jueves, octubre 28, 2004

Una historia de vecinos: Los hijos de Sánchez y los hijos de Jones

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - La familia Sánchez no es muy rica, aunque trabajan duro. Es una familia feliz, y numerosa.

Los Sánchez, por azares del destino, tienen su humilde vivienda junto a un caserón. En esa mansión vive una familia rica, los Jones.

Ambas familias han tenido sus pleitos en el pasado, como todos vecinos. Algunos bastante serios: De hecho, el más grave fue cuando los Jones invadieron medio terreno de los Sánchez, y se lo quitaron a la brava. La mansión Jones duplicó su predio, y los Sánchez se tuvieron que conformar con la mitad del terreno que tenían.

Pero el pleito fue hace tiempo, entre los tatarabuelos de ambas familias. De años para aca, las nuevas generaciones de los Jones y los Sánchez han debido aprender a vivir más o menos en paz unos con otros. A tal grado, que ahora los Jones y los Sánchez se saludan muy amablemente.

Pero hay un dato interesante: Como la casa de los Jones es muy grande y lujosa, requiere cuidados especiales. Pero los Jones son personas muy ocupados, que invierten todo su tiempo en pensar maneras de aumentar su ya considerable fortuna. Y en solucionar pleitos para mantener su influencia, en lejanos lugares. Por eso no tienen tiempo de atender su mansión.

Un día, uno de los Sánchez (que sabía de jardinería), le ofreció a uno de los hijos Jones sus servicios. Ambos sabían que era peligroso: Al Sr. Jones no le gustaba que entrara gente a su casa sin su consentimiento. Ya había corrido a más de un trabajador en el pasado por esto.

Pero todos los Jones andaban en sus quehaceres, y el jardín estaba descuidado. Urgía alguien que lo atendiera. Sin pensarlo dos veces, uno de los hijos de Jones contrató a un hijo de Sánchez. No le pagaba muy bien, pero con lo que ganaba, el hijo de Sánchez podía vivir más desahogado, y hasta colaboraba con dinero para su casa.

La relación de trabajo mejoró, y se hizo tan buena, que al poco tiempo otro hijo de Jones se animó a contratar a otro hijo de Sánchez, de mozo. Y luego otro, y otro.

Cuando menos lo pensaron, ya habían muchos hijos de Sánchez trabajando en la casa Jones. Y hacían de todo: Jardinería, aseo, limpieza, cocina, mandados y qué no.

Vaya, hasta algunas hijas de Sánchez entraron a trabajar de niñeras, para cuidar a los bebés Jones.

Un día que llegó a su casa, el Sr. Jones vio a muchos de los vecinos en su casa, y de inmediato puso el grito en el cielo. ¿Cómo podían meterse esos "hijos de Sánchez" sin permiso? En su arranque de ira, corrió a varios en ese momento, y les sentenció a nunca más poner un pie en su mansión sin pedirle permiso personalmente a él.

Claro, conseguir un permiso del Sr. Jones para entrar a su casa era algo casi imposible, lo sabían los Sánchez. Ponía veinte mil trabas, requisitos y hacía montones de preguntas. Y aún si el solicitante llenaba todos los requisitos, si el Sr. Jones andaba de malas no lo aceptaba.

Pero los hijos de Jones se habían hecho muy dependientes de los Sánchez. Los requerían para que hicieran esos trabajitos fastidiosos, pesados y sucios, pero necesarios, para mantener la mansión.

Por eso, siguieron metiendo a los hijos de Sánchez a la casa, a escondidas de su padre.
Los Sánchez entraron. Y entraron, y entraron. Y los Jones los recibían temerosos, a escondidas... pero les daban trabajo, y trabajo y trabajo. Y les pagaban.

Llegó el momento en que era imposible no notar los montones de hijos de Sánchez que trabajaban en la mansión Jones. Hasta el propio Mr. Jones lo notó: Sabía que su casa estaba siendo atendida por los Sánchez, pero no hizo nada. Prefirió hacerse de la vista gorda, ocupado como estaba en sus negocios.

A partir de entonces se estableció una regla no escrita: Mr. Jones toleraba la presencia de los Sánchez, siempre y cuando no se le aparecieran delante. Eran sus hijos y nietos quienes trataban día a día con ellos, pues sabían que eran necesarios.

Cuando Mr. Jones llegaba a su casa todo marchaba en orden: Los jardines estaban bien cuidados, la casa estaba limpia, la comida servida, los bebés atendidos y cambiados. Nunca quiso aceptar abiertamente que todo era gracias al trabajo de los hijos de Sánchez, aunque por sus adentros lo sabía perfectamente.

De vez en cuando, para no dejar, Mr. Jones corría de la casa a algún Sánchez que tenía el descuido de romper algo, o ponerse delante de él. Pero mientras los demás trabajaran duro, y no causaran problemas, eran tolerados.

Los Sánchez odiaban la situación, pero sabían que dependían de los Jones. Había buena chamba en la casa de al lado, y los Jones pagaban bien, aunque nunca lo justo.

Sin embargo, dentro de este "matrimonio a conveniencia" de vez en cuando saltaban las envidias y resentimientos del pasado. Algunos Jones, por ejemplo, despreciaban a los Sánchez por pobres, por no hablar su idioma, o simplemente por ser distintos. Mientras, algunos Sánchez no podían consentir la idea de que los Jones tuvieran más dinero, y los acusaban de haberse hecho ricos tras robar a su familia.

Poco a poco, a pesar de los problemas, cada vez más Sánchez eran ascendidos dentro de la mansión Jones. Ya no nada más eran jardineros o constructores: Se convertían en capataces, en supervisores y asistentes personales de los Jones. Algunos hasta trabajaban como empleados de confianza en las empresas Jones, y otros incluso ya eran considerados como parte de la familia.
Cuando los Jones estaban a punto de conseguir que su padre, por fin, cambiara su concepto los Sánchez, ocurrió algo terrible e inesperado.

Un día, llegó un fuereño que entró con engaños a la casa Jones. Se llamaba Alí. Parecía buen tipo (otros Alís habían sido aceptados por los Jones en el pasado, y eran buenas gentes). Pero de pronto, sin advertencia, Alí puso una bomba en la casa Jones.

Muchos Jones murieron, pero también algunos Sánchez que estaban por allí. Después de eso, los Jones pusieron reglas más estrictas, y comenzaron a ver a todos los visitantes como un peligro.

Incluídos -o especialmente -los Sánchez.

Hubieron algunos hijos de Jones que culpaban a los hijos de Sánchez por el atentado. Los usaron de chivos expiatorios, y los comenzaron a criticar y a atacar. Algunos de ellos fueron despedidos de inmediato, sin importar los años que habían trabajado duramente por los Jones.

Los Jones no se quedaron de brazos cruzados. A la primera oportunidad, fueron a vengarse de los Alí por el ataque. Y los Alí se declararon enemigos a muerte de los Jones, y juraron no descansar hasta ver a los Jones destruídos.

Los Alí incitaron a otros parientes y vecinos a aliarse contra los Jones. Lo cual preocupó a la mansión, que aumentó su seguridad como nunca.

Mientras esto ocurría entre los Jones y los Alí, los Sánchez veían cómo ellos también eran involucrados en un conflicto del que nada tenían qué ver. Sólo querían trabajar, y llevarse en paz con los Jones.

Lo ridículo fue que entre la familia Sánchez, había algunos miembros que se alegraron del ataque de los Alí. Estos otros hijos de Sánchez nunca habían trabajado con los Jones. De hecho nunca salían de la casa Sánchez. Pero aún así se sentían con toda la autoridad del mundo para opinar sobre sus vecinos, a quienes sólo conocían de oídas.

"Eso era lo que los Jones se merecían", decían. "Por ser tan metiches, tan arrogantes y despreciar a las familias que tienen menos".

Estos Sánchez negativos se alegraban cuando los negocios de los Jones iban mal. Reían cuando algo les fallaba a sus vecinos, cuando perdían dinero y hasta cuando se les marchitaban las flores del jardín.

Como los Alí, estos Sánchez eran anti-Jones, y deseaban la destrucción de la mansión.
Lo que estos Sánchez no veían, era que su familia dependía mucho del dinero de los parientes que trabajan con los Jones. No era su única entrada de dinero, claro, pero ayudaba.

Para bien o para mal, el destino de ambas familias estaba ligado. Por ser vecinos. Porque las casas estaban juntas. Por depender uno del trabajo del otro, y el otro del dinero que le generaba ese trabajo.

Porque cuando a los Jones les iba bien, contrataban a más Sánchez. Ampliaban un jardín, construían una nueva recámara, hacían fiestas... y necesitaban más empleados. Sánchez.

En cambio, cuando a los Jones les iba mal, dejaban de atender sus jardines tan seguido, cancelaban fiestas, detenían las mejoras a su mansión, y por lo tanto, despedían a los Sánchez.

Algunos Sánchez insistían en que estaba mal depender tanto de los Jones. "Hay que buscar trabajo en otro lado", sugerían. Sí, pero, ¿a dónde?

Había otra casa rica, más allá de la de los Jones. Eran los Smith-du Betancourt, parientes lejanos de los Jones, casados con una familia francesa. Pero la casa estaba muy lejos, y no era tan rica. Aunque los Smith-du Bentancourt eran un poco menos arrogantes que los Jones.

Del otro lado de la ciudad estaban otras familias ricas, como los Schröeder, los Bellevue (parientes de los du Betancourt) y los Smith-Jones. Y más allá, estaban los Tanaka, también ricos pero más cerrados que los Jones.

Pero igual, esas casas estaban demasiado lejos para los Sánchez. Ir y venir a trabajar no costeaba tanto como laborar con los Jones.

Pero el recelo continuaba de vez en cuando. La actitud altiva de algunos de los Jones no ayudaba a las buenas relaciones, y frecuentemente habían problemas.

Los Alí insistían en atacar a los Jones. Planeaban un bombazo enorme, que destruyera toda la mansión y no dejara ningún Jones vivo. Estaban seguros de que otras familias los apoyarían.

El apoyo llegó un día... de algunos Sánchez.

Un Alí les propuso que, por una corta lana, les permitieran entrar a la mansión Jones usando el patio de atrás de la casa Sánchez. Una cerca dividía ambas casas, pero no era muy alta, y estaba caída en algunas partes.

Los Sánchez negaron la invitación. Corrieron al Alí de la casa.

Pero cuando unos miembros resentidos de la familia Sánchez les permitieron entrar, a escondidas, sin que los demás los vieran. Les cobraron un dinerillo a los Alí por el favor, y les dieron el paso. Total, a ellos tampoco les importaba lo que les pasara a los Jones. Al contrario: Los Alí les harían un favor a toda la colonia al deshacerse de los arrogantes Jones de una buena vez.

Un día, un Alí entró a escondidas a la mansión Jones, usando la casa Sánchez. Traía una bomba amarrada en el estómago. Cuando llegó al centro de la mansión, y ante la mirada atónita de los Jones, la activó.

La casa voló en mil pedazos. Se llevó consigo a muchos Jones... y de paso a muchos Sánchez que trabajaban en la vivienda.

Pero eso no fue todo: La explosión fue tan potente, que no nada más destruyó la mansión Jones. La onda expansiva se extendió más allá, y la segunda casa que destruyó fue precisamente la de los vecinos, ante el horror de los mismos Sánchez resentidos que habían permitido entrar a los Alí.

Los Alí se alegraron. Se regocijaron. ¡Habían destruído a los Jones! ¡El vecindario sería feliz y libre ahora!

Claro, claro, habían hecho añicos a la familia de al lado, pero ¿qué importaba? Lamentable, cierto, pero fue un efecto colateral. Era el precio que se tuvo que pagar por un bien mayor. Los Sánchez serían recordados eternamente como mártires justos por los Alí, por supuesto.

¿De quién fue la culpa? No de los Alí, sino de los propios Jones y los Sánchez.

Porque lo que ninguna de las dos familias jamás entendieron, fue que estaban destinadas a vivir juntas, les gustara o no. Y a compartir el mismo destino.

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