viernes, noviembre 26, 2004

La Fiesta Patronal del Thanksgiving: Una celebración 100 por ciento... ¿mexicana?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Llegó otra vez. Como cada año. Como cada otoño.

El Día Más Sagrado de los Americanos.

El Thanksgiving Day. O Día de Acción de Gracias, como lo conocemos en México (aunque no lo celebremos).

Antes de que piense que se trata de una fiesta "típicamente-gringa-que-nada-tiene-que-ver-con-nuestra-idiosincracia-ni-nuestras-auténticas-raíces-aztecas" (como si aún anduviéramos en taparrabo y huaraches ofrendando sacrificios humanos a Huitzilopochtli. Aunque algunos por ahí no dudo que tengan perversiones peores), déjeme aclararle que está totalmente equivocado.

Usted en México, quizá, no celebrará el Thanksgiving. Y no tiene porqué, si no quiere. Pero en Estados Unidos, más de 30 millones de "paisanos" sí lo hacen, en mayor o menor medida. Los inmigrantes, como nuestros hijos, hemos hecho nuestra esta tradición, casi desde siempre.

Incluso desde antes de que llegaran los peregrinos ingleses a Nueva Inglaterra, pues se dice que el primer Thanksgiving se celebró en El Paso como 70 años antes. Y entre mexicanos y españoles.

Vaya, tan "nuestro" ya es el Thanksgiving, que hasta lo hemos rebautizado. Ese nombrecito anglosajón como que es medio complicado para nosotros: Muchas consonantes guturales juntas. En cambio, usted puede escuchar cómo los inmigrantes de Guanajuato, San Luis, Michoacán, Puebla, Centro y Sudamérica se preparan con días de antelación para festejar... El Día del Guajolote.

Porque, claro, la tradición es comer pavo ese día, ¿no?

Otros, más religiosos, y recordando que en sus pueblos cada festejo se debe a una fiesta patronal, escucharon el nombrecito en inglés y lo interpretaron a su leal y saber entender: Para ellos no es Thanksgiving, sino El Día de San Guivi.

(¿Será, se preguntan, la celebración del santo de los guajolotes?)

El caso es que el Día de Acción de Gracias ya lo hicimos nuestro. Y si los gringos y los negros lo celebran de manera típica, con pavo, puré de papas y pastel de manzana, nosotros al guajolote le agregamos tamales, atole, champurreado, mole poblano, pupusas centroamericanas, asado argentino o paella valenciana.

Lo amenizamos no con "jingle bells" en inglés, sino con música de Chente Fernández, Lupillo Rivera o Los Tigres.

Si esa noche familiar, a la mesa y con la familia, los norteamericanos "puros" dan su oración pidiendo por sus hijos y padres en la guerra de Irak, o por terminar con el terrorismo y mejorar la economía, nosotros los inmigrantes hispanos además de todo eso le agregamos oraciones por nuestros parientes que dejamos "allá", en nuestros pueblos, en nuestras ciudades.

Damos gracias por haber tenido tanta chamba en el año (no importa que sea en la pizca, en la construcción o limpiando oficinas), y hasta pedimos que haya una oportunidad de legalizar los documentos de tantos amigos y familiares que no los tienen.

En síntesis, el Día de Dar Gracias sirve precisamente para agradecer a Dios por las bondades recibidas en el año. Es un día familiar, quizá el único día festivo verdaderamente "americano" que existe. El más importante de este país, porque lo celebran igual cristianos que judíos o árabes, blancos y negros o cafés, hijos de ingleses, italianos y mexicanos.

Quizá después de toda esta explicación, usted aún no tenga claro cuál es el objetivo de esta celebración.

Suena mucho a Navidad, y a Año Nuevo, dirá. En esos festejos también damos gracias a Dios, también está la familia reunida, también comemos pavo o tamales.

¿Entonces para qué sirve el San Guivi?

Okey. Ya le dí la explicación oficial. Pero yo tengo mi opinión personal. No es la verdad absoluta, sino mi humilde punto de vista. Un poco cínico, quizá, pero bueno, vale.

¿Para qué sirve el San Guivi?

¡Pos pa' vender!

Porque el último jueves de noviembre, oficialmente, da inicio la temporada navideña en Estados Unidos. Y los negocios lo hacen saber con bombo y platillo a sus clientes, anunciando en periódicos que preparan la Venta Madre de Todas las Ventas.

Desde las 6 de la mañana del viernes (al día siguiente de Thanksgiving), se ponen en sus marcas: Familias enteras se levantan como con cohete de sus camas, y salen disparados a pegar las narices a los cristales de las puertas de las tiendas y los malls, contando los segundos para que abran.

¿Que se desvelaron la noche anterior con el festejo? ¿Que andan crudos porque se pusieron hasta atrás, brindando, riendo y comiendo con los parientes y amigos? ¡Qué importa! Tres o cuatro aspirinas, una coca y dale pa'l mall, que es la Super Venta de Thanksgiving.

Y es el escándalo.

Desde la calle ve las largas filas de compradores, como si regalaran algo. Dan vuelta a la esquina.
Y claro, en los estacionamientos no cabe ni una llanta más. Hay que estacionarse cuatro cuadras más allá.

Claro, los comerciantes le dirán que es una "Gran Oportunidad Para Usted, Nuestro Cliente Preferido". Y la gente se la cree.

En realidad, lo que hacen es sacar toda la mercancía que no se vendió en el año. Hacer espacio en los anaqueles para los cargamentos de Navidad.

Pero, ¿a quién le importa? Todo está casi regalado. Descuentos del 20, 30, 40, 50 y hasta 60 por ciento en todo.

Y así comienza la rebatiña:

"¡A ver, agárrate esa tele!", grita la mamá a la hija adolescente, que trata de mantener siquiera el equilibrio entre el pantano de gente.

"¿Cuál?", apenas grita la chica.

"¡La que tiene DVD integrado! ¡La de 120 dólares!"

¡Más de la mitad de descuento! Esas teles cuestan más de 300 dólares, "normalmente". ¿Cómo la va a poder dejar ir? No, la señora primero deja ir a la hija con un cholo antes que perder la oferta.

Mientras la mamá hace malabares con un videojuego, un estereo y una bicicleta, la hija defiende su tele de 20 pulgadas con dvd integrado como si de su doncellez se tratara.

(Bueno... quizá con un poco mas de entusiasmo).

La defiende como loba. Y quizá tiene razón: Las manadas de compradores salvajes rondan la oferta, en espera de que la muchacha dé una pestañada para arrebatarsela.

Es la ley de la selva.

De hecho, usted podrá pensar que estos compradores son exagerados. Que se pasan de codos. Que, mira si simplemente son trebejos. Más triques, que terminarán haciendo bulto en algún garage, antes de ser botados a la basura o regalados en una venta.

Entonces llega usted a la fila de las cajas para pagar. Y se da cuenta de que los compradores tenían razón: Si hay quien tiene la paciencia y el aguante para esperar una o dos horas en la cola, claro que se merece la oferta.

No importa que llenemos los carritos de porquerías que jamás usaremos. ¡Si están baratísimas!
Además, uno nunca sabe: Quizá algún día se nos ofrezca usar una chimenea portátil de metal forjado en nuestro porche del patio trasero, ¿verdad?

(Qué importa que no tengamos ni porche, ni patio trasero, o ni siquiera casa... Por lo pronto, ya estamos preparados con la chimenea portátil. ¡Además, estaba baratísima!)

Lo dicho: el Thanksgiving, además de ser el Día del Guajolote, es la celebración más americana que hay. Y por eso, los compradores compulsivos (y las empresas de tarjetas de crédito) tienen razones de sobra para darle gracias a Dios.

sábado, noviembre 13, 2004

Si EU quiere seguir progresando, quizá deba quitarles la ciudadanía americana a los gringos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas — Conversando con un amigo una vez, tratábamos de analizar porqué Estados Unidos se convirtió en la potencia que es ahora.

¿Qué tuvieron los gringos que los demás países no? Además de suerte, claro (acuérdense, por ejemplo, que Estados Unidos no sufrió ninguna destrucción dentro de su territorio en las dos guerras mundiales, que devastaron Europa y Japón).

(Y, para agradar a los antiyanquis izquierdistas, además de "pisotear a otros países" y de paso, "robarse la mitad del territorio mexicano".)

Pueden haber muchas respuestas sesudas y doctas. Muchas razones. Pero creo que, al final, lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia, fue, sencillamente, hambre. Hambre de su gente por hacer algo. Primero, esa hambre fue para satisfacer las necesidades básicas: Tener un techo donde vivir, un plato con comida que llevar a la mesa.

Después, el hambre de crecer, aún a costa de los dueños ancestrales de la tierra, que fueron los indígenas.

Luego, con la expansión, el hambre fue de recursos, de construír, de crecer. Hambre de oro, de riqueza, de éxito rápido.

A veces los motivos fueron moralmente cuestionables. Vil mezquinidad, dirán algunos idealistas franceses. Simples mercaderes incultos, deseosos de hacerse ricos, dirán otros. Pero el resultado está ahí, a la vista.

Los gringos, en síntesis, tuvieron hambre. Y no se detuvieron ante nada para satisfacer esa hambre, o megalomanía. Y el resultado fue ese país, que uno puede odiar o admirar, pero que no pasa desapercibido.

Pues bien, esa hambre que impulsó a siete generaciones de norteamericanos para crear la única superpotencia de principios del siglo XXI, parece que ya desapareció.

"No lo vas a creer", me decía un amigo que acababa de llegar a Texas, hace tiempo. "Trabé amistad con un jovencito americano, ¡y si vieras lo vacío que está! Se contenta con voltear hamburguesas en un restaurante, no piensa en estudiar y su mayor aspiración es comprarse una cerveza y una pizza el sábado en la noche."

Este inmigrante no podía creer lo que veía. Él, como muchos otros de nosotros, pasó las de Caín para llegar a Estados Unidos. Una vez aquí, estaba volviendo a vivir una pesadilla, al no tener documentos legales que le pudieran permitir siquiera trabajar.

A duras penas logró encontrar una chambita de medio tiempo limpiando baños, a las 4 de la madrugada, y eso le medio daba para sobrevivir. A pesar de tener estudios universitarios en Latinoamérica.

Por eso se sorprendía al ver personas más jóvenes que él (nacidos en Estados Unidos, con ciudadanía americana, con seguro social y papeles, en fin: Con todas las facilidades para progresar y tener éxito) totalmente apáticas.

"Es verdaderamente difícil encontrar personas que de verdad quieran trabajar", se quejaba otro inmigrante, éste sí con papeles y muchos años en este país. Como gerente de un local comercial, prefería contratar inmigrantes mexicanos, árabes o chinos, en vez de ciudadanos americanos, porque "ellos sí trabajan".

"Una vez", recuerda con amargura, "llegó una muchacha ciudadana a pedir un trabajo. La contratamos pero exigía horas extras. Pero no le gustaba trabajar:ponía trabas para todo, se quejaba de todo, y a la menor llamada de atención ponía cara de disgusto y amenazaba con demandarnos si la despedíamos".

Otra persona que contrataron simuló una caida "accidental" en medio de la oficina a los pocos días de llegar, para cobrar seguro de incapacidad. Cuando la empresa quiso evitarlo, los llevó a corte.

"Muchos, como son ciudadanos, quieren que el gobierno los mantenga gratis. O que una empresa termine pagándoles sin trabajar", se lamentaba el gerente inmigrante.

"Ese es el problema que tiene ese país", recordaba por su parte un capataz de obra de construcción. El tipo es un norteamericano "puro": anglosajón, protestante, de ojos azules y cabellos rubios. Pero también es un experto en el manejo de personal, por eso expresaba claramente sus opiniones: "Los ciudadanos se quejan de que estamos llenos de inmigrantes indocumentados. Dicen que 'les quitan los empleos a los norteamericanos'. Pero la verdad es que es raro que los ciudadanos americanos acepten hacer cierta clase de trabajos, como la construcción".

Y cuando aceptan un empleo así, "de inmediato quieren ganar 25 dólares la hora, tener beneficios sociales exagerados, y trabajar cuando les dé la gana".

Por eso, no es raro que el 90% de los trabajadores de ciertas industrias son inmigrantes. En la construcción, en la hotelería, en los restaurantes, en los talleres mecánicos, la jardinería, y en general cualquier área donde se requiera un enorme esfuerzo físico, la mano de obra inmigrante es más que apreciada.

¿Los norteamericanos quieren que esas industrias contraten sólo ciudadanos? Tendrían, primero, que satisfacer todas sus demandas. Y no todas las empresas están en esas condiciones. Si un día desaparecen los inmigrantes como por arte de magia (como ocurrió en el bodrio "Un día sin mexicanos"), y los empresarios se ven obligados a emplear sólo a ciudadanos, ya podemos pensar que las empresas NO absorberían ese gasto extra.

¿Quién lo absorbería, entonces? Pues el consumidor. Porque los precios de varios productos y servicios subirían, para compensar las exigencias de los trabajadores.

Los inmigrantes trabajan duro. No se quejan. Son cumplidos. Muchos, es cierto, desafortunadamente son víctimas de abuso, de casi esclavismo por su misma ignorancia y situación ilegal. No vendría mal un sindicato que les defendiera.

Pero la realidad es que muchos de ellos son los que trabajan. A diferencia de muchos, muchos otros ciudadanos americanos que no les gusta trabajar.

"La situación es terrible", se quejaba un jovencito norteamericano "puro", mientras buscaba trabajo durante un verano en que estuvo de vacaciones de su escuela. "No hay trabajo. Quiero solicitar empleo en de mesero, y me ofrecen una miseria. ¡Y además tengo que hablar español!"

Por supuesto, el jovencito (y su familia, de paso) ya tenían un culpable de esta situación: Los "malditos" inmigrantes. Si no fuera por ellos, las empresas tendrían que aumentar sus salarios hasta el gusto de su nene: 30, 40 ó 50 dólares la hora, de martes a miércoles, y eso entrando de 10 de la mañana a 12 del día, solamente.

En cambio, seguramente ese trabajo de mesero fue a un inmigrante, hombre o mujer, de México, Centro o Sudamérica. Alguien que aceptó las condiciones, que trabaja duro, que cumple con el trabajo. Alguien con hambre.

Hay que aclarar: Aún hay muchos norteamericanos emprendedores y luchistas. Que se levantan temprano, que toman riesgos, que inventan, que crean. En muchas industrias de punta, como la computación, el internet y el entretenimiento, Estados Unidos le lleva la delantera al mundo con mucho. Y lo seguirá llevando durante muchos años.

Pero cada vez son más y más los jóvenes que adoptan una actitud irresponsable al respecto. Que les vale. A quienes nada los impulsa.

Les falta hambre.

¿Qué ha pasado con esa hambre? Algunos piensan que estos americanos son víctimas de su mismo éxito. Porque las privaciones que impulsaron a sus abuelos y bisabuelos a progresar ya no existen, y la vida cómoda ha atrofiado a sus bisnietos.

"El ímpetu de progresar que ha distinguido a los americanos ha desaparecido", comentaba un periodista en inglés recientemente. "Quizá sea tiempo de seguir un consejo que dio una vez un columnista chicano: Cada cierto tiempo, a los ciudadanos americanos de tercera generación habría que sacarlos del país, quitarles su ciudadanía, y obligarlos a seguir todos los trámites para inmigrar que les imponen a los extranjeros".

Como dice el dicho, que valoren lo que tienen, antes de que lo pierdan. Quizá solo así se logre de nuevo estimular ese ímpetu, esa hambre que hizo de los norteamericanos el país que son hoy, ¿no cree usted?

E-mail: cfzap@yahoo.com

Los electores americanos hablaron: Ganó Bush... y ni modo

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - Ganó Bush. Volvió a ganar las elecciones. Y por paliza.
¿Porqué votaron los norteamericanos por Bush, se preguntarán en todo el mundo? Para muchas personas fuera de Estados Unidos, la decisión es inconcebible.
"Pero si Bush es un inepto, es un tonto, es un belicista, es esto, es otro", dirán.
Es, en síntesis, "El Gran Satán". El que apretará el botón del Apocalipsis que envolverá en llamas a todo el planeta.
Lo que muchas personas fuera de Estados Unidos no entienden es que Bush fue electo por norteamericanos, para norteamericanos.
Sí, lo que pase en la primera potencia del mundo afecta a toda la humanidad. Pero las elecciones fueron DENTRO de Estados Unidos. Y el mundo no tenía derecho a opinar. Al menos en primera instancia.
Aunque duela, es la verdad. ¿A poco el elector mexicano se preocupa mucho porque en Estados Unidos le hagan el fuchi a López Obrador? Los perredistas votarán por él para presidente, y ya. Si se postula, claro.
Igual los franceses, los alemanes y los japoneses. Si algún extranjero osa siquiera criticar a un candidato (sobre todo si es popular), puede esperar que lo callen por meterse donde no lo llaman.
Si con todos los países es lo mismo, ¿porqué no en Estados Unidos?
La elección fue un asunto interno entre americanos. Y los americanos, resulta que apoyan a Bush. Les gusta su manera de gobernar. De llevar el país.
Incluso muchos hispanos (mexicanos también) votaron por él. ¿Porqué?
"Hay que tener a alguien fuerte que lideree al mundo", comentaba un amigo hispano, nacionalizado americano.
"De tenerlo los franceses o los rusos a nosotros, mejor nosotros".
Y ésta es la opinión general: De haber un belicoso, preferible que sea NUESTRO belicoso a un belicoso árabe, por ejemplo.
¿Que a los demás no nos gusta? Ni modo. ¿Quiénes somos para decirles a los americanos qué presidente es bueno o malo? ¿Con qué cara por ejemplo, los mexicanos o los lationamericanos nos entronizamos como expertos, para pontificarles a otros pueblos qué hacer y que no?
Cada nación tiene los gobernantes que merece. O que elige. Y los americanos eligieron a Bush, con el mayor número de votos en su historia, por cierto.
¿Que Kerry hubiera sido mejor? Bueno, ¿mejor con respecto a qué?
Muchos pensamos que Kerry era Santa Claus. Que tenía una varita mágica.
Por principio, Kerry NO hubiera sacado las tropas americanas de Irak. No hubiera ido a la ONU a pedir perdón. No hubiera ido a tender manos amigas con Francia y Alemania. Al menos no de primera instancia.
Es más, es hasta probable que Kerry hubiera mantenido la misma política de Bush, porque andaría tras la reelección. No podía correr el riesgo de caerles mal a la mitad de los electores que quieren un Estados Unidos fuerte.
Es hasta probable que ahora Bush cambie sus actitudes, ya que no tiene sobre de sí la espada de Damocles de la reelección. Y con un Congreso de su lado, podrá hacer lo que le plazca. Para bien o para mal.
De todas maneras, es cosa de Estados Unidos. No es asunto de la comunidad internacional.
¿Que Bush reza en público? Muy su bronca. ¿Que es militarista? Así le gusta a sus electores que sea. ¿Que es un arrogante, unilateral? Así lo eligieron.
Y eso es lo importante para SUS conciudadanos. Para SU país. No para los de afuera.
De todas maneras, ahí quedó. Los americanos están divididos, pero las elecciones ya pasaron.
¿Bush va a mejorar sus relaciones con México, y con Latinoamérica? Quizá. Seguramente. Como mencionamos, ya no tiene sobre de sí una reelección pendiente.
De hecho, es muy probable que incluso rompa algunas promesas electorales, y apruebe una amnistía inmigratoria para los millones de indocumentados que vivien en este país.
¿Que sus electores más ultraderechistas se enojarán y le retirarán el apoyo? No creo que le importe mucho. Ya lo han hecho antes. Desde que llegó a la presidencia, Bush ha insistido en su agenda de "conservadurismo compasionado", es decir, una derecha moderada, lo que les cayó como patada al hígado a muchos republicanos.
No fue sino hasta después del 11 de septiembre de 2001 cuando debió dejar su agenda política de lado, y volverse guerrero. Para satisfacer a sus electores.
¿Seguirá favoreciendo a los ricos? Tal vez. Pero ya no depende tanto de ellos para reelegirse.
Ya terminó con sus tres principales objetivos: Tumbar a los talibanes, tumbar a Saddam ('el tipo que quería matar a mi papá', dijo), y reelegirse.
Ahora solo viene el reacomodo. Dejar un "legado" positivo en la historia. Y tendrá 4 años para lograrlo. Para hacer alianzas. Para mantener contentos a ese 48% del electorado que no lo quiso.
¿Que aumentará el déficit en Estados Unidos por su culpa? No lo creemos. Seguramente va a aumentar los impuestos. Aunque haya dicho que no. Seguramente hará lo que crea conveniente para evitar una debacle económica. Acuérdense que su papá hizo lo mismo a pesar de haber dicho "Lean mis labios, no más impuestos".
(Para los que se apresten a escribirme para protestar por la guerra, aclaro: No, Bush NO hizo la guerra por el petróleo de Irak. Contra lo que muchos "expertos" piensan. Irak produce algo así como 50 mil millones de dólares al año de petróleo. La guerra en cambio ya costó más de 150 mil millones. ¿Dónde están los beneficios?
Si acaso, los beneficios se dieron en el ramo militar, pues reactivó la producción de armas. Y de nuevo, eso benefició a los americanos porque creó trabajos.)
Somos optimistas. No pensamos que es el apocalipsis. No pensamos que es el fin del mundo. Bush llegará, gobernará, y saldrá. La guerra seguirá, la economía mejorará (lentamente), el mundo seguirá su marcha. Los terroristas árabes seguirán con amenazas, habrán algunos atentados (menos que antes, claro). Y Bush se irá. No es el fin del mundo.
(¿Se acuerdan que así decían cuando Ronald Reagan se reeligió? ¿Y qué pasó? Nada.) Y no, NO soy republicano. A mí me hubiera gustado que ganara Kerry, lo confieso. Para oxigenar el ambiente tan enrarecido por 4 años de Bush. Pero tampoco creo en los Santos Reyes: Era casi un hecho que Bush iba a ganar.
¿Que a muchos no nos gustó? Ni modo. No podíamos votar. No somos ciudadanos americanos. Y los que sí votaron, resultaron ser minoría. Y así funciona la democracia. E-mail:

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"Gaby", el niño de la calle mexicano que capturó 1,500 soldados japoneses

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - A Guy Gabaldón le decían "Gaby" de cariño. Hijo de inmigrantes mexicanos, Guy había nacido en 1926, en el barrio este de Los Ángeles, donde se concentra la población chicana.

Era un "niño de la calle": Por los días hacía trabajitos eventuales. Por las noches, dormía en donde podía, generalmente en la calle. A los 10 años limpiaba zapatos para medio comer. Y tenía que "estar siempre alerta" ante los peligros de vivir en un barrio peligroso, lleno de pandillas y delincuentes.

A los 12 años, Guy fue adoptado por una familia de inmigrantes japoneses de California. Allí creció, se educó y aprendió a hablar el idioma japonés.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el adolescente se enlistó en la Marina de Estados Unidos. Su familia, por ser "enemigos extranjeros" fue internada en un campo de concentración, a donde enviaban a todos los descendientes de japoneses durante la guerra.

Al enlistarse como soldado raso, Guy informó que hablaba buen japonés. De inmediato, la Marina lo comisionó a la Unidad de Inteligencia Naval R2, destinada al Pacífico.

Guy comenzó como intérprete e interrogador de prisioneros japoneses. Pero su labor no se detuvo ahí: La historia le tenía deparado un destino increíble.

El 15 de junio de 1944, Estados Unidos inició lo que se conoció como el Día D del Pacífico: La invasión de las Islas Marianas, particularmente Saipán, la isla principal, y estratégico bastión ocupado por Japón.

La batalla fue sangrienta, desde el primer día del desembarco. Los japoneses luchaban a muerte: Su código de honor les impedía caer presos, pues para ellos era deshonroso. Preferían morir a ser capturados, como lo hacían los legendarios samurais.

Lo peor fue que el ejército japonés había manipulado a la población civil, y les hizo creer que debían morir antes de ser capturados por los soldados americanos. "Si los americanos capturan a tu familia, van a rostizar a tus hijos y se los comerán", decían.

En su ignorancia, cientos de civiles, campesinos y pescadores, se lanzaban desde los riscos de las islas al ver que se aproximaba el enemigo. El propio Guy fue testigo de escenas horrorosas, en las cuales los padres de familia lanzaban al vacío a sus hijos pequeños, quienes lloraban y les pedían que los dejaran vivir.

De hecho, durante las primeras 15 horas de batalla, hubo un total de 30 mil muertos de ambos bandos.

Ante este escenario, el comandante de la Unidad R2, Capitán John Schwabe, temía que las batallas causaran cientos de bajas entre sus soldados. Los japoneses nunca iban a aceptar rendirse pacíficamente.

Guy pensaba distinto. En una expedición que hizo por Saipan él sólo, se encontró con tres soldados japoneses heridos, que se habían escondido entre varios cadáveres. "¡Te o agete!", les gritó, en perfecto japonés: "¡Levanten las manos!" Uno de los soldados quiso disparar, pero fue acribillado por Guy. Los otros dos aceptaron rendirse.

Cuando volvió a su campamento con dos prisioneros, Guy fue recibido no con felicitaciones ni medallas, sino con regaños del capitán Schwabe: Está prohibido andar haciendo incursiones solitarias. Si desobedeces órdenes, serás arrestado y enjuiciado.

Guy no hizo caso. Siguió saliendo solo. A la noche siguiente volvió con 12 prisioneros. Él solito. Muchos más prisioneros de lo que toda la compañía completa había logrado capturar.
Al día siguiente regresó con 50. Y casi sin disparar un tiro.

¿Cómo lo lograba? Simplemente, hablando con los japoneses, en japonés. Y hablando, y hablando. Convenciéndolos. Algo que ningún soldado americano podía lograr.

Al ver su efectividad, Schwabe le dió carta blanca a Guy para actuar como "Lobo Solitario".

Algunas noches salía y buscaba campamentos enemigos en la selva. Disparaba a los guardias y comenzaba a convencer a los demás a gritos que se rindieran.

Luego llegó el día de "Los 800".

El 8 de julio por la mañana, Guy convenció a dos soldados japoneses de entregarse."Tenemos totalmente rodeada la isla, con artillería, barcos y lanzallamas. ¿Para qué morir, cuando tienen la oportunidad de rendirse en condiciones honorables?", les dijo.

Les prometió que los iban a tratar bien, y que los mantendrían prisioneros hasta que acabara la guerra. Entonces regresarían a Japón, sanos y salvos.

Gabaldón sabía que era difícil convencer a un soldado japonés de rendirse. El propio código Bushido, que regía a los samurais, lo prohibía. Pero no tenía otra opción. "Era convencerlos y morir allí mismo", recordaba Guy.

Les habló, y habló. Y les siguió hablando.

Y los convenció.

Pero eso no fue todo. "Tengo que hablar con mi superior, hay más compañeros en aquella cueva", le informó un soldado. Guy accedió a que éste volviera a la cueva, mientras él permanecería con el otro japonés allí mismo.

Minutos después regresó con varios oficiales japoneses y sus escoltas. Dignos, serios, orgullosos. Iban armados, pero no para disparar. Venían a dialogar.

"¿Tú eres el americano que nos ofrece trato honorable si nos rendimos?", le preguntaron. Guy asintió y dijo: "Doozo o suwari, nasai" (Por favor, siéntense).

Les ofreció cigarros y les dijo: "El general Holland Smith, Shogun (caudillo) de la Operación de las Islas Marianas, admira su valor y ordena a nuestras tropas ofrecer a los sobrevivientes de su intrépida hazaña de ayer entregarse pacíficamente. Serán llevados a Hawaii, donde hay hospitales para atender a sus heridos. No debe haber más baños de sangre".

Hablaron durante largo rato. Cuando ambas partes se estaban desesperando, los japoneses aceptaron. Regresaron a su cueva y Guy vio como comenzaban a salir soldados. Filas, y filas y filas.

Ni el propio Guy podía creerlo. Había toda una compañía dentro: cientos y cientos de soldados japoneses armados. Y él del otro lado, un sólo soldado enemigo: Un muchacho mexicano de 17 años, ante quien se "entregaban". Fácilmente pudieron haberlo hecho picadillo.

Cuando los demás 'marines' llevaron a donde estaba Guy, se les cayeron las quijadas de sorpresa: El muchachito chicano rodeado de cientos de tropas japonesas armadas.

El total de prisioneros de ése día: 800. Capturados por Guy Gabaldón, un 'marine' chicano con apenas meses de haberse enlistado.

Ningún soldado americano, ni antes ni después, en toda la historia de Estados Unidos ha logrado capturar a tantos soldados enemigos como Gabaldón: En total, 1,500, entre civiles y militares, durante aquella campaña en Saipan.

Después de la guerra, el propio capitán Schwabe envió una recomendación al gobierno de Estados Unidos para que le dieran a Guy la Medalla Congresional del Honor. No se la dieron, pero en cambio recibió la prestigiosa Navy Cross, la Cruz de la Marina.

La leyenda de Guy Gabaldón fue incluso llevada al cine, en una película filmada en 1960, titulada "From hell to eternity" ("Del infierno a la eternidad"). Por cierto, Guy fue interpretado por un actor gringo: Jeffrey Hunter.

Años después, las hazañas de Guy seguían siendo contadas por los marines y soldados americanos. Lo conocieron como "El flautista de Saipán".

Cincuenta años después Gabaldón volvió a Saipán. En los ochentas se instaló en la isla y se horrorizó de ver la criminalidad que prevalecía. Encabezó un movimiento para instaurar programas de recreación al aire libre para la juventud de Saipan, por lo que los habitantes de la isla lo recuerdan con mucho cariño.

Bastante bien para un niño de la calle mexicano que boleaba zapatos para sobrevivir.

E-mail: cfzap@yahoo.com