. Si no fuera por ellos, las empresas tendrían que aumentar sus salarios hasta el gusto de su nene: 30, 40 ó 50 dólares la hora, de martes a miércoles, y eso entrando de 10 de la mañana a 12 del día, solamente.

En cambio, seguramente ese trabajo de mesero fue a un inmigrante, hombre o mujer, de México, Centro o Sudamérica. Alguien que aceptó las condiciones, que trabaja duro, que cumple con el trabajo. Alguien con hambre.

Hay que aclarar: Aún hay muchos norteamericanos emprendedores y luchistas. Que se levantan temprano, que toman riesgos, que inventan, que crean. En muchas industrias de punta, como la computación, el internet y el entretenimiento, Estados Unidos le lleva la delantera al mundo con mucho. Y lo seguirá llevando durante muchos años.

Pero cada vez son más y más los jóvenes que adoptan una actitud irresponsable al respecto. Que les vale. A quienes nada los impulsa.

Les falta hambre.

¿Qué ha pasado con esa hambre? Algunos piensan que estos americanos son víctimas de su mismo éxito. Porque las privaciones que impulsaron a sus abuelos y bisabuelos a progresar ya no existen, y la vida cómoda ha atrofiado a sus bisnietos.

"El ímpetu de progresar que ha distinguido a los americanos ha desaparecido", comentaba un periodista en inglés recientemente. "Quizá sea tiempo de seguir un consejo que dio una vez un columnista chicano: Cada cierto tiempo, a los ciudadanos americanos de tercera generación habría que sacarlos del país, quitarles su ciudadanía, y obligarlos a seguir todos los trámites para inmigrar que les imponen a los extranjeros".

Como dice el dicho, que valoren lo que tienen, antes de que lo pierdan. Quizá solo así se logre de nuevo estimular ese ímpetu, esa hambre que hizo de los norteamericanos el país que son hoy, ¿no cree usted?

E-mail: cfzap@yahoo.com

2 comentarios:

  1. Anónimo7:59 p.m.

    El ímpetu del progreso, el hambre, el trabajo duro... esos son condimentos que pueden hallarse en muchos países empobrecidos. La bendición de EU es que allí el esfuerzo da fruto, el porqué de ello no es tan central; sino me empeño en resaltar que desgraciadamente veo a compatritas dejar el alma en el esfurzo por un mejor presente y futuro, emprender, invertir... a veces, sin demasiado éxito. Eso de que los americanos son "instintivamente" más tenaces o emprendedores, o que bien si conocen el verdadero trabajo, naaa... no me lo creo.

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  2. Tiene razon Anonymous. Es el hambre el que te hace emprededor.

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