jueves, julio 29, 2004

Alerta Ámbar: Millones de personas a la caza de secuestradores

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Amber Hagerman era una simpática niñita a quien le gustaba pasear en su bicicleta. A sus nueve años, era muy inteligente y dulce, y todos los que la conocían la querían.

Aquél día de 1996, Amber estaba paseando como siempre en su bicicleta, enfrente de su casa en Arlington, Texas, un tranquilo suburbio a medio camino entre Dallas y Fort Worth.

Entonces se acercó una camioneta pick-up que no parecía del vecindario. Un individuo bajó del vehículo y se acercó a Amber.

Nadie está muy seguro exactamente sobre qué ocurrió después. Un vecino escuchó gritos, y cuando acudió a investigar, vio que el hombre empujaba violentamente a Amber dentro de su camioneta, antes de partir de ahí a toda velocidad.

El vecino llamó a la Policía, y reportó el hecho. Pero cuando le pidieron una descripción del vehículo no supo dar señas precisas. Sólo recordaba que era una pick-up vieja, pero no tenía ni el modelo, la marca o las placas.

La Policía no pudo actuar con tan pocos datos. Mientras se despachaba una patrulla al lugar de los hechos, y se entrevistaba a vecinos, se perdió valioso tiempo.

Familiares y amigos de Amber iniciaron la búsqueda en los alrededores, sin éxito. La madre de la niña estaba destrozada, pero nadie tenía datos que ayudaran.

Cuatro días después del secuestro, encontraron el cadáver de Amber. Había sido degollada y su cuerpecito fue tirado como basura en un canal de desagüe, no muy lejos de su casa.

Por supuesto, el golpe fue terrible para la familia, pero también horrorizó e indignó a los habitantes de Arlington. A pesar de que la Policía realizó una investigación a gran escala, nunca se pudo encontrar al asesino de Amber.

Los noticieros, los periódicos y las estaciones de radio de Dallas y Fort Worth no dejaban de hablar del horroroso hecho. Todos estaban indignados. Un radioescucha llamó a una estación durante un programa al aire e hizo una pregunta sencilla: "¿Porqué ustedes, los medios, no se coordinan para dar boletines cuando un niño es secuestrado?".

Las estaciones de televisión y radio en Texas (y en todo Estados Unidos) siempre interrumpen la programación para dar boletines por tormentas, lluvias o tornados. Por ley lo hacen desde hace mucho tiempo.

¿Porqué no hacer lo mismo cuando se roban a un niño?, razonaba el radioescucha. Así, no solamente sería la Policía la que buscara al secuestrador, sino que habría millones de ojos que podrían ayudar a encontrar el automóvil en que se llevaron a la víctima.

Era una idea sencilla, sí. Pero a nadie se le había ocurrido.

De hecho, según expertos, los primeros minutos en un secuestro son vitales. Si se deja pasar el tiempo aumentan las probabilidades de nunca encontrar a la víctima viva. O de hallarla muerta.

La idea fue propuesta por los locutores a los dueños de la estación. Y éstos, a su vez, se la propusieron a los dueños de otras estaciones de radio y televisión en el norte de Texas. Semanas después, estos ejecutivos se reunieron con las autoridades policiacas y les ofrecieron sus espacios para alertar a la población cuando un niño fuera secuestrado.

Este nuevo programa fue bautizado como Amber Alert (o Alerta Ámbar, en español), en honor a aquella niñita de Arlington cuya vida se perdió por no haber actuado a tiempo. Todas las estaciones de Dallas-Fort Worth se coordinaron y comenzaron a emitir Alertas Ámbar cuando la Policía recibía un reporte del secuestro de un niño.

Si por ejemplo alguien está oyendo radio, o viendo televisión, de pronto suena una chicharra de alerta, y se interrumpe la programación para dar a conocer que un niño o niña fue raptado. Se da también la descripción del menor, y la del secuestrador.

Pero lo más importante es que se da la descripción del vehículo usado en el secuestro. No importa qué tan rápido maneje el secuestrador, al momento en que la Alerta Ámbar difunde sus datos, es casi seguro de que alguien lo va a ver en la calle.

Han habido muchos casos extraordinarios en los que la Alerta Ámbar ha ayudado a salvar vidas de niños, como la de aquél obrero que trabajaba en la construcción de una carretera. El hombre escuchaba la radio cuando se emitió una Alerta Ámbar, dando las placas del vehículo donde el secuestrador huía con dos niños. El trabajador no tenía dónde anotar, por lo que escribió el número de las placas con su dedo, sobre la tierra suelta.

Poco después, vio pasar un auto que se parecía al descrito. Checó las placas y comprobó que era el mismo número que él había escrito sobre la tierra. Tras llamar a la Policía, varias patrullas se lanzaron tras el auto, y minutos después se pudo detener al sospechoso y regresar a los niños con su familia, sanos y salvos.

La Alerta Ámbar ha sido más que exitosa. De hecho, a los poco meses fue decretada como ley en todo el estado de Texas, y cuando varios otros estados vieron su eficacia también la adoptaron. En California, particularmente, muchos niños han sido recuperados gracias a la Alerta Ámbar de allá.

Vaya, hasta en Canadá ya tienen su versión local del programa, el cual se llama igual: Amber.
En 2003 el presidente George W. Bush firmó el decreto que convertía a la Alerta Ámbar en un plan a nivel nacional. Coordinados con las estaciones de radio y TV locales, y el Servicio Nacional de Meteorología, los Departamentos de Policía ahora pueden difundir los secuestros casi al momento en que se los reportan, aumentando la posibilidad de atrapar a los delincuentes.

Pero aún más importante, es que con esto se aumenta la probabilidad de rescatar a las víctimas sanas y salvas. Como ha ocurrido en muchas ocasiones.

La efectividad de la Alerta Ámbar estriba en el enorme número de personas que escuchan radio al manejar. No importa qué estación, porque todas se encadenan en la misma alerta, y la repiten por intervalos. Con eso, se puede decir que millones de personas se unen a la búsqueda de un niño secuestrado, lo cual sería imposible de lograr si solo se dependiera de los oficiales de Policía y los detectives.

Últimamente, las Alertas Ámbar han pasado de las ondas hertzianas, a las mismas calles y autopistas. En Texas, por lo menos, los boletines se difunden también en pizarras electrónicas que funcionan sobre las autopistas, para dar reportes de tráfico. Así, si una persona no escucha radio, puede enterarse de los datos de un vehículo secuestrador al ver las pizarras sobre la carretera.

Viendo la efectividad de la Alerta Ámbar en Estados Unidos, ¿no sería efectivo aplicar un plan similar en México, con eso de tantos secuestros y raptos?

Claro, las condiciones no son las mismas. Por ejemplo, en México poca gente reporta un secuestro a la Policía, por temor a represalias. También hay que tomar en cuenta que no son pocos los policías involucrados en bandas de secuestradores, y ellos podrían dar el "pitazo" a sus secuaces si a alguien se le ocurre reportar la desaparición. Y además, está el problema de la corrupción, etcétera...

Pero mucha gente en México escucha radio. Mucha gente maneja con su estación favorita encendida. Y los que no manejan, o no tienen carros, usan microbús o taxis. Y los choferes generalmente escuchan radio.

En Dallas-Fort Worth, cuando se emite una Alerta Ámbar son más de 5 millones de pares de ojos los que potencialmente pudieran encontrar al secuestrador. Imagínese cómo sería una Alerta Ámbar en una ciudad como el Distrito Federal, donde se contaría con la ayuda de hasta 25 millones de personas, que podrían estar alertas y reportar al vehículo de los delincuentes.

Cabe la posibilidad de que, con tanto atraco, necesitemos no boletines esporádicos, sino suspender toda la programación diaria. No habría tiempo para otra cosa, mas que para reportar secuestros y atracos. Quizá no sería costeable para los radiodifusores.

Cierto, a la mejor una Alerta Ámbar no sería la panacea para solucionar la inseguridad, ni acabar con los secuestros en México. Hay motivos más profundos que se deberían atender, como la pobreza, y la corrupción.

Es hasta posible que una Alerta Ámbar no funcionara igual en México. Pero quizá la idea sea buena. Tiene más ventajas que desventajas. Por lo menos, suficientes ventajas para intentarse.

Quizá se podría usar un programa similar, pero adaptado a las necesidades de México. Aunque no me imagino qué tantas "adaptaciones" requiera. Tecnológicamente, los medios en México están casi a la par que en Estados Unidos.

¿Qué se necesitaría? Estaciones de radio hay. También hay radioescuchas, millones de ellos.

El obstáculo más grande que se podría enfrentar sería poder coordinar un sistema de transmisión en cadena con todas las estaciones, para emitir los boletines. Pero hasta eso también existe ya en México, y funciona bastante bien. ¿Se acuerda por ejemplo de los informes de gobierno?

Lo que se necesitaría entonces sería voluntad. Voluntad de los dueños de estaciones y del gobierno. De los departamentos de policía.

Porque a fin de cuentas, si hay voluntad para transmitir -con bastante éxito- los informes de gobierno del presidente (y que a casi nadie le importan), ¿porqué no la habrá para salvar una vida?

Yo creo que eso sí nos importaría a todos. Y si hay alguien a quien no, quizá ya es hora de que debiera importarle, ¿no cree usted?

E-mail: cfzap@yahoo.com
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viernes, julio 23, 2004

Hijos corridos de casa y padres en el asilo: ¿La típica familia gringa?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Recuerdo que cuando era niño (sí, ya sé: "¡Uuuuuuuuuuh!") me gustaba ver una serie vieja de televisión, llamada Los Walton.
(¡Ah! ¿¿verdad que usted TAMBIÉN se acuerda??)
Bueno, pues en esa serie se retrataba la vida de una típica familia gringa de la montaña, allá por la década de los treintas: Eran mamá, papá, como siete hijos (se nota que no tenían tele), el abuelo y la abuela.
Todos vivían en una misma casa de madera, enorme, en las montañas. Eran felices aunque tenían sus conflictos familiares. Los cuales, al final, eran resueltos por el amor y la unión familiar. En buena medida, las opiniones sabias de los abuelos eran decisivas para reestablecer la armonía en la casa Walton.
Muchos dicen que la serie era cursi, aburrida y tonta. Pero a mí me encantaba, no sé porqué. Quizá porque, como mexicano, me sentía identificado con la imagen que se daba de la familia: Con los abuelitos, los nietos y los papás viviendo juntos, apoyándose, respetándose.
Para mí, esa seguramente era la típica familia gringa. Así es como vivían en Estados Unidos, ¿no? All together, como dicen los Beatles.
Pues no. Los Walton eran una familia típica gringa... pero de los treintas. Y de la televisión. Cuando emigré a Estados Unidos me di cuenta de que estaban muy, pero muy alejados de la realidad.Casi no hay familias numerosas aca. Es más común ver una pareja con dos o tres hijos y ya.
La mamá no se queda en casa, a hacer la comida, ni limpiarles los mocos de las narices a los chiquillos: Sale a trabajar, igual que el papá. Deja a los niños en la escuela, o la guardería.
Pero el peor shock que sufrí fue al ver que no habían abuelos por ninguna parte. ¿Dónde estaban esos venerables miembros de la familia?
Pronto lo descubrí: En los asilos. Lejos de sus hijos y sus nietos.
Eso si bien les iba. Cuando no tenían dinero para un asilo, les esperaba un peor destino: Quedarse solos en sus casas, sin nadie que los visitara, los atendiera o siquiera les hiciera una llamada telefónica.
¿Estarán todos mal, pensé? ¿Porqué no son como los Walton?
Pronto me di cuenta de que los Walton eran los que estaban mal, pues la familia norteamericana real (de carne y hueso, del siglo 20 y 21) nada tiene qué ver con lo que yo aprendí frente a la tele, allá por los setentas.
¿Se ha fijado usted, por ejemplo, lo desarraigados que son los hijos gringos con sus padres? ¿Y los mismos padres con los hijos?
No, no me refiero a que sean malos padres, o malos hijos. Como cualquier ser humano, el gringo promedio daría la vida por la familia. Pero hasta cierto punto.
En todo el tiempo que llevo viviendo en este país, conviviendo con gringos, nunca he podido entender su mentalidad a la hora de tratar a sus padres.
Es decir, cuando llegan a cierta edad, los jovencitos lo primero que piensan es en salirse de la casa, independizarse. Rentar un departamento, aunque sufran las de Caín para pagarlo, trabajar y estudiar.
Y mientras, sus papás tienen sus casas enormes, y vacías. Y esto es muy común, porque hasta les inventaron un nombre para estas parejas sin hijos: "empty nesters" (O sea, los que se quedaron en el "nido vacío").
Lo curioso es que estas parejas son felices... ¡Porque sus hijos ya se fueron!
Claro, extrañan a sus niños. Y añoran los días festivos en que llegan de visita. Pero nunca considerarían la idea de que volvieran a vivir con ellos.
Es más, cualquier joven soltero que se le ocurra llegar a cierta edad (digamos 20, 25 años) y viva aún con sus papás es tratado casi como un apestado. Como un retrasado, hijo de mami y papi.
Sus amigos sobre todo los ven como tipos raros. O peor: Los acusan de estar "sangrando" la economía de sus pobres padres al seguir viviendo bajo el mismo techo.
Vaya, si hasta los propios padres comienzan a ver feo al hijo si éste se empeña en seguir viviendo con ellos. Y no a pocos les advierten que, de no salirse, les van a comenzar a cobrar renta.
Esto no es siempre. Estos casos se dan solamente entre padres que tienen casa propia, o gozan de una pensión o inversiones. O sea, gente que puede mantenerse aún en la vejez.
No a todos les va tan bien.
Hay otros casos, peores pero muy comunes, de ancianos que llegan a viejos, y en lugar de correr a sus hijos de la casa, son ellos los que terminan con sus huesos en un asilo. Lejos, donde no fastidien al resto de la familia.
Los asilos no siempre son baratos. Hay asilos muy caros. Pero aún así, la familia prefiere pagar para alejar a sus ancianos, antes de siquiera pensar en la posibilidad de vivir con ellos.
No sé, nunca he entendido esa actitud anglosajona. ¿Será que soy muy mexicano, muy latino?
Y al revés, a los gringos les parece extraterrestre la costumbre de nuestra gente de meter a toda la familia bajo un mismo techo. ¿Qué tiene qué hacer el abuelo, la abuela viviendo con los hijos y los nietos, se preguntan? Lo ven como una anormalidad, algo horroroso.
Para ellos, la cosa es como sigue: Los ancianos son como niños. Molestos. Pero a los niños se les perdona, porque son bonitos, graciosos. Dan ternura.
El problema es que los ancianos no son niños, por lo tanto se les hacen doblemente molestos. Requieren cuidados especiales, que nadie puede o quiere dedicarles. Y de pilón, se meten en todo, opinan de todo, quieren seguir mandando a los hijos como si fueran niños.
En una palabra, fastidian. ¿Quién va a querer en su sano juicio vivir con ellos?
(Aclaro: Esta es la manera como ELLOS piensan. Que sea cierto o no, que estemos de acuerdo o no, es otra cosa.)
Por eso los hijos mandan a sus ancianos padres a los asilos. Y eso si bien les va.
Si no, lo peor que les puede pasar a estos viejos es quedarse en sus casas... solos. Totalmente abandonados, después de que sus hijos se hicieron adultos o se mudaron de ciudad.
Si estos ancianos son pareja, la situación es más llevadera, porque se acompañan. Pero la inmensa mayoría son viudos. Es entonces cuando casi se quedan a la buena de Dios.
La situación es tan generalizada, y tan grave, que incluso existen organizaciones caricativas que atienden a ancianos solos. Abuelitas o abuelitos que apenas pueden caminar, enfermos o ciegos, y a quienes sus hijos los han dejado a su suerte.
Estos voluntarios tienen una única tarea: Visitar a estos ancianos. Simplemente eso, visitarlos. Nada más. Una vez al día o a la semana, les llevan algún alimento, y se pasan una hora platicando con los viejos. De cosas sencillas, de lo que salga.
Algo que nos parece tan simple, platicar con alguien, para estos ancianos es una bendición. Por eso reciben a los voluntarios con los brazos abiertos, y hasta se pasan contando las horas hasta la próxima visita.
Y con razón: Para muchos de estos ancianos, éstas son las únicas personas con las que han cruzado palabra en años.
¿Y sus familiares? ¿Sus hijos, nietos?, se preguntará. "Tiene años que no me llaman siquiera", respondió una anciana inválida del sur de Dallas. "No sé ni en qué ciudad viven, o si ya murieron".
Para nosotros los hispanos, estas son verdaderas historias de horror. Es inconcebible que alguien se atreva a abandonar "como perros" a sus padres, sus abuelos.
(Y no como "perros", porque me he dado cuenta que los gringos podrán abandonar a un anciano... pero nunca a un perro. Eso, para ellos, es un crimen horroroso, que se castiga con cárcel. Muchas personas tratan mejor a sus mascotas que a sus padres. En serio.)
En cambio, nosotros los latinos llenamos nuestras casas con parentela a mas no poder. No solo abuelos, abuelas, tíos, hijos, nietos, sino hasta amigos y compadres.
Cierto, a veces lo hacemos por puro sentido económico: Necesitamos más gente para repartirnos la renta, por ejemplo. Pero casi siempre lo hacemos porque... Pues porque es lo correcto, es lo que debemos hacer. No podemos vivir lejos de la familia, así de simple.
¿Abandonar a nuestros abuelitos a su suerte? Jamás. ¿Mandarlos a un asilo? Nunca, qué te pasa.
Está en nuestra cultura. Algunos dicen que quizá hasta en nuestros genes.
Y claro, mucho menos pensamos en la idea de correr a nuestros hijos de la casa, ni aunque tengan veinte, treinta años. A veces hasta los aceptamos con la esposa, el esposo y los hijos, con tal de que estén cerca.
Y si necesitan una casa propia, nos las arreglamos para que se muden cerca. Si se puede hasta en la casa de al lado.
Incluso les servimos de aval para comprar una casa, o nos juntamos para irnos a vivir todos a una vivienda más grande, donde toda la familia viva junta.
"¿En serio hacen eso los 'mexicans'?", preguntó Wally, un gringo al escuchar incrédulo las costumbres familiares de los hispanos. Para él estas actitudes son inconcebibles. En la mentalidad americana, cada quien debe tener su propio espacio, y nadie más se debe meter.
Son mentalidades tan distintas, que igual podrían ser de planetas diferentes.
¿Quién tiene la razón? Vaya usted a saber.
A la mejor los latinos estamos mal, al querer tener a toda la familia con nosotros. Y quizá los gringos tengan razón: El único camino sano, es que cada quien viva en su casa.
Vaya, a la mejor será por eso por lo que ellos han progresado tanto materialmente, y nosotros sigamos hundidos en lo económico: Nunca alcanzamos a ver la realidad de que todo cuesta.
Pero dudo mucho que esto nos haga cambiar de opinión. Es lo que nos hace ser lo que somos. La familia es y siempre será primero.
Y no importa qué tantos problemas económicos suframos, siempre preferiremos tener a los abuelos, las abuelas, los tíos, los hermanos, los hijos, los sobrinos y los compadres cerca de nosotros.
A fin de cuentas, nosotros también tenemos un dicho: "Donde comen dos, comen tres."
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sábado, julio 17, 2004

¿Quiere volverse 'mojado acaudalado' en EU? Primero haga números

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Los mexicanos, y latinoamericanos en general, lo primero que pensamos cuando queremos emigrar a Estados Unidos es: "Voy a hacer un chorro de lana".
¿Cuánto puede un mexicano ganar en Estados Unidos? ¿Cuánto puede usted ganar, si se viene para aca? ¿Cuánto precisamente?
Veamos:
El salario mínimo en Texas es de 5 dólares con 15 centavos, por hora. 40 horas a la semana, mínimo, según cifras del Departamento del Trabajo de Estados Unidos.
Esto varía de estado a estado. En California, por ejemplo, el salario mínimo es de $6.75 hasta $8.50 por hora. También por 40 horas a la semana.
Dejemos el promedio en 6 dólares, para todos. O sea, casi 70 pesos que usted puede ganar si trabaja en Estados Unidos.
No, no 70 pesos diarios: 70 pesos POR HORA. 50 dólares al día, si trabaja 8 horas. Casi 600 pesos mexicanos.
Esto son los salarios mínimos. Depende también de la profesión, empresa y experiencia.
Por ejemplo, si usted trabaja en la construcción (como lo hace buena parte de los paisanos), espere sueldos más altos: Los ladrilleros ganan unos $20 la hora. O sea $160 por día. (Como 1,800 pesos).
Un obrero general ganará de $11 a $13 por hora. En promedio, en la construcción se gana unos $17 por hora.
En las fábricas, los obreros y ensambladores sacan de $12 a $15 por hora. Si es supervisor, puede ganar hasta $21.
La gente que trabaja en granjas, o en el campo gana desde $7.50, hasta $18 si es supervisor.
Los conserjes y personal de mantenimiento ganan entre $8.50 a $9 por hora. Los jardineros de $9.59 a $10.39. Los mecánicos unos $16.
Los meseros se llevan como $7 por hora, mas propinas (aunque a veces el salario es menor, si saca buenos 'tips'). Un cocinero saca desde $7 hasta $15 la hora. Un lavaplatos puede ganar hasta $7.45.
¡Qué salarios tan altos!, dirán. ¡Un lavaplatos saca casi 8 dólares la hora (como 90 pesos)! O sea 64 dólares diarios. ¡700 pesos mexicanos al día por lavar trastes!
Momento. Suelte esa maleta. No desempolve su pasaporte.
El asunto no termina aquí. Estos salarios sólo son la parte amable del asunto. En la práctica, existe el otro lado de la moneda, del que nunca nos platican los "paisanos" que viven aca y que nos presumen de sus sueldazos cada vez que van a México para apantallarnos.
Hay que tomar en cuenta un pequeño detalle: Los gastos de vivir en Estados Unidos. Se gana en dólares, pero también se gasta en dólares.
Por ejemplo, están los impuestos. A diferencia de México, aca todo mundo paga impuestos. Y no porque quiera, o porque sean buenos ciudadanos. No, los descuentos ya vienen en su cheque de pago. Y a veces son despiadados.
(Hay a quienes les pagan por honorarios, sin descuentos. Pero esto no quiere decir que están exentos, pues tarde o temprano les van a caer.)
A ver, saque una calculadora, o un papel y lápiz. Hagamos números:
Por ejemplo, si usted emigra, y consigue una chamba en Estados Unidos, donde le paguen 15 dólares la hora... serán 480 a la semana, si trabaja 40 horas. A eso quítele los impuestos, deducciones por servicio médico, seguros (si lo tiene), y otros.
Total, un descuento de 100 dólares a la semana. Eso si es una persona con dependientes (hijo, esposa, etc. Si es solo, le quitan más).
Le entonces quedan sólo 380 dólares. "Libres de polvo y paja".
Bueno, con eso la hago, dirá usted. Es bastante de todas maneras. Casi 4 mil pesos mexicanos a la semana.
Momento. Aún le faltan otros pequeños "detalles" : Tendrá que buscar un sitio dónde vivir. No importa que se arrejunte con parentela, todos le cobrarán de perdido algo para la renta.
Un departamento de un cuarto, baratito, le sale en Texas como 400 dólares al mes, mínimo. Si es de dos recámaras, serán unos 600 dólares. Mínimo.
Y me refiero a departamentos baratitos, en barrios no muy buenos. Más bien amoladones. O sea que no espere ver güerotas manejando convertibles en la tienda de la esquina, como se ve en películas de Beverly Hills. Más bien espere ver patrullas haciendo redadas, o escuchar balazos en la madrugada. ¿Qué esperaba a ese precio?
Aparte piense en el pago de la luz: Le saldrá como unos $100 al mes, o menos, dependiendo de cuánto gaste. Algunos departamentos ya traen el gasto incluído. Otros no.
O sea, de esos $380 que ganó a la semana, debe apartar de perdido $80 para renta y luz, cada semana. Le quedarían como $300.
Ta güeno, dirá. Aún así es un fregadal.
Péreme. ¿Cómo va a ir a trabajar? Si vive en Texas o California, no puede andar a patín. La zona metropolitana de Dallas-Fort Worth, por ejemplo, tiene 9 mil millas cuadradas (más de 14 mil kilómetros). Es más extensa que todo el estado de Querétaro. Imagínese andar en camión o a pie, una tortura.
En Estados Unidos, casi todo mundo debe comprar un carro, si quiere moverse. Ya no para figurear, sino simplemente para ir a trabajar.
No necesita un carro nuevo, claro. Un carrito viejón, digamos de 5 años atrás le servirá, y le costará como unos 5 mil dólares. O hasta menos. Si consigue crédito le puede salir "bara", pero acuérdese de que va a llegar aca de mojado, sin seguro social, ni residencia permanente ni historial de crédito, o documentos que le permitan sacar financiamiento.
Así que tendrá que ir a un lote de carros de segunda, donde seguramente le hincarán el diente con un alto interés desde el principio. Puede esperar pagar mínimo unos $160 al mes, más intereses, por el carrito, por unos dos años, y eso si paga unos mil dólares al chas-chás.
O sea, serán como 50 dólares a la semana. Le quedarán entonces $250 dólares.
Pero necesitará vestirse. Aunque sea ropita usada, de segunda mano, cuesta. Un pantalón barato le sale mínimo 10 dólares. Y eso en oferta. Una camisa puede costarle mínimo 7 dólares, unos zapatos unos 30 dólares si no es muy exigente. Pero si necesita ropa para el trabajo deberá comprarla resistente, lo que le saldrá más caro.
Si se compra un pantalón y una camisa cada mes, y unos zapatos de vez en cuando (y me estoy yendo bajito), necesitará invertir de perdis 200 dólares repartidos en seis meses. (Sin contar extras, como ropa interior- menos que quiera andar a ráiz-, calcetines, etc.)
O sea, como 25 dólares a la semana, si lo divide. Le quedan 200 dólares. Con eso la hago, pensará.
Le falta algo: Aún no ha comido.
Si es frugal, y tiene quién le cocine, podrá ahorrar bastante si va al súper, a Wal-Mart o a Fiesta. Comprando sardinas, comida enlatada y verduras puede pasársela.
Pero eso es lo ideal. La realidad en cambio, es que la mayoría de los inmigrantes somos hombres solos, que dejamos a la familia en México. Trabajamos todo el día, y por eso muchos comemos en la calle.
En McDonald's, por ejemplo, el paquete más barato le sale en $4.50 dólares. Y eso si usted no traga como mastodonte. Si es de buen diente, necesitará más que eso, o atiborrarse de refresco. Pero pongamos que necesita 5 dólares por cada comida. Son 15 dólares diarios si come tres veces.
Allí ya se le fueron 100 dólares a la semana. Le quedan 100 dólares. Como mil pesos a la semana. Lo cual no está mal... para México. Pero recuerde que está en Estados Unidos.
¿Y la gasolina? Quite de perdido 25 dólares a la semana. Si le gusta andar dando el rol con los cuates, va a gastar más. Si le encantan las "trocas" de ocho cilindros esos 25 dólares pueden ser 50 ó hasta 100. Pero pongamos $30, como promedio. Le quedan 70 dólares.
Pero acuérdese que necesita comprar seguro de auto. Es obligatorio, no es de que quiera. Si lo detiene un policía, puede esperar una multota de 200 a 500 dólares por no tener seguro, si no es que le quitan el auto y se queda con la deudota de pagarlo.
Hay que pagar al menos 80 dólares al mes en seguro, y eso usando el plan más básico. O sea 20 a la semana. Le quedan 50 dolaritos.
50 dólares, libres de polvo y paja, de esos 480 originales es algo, dirá. Ya la hice.
¿Y qué, no les va a mandar algo a la familia en México? ¿O qué, lo mandaron acá de vacaciones? ¿Todo pa'Miguelito? Claro que no.
¿Cuánto necesita su familia para sobrevivir en México? Usted haga cuentas. Cada caso es distinto, pero tome en cuenta sus gastos en México: Renta, luz, agua, comida, ropa, uniformes, zapatos y cuadernos pa' los chiquillos.
Le quedan 50 dólares cada semana. Serían como 100 a la quincena. 200 dólares al mes.
El paisano promedio envía entre 250 a 350 dólares al mes a México. A veces hasta más. Si a usted le quedan $200 al mes, eso será lo que tendrá que mandar, ¿no?
¿Quihubo? ¿Ya sacó la cuenta? ¿Su familia vivirá bien con 3 mil pesos al mes?
Hay que aclarar que estas cifras no se basan en un cálculo matemático exacto. Es, como dije, una aproximación, no de un experto economista, sino de un mexicano que vive y trabaja aca desde hace años.
Estas cifras tampoco toman en cuenta que usted sea gastador. Que usted sea tragón, o que le guste vestir bien. Tampoco que le dé por irse de borrachera cada fin de semana con los cuates, ni que le entre a los cigarros.
No, este presupuesto se basa en un estilo de vida frugal, casi como de monje tibetano. Subsistiendo con lo básico.
Hay otro aspecto que no incluímos: Deudas. Tiene que pensar en pagarle al pollero que lo traiga. Esos cobran generalmente de 1,500 a 2,500 dólares, una parte antes y el resto al llegar. Y eso lo debe descontar de su salario.
Además, estamos suponiendo que usted va a hallar chamba luego luego, lo cual no siempre pasa. Y que le van a pagar un sueldo de 15 dólares a la semana, lo cual no es raro pero tampoco es tan común. Si agarra chamba de lavaplatos, su salario se reducirá entonces a la mitad.
Estas cifras son para el mejor de los casos. No siempre sale igual. Siempre hay gastos imprevistos, que dan al traste con cualquier presupuesto. Por ejemplo, que se caiga en la chamba y se rompa una pata, o que se le desviele el carro por destartalado.
Bueno, ¿ya hizo bien sus números? Viendo todo esto, ¿le sigue costeando el riesgo de venir hasta aca, arriesgando su vida (o la de su familia) en el desierto? ¿Enfrentándose al calor, la sed, los asaltantes, la Migra?
Si aún después de sumar y restar cree que vale la pena venirse, de todas formas piénselo bien. No soy aguafiestas, pero alguien tiene que hacerla de abogado del Diablo. No todo lo que les cuentan los "paisanos" que van a México de vacaciones es siempre cierto.
El cuento del "mojado acaudalado" puede sonar bonito, y hasta hacerse realidad de pronto. Pero para la mayoría de los inmigrantes, ese "mojado acaudalado" nunca pasará de ser una canción grupera. Nada más.

E-mail: cfzap@yahoo.com

sábado, julio 10, 2004

Sorry, yo no spekeo español, ni english. Spanglish, for plis

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Debo confesar que cada vez más, desde que vivo en Estados Unidos, se me está "olvidando" el español.

El pequeño gran problema es que... no sé inglés.

Por ello, frecuentemente debo echar mano de mi tabla de salvación: El spanglish.

(O espanglés, como le quieran llamar.)
Frecuentemente, en una conversación cualquiera, el cerebro como que se me atora. La idea que tengo en la cabeza no quiere salirme por la boca, se queda pegada en la lengua y no sale. La idea la tengo clara, pero no recuerdo la palabra asociada con ella.

En ese momento es cuando de improviso salta su equivalente en inglés. Y la digo.

Es entonces cuando me doy cuenta de que hablo spanglish.

Antes, cuando recién acababa de llegar aquí, como nuevo inmigrante, me horrorizaba al escuchar a la gente hablar.

Aquí no se subían en sus camionetas, sino en sus trocas.

No cuidaban su jardín, sino su yarda.

No echaban llave a sus puertas, sino que las laqueaban.

No aspiraban sus alfombras, sino que vacunaban sus carpetas.

Si les dejaba mensaje por teléfono no me devolvían la llamada, sino que me foneaban pa' atrás.

Fue una lucha constante con Cesarito, mi hijo, al principio. Cuando entró a la escuela me decía: "Dad, ¿no vamos a ir pa' atrás en la troca de mi tío"?

Si en ese momento estábamos en México de vacaciones, o había amigos mexicanos de visita, me miraban con los ojotes pelones, y una mueca entre horror y burla.

"No, César", corregía a mi hijo, tratando de no mirar a mis indignados paisanos. "Se dice: 'Papá, no vamos a regresar en la camioneta de mi tío?' ".

"Ah, okey. Sorry, dad", respondía confundido.

"O hablas bien español, o hablas bien inglés. Pero nunca los mixees, Eso no es náis. ¿okey?", le recomendaba.

Tardaba unos segundos antes de darme cuenta de lo que acababa de decir...

Claro, para entonces mis amigos mexicanos ya estaban en el suelo, retorcidos de la risa. Y ya podía esperar que durante el resto del día no me bajaran de pocho, entregado, malinchista y hasta de agente de la CIA.

Todo ello me preocupaba, sinceramente. Sentía que estaba fallado de una manera muy seria a mis raíces, a mi idiosincracia. A mi mexicanismo.

Pero eso era antes. Hoy las cosas son distintas.

Poco a poco me di cuenta de que el spanglish no es un complot bien urdido desde el Capitolio para lavarnos el cerebro a los hispanos. No, el spanglish es una herramienta, que los inmigrantes usamos para vivir diariamente en Estados Unidos.

No es un esfuerzo consciente, es espontáneo. Nadie lo usa porque le guste, ni porque sea 'chic': Lo usan y ya. Sin remordimientos ni presunciones.

Las palabras (en inglés o español, o champurreadas) no queman, no causan llagas. Son eso: Palabras. Son herramientas, instrumentos para usarse. Las usan porque están allí, porque están a la mano, porque después de estar hablando inglés con un amigo gringo, o escuchar radio, o televisión cambiamos de pronto al español de la familia y el cerebro no tiene tiempo de meter reversa. Y por eso de repente se nos salen los 'laqueados', los 'carpetas'.

Los hispanos en Estados Unidos dicen troca de la misma manera que un veracruzano dice sayar por resbalar. Dicen yarda como los peruanos dicen palta en vez de aguacate. Dicen te llamo pa' atrás como un español diría 'vosotros' en vez de 'ustedes', o un cubano diría gaveta por cajón, o espejuelos por anteojos.

¿Que es un dialecto? Claro. ¿Una jerga local? Es obvio. ¿Que no es un idioma "literario", "culto"? Por supuesto. Nadie lo ha diseñado para eso. No nació por decreto de algún filólogo ni un presidente de la república. Nunca ha tenido aspiraciones de crear un Quijote o un Shakespeare

(Aunque uno nunca sabe qué ocurra en el futuro. Por ejemplo, el profesor mexicano Ilán Stavans ya hasta tradujo el Quijote al spanglish. Las inmortales primeras líneas inician así: "In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase.")

Pero el spanglish no es exclusivo de gente inculta (como muchos dizque "cultos" nos repiten como merolicos). No solamente lo hablan los limpiaoficinas, ni los jardineros, ni las niñeras, o los obreros (y aunque así fuera, ¿qué tendría de malo? ).

Tampoco es la lengua exclusiva de los malinchistas. El spanglish surge en cambio de manera automática, un reflejo intelectual del cerebro. Un reflejo del cual ni el más experto académico de la lengua se podría escapar, en caso de que se encontrase en las mismas circunstancias de los inmigrantes.

Es un acto espontáneo, no surge por decreto.

¿Que es una mezcla, sin lógica? Quizá. Pero está naciendo, está en formación.

Y este tipo de parto no tiene nada de malo, ni de ilegítimo. Así nació el español, ¿no?

Porque, ¿qué es el español, sino latín (y ni siquiera latín culto, el que hablaban Séneca o Cicerón, sino el vulgar, el de la calle, el de la plebe) mezclado con las lenguas de los celtas, iberos, judíos, griegos y hasta árabes?

El inglés, por su parte, tampoco es "puro", ni de buena familia. Es un idioma resultante de la mezcla de las lenguas de los pueblos anglos, sajones, romanos, normandos, germánicos, godos, vikingos y vaya usted a saber cuántos más.

¿Que el spanglish es impuro? Claro que lo es. De hecho, todos los idiomas lo son. Ninguno es 100% puro. Todos son mezclas de dos o más idiomas anteriores. Y esas mezclas son siempre de palabras mal escuchadas, mal escritas y mal utilizadas, pero que terminan entrando al vocabulario "oficial". Como si siempre hubieran estado allí.

El temor de los puristas es que el español termine arrasado por el inglés (o peor, por su hijo bastardo, el spanglish). Pero están equivocados: El spanglish no es el resultado de la invasión del inglés, ni viceversa. Es una fusión más o menos equilibrada de ambas lenguas. Ninguna de las dos predomina. Y las dos se deforman en el proceso.

El spanglish tampoco será el verdugo del español, el que lo entierre. El español, como el inglés, son lenguas milenarias, internacionales, "cultas". No van a desaparecer, al contrario. Según expertos, cada año desaparece un promedio de 25 lenguas y dialectos, y mientras el español y el inglés se fortalecen cada día más. Son lenguas que tienen su futuro asegurado.

Por eso precisamente se crean nuevas lenguas, mezclas de ellas. Porque la influencia de estos "súper idiomas" es tanta, que influencian a otras, y crean derivados.

De hecho, el emninente linguista Steven Fischer ha predicho que, dentro de 300 años, los únicos idiomas que sobrevivirán, serán solamente 3: el chino, el inglés... y el español.

Claro, habrá otros idiomas importantes, como el francés, el alemán, el ruso y el hindú. Pero quedarán relegados a un ámbito regional, dice él. Secundario.

Hoy en día por ejemplo ya hemos visto como ha bajado el número de hablantes e influencia de estos idiomas. Ni el alemán ni el francés tienen la misma difusión de hace cincuenta, cien años. Y no se necesita ser un experto lingüista para saberlo.

Por lo tanto, según Fischer, los únicos lenguajes verdaderamente internacionales, las lenguas "francas" del siglo 23, serán chino, inglés y español.

O sus mezclas. El chinglish (hijo del chino e inglés) ya está dando sus pininos dentro del gigante asiático, como el spanglish. Y seguro es cuestión de tiempo para que nazca un tercero: la mezcla de chino con español. (¿Cómo se llamará? ¿Chiñol? ¿Chinish? ¿Espachino?)

Mientras, ocurrirán hecho increíbles. Por ejemplo, Fischer dice que el español acabará "tragándose" al portugués. De hecho, para él, la existencia del portuñol (la mezcla de español con portugués que todos desprecian, pero que millones hablan en Sudamérica) es el primer paso.

¿Que estos cambios están mal? ¿Que estas mezclas idiomáticas son producto de gente inculta, ignorante, floja? ¿Que no debería ser así? Quizá. Pero así es. Es una realidad. Ha ocurrido desde siempre, a lo largo de toda la historia. Ocurre en estos momentos, y seguirá ocurriendo en el futuro. Mientras la humanidad exista.

Hay que estar claros en una cosa: Estos cambios no los hace la clase privilegiada, la clase culta y cosmopolita. No los hacen los expertos políglotas, que dominan dos o tres idiomas a la perfección. Ni los profesores universitarios, ni los presidentes, o los militares tendrán influencia directa en este proceso. No: Será un cambio global que dirigen desde ya las masas, el pueblo.

La pípol.

Por mucho que les pese a los izquierdistas, el spanglish es un movimiento proletario, que se da desde las bases, entre gente del pueblo: Trabajadores, estudiantes, amas de casa, obreros. No viene desde arriba. No lo dicta el Pentágono ni la CIA.

Uno puede acusar al spanglish de ser muchas cosas: Mezcla, dialecto inculto, burdo, malinchista... Lo que nunca es ni será es una imposición ideológica desde la Casa Blanca.

(Aunque George Bush -o Jorge Arbusto, como también se autonombra- sea el primer presidente americano que promueve abierta, aunque involutariamente, la causa del spanglish. Como todo texano).

Aclaro que mi postura siempre ha sido tratar de hablar bien. Conocer bien un idioma (ya sea el propio o el ajeno) es indispensable. Seguir las reglas de ortografía, de sintáxis, es algo básico en esta profesión de periodista, por ejemplo, y lo debería ser en todas.

Pero soy más tolerante respecto al spanglish. Entiendo ahora que no todo mundo es como yo quiero, ni tienen porqué serlo. Las cosas no funcionan así, excepto en las dictaduras.

De todas formas, para qué preocuparnos. Si usted no habla spanglish, si lo aborrece, nunca lo hablará. Y no le afectará. Y si usted ya lo habla, es porque no le molesta.

Tampoco tenemos qué preocuparnos porque en el futuro este dialecto desplace al español. No ocurrirá. Pero dado el remoto caso de que así suceda, ¿de qué nos preocupamos? Para entonces, nosotros vamos ya a estar muertos y enterrados.

En dado caso, el "problema" sería para nuestros tataranietos.

Y ni así, porque ellos ni cuenta se darán de que hablan "mal" una versión "degenerada" de un idioma bellísimo. Para ellos siempre habrá sido así.

Igual que nosotros, hoy en día, ni cuenta nos damos de que hablamos una "mala" versión "degenerada" de un idioma bellísimo, como lo fue el latín. Que en paz descanse.

E-mail: cfzap@yahoo.com

viernes, julio 02, 2004

Un cuento chino: Los "otros" inmigrantes en Estados Unidos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO
Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Un chiste cuenta que si cayera una bomba en el centro de Taiwán, 9 de cada 10 muertos serían dueños de empresa.

Según los entendidos, Taiwán es uno de los países donde la economía depende no de sus grandes corporaciones, o de inversiones extranjeras, sino del motorcito que significan los "changarros", los negocios chicos.

Basta con que alguien tenga una idea, invierta un dinero, posea visión, empuje y ganas para echar a andar un negocito. Y, las más de las veces, triunfar.

De hecho, según los expertos, son estos "changarritos" los que le han dado el poderío económico a buena parte de los "Tigres" de Asia. No las grandes corporaciones japonesas o coreanas, sino las empresas chiquitas, familiares.

Por eso tiene tanta importancia la pequeña empresa. Y los emigrantes asiáticos, en general, es a lo que aspiran cuando ponen un pie en Estados Unidos: Ser dueños de su propio negocio.

Claro, hay asiáticos que buscan la seguridad de un empleo, como todos. Hay otros que solo vienen a vivir de estampillas de alimento o a formar pandillas y mafia.

Pero la mayoría de ellos se distinguen por un empuje empresarial increíble.

Uno, como inmigrante latinoamericano ve a los inmigrantes asiáticos (chinos, vietnamitas, filipinos, coreanos) y no puede menos que admirar su desarrollo. Casi todos viven en mejores barrios, en promedio, que los latinos. Casi todos tienen un negocio, o poseen educación avanzada, que les permite aspirar a puestos más altos, generalmente en empresas de tecnología.

A veces vemos a esos inmigrantes y nos entra como envidia. Claro, decimos, ellos lo tienen más fácil. Llegan con papeles, con residencia. Quizá hasta de refugiados. Y eso ya les gana la mitad del camino: Tener seguro social y licencia de manejo es algo a lo que muchos inmigrantes latinos nunca podrán acceder legalmente, con las actuales leyes de Estados Unidos.

O sea, pensamos que los "chinitos" la han tenido muy fácil. Así hasta yo, decimos.

Pero basta escarbar un poco en las historias de esos inmigrantes para darse cuenta de que, detrás de ese "chinito" empresario, de esa "chinita" universitaria, que se codea con los gringos de la "high" y estudió en Harvard o Yale, se esconden las mismas historias por las que todo inmigrante pasa al llegar a este país: Esfuerzo, sufrimiento, y hasta discriminación.

Jessica, por ejemplo, es vietnamita. Es una mujer de 30 años, con estudios de maestría en pedagogía. Acaba de abrir una guardería en una de las zonas más exclusivas de Texas. No cualquier guardería, no: Es todo un centro pedagógico donde se aplican las últimas técnicas de enseñanza pre-escolar, con materias como música, arte y actividades que desarrollan el intelecto de los bebés.

Y claro, por esta atención cobra mucho dinero. Miles de dólares al año. Los cuales los padres del acomodado barrio de Frisco pagan sin chistar, porque saben que lo vale.

Uno ve a Jennifer que se desenvuelve como pez en el agua en ese ambiente de casas de 500 mil dólares y automóviles Lexus. Ella misma maneja un automóvil de lujo, y lleva una vida desahogada. Como a la que cualquier inmigrante desearía aspirar.

Pero no todo fue bonito siempre.

"Nunca fue fácil", recordaba Jessica en una entrevista reciente a un diario local. "Mi familia tuvo que huír de Vietnam en una balsa, dejamos todo en Saigón tras la llegada de los comunistas."

En alta mar, su frágil lancha fue interceptada por piratas, quienes les quitaron lo poco que tenían, aunque por fortuna no los mataron. En cambio, los dejaron varados en una isla, donde la familia debió sobrevivir como Robinson Crusoe durante cinco meses: A dieta de pescados, frutas y lo que pudieran encontrar.

Jessica tenía seis años y no lo olvida: "Cuando te ves obligada a hacer popó en un hoyo en el suelo, eso no lo olvidas fácilmente", recuerda amargamente.

Poco después, por fortuna, padres y niños (desnutridos, exhaustos, enflaquecidos y enfermos), fueron rescatados y enviados a un campo de refugiados en Filipinas, donde pasaron otros tres meses hasta que se les resolvió su situación jurídica. Estados Unidos les otorgó el estatus de refugiados.

Gracias esto la familia de Jessica llegó a Texas, un lugar tan extraño y exótico para ellos, que igual les hubiera dado ser enviados a otro planeta.

Jessica aún recuerda su primer día de escuela en una primaria de Irving, Texas. "No podía creer que a la hora del almuerzo nos llevaron a la cafetería y había comida. ¡Mucha comida! No recordaba haber visto nunca tanta comida junta", menciona sorprendida.

La chiquita ni permiso pidió. A empujones agarró de todo lo que encontró: Pizza, carne, pan, pastel, frutas y lo puso en su charola. La atiborró, como temiendo que se fuera a acabar.

Aprendió inglés. Logró estudiar. Fue la primera en su clase lo que le valió para una beca en Yale, se casó con un norteamericano y consiguió su sueño. Pero Jessica nunca olvidó sus orígenes.

A lo largo y ancho de Estados Unidos día a día se ven historias similares a la de Jessica: Inmigrantes asiáticos que llegan con una mano delante y otra detrás, y poco a poco logran, de la nada, reinventarse. Y nos dan a todos una lección de sobrevivencia.

Cuando no son empresarios, son profesionistas exitosos. Por su preparación, encuentran acomodo donde sea, a pesar de que su acento en inglés sea peor al nuestro.

Sandra, una amiga hondureña, recuerda que cuando trabajaba en una agencia de colocación de empleo, sus principales solicitantes eran mexicanos y asiáticos.

"Siempre que nos llegaba un empleo muy bueno, en una fábrica o empresa de tecnología, yo como hispana trataba de acomodar a uno de nuestra gente. Y me iba a los archivos a ver sus expedientes", recuerda Sandra.

"¡Pero no encontraba a nadie! Los hispanos no teníamos ni la preparación ni la experiencia que esos trabajos exigían", se lamentaba. "Y siempre terminaba dejando el archivero de los hispanos y me iba al de los 'chinitos', donde seguro encontraba al candidato para el puesto. Y ése era el que siempre se quedaba con él".

A pesar de sus increíbles éxitos, son pocos los asiáticos que de verdad triunfan. Poquísimos, de hecho. Por cada uno de ellos que "la hace", se quedan miles a mitad del camino. Algunos hasta la vida pierden en su esfuerzo por llegar a Estados Unidos.

Porque, si uno como mexicano sufre las de Caín por llegar a Estados Unidos (por el desierto o por el Río Bravo), imagínese lo que debe pasar una familia pobre en China o Vietnam.

Los periódicos han reportado casos horrorosos de inmigrantes chinos a los que los "coyotes" (asiáticos y mexicanos) les cobran hasta 20 mil dólares por pasarlos de "mojados" por la frontera de México. Muchos de ellos venden todo lo que tienen, o empeñan lo poco que les queda a sus familias para pagar la cuota.

Y muchos de ellos, la mayoría de hecho, ve truncados sus sueños al ser atrapado ya sea por 'La Migra' mexicana o la norteamericana. Y van pa' atrás, a comenzar de nuevo a tratar de juntar otros 20 mil dólares para intentarlo otra vez.

Los que sí logran entrar a Esatdos Unidos tampoco la tienen fácil: Tienen que enfrentarse a un esfuerzo quizá hasta doble del de nosotros los latinoamericanos. Llegan a un país totalmente extraño al suyo, extremadamente alejado, donde no entienden la cultura, ni el idioma. Vaya, ni siquiera el alfabeto.

A pesar de lo duro y difícil que nosotros la tenemos, hay tantos inmigrantes latinos aca, el español se habla tanto (hasta en la tele) que el sentimiento de lejanía nunca es tan devastador como ocurre con los asiáticos.

Y a pesar de todo eso, muchos se levantan. Y consiguen hasta éxitos mayores que uno.

Esas historias quizá los mexicanos las conocemos ya. No es raro ver el típico café de chinos en el DF, Guadalajara, Monterrey, Veracruz, Aguascalientes, Mérida y dónde no. Y todos esos migrantes que llegaron a México hace generaciones dejaron a sus hijos y nietos, quienes a pesar de sus ojos "jalados" son más mexicanos que el nopal.

El choque entre las culturas asiática y mexicana se sigue dando hoy en día. Pero al norte del Río Bravo.

A la vuelta de mi casa había un supermercado asiático. Era bastante grande, y tenía de todo: Carnes, verduras, frutas, refrescos... Vaya, hasta la música de fondo nos recordaba la serie de la Señorita Cometa.

Al supermercado asiático le iba muy bien. Y así fue durante años.

Luego, un día, llegó una familia mexicana al barrio. Y después otra, y otra.

Cuando los dueños acordaron, ya los asiáticos se habían mudado a barrios más al norte, fraccionamientos caros y nuevos, y los latinoamericanos habíamos ocupado sus antiguas casas.

Las ventas bajaron. Y el supermercado se vio obligado a meter chiles, tamales, horchata y hasta una taquería entre sus productos.

Cuando volví al supermercado noté que una estación hispana estaba transmitiendo en vivo desde allí. La música de tambora, Los Tigres y Los Bukis habían arrasado definitivamente con aquellas amelcochadas cancioncitas que me recordaban a la Cometa.

Caminando por los pasillos de la tienda, empujando mi carrito, noté un cambio: Las marcas chinas, japonesas, coreanas y vietnamitas habían dado espacio a Marinela, Bimbo, Tía Rosa, Doña María, Jarritos, Coronado, Mazola, Maseca y todo lo demás.

"¡Renovarse o morir!", declaró sonriente el bigotón carnicero, que me despachó una libra de picadillo. Él, como la música, era mexicano, y había llegado a sustituír al carnicero "chinito" que sólo despachaba pescados anteriormente.

Tuve sentimientos encontrados. Claro, estaba agradecido de que el supermercado fuera sensible a mis necesidades como consumidor. Que me trajera las cosas que yo compro, aquí, a la vuelta de la esquina. Que me vendiera todo eso que yo compraba en México, como si nunca me hubiera ido.

Había también, para qué no decirlo, un cierto orgullo "de raza". Los propios asiáticos habían reconocido la realidad, y decidieron darle la espalda a su propia gente, a sus consumidores de siempre, en favor de nosotros los mexicanos.

En más de un sentido, el cambiazo del supermercado era un símbolo, un testamento al "triunfo" de nuestra gente sobre los "chinitos".

Pero el sentimiento de orgullo me duró poco. Porque se me ocurrió, mientras pagaba en la caja, que en alguna elegante oficina de un barrio lujoso de Dallas, había un chinito multimillonario frotándose las manos.

Seguramente él estaba más que feliz de que los mexicanos sigamos llegando en tropel al barrio, a engordarle el bolsillo.

No sé, pero me dió la sensación de me estaban engañando como a un chino.

E-mail: cfzap@yahoo.com