viernes, agosto 27, 2004

"Lo sentimos, pero su hijo no puede estar en esta escuela, por ser mexicano"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Gonzalo Méndez era un granjero mexicano que vivía en el condado de Orange, California, cerca de la ciudad de Los Ángeles.

Gonzalo y su esposa, Felicitas, creyeron haber hecho realidad su sueño americano aquél día de 1944, cuando consiguieron que un agricultor japonés les rentara su granja. Gonzalo quería trabajarla, y criar a sus hijos en sanamente, en el bello pueblo de Westminster, California.

El propietario japonés les rentó la granja a la pareja de hispanos no porque lo deseara, sino que en aquellos años, con la Segunda Guerra Mundial en su apogeo, un sentimiento racista se había extendido contra los asiáticos en todo Estados Unidos. Muchos japoneses fueron despojados de sus bienes, y enviados a campos de concentración, por considerarlos "enemigos".

Estos "enemigos" incluían a los hijos chiquitos nacidos en Estados Unidos, a pesar de ser ciudadanos americanos.

Para evitar perder su granja, el agricultor prefirió rentarsela a los Méndez, quienes se sintieron afortunados. La suerte les sonreía, y era el inicio de una nueva vida para la familia.

El futuro pintaba bien para los niños Méndez en aquél tranquilo escenario de la aún campirana California de los cuarentas.

Todo parecía ir de maravilla. Hasta que a Gonzalo se le ocurrió ir a inscribir a su hija Sylvia, de 8 años, a la escuela de la Calle 17 (17th Street School) de Westminster.

Allí comenzaron sus problemas.
"Su hija no puede acudir a esta escuela", le dijeron a Gonzalo, tajantemente.

Confundido, Gonzalo hizo la pregunta obvia: "¿Porqué?".

La respuesta fue sencilla: La niña era "mexicana". Y esa escuela era para anglos. Para niños "blancos". Que hablaban sólo inglés, nada de español.

Esto a pesar de que los Méndez eran ciudadanos americanos de nacimiento, y que hablaban inglés.

En cambio, los directivos de la Escuela de la Calle 17 le ofrecieron una opción: Inscriba a su hija en la Primaria Lincoln. Estaba en el mismo terreno que la escuela "blanca" (de hecho, ambos planteles compartían el mismo patio de juegos, aunque a distinta hora), y le aseguraron que allí la niña iba a estar "mejor".

La escuela Lincoln era "mexicana". Todos los alumnos eran hijos de mexicanos: Morenitos, con rasgos indígenas o españoles (o ambos). Hablaban español. Allí Sylvia iba a estar mejor, le aseguraron a Gonzalo.

Lo que no le dijeron es que la escuela Lincoln era más vieja que la otra. El edificio estaba descuidado. Los pupitres, mobilario y libros eran desechos de la escuela "blanca" (cuyos alumnos tenían todo nuevo). Incluso dicen que los maestros eran peor pagados que sus colegas "anglos".

El nivel educativo era peor. Todo lo bueno, y lo nuevo se lo daban a la escuela "blanca".

Esa era la norma en la California de los cuarentas, y de hecho en todo Estados Unidos. Era común, siempre había sido así. No era raro ver letreros en negocios donde se prohibía la entrada a "Negros, mexicanos y perros".

Los mexicanos tenían sus escuelas "especiales". Alejados de los niños anglos, para evitar que su "incapacidad" de hablar inglés "retrasara" el aprendizaje de todos.

El pecado aparente de estos niños era hablar español. Estaba prohibidísimo hablar ese idioma "horrible" en ese entonces. Aún hoy el día hay ancianos mexico-americanos que recuerdan cómo sus maestros los agarraban a reglazos por hablar el "idioma de los esclavos". De hecho, esto contribuyó a que muchos hispanos de aquella generación perdieran el idioma: Fue por presión, no por decisión. Y claro, a punta de reglazos a cualquiera le hacen olvidar hasta su nombre. Imagínese a un niñito.

Pero esa situación era "normal", por lo que nadie protestaba. Mucho menos los mexicanos. La mayoría aceptaba el hecho, no hacía ruido, y dejaba las cosas seguir por su curso. Indefinidamente.

Pero no Gonzalo.

El granjero pudo haber reaccionado sumisamente. Pudo haber dejado el asunto por considerarlo sin importancia, y dedicarse a su trabajo. Pudo incluso haber pensado: "Bueno, mi hija es niña. ¿Qué importa dónde estudie, si se va a casar y su esposo la va a mantener?" .Como mucha gente de México pensaban en ese entonces. (¡Y aún ahora!).

No, Gonzalo ni hizo eso. En cambio, sí se enojó. Se indignó. Se puso furioso.

No porque fuera ajeno a la discriminación: Tanto él como su esposa Felicitas (nacida en Puerto Rico) la habían padecido desde siempre. Se habían acostumbrado, y aún así, habían logrado avanzar, prosperar.

Pero esto era distinto: A ellos, los podían discriminar, no importaba. Pero a su hija, una niñita inocente de ocho años, nunca. Es la reacción normal de cualquier padre de familia.
Sylvia no podía ser discriminada por su origen. Y menos en su propio país.

Gonzalo no se iba a quedar cruzado de brazos. Salió de esa escuela furibundo y comenzó a llamar a sus amigos, a sus vecinos, y a todo conocido mexicano e hispano que vivía en el condado de Orange. Todos tenían hijos a quienes les prohibieron entrar a las mejores escuelas, por no ser "blancos". Por ser mexicanos.

Algunos de estos padres acababan de regresar de combatir por Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y habían sido condecorados. Eran héroes de guerra. ¿Y así les pagaban?

"Si los mexicanos somos buenos para ir a la guerra y luchar junto a los anglos, ¿porqué no somos lo suficientemente buenos para que nuestros hijos vayan a las mismas escuelas que los anglos?", se preguntaban.

Acordaron que ya estaban hartos de la situación, que había qué hacer algo. ¿Pero qué?

Los Méndez y sus amigos no hicieron protestas. No llevaron pancartas, no gritaron consignas, no hicieron plantones, ni se declararon en huelga de hambre. Nunca gritaron: "¡El pueblo...Unido... Jamás será vencido!", ni quemaron banderas americanas.

(Aparte, porque seguramente la Policía les hubiera caído a macanazo despiadado, antes de echarlos a la Migra.)

No, su estrategia fue muy simple, pero demoledora: Entre todos, juntaron dinero para contratar un abogado. Y metieron una demanda por discriminación contra el Distrito Escolar de Westminster ante las cortes.

En 1945 el caso Méndez vs. Westminster llegó a juicio. Ante el podio, los directivos escolares, maestros y funcionarios no pudieron justificar el motivo por el que los niños "mexicanos" "debieran" estar en una escuela separada. Hablaban inglés. Y los que no, lo aprendían rapidísimo... siempre y cuando los incluyeran en una clase de niños anglos.

La decisión del juez Paul McCormick, en Los Ángeles, fue clara: Los niños mexicanos y latinos no tenían porqué ser discriminados. Podían asistir a cualquier escuela que quisieran, y los directivos no tenían derecho a prohibirles inscripción.

Los Méndez habían ganado. Pero no por mucho tiempo: Los directivos escolares no iban a permitir que los niños mexicanos entraran a sus escuelas tan fácilmente, por lo que apelaron la decisión ante la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, en San Francisco.

Pero allí también les fue como en feria a los directivos. La corte federal ratificó la decisión del primer juez: Los niños mexicanos de California tienen igual derecho que los demás de asistir a cualquier escuela. Lo garantiza la Constitución. Punto.

Hoy en día, a casi 60 años de distancia, el caso Méndez no es muy conocido. Sin embargo, es importante no solo para los derechos hispanos en Estados Unidos, sino para todos: Fue el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima Brown vs. Buró de Educación, que acabó definitivamente con la segregación de los negros en las escuelas a nivel nacional.

Sylvia, la niñita "mexicana" a la que no dejaron entrar a la escuela de "gringos" aún vive en California, y pasa su tiempo dando conferencias y visitando escuelas para impulsar la lucha por los derechos civiles, no solo de los hispanos sino de todo mundo.

¿Y sus papás? Gonzalo falleció cuando apenas tenía 51 años, en 1964, lamentando que nadie nunca reconociera la lucha de la familia por los derechos de los alumnos hispanos. Pero Felícitas, su viuda, vivió lo suficiente como para ver que, en 1998, se nombrara una nueva escuela secundaria en su honor: The Gonzalo and Felicitas Mendez Fundamental School.

La escuela está ubicada en Santa Ana, Condado Orange, California, a poca distancia de la escuela donde los Méndez fueran discriminados.

La pareja Méndez vivió en una época difícil para los hispanos. Mucho más difícil que ahora. Pero no se dejaron. Pelearon por sus derechos, pero inteligentemente: Usando los canales, las mismas armas que los "anglos". Y ganaron.

Desafortunadamente, la segregación racial continúa en Estados Unidos, aunque no como política oficial: La mayoría de las escuelas públicas de Texas, California, Arizona y Nuevo México tienen un 95 por ciento de alumnos mexicanos. Mientras que los anglos se inscriben en sus escuelas privadas, blancas y caras.

Ahora la segregación es económica, no política.

Pero el caso Méndez tiene su trascendencia. Y además, sirvió para comprobar la estrategia que un méxico-americano me explicó años atrás con contundente simpleza:
"En este país, si te preparas, y nunca te callas la boca, llegarás muy lejos".

E-mail: cfzap@yahoo.com

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