viernes, octubre 08, 2004

"Sí, los trabajos de inmigrantes son peligrosos, pero tenemos que comer"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - José casi había terminado su trabajo, pintando la cocina de la nueva casa.
Como inmigrante mexicano en Texas, José había encontrado chamba como pintor, y se especializaba en casas. Aquél día en particular, debía tener más cuidado que otras veces, porque la pintura era especial: Muy inflamable.

"No fumes, ni enciendas nada, porque puede ser peligroso", le habían advertido, y José tuvo cuidado.

Pero no habían advertido nada a los demás trabajadores. Juan, un amigo, llegó a verlo a la cocina, donde José le daba los últimos retoques a la pintura.

Juan vio las luces apagadas, y tras saludar a su amigo, se acercó al botón. "¿Porqué estás a oscuras?"

José apenas pudo voltear una fracción de segundo, antes de gritar... pero era demasiado tarde.
El apagador, al encender, causó la chispa eléctrica necesaria para iluminar la habitación. Una chispa mínima, pequeña... pero suficiente para detonar los vapores flamables de la pintura fresca.

Media casa voló en pedazos.

Nunca encontraron todo el cuerpo de José, sólo partes. A su amigo Juan le fue peor: lo único que los investigadores rescataron, fue una mano. Esa mano con la que encendió la luz.
Y ni siquiera era la mano completa, solo la piel: Estaba tirada allí, en el piso, como un guante macabro, sin la carne ni los huesos de adentro.

Terrorífico como suena, este espantoso accidente no es raro en Estados Unidos. Día a día, miles de trabajadores inmigrantes hispanos mueren en sus labores.

Rogelio es otro caso. Aunque no murió, sí quedó inválido de por vida.

Rogelio tenía un año trabajando en una constructora, le pagaban bien y estaba a gusto.

"Hasta un día en que se soltó una grúa", recuerda. Uno de los gigantescos cables de metal de la maquinaria se soltó sin control.

Todo fue muy rápido. El cable se acercó a Rogelio, quien corría a ponerse a salvo, y le dió un latigazo por atrás.

En un instante, le partió la espalda.

Confinado a una silla de ruedas, sin poder trabajar y con una familia qué mantener, Rogelio se pasó el siguiente año de tribunal en tribunal, peleando su compensación. Sin mucho éxito.

Según datos del Departamento del Trabajo de Estados Unidos, las muertes de inmigrantes en accidentes laborales han aumentado el 53% de 1992 al año 2000. Es una cifra enorme, si se toma en cuenta que entre los trabajadores no hispanos la cifra ha bajado 10% en el mismo periodo.

Luis era un jovencito potosino que había viajado a Estados Unidos para mantener a su mamá. La muerte del padre, un jornalero, casi los sumió en la desesperación.

Tras recibir la bendición de su madre, Luis decidió emigrar. Era la única salida para salir de la pobreza en su ranchería. Como pudo, y tras un largo trayecto cruzando el río Bravo y el chaparral texano, el jovencito de 19 años logró llegar a Dallas.

Corrió con suerte: A las pocas semanas lo contactaron con un amigo que trabajaba en una granja, en Louisiana.

Pero hasta allí se le acabó la buena estrella a Luis. Un día, mientras trabajaba debajo de un tractor, revisando algo que se la había atorado, el gato hidráulico que sostenía el aparato cedió.
Luis murió aplastado.

Lo último que se supo fue que los dueños del rancho estaban contactando al consulado mexicano, para arreglar el traslado del cadáver aplastado de Luis de regreso con su mamá, en San Luis Potosí.

"Era excelente persona, muy trabajador", recordaba uno de los dueños del rancho. "Es una lástima, tan joven".

La falta de experiencia, y a veces hasta la ignorancia del idioma inglés, han sido motivo de muchos de los accidentes que matan cada año a cientos de trabajadores inmigrantes.
Porque, ¿qué se puede esperar de un jovencito que llega de un rancho, con educación apenas de primaria (y a veces ni eso)? Muchos, por lograr la chamba, mienten y aseguran que saben del trabajo, cuando no es así.

Sobre todo, tiene qué ver qué clases de trabajos llegan haciendo los paisanos: Generalmente en el campo, pero casi siempre en la construcción. Casualmente, son éstos trabajos los que tienen más índice de accidentes fatales: Aproximadamente el 20% de todos los accidentes laborales en Estados Unidos.

Son trabajos peligrosos. Muy arriesgados. Y son los inmigrantes mexicanos e hispanos los que casi siempre toman esos empleos.

No porque los paisanos sean aventados, ni les "muy machos". No, lo hacen por necesidad. Porque son los trabajos que casi nadie quiere.

Cuando los inmigrantes no son albañiles, techeros, o ladrilleros, generalmente toman trabajos en el campo, en granjas. O en fábricas. Y allí también hay muchos riesgos.

"Míreme las manos, mírelas", señalaba Isabel, una mujer pequeña, centroamericana, que se cubría los ojos con lentes oscuros y la cara con un pañuelo, por el sol. Mostraba sus manos manchadas de rosa, descarapeladas. Su cara también estaba igual, por eso la escondía.
"Es cosa de los químicos de la fábrica, nunca nos avisaron", relata. "Y como es un trabajo que nadie quería hacer..."

Pero son los trabajadores agrícolas los que se llevan las palmas en cuanto a problemas de salud, por causa de los pesticidas. Según la EPA, la agencia de protección al ambiente de Estados Unidos, unos 300 mil trabajadores agrícolas inmigrantes sufren de intoxicación por pesticidas cada año.

Y lo peor es que casi ninguno de ellos buscan tratamiento, por temor a ser reportados a Inmigración. Y para acabarla las empresas nunca los previenen, ni siquiera les informan nada.

Se han hecho campañas. Se ha concientizado gente. Se han realizado reportajes en televisión, prensa, radio. Se han levantado demandas millonarias. Se han interpuesto multas contra las empresas... y sin embargo el problema sigue creciendo.

"Viera cómo quedó, todo tasajeado", recordaba un trabajador al relatar el accidente que le cobró la vida a un compañero. "Él estaba en un andamio, y un amigo abajo traía la pistola de clavos. En esa que se le dispara sin querer."

Los clavos, filosos y con la fuerza de una bala, salieron disparados al aire, atravesando al trabajador mexicano del andamio desde la ingle.

Y a pesar de los riesgos, los paisanos siguen aceptando esos trabajos difíciles, duros y peligrosos. Que nadie quiere.

¿El motivo? Es muy sencillo: Porque no tienen de otra.

"Tenemos que trabajar", se encogía Rogelio de hombros, desde su silla de ruedas. "Nuestra familia tiene que comer."

Pero como para atenuar el decepcionante panorama, terminó con una frase optimista:
"Dios siempre nos ayudará".

E-mail: cfzap@yahoo.com

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