jueves, octubre 28, 2004

Una historia de vecinos: Los hijos de Sánchez y los hijos de Jones

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - La familia Sánchez no es muy rica, aunque trabajan duro. Es una familia feliz, y numerosa.

Los Sánchez, por azares del destino, tienen su humilde vivienda junto a un caserón. En esa mansión vive una familia rica, los Jones.

Ambas familias han tenido sus pleitos en el pasado, como todos vecinos. Algunos bastante serios: De hecho, el más grave fue cuando los Jones invadieron medio terreno de los Sánchez, y se lo quitaron a la brava. La mansión Jones duplicó su predio, y los Sánchez se tuvieron que conformar con la mitad del terreno que tenían.

Pero el pleito fue hace tiempo, entre los tatarabuelos de ambas familias. De años para aca, las nuevas generaciones de los Jones y los Sánchez han debido aprender a vivir más o menos en paz unos con otros. A tal grado, que ahora los Jones y los Sánchez se saludan muy amablemente.

Pero hay un dato interesante: Como la casa de los Jones es muy grande y lujosa, requiere cuidados especiales. Pero los Jones son personas muy ocupados, que invierten todo su tiempo en pensar maneras de aumentar su ya considerable fortuna. Y en solucionar pleitos para mantener su influencia, en lejanos lugares. Por eso no tienen tiempo de atender su mansión.

Un día, uno de los Sánchez (que sabía de jardinería), le ofreció a uno de los hijos Jones sus servicios. Ambos sabían que era peligroso: Al Sr. Jones no le gustaba que entrara gente a su casa sin su consentimiento. Ya había corrido a más de un trabajador en el pasado por esto.

Pero todos los Jones andaban en sus quehaceres, y el jardín estaba descuidado. Urgía alguien que lo atendiera. Sin pensarlo dos veces, uno de los hijos de Jones contrató a un hijo de Sánchez. No le pagaba muy bien, pero con lo que ganaba, el hijo de Sánchez podía vivir más desahogado, y hasta colaboraba con dinero para su casa.

La relación de trabajo mejoró, y se hizo tan buena, que al poco tiempo otro hijo de Jones se animó a contratar a otro hijo de Sánchez, de mozo. Y luego otro, y otro.

Cuando menos lo pensaron, ya habían muchos hijos de Sánchez trabajando en la casa Jones. Y hacían de todo: Jardinería, aseo, limpieza, cocina, mandados y qué no.

Vaya, hasta algunas hijas de Sánchez entraron a trabajar de niñeras, para cuidar a los bebés Jones.

Un día que llegó a su casa, el Sr. Jones vio a muchos de los vecinos en su casa, y de inmediato puso el grito en el cielo. ¿Cómo podían meterse esos "hijos de Sánchez" sin permiso? En su arranque de ira, corrió a varios en ese momento, y les sentenció a nunca más poner un pie en su mansión sin pedirle permiso personalmente a él.

Claro, conseguir un permiso del Sr. Jones para entrar a su casa era algo casi imposible, lo sabían los Sánchez. Ponía veinte mil trabas, requisitos y hacía montones de preguntas. Y aún si el solicitante llenaba todos los requisitos, si el Sr. Jones andaba de malas no lo aceptaba.

Pero los hijos de Jones se habían hecho muy dependientes de los Sánchez. Los requerían para que hicieran esos trabajitos fastidiosos, pesados y sucios, pero necesarios, para mantener la mansión.

Por eso, siguieron metiendo a los hijos de Sánchez a la casa, a escondidas de su padre.
Los Sánchez entraron. Y entraron, y entraron. Y los Jones los recibían temerosos, a escondidas... pero les daban trabajo, y trabajo y trabajo. Y les pagaban.

Llegó el momento en que era imposible no notar los montones de hijos de Sánchez que trabajaban en la mansión Jones. Hasta el propio Mr. Jones lo notó: Sabía que su casa estaba siendo atendida por los Sánchez, pero no hizo nada. Prefirió hacerse de la vista gorda, ocupado como estaba en sus negocios.

A partir de entonces se estableció una regla no escrita: Mr. Jones toleraba la presencia de los Sánchez, siempre y cuando no se le aparecieran delante. Eran sus hijos y nietos quienes trataban día a día con ellos, pues sabían que eran necesarios.

Cuando Mr. Jones llegaba a su casa todo marchaba en orden: Los jardines estaban bien cuidados, la casa estaba limpia, la comida servida, los bebés atendidos y cambiados. Nunca quiso aceptar abiertamente que todo era gracias al trabajo de los hijos de Sánchez, aunque por sus adentros lo sabía perfectamente.

De vez en cuando, para no dejar, Mr. Jones corría de la casa a algún Sánchez que tenía el descuido de romper algo, o ponerse delante de él. Pero mientras los demás trabajaran duro, y no causaran problemas, eran tolerados.

Los Sánchez odiaban la situación, pero sabían que dependían de los Jones. Había buena chamba en la casa de al lado, y los Jones pagaban bien, aunque nunca lo justo.

Sin embargo, dentro de este "matrimonio a conveniencia" de vez en cuando saltaban las envidias y resentimientos del pasado. Algunos Jones, por ejemplo, despreciaban a los Sánchez por pobres, por no hablar su idioma, o simplemente por ser distintos. Mientras, algunos Sánchez no podían consentir la idea de que los Jones tuvieran más dinero, y los acusaban de haberse hecho ricos tras robar a su familia.

Poco a poco, a pesar de los problemas, cada vez más Sánchez eran ascendidos dentro de la mansión Jones. Ya no nada más eran jardineros o constructores: Se convertían en capataces, en supervisores y asistentes personales de los Jones. Algunos hasta trabajaban como empleados de confianza en las empresas Jones, y otros incluso ya eran considerados como parte de la familia.
Cuando los Jones estaban a punto de conseguir que su padre, por fin, cambiara su concepto los Sánchez, ocurrió algo terrible e inesperado.

Un día, llegó un fuereño que entró con engaños a la casa Jones. Se llamaba Alí. Parecía buen tipo (otros Alís habían sido aceptados por los Jones en el pasado, y eran buenas gentes). Pero de pronto, sin advertencia, Alí puso una bomba en la casa Jones.

Muchos Jones murieron, pero también algunos Sánchez que estaban por allí. Después de eso, los Jones pusieron reglas más estrictas, y comenzaron a ver a todos los visitantes como un peligro.

Incluídos -o especialmente -los Sánchez.

Hubieron algunos hijos de Jones que culpaban a los hijos de Sánchez por el atentado. Los usaron de chivos expiatorios, y los comenzaron a criticar y a atacar. Algunos de ellos fueron despedidos de inmediato, sin importar los años que habían trabajado duramente por los Jones.

Los Jones no se quedaron de brazos cruzados. A la primera oportunidad, fueron a vengarse de los Alí por el ataque. Y los Alí se declararon enemigos a muerte de los Jones, y juraron no descansar hasta ver a los Jones destruídos.

Los Alí incitaron a otros parientes y vecinos a aliarse contra los Jones. Lo cual preocupó a la mansión, que aumentó su seguridad como nunca.

Mientras esto ocurría entre los Jones y los Alí, los Sánchez veían cómo ellos también eran involucrados en un conflicto del que nada tenían qué ver. Sólo querían trabajar, y llevarse en paz con los Jones.

Lo ridículo fue que entre la familia Sánchez, había algunos miembros que se alegraron del ataque de los Alí. Estos otros hijos de Sánchez nunca habían trabajado con los Jones. De hecho nunca salían de la casa Sánchez. Pero aún así se sentían con toda la autoridad del mundo para opinar sobre sus vecinos, a quienes sólo conocían de oídas.

"Eso era lo que los Jones se merecían", decían. "Por ser tan metiches, tan arrogantes y despreciar a las familias que tienen menos".

Estos Sánchez negativos se alegraban cuando los negocios de los Jones iban mal. Reían cuando algo les fallaba a sus vecinos, cuando perdían dinero y hasta cuando se les marchitaban las flores del jardín.

Como los Alí, estos Sánchez eran anti-Jones, y deseaban la destrucción de la mansión.
Lo que estos Sánchez no veían, era que su familia dependía mucho del dinero de los parientes que trabajan con los Jones. No era su única entrada de dinero, claro, pero ayudaba.

Para bien o para mal, el destino de ambas familias estaba ligado. Por ser vecinos. Porque las casas estaban juntas. Por depender uno del trabajo del otro, y el otro del dinero que le generaba ese trabajo.

Porque cuando a los Jones les iba bien, contrataban a más Sánchez. Ampliaban un jardín, construían una nueva recámara, hacían fiestas... y necesitaban más empleados. Sánchez.

En cambio, cuando a los Jones les iba mal, dejaban de atender sus jardines tan seguido, cancelaban fiestas, detenían las mejoras a su mansión, y por lo tanto, despedían a los Sánchez.

Algunos Sánchez insistían en que estaba mal depender tanto de los Jones. "Hay que buscar trabajo en otro lado", sugerían. Sí, pero, ¿a dónde?

Había otra casa rica, más allá de la de los Jones. Eran los Smith-du Betancourt, parientes lejanos de los Jones, casados con una familia francesa. Pero la casa estaba muy lejos, y no era tan rica. Aunque los Smith-du Bentancourt eran un poco menos arrogantes que los Jones.

Del otro lado de la ciudad estaban otras familias ricas, como los Schröeder, los Bellevue (parientes de los du Betancourt) y los Smith-Jones. Y más allá, estaban los Tanaka, también ricos pero más cerrados que los Jones.

Pero igual, esas casas estaban demasiado lejos para los Sánchez. Ir y venir a trabajar no costeaba tanto como laborar con los Jones.

Pero el recelo continuaba de vez en cuando. La actitud altiva de algunos de los Jones no ayudaba a las buenas relaciones, y frecuentemente habían problemas.

Los Alí insistían en atacar a los Jones. Planeaban un bombazo enorme, que destruyera toda la mansión y no dejara ningún Jones vivo. Estaban seguros de que otras familias los apoyarían.

El apoyo llegó un día... de algunos Sánchez.

Un Alí les propuso que, por una corta lana, les permitieran entrar a la mansión Jones usando el patio de atrás de la casa Sánchez. Una cerca dividía ambas casas, pero no era muy alta, y estaba caída en algunas partes.

Los Sánchez negaron la invitación. Corrieron al Alí de la casa.

Pero cuando unos miembros resentidos de la familia Sánchez les permitieron entrar, a escondidas, sin que los demás los vieran. Les cobraron un dinerillo a los Alí por el favor, y les dieron el paso. Total, a ellos tampoco les importaba lo que les pasara a los Jones. Al contrario: Los Alí les harían un favor a toda la colonia al deshacerse de los arrogantes Jones de una buena vez.

Un día, un Alí entró a escondidas a la mansión Jones, usando la casa Sánchez. Traía una bomba amarrada en el estómago. Cuando llegó al centro de la mansión, y ante la mirada atónita de los Jones, la activó.

La casa voló en mil pedazos. Se llevó consigo a muchos Jones... y de paso a muchos Sánchez que trabajaban en la vivienda.

Pero eso no fue todo: La explosión fue tan potente, que no nada más destruyó la mansión Jones. La onda expansiva se extendió más allá, y la segunda casa que destruyó fue precisamente la de los vecinos, ante el horror de los mismos Sánchez resentidos que habían permitido entrar a los Alí.

Los Alí se alegraron. Se regocijaron. ¡Habían destruído a los Jones! ¡El vecindario sería feliz y libre ahora!

Claro, claro, habían hecho añicos a la familia de al lado, pero ¿qué importaba? Lamentable, cierto, pero fue un efecto colateral. Era el precio que se tuvo que pagar por un bien mayor. Los Sánchez serían recordados eternamente como mártires justos por los Alí, por supuesto.

¿De quién fue la culpa? No de los Alí, sino de los propios Jones y los Sánchez.

Porque lo que ninguna de las dos familias jamás entendieron, fue que estaban destinadas a vivir juntas, les gustara o no. Y a compartir el mismo destino.

Bienvenido a los Estados Unidos de Automérica

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Una vez, una guía de turistas relataba una anécdota, de cuando le tocó encabezar una gira de visitantes europeos en la ciudad de Dallas, Texas.

"Aquí está el centro de Dallas, este es el edificio tal, o cual", decía la joven, dentro de un autobús panorámico a los turistas. Éstos, cámara en mano, escuchaban atentos y no dejaban de tomar fotos.

Uno de los turistas levantó la mano para preguntar. La guía escuchó:

"Todo esto está muy bien, señorita, pero yo tengo una pregunta: ¿Dónde está toda la gente de Dallas?"

La muchacha volteó a ver la calle de un lado: Automóviles. Autopista. Edificios de cristal, reflejando el candente sol texano.

Volteó al otro lado de la calle: Más autos. Más autopistas. Más edificios.

Nada de gente en la calle. Ni un alma.

La guía sonrió, y con su típico acento texano, respondió jovial: "¿Que dónde está la gente? Pues dentro de sus autos, o en sus casas. En cualquier parte donde haya aire acondicionado".

Y es cierto. La gente de Texas, y de muchas partes de Estados Unidos, como Los Ángeles, pocas veces ponen sus pies en contacto directo con la acera de la calle.

Si usted ve a una persona caminando en la calle o: a) Acaba de bajar de su auto estacionado; b) Va a subir a su auto estacionado; o c) Se le descompuso su auto.

"Fue muy raro", recordaba una vez un joven turista español que visitó el norte de Texas. "Mi papá y yo queríamos tomar un paseo para conocer la ciudad, y comenzamos a caminar a un lado de la autopista. Minutos después se paró un auto y su dueño se bajó para preguntarnos si había algún problema, si nuestro auto se había descompuesto o qué".

"Cuando le dijimos que no, que sólo estábamos dando un paseo, el tipo se mostró extrañado. No le cabía en la cabeza que a alguien le apeteciera CAMINAR", agregó el español.

Y ésa es una de las cosas a las que creo que jamás me acostumbraré de la vida de Estados Unidos: la cultura de vivir trepado en un automóvil.

Yo sé que en muchas ciudades grandes del mundo la gente pasa mucho tiempo en sus autos. Que hay autopistas, que hay vías rápidas, etcétera. De hecho, ni a la Ciudad de México ni a Río de Janeiro o Buenos Aires les apantallan las autopistas de Los Ángeles o Dallas.

Pero el uso del auto en Estados Unidos es distinto. En Latinoamérica y Europa la gente usa el auto para trasladarlos de un lado a otro. Punto.

En Estados Unidos, en cambio, la gente VIVE en sus autos. De hecho, muchas personas viven y comen GRACIAS sus autos. Aunque no lo crea: en este país muchas veces el tener carro es la diferencia entre tener o no empleo.

Pero así es. Esa es la realidad de Estados Unidos. Muchos critican el "American Way of Life" por estar "automatizada". Yo creo que están equivocados: La vida en Estados Unidos no está automatizada, sino "automotorizada".

Y ese es el gran problema personal para mí. Porque debo confesar un secreto: ODIO MANEJAR.
En serio. Desde joven, cuando me compré mi primer auto, sentí que la novedad pasaba pronto. Y luego se volvió tedio, y tortura. Cuando podía, aventaba las llaves a un cajón y me iba en microbús a donde fuera: Mi trabajo, al centro, a la tienda, a visitar a un amigo. Y como Tampico, donde nací, no ha alcanzado el grado de megalópolis, los trayectos no eran tan largos.
El hecho de que alguien manejara por mí me relajaba. Hasta la música de los Tigres del Norte que los choferes traían a todo volumen en sus radios me arrullaba.

Incluso a veces me iba a pie. ¡Cómo me encantaba caminar!

En cambio, cuando llegué a Estados Unidos toda esa vida se acabó. Aún recuerdo una de las primeras frases que un amigo me dijo: "Tendrás que comprarte un carro".

En ese momento, me pareció un lujo innecesario, pero más tarde me di cuenta de que no. ¿Cómo iba siquiera a pensar cruzar los kilómetros y kilómetros de autopistas que conectan las más de 100 ciudades del área metropolitana de Dallas? ¿A pie? Ni en sueños.

El servicio de transporte público era muy bueno: Eficiente, limpio y puntual. Pero muy, muy limitado, en comparación con las ciudades latinas. Para llegar a mi trabajo, un trayecto en auto de 30 minutos, necesitaba invertir hasta tres horas si usaba el autobús público.

A los norteamericanos esta auto-vida no les parece rara, ni malsana. Al contrario: todos nacieron así. Prácticamente en auto. Mientras que en nuestros países todos recordamos con cariño cómo batallamos para juntar dinero para comprar nuestro primer auto (casi siempre un destartalado Volkswagen "vochito" de quinta mano), en Estados Unidos a todos los niños les sueltan carro a los doce años.

A los dieciséis es común que cada uno de estos chiquillos tengan su propio vehículo, que usan para ir a la High School. Y nadie dice nada. Es normal, no es un lujo.
Por eso hay tantos auto-bancos, auto-restaurantes, auto-servicios... y vaya usted a saber qué mas.

En Las Vegas supe el otro día que había una auto-iglesia... ¡Donde los novios se pueden casar metidos en su carro! El sacerdote les administra los ritos desde una ventanilla, como si les despachara una orden de McDonald's. El colmo.

(Dudo que las parejitas que se casan así hagan lo mismo cuando quieran divorciarse. ¿Se imaginan ir a un auto-juzgado, donde un auto-juez los divorcie? No creo que sea práctico: Al final, uno de los ex-cónyuges siempre se quedará con el auto y dejaría al otro a pata. ¡Y con los niños!)

La cultura del automóvil está tan metida en la conciencia americana, que quien no sepa manejar puede ser visto como retrasado, como ser de otro planeta. Hasta los pobres andan manejando: Un Chevy Nova '75, o un Ford LTD '78, de perdido. Todos destartalados... pero ahí andan.
Hasta las mismas ciudades están diseñadas pensando en el automóvil, no en los peatones. Los "freeways" o autopistas son inmensos, sin cruces peatonales ni nada.

Y las leyes también están diseñadas para proteger al conductor. Al contrario de Latinoamérica, en muchas áreas el peatón no tiene "derecho de paso": Si una persona se atraviesa en el camino a un auto, él lleva la de perder.

Yo lo viví una vez en carne propia, una vez que mi auto se me quedó tirado en un freeway: Quedé varado sobre el carril izquierdo, pegado al camellón central. No traía teléfono, y eran las 12 del día, en pleno calorón.

Frente a mí había una gasolinera, y pensé: "Si logro cruzar el freeway a pie, quizá pueda llamar a una grúa, o de perdido tomarme un refresco".

Vale decir que ni siquiera lo intenté. Es imposible. Cruzar un freeway a pie es más peligroso que jugar a la ruleta rusa (en la ruleta rusa hay una oportunidad mínima de sobrevivir; el cruzar una autopista gringa al mediodía es muerte segura).

Por eso es triste saber que muchos inmigrantes indocumentados que llegan por primera vez aquí mueren al intentar cruzar un freeway.

Y pasa muy seguido. Hay una anécdota de un centroamericano que envió postales a su familia, mostrándoles la ciudad donde vivía en Texas. Al ver las fotos de las autopistas, su mamá le escribió preocupada: "Hijo, por favor ten mucho cuidado cuando cruces esas calles TAN ANCHAS".

Y es que en Estados Unidos este problema es muy común. Tan común, que en las autopistas hasta hay letreros amarillos de alerta para los conductores, como ésos que ponen en los cruces de ganado. Nada más que en vez de dibujar la silueta negra de un buey, dibujan una familia indocumentada corriendo. En serio.

Los activistas pro-inmigrantes se indignan cuando ven esos letreros. Los acusan de racistas. Pero en realidad, creo que las autoridades hacen lo que pueden para evitar una tragedia: Les avisan a los conductores que tengan cuidado, que disminuyan la velocidad, porque por allí personas pueden cruzar en cualquier momento. Como ya ha ocurrido.
Estados Unidos es el país del auto.

Por eso es tan vital el tema de las licencias de manejo para indocumentados. Por eso es una estocada en la espalda la que dan las autoridades a los inmigrantes al negarles el documento: Si no lo tienes, seguro vas a enfrentar muchas broncas, tan solo para ir a trabajar. Con las distancias, es imprescindible usar el auto, con licencia o no. El resultado: Si un policía te agarra sin licencia, te multa. Si reincides, te quita el auto y hasta a la cárcel podrías ir a dar.

La otra opción es: No manejo. Por lo tanto, no trabajo, y mi familia no come.
Ante este panorama, ¿qué cree usted que los inmigrantes van a decidir? Pues claro: "Me arriesgo". No tienen de otra.

Por eso, muchos inmigrantes que vienen de pueblos, donde nunca agarraron un volante, se avientan a conducir. No por gusto, ni por valentía, sino por pura necesidad. Quizá si les dieran oportunidad de sacar su licencia, podrían tomar el curso de manejo, y hacer su examen.

Estarían así más capacitados de usar un auto, y quizá se salvarían algunas vidas al evitar accidentes (incluso la vida del propio conductor).

Pero no es así. Las leyes impiden a los indocumentados sacar licencia, e incluso a los inmigrantes legales les ponen muchas trabas.

¿Soluciona esto el problema de la inmigración? Claro que no. ¿Desalienta a los indocumentados para ya no venir aca? No creo. La inmigración (legal e ilegal) continuará, les den o no licencias.
¿Hace más seguras las calles de Estados Unidos porque solo permiten manejar a ciudadanos?
Para nada. Al contrario: Los inmigrantes de todas formas van a manejar. Y el hecho de ser ciudadano americano no significa que uno no va a chocar, o a manejar ebrio.

Y esto es algo que el gobierno y la gente de este país no puede, o no quiere, entender.

E-mail: cfzap@yahoo.com

viernes, octubre 08, 2004

El sueño americano que nació en un campo de papas

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - Siempre me preguntaba, antes de emigrar a Estados Unidos, porqué los americanos parecía que todos vivían en casas bonitas.

¿Se ha fijado? En todos los programas de TV, en las películas, y hasta en los cuentos de monitos se ven a los personajes viviendo en casas lindas, con jardines, patios con árboles, y calles limpias donde los niños juegan en bicicleta.

Todas las casas parecían de ricos. En México, cualquiera esas casas sólo las podría comprar un millonario. De hecho, esos fraccionamientos gringos eran igualitos a las colonias de ricos en Latinoamérica.

¿Serían todos ricos en Estados Unidos?, me preguntaba.

Luego, descubrí que esos fraccionamientos no estaban en Nueva York, ni en Los Ángeles, o Houston. Estaban AFUERA de las ciudades. A veces hasta a 20, 30 kilómetros de distancia. ¿Qué onda?

El tema me intrigaba. Voltee a ver mi vecindario y la diferencia abismal chocaba. Esos barrios gringos se veían alejados de mi realidad, de mi calle, de mi casa. A pesar de estar cerca de Estados Unidos, mis alrededores tenían se parecían más a Calcuta que a Dallas.

Fue mi primera experiencia con uno de los mitos más glorificados del sueño americano: Los suburbios.

Son esos barrios ideales, donde la gente vive, descansa y duerme con la familia. Fuera de las ciudades, en zonas tranquilas, pero bonitas.

Y a pesar de estar alejados, los suburbios contaban con todas las comodidades: Centros comerciales, supermercados, cines y hasta parques y lagos cerca.

¿En verdad los americanos vivían en lugares tan bonitos? Y tan lejos ¿Porque mientras que en Europa, Asia y Latinoamérica la gente pagaba precios estrafalarios por rentar un departamento o construír una casita ADENTRO de las ciudades, los americanos en cambio se salían de ellas? ¿Cómo había pasado eso?

Aunque parezca mentira, todo comenzó con un muchacho ex soldado, su sueño empresarial... y un campo de papas.

Bill Levitt era un joven veterano al terminar la Segunda Guerra Mundial. ¿Su labor en el frente de batalla? "Abejita de mar" ("seabee", en inglés).

Antes de que se ría por el nombrecito, permítame aclarale. Ser abejita de mar no era cosa de risa. Levitt no era afeminado, ni personaje de cuentos infantiles. Las "abejitas de mar" tuvieron un papel decisivo en la guerra. y uno bastante macho: Levantar ciudades de la nada.

Los seabees eran los encargados de llegar primero que nadie a una zona de combate, después de que desembarcaban los "marines". Y de la nada, así de un día para otro, levantaban bodegas, fuertes, gasolineras, hospitales, cuarteles, carreteras, puentes y hasta pistas aéreas.

O sea, preparaban el área para la llegada de tanques, helicópteros, y más tropas. Muchas veces en medio de zonas totalmente agrestes, como selva o desierto.

Seabee (se pronuncia "sibi") viene de las iniciales C.B., Construction Batallion ("Batallón de Construcción"). Y eso es lo que era Bill Levitt.

En ese batallón, el joven judío aprendió una técnica valiosísima, que le serviría en el futuro: La construcción en serie, rápida, de edificios usando partes intercambiables. Como las líneas de ensamblaje de las fábricas.

Levitt no lo sabía en ese momento, pero ese conocimiento lo iba a volver multimillonario. Y de paso, iba a cambiar la manera como vivía la gente en Estados Unidos.

Cuando acabó la guerra, Levitt se vio sin trabajo, y buscaba una oportunidad para emprender un negocio. Regresó a un Estados Unidos donde en aquellos años de finales de los cuarentas, solo las clases ricas podían tener su casa propia bonita, con jardín, cochera y amplio espacio. La demás gente, sobre todo en las ciudades, tenía que contentarse con vivir en edificios de departamentos, muchas veces sucios y descuidados. De ésos que todos hemos visto en las películas de policías y ladrones: de ladrillo, con escaleras de metal que dan a los callejones de basura.

Levitt vio una oportunidad, y no la desaprovechó. Recordó el éxito que había tenido décadas atrás otro visionario, llamado Henry Ford, al construir automóviles en serie. Con esto, abarató los costos, y permitió que el país se inundara de automóviles.

¿Porqué no aplicar ese mismo principio a las casas, pensaba Levitt? En lugar de construír viviendas al gusto del cliente, usar en cambio sólo tres o cuatro planos básicos. Construír muchas casas usando el mismo material, los mismos albañiles, carpinteros y pintores.

Eso abarataría mucho los precios, y más gente podría hacerse de su hogar, pensó Levitt. De un pedazo del sueño americano. Siempre será mejor vender 20 mil casas baratas, que 20 casas caras.

Con este plan, Levitt se apresuró a crear su compañía, y el primer paso que tomó fue buscar un predio donde construir su fraccionamiento.

Encontró el sitio ideal en un campo de papas en Long Island, el cual adquirió baratísimo por estar demasiado lejos de la ciudad de Nueva York: A unos 50 kilómetros.

En aquél tiempo, sin autopistas, era impensable salir a vivir afuera de las ciudades. No toda la gente tenía carro. No había metro. Había que viajar en tren o taxi. Los que vivían fuera de la ciudad eran los granjeros, nada mas. La gente de pueblo.

En Europa habían experimentado con suburbios, pero eran construídos para la gente pobre, los desposeídos. Para las clases media y alta europeas era impensable salir de las ciudades.

Pero el sueño de Levitt era que cada americano tuviera su casa, en las afueras de las ciudades. Y que se la comprara a él.

Pero no cualquier casita fea. El hecho de que fueran viviendas baratas no debía significar que no fueran bonitas. Por eso, Levittown, como se llamó el nuevo fraccionamiento, daba mucho énfasis a los jardines, a los patios, a las áreas verdes.

Y a la gente le encantó el concepto. Las primeras casas, con un precio de sólo 8 mil dólares, prácticamente volaron. Los veteranos que regresaban de la guerra querían tener su familia. Querían vivir en paz, casarse, tener hijos y criarlos en un lugar bonito, alejado de la tensión de la ciudad. Levittown era el sitio adecuado, el pueblecito ideal americano que aún no se había inventado.

Levitt creó así, con su visión empresarial, el concepto de los suburbios. Y fue un trancazo comercial instantáneo.

Levittown creció, y creció y creció. Todo mundo quería vivir allí. Por eso, otras constructoras tomaron el concepto y por todos lados se veían surgir suburbios nuevos como hongos.
Los suburbios no estuvieron exentos de problemas. Al principio, el más evidente fue el racismo. En Levittown no se vendían casas a gente negra, ni asiática, o hispana. Sólo a blancos, anglosajones. Incluso en los contratos estaba estipulado claramente, con letras grandes, que las casas de Levittown eran exclusivamente para gente blanca, y no se podía rentar o revender a gente "de color".

Horrendo como pudiera sonar, esto era una realidad en aquél Estados Unidos de los cuarentas y cincuentas. Al propio Levitt le repugnaba esa política, judío como era él, conocedor de los horrores del racismo nazi. Pero no podía hacer mucho, ya que los bancos eran los que imponían las condiciones.

Con todo, los suburbios prosperaron. Dos cosas ayudaron a su impulso: El enorme territorio del país, que abarataba la tierra. Y el automóvil, que se convirtió en un objeto indispensable al terminar la guerra, lo cual impulsó la construcción de las autopistas hacia los nuevos suburbios.

Si usted tenía un auto, y había autopistas para ir rápido de un lado a otro, ¿para qué quedarse a vivir en la ciudad?

Claro, los suburbios no dejaron de tener detractores. Que si porque eran casas hechas al trancazo. Que si todas se parecían. Que si estaban demasiado lejos. Pero casi todos los críticos era gente de la alta, o intelectuales acostumbrados a vivir en casas victorianas. Y caras. Para el resto de la gente (los que habían pasado su niñez en departamentuchos viejos y sucios, o en granjas), los suburbios eran un sueño hecho realidad. MI casa propia, con MI jardín, con MI cochera, donde puedo estacionar MI carro, y con MI patio donde MIS hijos pueden jugar tranquilamente.

Hoy, Estados Unidos es un país de suburbios. La mayor parte de la población vive afuera de las ciudades, en estos fraccionamientos hechos en serie. Es parte del sueño americano tener su auto, su trabajo por horas, y su casa en los suburbios.

Pero hace poco salió un estudio médico, donde da cuenta de que los habitantes de los suburbios padecen más enfermedades que el resto de la gente. Males cardiacos, tensión, artritis, dolores de cabeza, cansancio, y hasta desequilibrios psicológicos.

Los investigadores lo atribuyen a que los suburbanitas son más gordos, hacen poco ejercicio (usan el carro hasta para ir a comprar leche a la tienda de la esquina) y se pasan largos ratos en las autopistas, camino al trabajo y de regreso.

De hecho, se dice una persona que vive en un suburbio, tendría la misma salud que otra persona cuatro años mayor que viva en una ciudad.

En síntesis, los suburbios no fueron hechos para la gente, a una escala humana, dicen. Las distancias enormes y lo aislado tienen a afectar el estado mental de las personas, según los psicólogos.

Pero la gente sigue yéndose a los suburbios. Entre más lejos de la ciudad, mejor. Hoy en día somos los inmigrantes hispanos los que hemos llegado a los suburbios cada día más, y compramos casas en zonas construídos en los años cincuentas y sesentas.

No importa qué digan los críticos: No hay sensación mayor de triunfo, de realización, que la que tiene un inmigrante que fue campesino pobre en México, donde vivía en una chocita con suelo de tierra, cuando logra hacerse de su casita con jardín y cochera. En los suburbios.

A pesar de lo que digan, siempre es difícil terminar con un mito.

E-mail: cfzap@yahoo.com

"Sí, los trabajos de inmigrantes son peligrosos, pero tenemos que comer"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - José casi había terminado su trabajo, pintando la cocina de la nueva casa.
Como inmigrante mexicano en Texas, José había encontrado chamba como pintor, y se especializaba en casas. Aquél día en particular, debía tener más cuidado que otras veces, porque la pintura era especial: Muy inflamable.

"No fumes, ni enciendas nada, porque puede ser peligroso", le habían advertido, y José tuvo cuidado.

Pero no habían advertido nada a los demás trabajadores. Juan, un amigo, llegó a verlo a la cocina, donde José le daba los últimos retoques a la pintura.

Juan vio las luces apagadas, y tras saludar a su amigo, se acercó al botón. "¿Porqué estás a oscuras?"

José apenas pudo voltear una fracción de segundo, antes de gritar... pero era demasiado tarde.
El apagador, al encender, causó la chispa eléctrica necesaria para iluminar la habitación. Una chispa mínima, pequeña... pero suficiente para detonar los vapores flamables de la pintura fresca.

Media casa voló en pedazos.

Nunca encontraron todo el cuerpo de José, sólo partes. A su amigo Juan le fue peor: lo único que los investigadores rescataron, fue una mano. Esa mano con la que encendió la luz.
Y ni siquiera era la mano completa, solo la piel: Estaba tirada allí, en el piso, como un guante macabro, sin la carne ni los huesos de adentro.

Terrorífico como suena, este espantoso accidente no es raro en Estados Unidos. Día a día, miles de trabajadores inmigrantes hispanos mueren en sus labores.

Rogelio es otro caso. Aunque no murió, sí quedó inválido de por vida.

Rogelio tenía un año trabajando en una constructora, le pagaban bien y estaba a gusto.

"Hasta un día en que se soltó una grúa", recuerda. Uno de los gigantescos cables de metal de la maquinaria se soltó sin control.

Todo fue muy rápido. El cable se acercó a Rogelio, quien corría a ponerse a salvo, y le dió un latigazo por atrás.

En un instante, le partió la espalda.

Confinado a una silla de ruedas, sin poder trabajar y con una familia qué mantener, Rogelio se pasó el siguiente año de tribunal en tribunal, peleando su compensación. Sin mucho éxito.

Según datos del Departamento del Trabajo de Estados Unidos, las muertes de inmigrantes en accidentes laborales han aumentado el 53% de 1992 al año 2000. Es una cifra enorme, si se toma en cuenta que entre los trabajadores no hispanos la cifra ha bajado 10% en el mismo periodo.

Luis era un jovencito potosino que había viajado a Estados Unidos para mantener a su mamá. La muerte del padre, un jornalero, casi los sumió en la desesperación.

Tras recibir la bendición de su madre, Luis decidió emigrar. Era la única salida para salir de la pobreza en su ranchería. Como pudo, y tras un largo trayecto cruzando el río Bravo y el chaparral texano, el jovencito de 19 años logró llegar a Dallas.

Corrió con suerte: A las pocas semanas lo contactaron con un amigo que trabajaba en una granja, en Louisiana.

Pero hasta allí se le acabó la buena estrella a Luis. Un día, mientras trabajaba debajo de un tractor, revisando algo que se la había atorado, el gato hidráulico que sostenía el aparato cedió.
Luis murió aplastado.

Lo último que se supo fue que los dueños del rancho estaban contactando al consulado mexicano, para arreglar el traslado del cadáver aplastado de Luis de regreso con su mamá, en San Luis Potosí.

"Era excelente persona, muy trabajador", recordaba uno de los dueños del rancho. "Es una lástima, tan joven".

La falta de experiencia, y a veces hasta la ignorancia del idioma inglés, han sido motivo de muchos de los accidentes que matan cada año a cientos de trabajadores inmigrantes.
Porque, ¿qué se puede esperar de un jovencito que llega de un rancho, con educación apenas de primaria (y a veces ni eso)? Muchos, por lograr la chamba, mienten y aseguran que saben del trabajo, cuando no es así.

Sobre todo, tiene qué ver qué clases de trabajos llegan haciendo los paisanos: Generalmente en el campo, pero casi siempre en la construcción. Casualmente, son éstos trabajos los que tienen más índice de accidentes fatales: Aproximadamente el 20% de todos los accidentes laborales en Estados Unidos.

Son trabajos peligrosos. Muy arriesgados. Y son los inmigrantes mexicanos e hispanos los que casi siempre toman esos empleos.

No porque los paisanos sean aventados, ni les "muy machos". No, lo hacen por necesidad. Porque son los trabajos que casi nadie quiere.

Cuando los inmigrantes no son albañiles, techeros, o ladrilleros, generalmente toman trabajos en el campo, en granjas. O en fábricas. Y allí también hay muchos riesgos.

"Míreme las manos, mírelas", señalaba Isabel, una mujer pequeña, centroamericana, que se cubría los ojos con lentes oscuros y la cara con un pañuelo, por el sol. Mostraba sus manos manchadas de rosa, descarapeladas. Su cara también estaba igual, por eso la escondía.
"Es cosa de los químicos de la fábrica, nunca nos avisaron", relata. "Y como es un trabajo que nadie quería hacer..."

Pero son los trabajadores agrícolas los que se llevan las palmas en cuanto a problemas de salud, por causa de los pesticidas. Según la EPA, la agencia de protección al ambiente de Estados Unidos, unos 300 mil trabajadores agrícolas inmigrantes sufren de intoxicación por pesticidas cada año.

Y lo peor es que casi ninguno de ellos buscan tratamiento, por temor a ser reportados a Inmigración. Y para acabarla las empresas nunca los previenen, ni siquiera les informan nada.

Se han hecho campañas. Se ha concientizado gente. Se han realizado reportajes en televisión, prensa, radio. Se han levantado demandas millonarias. Se han interpuesto multas contra las empresas... y sin embargo el problema sigue creciendo.

"Viera cómo quedó, todo tasajeado", recordaba un trabajador al relatar el accidente que le cobró la vida a un compañero. "Él estaba en un andamio, y un amigo abajo traía la pistola de clavos. En esa que se le dispara sin querer."

Los clavos, filosos y con la fuerza de una bala, salieron disparados al aire, atravesando al trabajador mexicano del andamio desde la ingle.

Y a pesar de los riesgos, los paisanos siguen aceptando esos trabajos difíciles, duros y peligrosos. Que nadie quiere.

¿El motivo? Es muy sencillo: Porque no tienen de otra.

"Tenemos que trabajar", se encogía Rogelio de hombros, desde su silla de ruedas. "Nuestra familia tiene que comer."

Pero como para atenuar el decepcionante panorama, terminó con una frase optimista:
"Dios siempre nos ayudará".

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