viernes, agosto 27, 2004

"Lo sentimos, pero su hijo no puede estar en esta escuela, por ser mexicano"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Gonzalo Méndez era un granjero mexicano que vivía en el condado de Orange, California, cerca de la ciudad de Los Ángeles.

Gonzalo y su esposa, Felicitas, creyeron haber hecho realidad su sueño americano aquél día de 1944, cuando consiguieron que un agricultor japonés les rentara su granja. Gonzalo quería trabajarla, y criar a sus hijos en sanamente, en el bello pueblo de Westminster, California.

El propietario japonés les rentó la granja a la pareja de hispanos no porque lo deseara, sino que en aquellos años, con la Segunda Guerra Mundial en su apogeo, un sentimiento racista se había extendido contra los asiáticos en todo Estados Unidos. Muchos japoneses fueron despojados de sus bienes, y enviados a campos de concentración, por considerarlos "enemigos".

Estos "enemigos" incluían a los hijos chiquitos nacidos en Estados Unidos, a pesar de ser ciudadanos americanos.

Para evitar perder su granja, el agricultor prefirió rentarsela a los Méndez, quienes se sintieron afortunados. La suerte les sonreía, y era el inicio de una nueva vida para la familia.

El futuro pintaba bien para los niños Méndez en aquél tranquilo escenario de la aún campirana California de los cuarentas.

Todo parecía ir de maravilla. Hasta que a Gonzalo se le ocurrió ir a inscribir a su hija Sylvia, de 8 años, a la escuela de la Calle 17 (17th Street School) de Westminster.

Allí comenzaron sus problemas.
"Su hija no puede acudir a esta escuela", le dijeron a Gonzalo, tajantemente.

Confundido, Gonzalo hizo la pregunta obvia: "¿Porqué?".

La respuesta fue sencilla: La niña era "mexicana". Y esa escuela era para anglos. Para niños "blancos". Que hablaban sólo inglés, nada de español.

Esto a pesar de que los Méndez eran ciudadanos americanos de nacimiento, y que hablaban inglés.

En cambio, los directivos de la Escuela de la Calle 17 le ofrecieron una opción: Inscriba a su hija en la Primaria Lincoln. Estaba en el mismo terreno que la escuela "blanca" (de hecho, ambos planteles compartían el mismo patio de juegos, aunque a distinta hora), y le aseguraron que allí la niña iba a estar "mejor".

La escuela Lincoln era "mexicana". Todos los alumnos eran hijos de mexicanos: Morenitos, con rasgos indígenas o españoles (o ambos). Hablaban español. Allí Sylvia iba a estar mejor, le aseguraron a Gonzalo.

Lo que no le dijeron es que la escuela Lincoln era más vieja que la otra. El edificio estaba descuidado. Los pupitres, mobilario y libros eran desechos de la escuela "blanca" (cuyos alumnos tenían todo nuevo). Incluso dicen que los maestros eran peor pagados que sus colegas "anglos".

El nivel educativo era peor. Todo lo bueno, y lo nuevo se lo daban a la escuela "blanca".

Esa era la norma en la California de los cuarentas, y de hecho en todo Estados Unidos. Era común, siempre había sido así. No era raro ver letreros en negocios donde se prohibía la entrada a "Negros, mexicanos y perros".

Los mexicanos tenían sus escuelas "especiales". Alejados de los niños anglos, para evitar que su "incapacidad" de hablar inglés "retrasara" el aprendizaje de todos.

El pecado aparente de estos niños era hablar español. Estaba prohibidísimo hablar ese idioma "horrible" en ese entonces. Aún hoy el día hay ancianos mexico-americanos que recuerdan cómo sus maestros los agarraban a reglazos por hablar el "idioma de los esclavos". De hecho, esto contribuyó a que muchos hispanos de aquella generación perdieran el idioma: Fue por presión, no por decisión. Y claro, a punta de reglazos a cualquiera le hacen olvidar hasta su nombre. Imagínese a un niñito.

Pero esa situación era "normal", por lo que nadie protestaba. Mucho menos los mexicanos. La mayoría aceptaba el hecho, no hacía ruido, y dejaba las cosas seguir por su curso. Indefinidamente.

Pero no Gonzalo.

El granjero pudo haber reaccionado sumisamente. Pudo haber dejado el asunto por considerarlo sin importancia, y dedicarse a su trabajo. Pudo incluso haber pensado: "Bueno, mi hija es niña. ¿Qué importa dónde estudie, si se va a casar y su esposo la va a mantener?" .Como mucha gente de México pensaban en ese entonces. (¡Y aún ahora!).

No, Gonzalo ni hizo eso. En cambio, sí se enojó. Se indignó. Se puso furioso.

No porque fuera ajeno a la discriminación: Tanto él como su esposa Felicitas (nacida en Puerto Rico) la habían padecido desde siempre. Se habían acostumbrado, y aún así, habían logrado avanzar, prosperar.

Pero esto era distinto: A ellos, los podían discriminar, no importaba. Pero a su hija, una niñita inocente de ocho años, nunca. Es la reacción normal de cualquier padre de familia.
Sylvia no podía ser discriminada por su origen. Y menos en su propio país.

Gonzalo no se iba a quedar cruzado de brazos. Salió de esa escuela furibundo y comenzó a llamar a sus amigos, a sus vecinos, y a todo conocido mexicano e hispano que vivía en el condado de Orange. Todos tenían hijos a quienes les prohibieron entrar a las mejores escuelas, por no ser "blancos". Por ser mexicanos.

Algunos de estos padres acababan de regresar de combatir por Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y habían sido condecorados. Eran héroes de guerra. ¿Y así les pagaban?

"Si los mexicanos somos buenos para ir a la guerra y luchar junto a los anglos, ¿porqué no somos lo suficientemente buenos para que nuestros hijos vayan a las mismas escuelas que los anglos?", se preguntaban.

Acordaron que ya estaban hartos de la situación, que había qué hacer algo. ¿Pero qué?

Los Méndez y sus amigos no hicieron protestas. No llevaron pancartas, no gritaron consignas, no hicieron plantones, ni se declararon en huelga de hambre. Nunca gritaron: "¡El pueblo...Unido... Jamás será vencido!", ni quemaron banderas americanas.

(Aparte, porque seguramente la Policía les hubiera caído a macanazo despiadado, antes de echarlos a la Migra.)

No, su estrategia fue muy simple, pero demoledora: Entre todos, juntaron dinero para contratar un abogado. Y metieron una demanda por discriminación contra el Distrito Escolar de Westminster ante las cortes.

En 1945 el caso Méndez vs. Westminster llegó a juicio. Ante el podio, los directivos escolares, maestros y funcionarios no pudieron justificar el motivo por el que los niños "mexicanos" "debieran" estar en una escuela separada. Hablaban inglés. Y los que no, lo aprendían rapidísimo... siempre y cuando los incluyeran en una clase de niños anglos.

La decisión del juez Paul McCormick, en Los Ángeles, fue clara: Los niños mexicanos y latinos no tenían porqué ser discriminados. Podían asistir a cualquier escuela que quisieran, y los directivos no tenían derecho a prohibirles inscripción.

Los Méndez habían ganado. Pero no por mucho tiempo: Los directivos escolares no iban a permitir que los niños mexicanos entraran a sus escuelas tan fácilmente, por lo que apelaron la decisión ante la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, en San Francisco.

Pero allí también les fue como en feria a los directivos. La corte federal ratificó la decisión del primer juez: Los niños mexicanos de California tienen igual derecho que los demás de asistir a cualquier escuela. Lo garantiza la Constitución. Punto.

Hoy en día, a casi 60 años de distancia, el caso Méndez no es muy conocido. Sin embargo, es importante no solo para los derechos hispanos en Estados Unidos, sino para todos: Fue el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima Brown vs. Buró de Educación, que acabó definitivamente con la segregación de los negros en las escuelas a nivel nacional.

Sylvia, la niñita "mexicana" a la que no dejaron entrar a la escuela de "gringos" aún vive en California, y pasa su tiempo dando conferencias y visitando escuelas para impulsar la lucha por los derechos civiles, no solo de los hispanos sino de todo mundo.

¿Y sus papás? Gonzalo falleció cuando apenas tenía 51 años, en 1964, lamentando que nadie nunca reconociera la lucha de la familia por los derechos de los alumnos hispanos. Pero Felícitas, su viuda, vivió lo suficiente como para ver que, en 1998, se nombrara una nueva escuela secundaria en su honor: The Gonzalo and Felicitas Mendez Fundamental School.

La escuela está ubicada en Santa Ana, Condado Orange, California, a poca distancia de la escuela donde los Méndez fueran discriminados.

La pareja Méndez vivió en una época difícil para los hispanos. Mucho más difícil que ahora. Pero no se dejaron. Pelearon por sus derechos, pero inteligentemente: Usando los canales, las mismas armas que los "anglos". Y ganaron.

Desafortunadamente, la segregación racial continúa en Estados Unidos, aunque no como política oficial: La mayoría de las escuelas públicas de Texas, California, Arizona y Nuevo México tienen un 95 por ciento de alumnos mexicanos. Mientras que los anglos se inscriben en sus escuelas privadas, blancas y caras.

Ahora la segregación es económica, no política.

Pero el caso Méndez tiene su trascendencia. Y además, sirvió para comprobar la estrategia que un méxico-americano me explicó años atrás con contundente simpleza:
"En este país, si te preparas, y nunca te callas la boca, llegarás muy lejos".

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viernes, agosto 20, 2004

Estados Unidos no lo está esperando a Ud. con los brazos abiertos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Hay un tema del que casi nadie habla, cuando se trata el asunto de los inmigrantes en Estados Unidos.

Siempre se habla de los que se encumbraron. Los que "la hicieron". Los "mojados acaudalados", como mencionamos en otra columna.

Pero nunca se menciona a los que no "la hicieron". Los que se tuvieron que regresar por no haberse llenado de dólares.

Los que nunca encontraron "el sueño americano".

Estos casos son reales. Tanto, como esas historias del "mojado acaudalado" que tanto escuchamos en corridos o en los medios.

Por cada "Rey del Tomate", hay mil "Plebeyos del Tomate", aquellos que tras pasar sudores, esfuerzos, y partirse la espalda para triunfar en la pizca (o en la limpieza, en la construcción, etc.), debió regresarse a México -deportado o por su propia voluntad -sin un quinto.

A algunos les va hasta peor: Regresan heridos, con lesiones laborales productos de caídas, golpes, o simple desgastamiento físico.

Otros aún peor, vuelven con los tenis por delante, en una caja. Eso cuando no los entierran en fosas comunes en Texas o California, sin nadie que los reclame.

No a todos les va bien en Estados Unidos.

Recientemente hemos recibido muchos mensajes de lectores haciendo la misma pregunta: "Oiga, ¿cómo ve si yo me voy a Estados Unidos? ¿Cree que me va a ir bien?".

Son muchas cartas similares. Y casi todas estas justifican su deseo de venir a Estados Unidos con los mismos argumentos: "Yo soy licenciado de tal". O contador, o gerente, o artista. O incluso obreros, niñeras, albañiles, o vaya usted a saber qué.

Lo que en verdad me quieren decir, es: "Puedo contribuír con mi enorme conocimiento a la grandeza de Estados Unidos".

(Léase: "Seguramente los gringos están ansiosos de contratarme".)

Yo no podría responder cómo le iría a usted si se viniera a Estados Unidos. A duras penas puedo saber cómo me va a mí. (Y a veces ni eso.) Cada caso es distinto.

A todas esas personas que me escriben o me preguntan, lamentablemente, les respondo lo mismo. Una realidad absoluta, de la que todos los latinoamericanos debemos estar conscientes si queremos emigrar:

En Estados Unidos, NADIE lo está esperando a usted.

Es más, ni siquiera saben que existe. Ni les importa. Y aunque sepan que existe, de todas maneras no espere verlos ansiosos de que venga a este país.

Nunca lo esperarán con los brazos abiertos.

(A menos, claro, que usted tenga amigos o parientes acá, que le den la mano. Pero esos casos son muy especiales. Son la excepción, y a ésos no me refiero aquí.)

Suena duro, suena triste, suena desesperanzador, cierto. Pero es la realidad.

Un lector me criticó porque, a su parecer, al escribir una columna pasada sobre el costo de la vida en Estados Unidos, estaba "desbaratando las esperanzas" de muchos potenciales inmigrantes.

Lo lamento. Pero yo no escribí la realidad. Simplemente me limito a recitarla. Para que se conozca, para que no queden dudas.

Prefiero pecar de desesperanzador, a recitar maravillas (falsas) para incitar a más mexicanos a arriesgar su vida cruzando la frontera.

No me gustaría que culpa de esta columna, uno de esos "esperanzados" se muera en el desierto, añorando la vida idealizada que leyó aquí. Una vida que no tiene nada de fácil, ni de maravillosa.

No, prefiero decir la verdad. O dar el lado negativo, para que sepan a lo que se enfrenta uno por aca.

Tampoco me gusta que piensen que soy enemigo de la vida en este país. Estados Unidos no es el Gran Satán, ni el Enemigo Número 1 de Latinoamérica, ni una nación de delincuentes ni imperialistas, como algunos quieren decir. No todo es malo aca, hay muchas cosas buenas. Mucha gente maravillosa, amable, decente. No es el infierno que nos quieren pintar los izquierdistas.

De hecho, la vida es muy buena para millones de inmigrantes, quienes han logrado en Estados Unidos el progreso y bienestar que nunca hubieran encontrado en sus países. Y esto también es la realidad.

Pero siempre hay que esperar lo mejor, pero preparados para lo peor.

Hay que estar claros que el "American Dream" (o sueño americano) tiene un costo. Y un costo altísimo. Y no todos tenemos la misma madera, el mismo aguante, para pagarlo.

¿Que usted es profesionista? ¿Contador? ¿Licenciado, médico, diseñador, periodista? Magnífico. ¿Que ha cosechado premios, reconocimientos, nominaciones? Excelente.

Pero eso no le garantiza el éxito en Estados Unidos. Vaya, ni siquiera le garantiza un empleo aca, mucho menos una visa de trabajo ante su gobierno.

Acuérdese que, de venir, tendrá que competir con miles de otras personas con sus mismas credenciales (o mejores) por los puestos de empleos. Personas que estudiaron aca, que hablan inglés perfecto, que conocen el país. ¿Contadores? En Estados Unidos cada año egresan miles de ellos, extremadamente bien preparados. ¿Médicos? Igual. ¿Ingenieros? Ni se diga.

Un profesionista latinoamericano promedio siempre estará en total desventaja. Por donde se le vea (excepto, quizá, si es totalmente bilingüe).

Y si los profesionistas se las van a ver duras, imagínese cómo le puede ir a un inmigrante con estudios de primaria, sin hablar inglés ni conocer el país.

Ahora, esto no significa que a usted en particular le vaya a ir mal. ¿Quién sabe? A la mejor usted corre con suerte. A la mejor logra pasar la frontera fácil (con visa o sin ella). Quizá encuentre chamba rápido, a la mejor se halla con un jefe al que no le importe que usted no tenga papeles. Es hasta posible que este jefe lo quiera patrocinar para una residencia permanente.

A la mejor usted ya habla un inglés casi perfecto, y logra encumbrarse aún más que los propios gringos.

Es más, las personas que vienen a "doblar el lomo" tienen, en teoría, más oportunidades de empleo que alguien con título profesional. Porque abundan los trabajos de limpieza, de agricultura, de construcción. En cambio, las chambas de abogado, ingeniero, médico, aunque bien pagadas, son escasísimas y muy restringidas. Hay que sacar licencias, revalidar materias, y todo eso cuesta caro.

(Por eso no son pocos los profesionistas que terminan agarrando la escoba o se van a poner ladrillos. Para poder comer.)

En síntesis, le puede ir muy mal, pero todo puede suceder. Hay inmigrantes que han superado obstáculos enormes, peores que los que usted jamás pudiera encontrar. Y han triunfado.

A estos inmigrantes los admiramos. Pero los admiramos precisamente porque lo que hicieron es "admirable", no de todos los días. Como los santos, los veneramos precisamente porque el resto de los mortales nunca podremos ser como ellos.

En Estados Unidos hay 20 mil razones por las que usted puede triunfar. Un país que es la primera potencia mundial, con la economía más desarrollada en la historia del planeta. Donde hay innovación, donde se premia la perseverancia, el ingenio.

Pero al mismo tiempo, también hay otras 20 mil razones por las que usted puede fracasar (ó 30 mil, 40 mil, 80 mil, o más). Y esto hay que tomarlo muy en cuenta.

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viernes, agosto 13, 2004

¡Que la Migra se lleve a estos "inmigrantes"!

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Iba yo el otro día manejando tranquilamente, cuando una camioneta (un troconón, más bien: doble rodada, cabina extendida, llantas anchas) me pasó corriendo.

Qué corriendo, volando.

No se fijó que yo iba adelante. Más bien no se fijó que nadie iba ni adelante, ni atrás, ni en medio. Casi me voltea en mi carrito al "cerrarse". Y de paso, casi hace chocar a dos automóviles que iban por las calles perpendiculares.

El conductor iba con música mexicana a todo volumen ("pa'que todos se enteren"). Eso no me molestó. Lo que sí me insultó fue que, al cruzar en su loca carrera, uno de los tipos que iba adentro soltó una lata de cerveza en la calle, a medio vaciar.

Iban a toda velocidad, zig-zagueando... y tomando cerveza. Y de pilón, ¡tirando basura en la calle!

Y lo peor es que eran "paisanos".

En esos momento, lo primero que pensé fue: "¡Dónde está la Migra ahora que la necesitamos!"

Lo reconozco, de momento estaba muy enojado. No debí haber pensado así, fue muy desconsiderado de mi parte, pero fue un reflejo. Los que conducían la camioneta seguramente eran mexicanos, aunque no sé si indocumentados. A la mejor hasta eran ciudadanos.

Vaya, seguramente ni se merecían que La Migra se los llevara. Nadie merece un trauma similar.

Sin embargo, el episodio me hizo recordar otras anécdotas similares en las que varios "paisanos" han hecho alarde de su desprecio total por la ley en este país, y causan verdaderas tragedias.

Como los que tiran balazos al aire cada fin de año. O los que manejan borrachos, o hacen escándalos en los edificios de departamentos. O los que agarran a sus esposas de "sparrings", o los que violan y matan a sus hijos. O aquellos que estafan y engañan a otros inmigrantes con promesas de arreglarles sus papeles.

Independientemente de en qué país esté uno, eso no se vale. Todos tenemos que respetar la ley. No para que nos den medallas, y digan ‘mira qué persona tan decente’, no: Simplemente para no perjudicar al prójimo.

No se trata ya de convertirnos en ciudadanos ejemplares, sino simplemente de seguir normas mínimas de comportamiento decente. Lo cual muchos inmigrantes, desafortunadamente hay que reconocerlo, no lo hacemos.

Por eso lo primero que pensé es que la Migra debe venir y llevarse a todas esas personas. Sin miramientos, ni contemplaciones.

Ya sé que me van a tachar de antiinmigrante. De antimexicano. De desconsiderado, de enemigo de "nuestra raza", de "pocho", etcétera, etcétera.

Déjenme por lo menos explicar mi actitud. Exponer mis argumentos.

Primero, no puedo ser antimexicano, porque soy mexicano. Mi hijo es mexicano, al igual que mi esposa, mis padres y hermanos. Muchos de los mejores amigos que tengo también lo son.

Ni aunque quisiera ser antimexicano lo lograría. Soy mexicano y muchos dicen que lo llevo en la sangre, en los genes. Hasta en mi cara se me ve.

Tampoco soy antiinmigrante. Como inmigrante, no puedo serlo. Sería ridículo, y falso. Sería como escupir al aire.

Pero hay que estar claros. Hay que dejar de engañarnos: NO todos los inmigrantes somos gente buena y trabajadora, como nos quieren insistir los líderes "comunitarios".

La inmensa mayoría sí lo somos, conste. Digamos, el 95 por ciento, el 99 por ciento tal vez, de los inmigrantes venimos a Estados Unidos a trabajar, a contribuír con este país. A criar una familia y enseñarles valores buenos. Somos personas decentes.

El problema es el 1 por ciento restante, esos que causan problemas. Aquellos que no tiene ni el más mínimo grado de orden. Y causan desastres a donde llegan.

Y lo peor es que al hacer sus desmanes, nos están perjudicando a todos los demás inmigrantes que vivimos aca. Porque los norteamericanos se imaginan que todos los "paisanos" somos como ellos.

Gente como esa no la necesitamos aquí, donde ya de por sí tenemos bastantes problemas. Vaya, ni siquiera los necesitan en México, ni en China.

Cuando digo que la Migra se deberían llevar a todos esos "paisanos", lo hago porque son problemáticos, no porque sean mexicanos o inmigrantes. Igual me gustaría que alguna Migra se llevara a los gringos delincuentes, a los asiáticos asesinos, a los negros inadaptados y a los sudamericanos tramposos. Esas personas no merecen vivir en ningún lado.

Ya sé lo que van a decir algunos: "Pobrecitos, tú no los comprendes. Son personas ignorantes, sin estudios. Nadie los educó, son víctimas del sistema, etcétera, etcétera". (La misma cantaleta demagoga del PRI).

Perdónenme: Conozco gente sin estudios, sin "educación", que son más educadas que yo. Conozco gente "ignorante" que obedece la ley, que se porta bien, que son valiosos para la comunidad.

Que no manejan camionetas como si fueran jets, al mismo tiempo que toman cerveza, ni llenan la calle de basura.

Dejémonos de mentiras: No se trata de ignorancia. Se trata de total desconsideración por los demás. Punto.

Yo menciono a los inmigrantes mexicanos porque soy mexicano, soy inmigrante, y mi gente me importa. Todos vamos en el mismo costal, aunque no nos guste. Aunque usted diga: "Momento, yo soy legal, soy sudamericano, soy decente, soy gente limpia", no importa. Para todos los demás, todos somos iguales a ellos.

Ser mexicano no significa que uno deba estar de acuerdo con TODO lo que todos los otros mexicanos hagan o digan. No significa que automáticamente debemos aprobar sus actitudes negativas, ni cobijar sus fechorías, si las cometen. Nada más porque son mexicanos.

Al contrario: A esos elementos negativos hay que denunciarlos para que los quiten de enmedio lo más pronto posible. Antes de que causen un mal mayor. No solo a los demás inmigrantes, sino a todas las personas de este país.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si "El Mochaorejas" se escapara de la cárcel y emigrara a Texas? ¿Habría que defenderlo? ¿Habría que enaltecerlo, como un "paisano" más, "víctima de las circunstancias" ¿Nada más porque es mexicano e inmigrante?

Yo creo que no. Un "Mochaorejas" inmigrante seguiría siendo un delincuente, que continuaría con sus desmanes donde fuera.

Decir que lo tenemos que defender por ser mexicano es tan tonto como decir que en México no hay delincuentes, o que todos los norteamericanos son transas.

Por eso, cada vez que veo un "paisano" que asesina, que roba, que viola, que secuestra, que provoca choques, que enluta familias... lo primero que pienso es "Que se lo lleve la Migra". Lo siento, pero así es.

En realidad, no me importa que sea La Migra quien se lo lleve, o la Policía, o el FBI o la CIA Lo que espero es que lo saquen de aquí, para que no pueda seguir haciendo daño.

¿Que soy gacho, ojete y despiadado? A la mejor. Pero no creo que tanto.

Porque si de verdad lo fuera, en vez de desear que se lo llevara la Migra, pediría que se los llevara la PGR, o la Policía Judicial.

O peor: La Migra mexicana.

Eso sí que sería verdaderamente despiadado de mi parte, ¿no cree usted?

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viernes, agosto 06, 2004

Los niños en Estados Unidos: Esos intocables

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Un famoso personaje de Disney fue llevado a juicio hace apenas días.
Se trata de Tigger, el tigrito anaranjado que sale en las caricaturas del oso Winnie Pooh.

¿El motivo? Una niña lo acusó ... de hacerle tocamientos inmorales.

Para ser justos, hay que aclarar que Tigger, la caricatura, no fue a corte. En cambio, el que sí se tuvo que sentar en el banquillo de los acusados fue Michael Chartrand, el hombre que se vestía del personaje en el parque de Walt Disney World, en Orlando, Florida.

Según la acusación, Chartrand habría acariciado indebidamente el pecho de la niña de 13 años cuando ésta se tomaba una foto con él, en el parque.

El juicio fue un escándalo. Más porque el abogado de Chartrand insistió en vestirlo de Tigger allí, en medio de la sala para probar que es prácticamente imposible siquiera ver bien con el enorme traje puesto. Mucho menos hacer tocamientos.

Al final, Chartrand fue absuelto, pues el jurado se dio cuenta de que la acusación era la excusa de la familia de la niña para demandar a Walt Disney por millones de dólares. Como ocurre con tantas demandas frívolas en Estados Unidos.

Pero el episodio me dejó pensando sobre la actitud que tienen los norteamericanos respecto a los tocamientos hacia los niños. No solamente los tocamientos indecentes, sino cualquier tocamiento: Son tabú.

Todos los pueblos del mundo están de acuerdo con que los niños son el tesoro más grande que poseen. Son su futuro, su alegría. Eso lo sabemos todos.

Pero en Estados Unidos, los niños tienen una característica extra, que no se da en el resto del mundo: Son intocables.

Intente usted, por ejemplo, tocar a un niño ajeno en público. No me refiero, claro, a tocamientos ilegales (esos están prohibidos donde sea).

No, me refiero solo a tocar un hombro, frotar el cabello o simplemente dar una palmadita en la espalda.

Si usted hace esto en Estados Unidos, podría ir a la cárcel.

Las autoridades norteamericanas están traumadas, con tantos casos de abusos físicos y sexuales contra los niños, que aplican una política de "cero tolerancia" para cualquier adulto que se atreva hacer tocamientos (cualquier tipo de tocamientos) a niños.

Cierto, sus razones tienen: Basta ver las noticias, los periódicos, para darse cuenta de lo común que son casos horripilantes de niños violados, golpeados, víctimas de abusos y hasta asesinados por adultos.

Lo peor es que los propios familiares están involucrados muchas veces en estos crímenes.

Toda esta situación ha causado una verdadera paranoia entre autoridades policiacas y escolares, a tal grado que cualquier persona que se le vea en público tocando a un niño es sospechoso de abuso, y a veces hasta reportado a la Policía.

La situación ha llegado a grados hasta ridículos:

"Hasta nosotros necesitamos tener mucho cuidado", comentaba Juanita, una maestra sudamericana, quien emigró años atrás y ahora trabaja en una escuela texana. "La primera regla que nos imponen al llegar a una escuela es que está estrictamente prohibido tocar a los alumnos."

El problema es grave, porque esta maestra, por ejemplo, tiene la clase de niños de pre-kinder, quienes a veces van al baño y no pueden abrocharse su pantalón o sus agujetas.

"Por más que nos pidan ayuda, nosotros tenemos prohibido por ley tocarlos", explica la maestra."A veces nos rompe el corazón, pero no podemos hacer nada. Si el niño le cuenta a sus papás, o sus amiguitos dicen que los tocamos, nos pueden despedir o hasta demandarnos penalmente".

Esta regla de "No tocar" es difícil para todos, pero sobre todo para los inmigrantes hispanos, pues nuestra cultura se basa mucho en el contacto físico para expresar nuestras emociones. Y vaya que somos emotivos.

"Nadie, nunca nadie los puede tocar", les enseñan los maestros a los niños desde los cuatro años, apenas al iniciar su escuela. Es la primera regla. Y añaden: "Ni siquiera sus amigos, ni sus maestros, ni tampoco sus papás. Si ven que alguien los toca donde no deben, llámenle a la Policía".

Yo como padre entiendo perfectamente la advertencia. Sobre todo en un país como este, donde uno se puede encontrar a un loco o pervertido en cada esquina (bueno, ¿en qué país no?).

Pero a veces la paranoia gringa por hacer las cosas "bien" o evitar tragedias llega a alcances ridículos. Como en el caso del Tigger de Disney.

Vaya, ni siquiera Santa Claus se salva.

"Debo tener mucho cuidado", opinaba en una entrevista reciente un hombre que lleva años vistiéndose de Santa Claus para un conocido mall en Dallas. "Cuando llegan niños o niñas a sentarse en mi regazo lo primero que hago es poner mis manos en un lugar visible."

De hecho, en su contrato con el mall está estipulado como regla básica que este Santa Claus debe salir en todas las fotos con sus manos visibles, si no puede ser despedido.

"Es culpa de los tiempos en que estamos viviendo, y lo entiendo. Pero no deja de ser triste, hasta cierto punto", se lamentaba el personaje.

Recuerdo que mi hijo Cesarito nos llegó a la casa un día, después de haber iniciado su pre-kínder.

Con la solemnidad que le daban sus cuatro años, nos anunció que de ahora en adelante, ya no lo podíamos tocar, "porque iba a tener que llamar a la Policía".

¿Cuál fue nuestra reacción como padres? Muy simple: Nos alarmamos.

Pero Esther, mi esposa, tomó el asunto por las riendas. Como siempre.

"Discúlpame", le dijo al niño, "pero nosotros sí vamos a tener que tocarte. Cuando vayas al baño, cuando te ayudemos a bañarte. Cuando te vayamos a vestir", le aclaró.

Es lo que deben hacer padres mexicanos, pensamos. Poner los puntos sobre las íes.

Pero luego reconsideramos. No queríamos confundir más al niño, así que explicamos: "Pero lo que te dijo la mestra está bien. Tú no debes dejar que nadie te toque, ni amigos ni familia. Y si alguien lo hace, dínos o dile a la maestra".

Después de todo, estamos en Estados Unidos. "A donde fueras..."

*****

Hablando de niños, quiero agradecer a toda la gente que ha escrito y llamado para saber más de la "Alerta Ámbar" (que tratamos en la columna de la semana pasada) y los posibles beneficios que traería su aplicación en México, como un arma contra los secuestradores. Sobre todo quiero agradecer a las periodistas Isabel Álvarez de Maria+Visión y a Carmen Aristegui de la XEW su esfuerzo por difundir la idea en México. Ojalá se pueda hacer más, para que también tengamos nuestra "Alerta Ámbar" y todos ayudemos a atrapar secuestradores. Aunque sólo sirva para salvar una vida, habrá más que valido la pena. Recuerde que esa vida pudiera ser la de su hijo, su esposa o su madre. O la suya propia.

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