viernes, octubre 08, 2004

El sueño americano que nació en un campo de papas

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - Siempre me preguntaba, antes de emigrar a Estados Unidos, porqué los americanos parecía que todos vivían en casas bonitas.

¿Se ha fijado? En todos los programas de TV, en las películas, y hasta en los cuentos de monitos se ven a los personajes viviendo en casas lindas, con jardines, patios con árboles, y calles limpias donde los niños juegan en bicicleta.

Todas las casas parecían de ricos. En México, cualquiera esas casas sólo las podría comprar un millonario. De hecho, esos fraccionamientos gringos eran igualitos a las colonias de ricos en Latinoamérica.

¿Serían todos ricos en Estados Unidos?, me preguntaba.

Luego, descubrí que esos fraccionamientos no estaban en Nueva York, ni en Los Ángeles, o Houston. Estaban AFUERA de las ciudades. A veces hasta a 20, 30 kilómetros de distancia. ¿Qué onda?

El tema me intrigaba. Voltee a ver mi vecindario y la diferencia abismal chocaba. Esos barrios gringos se veían alejados de mi realidad, de mi calle, de mi casa. A pesar de estar cerca de Estados Unidos, mis alrededores tenían se parecían más a Calcuta que a Dallas.

Fue mi primera experiencia con uno de los mitos más glorificados del sueño americano: Los suburbios.

Son esos barrios ideales, donde la gente vive, descansa y duerme con la familia. Fuera de las ciudades, en zonas tranquilas, pero bonitas.

Y a pesar de estar alejados, los suburbios contaban con todas las comodidades: Centros comerciales, supermercados, cines y hasta parques y lagos cerca.

¿En verdad los americanos vivían en lugares tan bonitos? Y tan lejos ¿Porque mientras que en Europa, Asia y Latinoamérica la gente pagaba precios estrafalarios por rentar un departamento o construír una casita ADENTRO de las ciudades, los americanos en cambio se salían de ellas? ¿Cómo había pasado eso?

Aunque parezca mentira, todo comenzó con un muchacho ex soldado, su sueño empresarial... y un campo de papas.

Bill Levitt era un joven veterano al terminar la Segunda Guerra Mundial. ¿Su labor en el frente de batalla? "Abejita de mar" ("seabee", en inglés).

Antes de que se ría por el nombrecito, permítame aclarale. Ser abejita de mar no era cosa de risa. Levitt no era afeminado, ni personaje de cuentos infantiles. Las "abejitas de mar" tuvieron un papel decisivo en la guerra. y uno bastante macho: Levantar ciudades de la nada.

Los seabees eran los encargados de llegar primero que nadie a una zona de combate, después de que desembarcaban los "marines". Y de la nada, así de un día para otro, levantaban bodegas, fuertes, gasolineras, hospitales, cuarteles, carreteras, puentes y hasta pistas aéreas.

O sea, preparaban el área para la llegada de tanques, helicópteros, y más tropas. Muchas veces en medio de zonas totalmente agrestes, como selva o desierto.

Seabee (se pronuncia "sibi") viene de las iniciales C.B., Construction Batallion ("Batallón de Construcción"). Y eso es lo que era Bill Levitt.

En ese batallón, el joven judío aprendió una técnica valiosísima, que le serviría en el futuro: La construcción en serie, rápida, de edificios usando partes intercambiables. Como las líneas de ensamblaje de las fábricas.

Levitt no lo sabía en ese momento, pero ese conocimiento lo iba a volver multimillonario. Y de paso, iba a cambiar la manera como vivía la gente en Estados Unidos.

Cuando acabó la guerra, Levitt se vio sin trabajo, y buscaba una oportunidad para emprender un negocio. Regresó a un Estados Unidos donde en aquellos años de finales de los cuarentas, solo las clases ricas podían tener su casa propia bonita, con jardín, cochera y amplio espacio. La demás gente, sobre todo en las ciudades, tenía que contentarse con vivir en edificios de departamentos, muchas veces sucios y descuidados. De ésos que todos hemos visto en las películas de policías y ladrones: de ladrillo, con escaleras de metal que dan a los callejones de basura.

Levitt vio una oportunidad, y no la desaprovechó. Recordó el éxito que había tenido décadas atrás otro visionario, llamado Henry Ford, al construir automóviles en serie. Con esto, abarató los costos, y permitió que el país se inundara de automóviles.

¿Porqué no aplicar ese mismo principio a las casas, pensaba Levitt? En lugar de construír viviendas al gusto del cliente, usar en cambio sólo tres o cuatro planos básicos. Construír muchas casas usando el mismo material, los mismos albañiles, carpinteros y pintores.

Eso abarataría mucho los precios, y más gente podría hacerse de su hogar, pensó Levitt. De un pedazo del sueño americano. Siempre será mejor vender 20 mil casas baratas, que 20 casas caras.

Con este plan, Levitt se apresuró a crear su compañía, y el primer paso que tomó fue buscar un predio donde construir su fraccionamiento.

Encontró el sitio ideal en un campo de papas en Long Island, el cual adquirió baratísimo por estar demasiado lejos de la ciudad de Nueva York: A unos 50 kilómetros.

En aquél tiempo, sin autopistas, era impensable salir a vivir afuera de las ciudades. No toda la gente tenía carro. No había metro. Había que viajar en tren o taxi. Los que vivían fuera de la ciudad eran los granjeros, nada mas. La gente de pueblo.

En Europa habían experimentado con suburbios, pero eran construídos para la gente pobre, los desposeídos. Para las clases media y alta europeas era impensable salir de las ciudades.

Pero el sueño de Levitt era que cada americano tuviera su casa, en las afueras de las ciudades. Y que se la comprara a él.

Pero no cualquier casita fea. El hecho de que fueran viviendas baratas no debía significar que no fueran bonitas. Por eso, Levittown, como se llamó el nuevo fraccionamiento, daba mucho énfasis a los jardines, a los patios, a las áreas verdes.

Y a la gente le encantó el concepto. Las primeras casas, con un precio de sólo 8 mil dólares, prácticamente volaron. Los veteranos que regresaban de la guerra querían tener su familia. Querían vivir en paz, casarse, tener hijos y criarlos en un lugar bonito, alejado de la tensión de la ciudad. Levittown era el sitio adecuado, el pueblecito ideal americano que aún no se había inventado.

Levitt creó así, con su visión empresarial, el concepto de los suburbios. Y fue un trancazo comercial instantáneo.

Levittown creció, y creció y creció. Todo mundo quería vivir allí. Por eso, otras constructoras tomaron el concepto y por todos lados se veían surgir suburbios nuevos como hongos.
Los suburbios no estuvieron exentos de problemas. Al principio, el más evidente fue el racismo. En Levittown no se vendían casas a gente negra, ni asiática, o hispana. Sólo a blancos, anglosajones. Incluso en los contratos estaba estipulado claramente, con letras grandes, que las casas de Levittown eran exclusivamente para gente blanca, y no se podía rentar o revender a gente "de color".

Horrendo como pudiera sonar, esto era una realidad en aquél Estados Unidos de los cuarentas y cincuentas. Al propio Levitt le repugnaba esa política, judío como era él, conocedor de los horrores del racismo nazi. Pero no podía hacer mucho, ya que los bancos eran los que imponían las condiciones.

Con todo, los suburbios prosperaron. Dos cosas ayudaron a su impulso: El enorme territorio del país, que abarataba la tierra. Y el automóvil, que se convirtió en un objeto indispensable al terminar la guerra, lo cual impulsó la construcción de las autopistas hacia los nuevos suburbios.

Si usted tenía un auto, y había autopistas para ir rápido de un lado a otro, ¿para qué quedarse a vivir en la ciudad?

Claro, los suburbios no dejaron de tener detractores. Que si porque eran casas hechas al trancazo. Que si todas se parecían. Que si estaban demasiado lejos. Pero casi todos los críticos era gente de la alta, o intelectuales acostumbrados a vivir en casas victorianas. Y caras. Para el resto de la gente (los que habían pasado su niñez en departamentuchos viejos y sucios, o en granjas), los suburbios eran un sueño hecho realidad. MI casa propia, con MI jardín, con MI cochera, donde puedo estacionar MI carro, y con MI patio donde MIS hijos pueden jugar tranquilamente.

Hoy, Estados Unidos es un país de suburbios. La mayor parte de la población vive afuera de las ciudades, en estos fraccionamientos hechos en serie. Es parte del sueño americano tener su auto, su trabajo por horas, y su casa en los suburbios.

Pero hace poco salió un estudio médico, donde da cuenta de que los habitantes de los suburbios padecen más enfermedades que el resto de la gente. Males cardiacos, tensión, artritis, dolores de cabeza, cansancio, y hasta desequilibrios psicológicos.

Los investigadores lo atribuyen a que los suburbanitas son más gordos, hacen poco ejercicio (usan el carro hasta para ir a comprar leche a la tienda de la esquina) y se pasan largos ratos en las autopistas, camino al trabajo y de regreso.

De hecho, se dice una persona que vive en un suburbio, tendría la misma salud que otra persona cuatro años mayor que viva en una ciudad.

En síntesis, los suburbios no fueron hechos para la gente, a una escala humana, dicen. Las distancias enormes y lo aislado tienen a afectar el estado mental de las personas, según los psicólogos.

Pero la gente sigue yéndose a los suburbios. Entre más lejos de la ciudad, mejor. Hoy en día somos los inmigrantes hispanos los que hemos llegado a los suburbios cada día más, y compramos casas en zonas construídos en los años cincuentas y sesentas.

No importa qué digan los críticos: No hay sensación mayor de triunfo, de realización, que la que tiene un inmigrante que fue campesino pobre en México, donde vivía en una chocita con suelo de tierra, cuando logra hacerse de su casita con jardín y cochera. En los suburbios.

A pesar de lo que digan, siempre es difícil terminar con un mito.

E-mail: cfzap@yahoo.com

No hay comentarios.:

Publicar un comentario