viernes, julio 02, 2004

Un cuento chino: Los "otros" inmigrantes en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Un chiste cuenta que si cayera una bomba en el centro de Taiwán, 9 de cada 10 muertos serían dueños de empresa.

Según los entendidos, Taiwán es uno de los países donde la economía depende no de sus grandes corporaciones, o de inversiones extranjeras, sino del motorcito que significan los "changarros", los negocios chicos.

Basta con que alguien tenga una idea, invierta un dinero, posea visión, empuje y ganas para echar a andar un negocito. Y, las más de las veces, triunfar.

De hecho, según los expertos, son estos "changarritos" los que le han dado el poderío económico a buena parte de los "Tigres" de Asia. No las grandes corporaciones japonesas o coreanas, sino las empresas chiquitas, familiares.

Por eso tiene tanta importancia la pequeña empresa. Y los emigrantes asiáticos, en general, es a lo que aspiran cuando ponen un pie en Estados Unidos: Ser dueños de su propio negocio.

Claro, hay asiáticos que buscan la seguridad de un empleo, como todos. Hay otros que solo vienen a vivir de estampillas de alimento o a formar pandillas y mafia.

Pero la mayoría de ellos se distinguen por un empuje empresarial increíble.

Uno, como inmigrante latinoamericano ve a los inmigrantes asiáticos (chinos, vietnamitas, filipinos, coreanos) y no puede menos que admirar su desarrollo. Casi todos viven en mejores barrios, en promedio, que los latinos. Casi todos tienen un negocio, o poseen educación avanzada, que les permite aspirar a puestos más altos, generalmente en empresas de tecnología.

A veces vemos a esos inmigrantes y nos entra como envidia. Claro, decimos, ellos lo tienen más fácil. Llegan con papeles, con residencia. Quizá hasta de refugiados. Y eso ya les gana la mitad del camino: Tener seguro social y licencia de manejo es algo a lo que muchos inmigrantes latinos nunca podrán acceder legalmente, con las actuales leyes de Estados Unidos.

O sea, pensamos que los "chinitos" la han tenido muy fácil. Así hasta yo, decimos.

Pero basta escarbar un poco en las historias de esos inmigrantes para darse cuenta de que, detrás de ese "chinito" empresario, de esa "chinita" universitaria, que se codea con los gringos de la "high" y estudió en Harvard o Yale, se esconden las mismas historias por las que todo inmigrante pasa al llegar a este país: Esfuerzo, sufrimiento, y hasta discriminación.

Jessica, por ejemplo, es vietnamita. Es una mujer de 30 años, con estudios de maestría en pedagogía. Acaba de abrir una guardería en una de las zonas más exclusivas de Texas. No cualquier guardería, no: Es todo un centro pedagógico donde se aplican las últimas técnicas de enseñanza pre-escolar, con materias como música, arte y actividades que desarrollan el intelecto de los bebés.

Y claro, por esta atención cobra mucho dinero. Miles de dólares al año. Los cuales los padres del acomodado barrio de Frisco pagan sin chistar, porque saben que lo vale.

Uno ve a Jennifer que se desenvuelve como pez en el agua en ese ambiente de casas de 500 mil dólares y automóviles Lexus. Ella misma maneja un automóvil de lujo, y lleva una vida desahogada. Como a la que cualquier inmigrante desearía aspirar.

Pero no todo fue bonito siempre.

"Nunca fue fácil", recordaba Jessica en una entrevista reciente a un diario local. "Mi familia tuvo que huír de Vietnam en una balsa, dejamos todo en Saigón tras la llegada de los comunistas."

En alta mar, su frágil lancha fue interceptada por piratas, quienes les quitaron lo poco que tenían, aunque por fortuna no los mataron. En cambio, los dejaron varados en una isla, donde la familia debió sobrevivir como Robinson Crusoe durante cinco meses: A dieta de pescados, frutas y lo que pudieran encontrar.

Jessica tenía seis años y no lo olvida: "Cuando te ves obligada a hacer popó en un hoyo en el suelo, eso no lo olvidas fácilmente", recuerda amargamente.

Poco después, por fortuna, padres y niños (desnutridos, exhaustos, enflaquecidos y enfermos), fueron rescatados y enviados a un campo de refugiados en Filipinas, donde pasaron otros tres meses hasta que se les resolvió su situación jurídica. Estados Unidos les otorgó el estatus de refugiados.

Gracias esto la familia de Jessica llegó a Texas, un lugar tan extraño y exótico para ellos, que igual les hubiera dado ser enviados a otro planeta.

Jessica aún recuerda su primer día de escuela en una primaria de Irving, Texas. "No podía creer que a la hora del almuerzo nos llevaron a la cafetería y había comida. ¡Mucha comida! No recordaba haber visto nunca tanta comida junta", menciona sorprendida.

La chiquita ni permiso pidió. A empujones agarró de todo lo que encontró: Pizza, carne, pan, pastel, frutas y lo puso en su charola. La atiborró, como temiendo que se fuera a acabar.

Aprendió inglés. Logró estudiar. Fue la primera en su clase lo que le valió para una beca en Yale, se casó con un norteamericano y consiguió su sueño. Pero Jessica nunca olvidó sus orígenes.

A lo largo y ancho de Estados Unidos día a día se ven historias similares a la de Jessica: Inmigrantes asiáticos que llegan con una mano delante y otra detrás, y poco a poco logran, de la nada, reinventarse. Y nos dan a todos una lección de sobrevivencia.

Cuando no son empresarios, son profesionistas exitosos. Por su preparación, encuentran acomodo donde sea, a pesar de que su acento en inglés sea peor al nuestro.

Sandra, una amiga hondureña, recuerda que cuando trabajaba en una agencia de colocación de empleo, sus principales solicitantes eran mexicanos y asiáticos.

"Siempre que nos llegaba un empleo muy bueno, en una fábrica o empresa de tecnología, yo como hispana trataba de acomodar a uno de nuestra gente. Y me iba a los archivos a ver sus expedientes", recuerda Sandra.

"¡Pero no encontraba a nadie! Los hispanos no teníamos ni la preparación ni la experiencia que esos trabajos exigían", se lamentaba. "Y siempre terminaba dejando el archivero de los hispanos y me iba al de los 'chinitos', donde seguro encontraba al candidato para el puesto. Y ése era el que siempre se quedaba con él".

A pesar de sus increíbles éxitos, son pocos los asiáticos que de verdad triunfan. Poquísimos, de hecho. Por cada uno de ellos que "la hace", se quedan miles a mitad del camino. Algunos hasta la vida pierden en su esfuerzo por llegar a Estados Unidos.

Porque, si uno como mexicano sufre las de Caín por llegar a Estados Unidos (por el desierto o por el Río Bravo), imagínese lo que debe pasar una familia pobre en China o Vietnam.

Los periódicos han reportado casos horrorosos de inmigrantes chinos a los que los "coyotes" (asiáticos y mexicanos) les cobran hasta 20 mil dólares por pasarlos de "mojados" por la frontera de México. Muchos de ellos venden todo lo que tienen, o empeñan lo poco que les queda a sus familias para pagar la cuota.

Y muchos de ellos, la mayoría de hecho, ve truncados sus sueños al ser atrapado ya sea por 'La Migra' mexicana o la norteamericana. Y van pa' atrás, a comenzar de nuevo a tratar de juntar otros 20 mil dólares para intentarlo otra vez.

Los que sí logran entrar a Esatdos Unidos tampoco la tienen fácil: Tienen que enfrentarse a un esfuerzo quizá hasta doble del de nosotros los latinoamericanos. Llegan a un país totalmente extraño al suyo, extremadamente alejado, donde no entienden la cultura, ni el idioma. Vaya, ni siquiera el alfabeto.

A pesar de lo duro y difícil que nosotros la tenemos, hay tantos inmigrantes latinos aca, el español se habla tanto (hasta en la tele) que el sentimiento de lejanía nunca es tan devastador como ocurre con los asiáticos.

Y a pesar de todo eso, muchos se levantan. Y consiguen hasta éxitos mayores que uno.

Esas historias quizá los mexicanos las conocemos ya. No es raro ver el típico café de chinos en el DF, Guadalajara, Monterrey, Veracruz, Aguascalientes, Mérida y dónde no. Y todos esos migrantes que llegaron a México hace generaciones dejaron a sus hijos y nietos, quienes a pesar de sus ojos "jalados" son más mexicanos que el nopal.

El choque entre las culturas asiática y mexicana se sigue dando hoy en día. Pero al norte del Río Bravo.

A la vuelta de mi casa había un supermercado asiático. Era bastante grande, y tenía de todo: Carnes, verduras, frutas, refrescos... Vaya, hasta la música de fondo nos recordaba la serie de la Señorita Cometa.

Al supermercado asiático le iba muy bien. Y así fue durante años.

Luego, un día, llegó una familia mexicana al barrio. Y después otra, y otra.

Cuando los dueños acordaron, ya los asiáticos se habían mudado a barrios más al norte, fraccionamientos caros y nuevos, y los latinoamericanos habíamos ocupado sus antiguas casas.

Las ventas bajaron. Y el supermercado se vio obligado a meter chiles, tamales, horchata y hasta una taquería entre sus productos.

Cuando volví al supermercado noté que una estación hispana estaba transmitiendo en vivo desde allí. La música de tambora, Los Tigres y Los Bukis habían arrasado definitivamente con aquellas amelcochadas cancioncitas que me recordaban a la Cometa.

Caminando por los pasillos de la tienda, empujando mi carrito, noté un cambio: Las marcas chinas, japonesas, coreanas y vietnamitas habían dado espacio a Marinela, Bimbo, Tía Rosa, Doña María, Jarritos, Coronado, Mazola, Maseca y todo lo demás.

"¡Renovarse o morir!", declaró sonriente el bigotón carnicero, que me despachó una libra de picadillo. Él, como la música, era mexicano, y había llegado a sustituír al carnicero "chinito" que sólo despachaba pescados anteriormente.

Tuve sentimientos encontrados. Claro, estaba agradecido de que el supermercado fuera sensible a mis necesidades como consumidor. Que me trajera las cosas que yo compro, aquí, a la vuelta de la esquina. Que me vendiera todo eso que yo compraba en México, como si nunca me hubiera ido.

Había también, para qué no decirlo, un cierto orgullo "de raza". Los propios asiáticos habían reconocido la realidad, y decidieron darle la espalda a su propia gente, a sus consumidores de siempre, en favor de nosotros los mexicanos.

En más de un sentido, el cambiazo del supermercado era un símbolo, un testamento al "triunfo" de nuestra gente sobre los "chinitos".

Pero el sentimiento de orgullo me duró poco. Porque se me ocurrió, mientras pagaba en la caja, que en alguna elegante oficina de un barrio lujoso de Dallas, había un chinito multimillonario frotándose las manos.

Seguramente él estaba más que feliz de que los mexicanos sigamos llegando en tropel al barrio, a engordarle el bolsillo.

No sé, pero me dió la sensación de me estaban engañando como a un chino.

E-mail: cfzap@yahoo.com

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