viernes, diciembre 31, 2004

En Estados Unidos su palabra es sagrada... a menos que usted sea mexicano

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Cuando estaba en sexto de primaria, mi maestro (que, por aquellas cosas de la vida resulta que también era... ¡mi papá!), nos ordenaba trabajos de matemáticas, siguiendo un procedimiento. Todos entregábamos el resultado, y mostrábamos el procedimiento seguido, para comprobar que todo lo habíamos hecho bien.
Había un compañero gordito, apellidado Orozco, creo. Muy afable y tranquilo. Llegó al escritorio de mi maestro-papá (horror, aún no me puedo acostumbrar) mostrando el resultado del problema.
—¿Y el procedimiento?—, preguntó el maestro, severo.
Orozco tartamudeó. —Lo tengo en otro cuaderno.
"Oh, oh", pensé. "A éste lo van a fregar".
Sorprendentemente, mi papá-maestro le entregó el cuaderno a Orozco y dijo en voz alta, para que todos oyéramos: —¡Sí le creo, porque usted es muy legal!
Yo me quedé estupefacto. ¿No iba a ir a verificar ese segundo cuaderno? A la mejor ni existía. ¿Y si Orozco mentía? ¿Porqué no tenía esa misma confianza con todos nosotros, los demás?
Lo más importante, ¿porqué el maestro no le hacía igual CONMIGO? ¡Si yo era su hijo!
(Después se me ocurrió que no lo hacía conmigo PRECISAMENTE porque era su hijo, y conocía perfectamente mis mañas.)
Como quiera, esa actitud de mi padre me pareció muy extraña. Y nos sigue pareciendo a los mexicanos.
No concebimos que haya algo llamado confianza. No a nivel de pueblo, de país.
Ah, claro. Confiamos en la familia, en los hijos (menos los maestros, aclaro). Confiamos en los amigos. A nivel personal no hay problema.
Pero a nivel país, a nivel trabajo, a nivel mentalidad como pueblo, somos completamente desconfiados del prójimo.
A todos les pedimos comprobantes de lo que dicen, pedimos pruebas irrefutables.
No porque seamos desconfiados por naturaleza. No nacemos así. Lo que pasa es que nos hemos hecho así a fuerza de tanta transa entre nosotros.
Por ejemplo, si usted va a declarar algo ante una autoridad en México, seguro le van a pedir pruebas. Comprobantes. Originales, o copias apostilladas y notarizadas. Si se puede, firmadas con sangre, y le aseguro que no pocos querran comprobar si el DNA de esa sangre corresponde efectivamente al suyo.
Si en un documento su nombre aparece como Fco. en vez de Francisco, ¡ah, ya se puede esperar que se la hagan de tos! Ese "no es usted", "es un fraude", "falsificación", etcétera. Y se las verá canutas para comprobar que no hay transa.
Esta mentalidad de nosotros contrasta totalmente con la mentalidad gringa. En Estados Unidos, usted no tiene que comprobar nada, con su palabra basta.
Ante una corte, ante una oficina de gobierno, ante cualquier autoridad, generalmente basta con que usted levante la mano derecha y jure decir la verdad, sólo la verdad, y nada más que la verdad, para que todo mundo le crea. Porque usted LO JURÓ.
En algunas solicitudes o formas y contratos siempre hay una cláusula que dice: "Declaro bajo juramento que la información que presenté aquí es la verdad". Hasta en los contratos para servicio telefónico.
En Estados Unidos, la palabra de uno sí vale.
Y no es que los gringos sean unos dechados de honestidad, ni que no se sientan tentados a mentir. Muchos lo hacen. Pero la mayoría se abstiene de mentir, no por decencia o moral, sino que uno no sabe si lo cacharon en la mentira y lo están dejando ahorcarse a usted mismo.
¿Cómo estar seguros? Mejor no mienten.
Algunos se la juegan, y mienten. Pero si los cachan, ya pueden irse encomendando al santo de su devoción.
Porque el perjurio, en Estados Unidos, es un delito enorme. Gravísimo. Si se descubre que usted mintió, le puede ir peor que por el delito mismo.
Tuve mi primera experiencia al respecto al año de llegar aquí. Tenía que declarar mis impuestos, y acudí con Basurto, un contador que trabaja para hispanos en Dallas.
—Puedes deducir las millas que manejas en tu carro, si lo usas para reportear— me recomendó.
—¿Y cómo hago eso?—, pregunté.
—Simple. Cómprate un cuaderno, o una libretita. A donde vayas, anota cuántas millas tenías antes y después del trayecto. A fin de año te descuentan por cada milla recorrida y te pueden reembolsar ese dinero.
Mis ojos debieron haberse abierto como canicas, porque Basurto me vió extrañado.
—¿Y la oficina de recaudaciones, el IRS, acepta como documento válido una libretita escrita con pluma de mi puño y letra?— pregunté extrañado. Aún no lo podía creer.
—Claro. Ellos suponen que si tú te tomaste el trabajo de escribir y anotar cada milla durante todo el año, entonces debe ser cierto. Simple, ¿no?
Algo similar nos pasó cuando solicitamos un préstamo hipotecario para nuestra casa. Teníamos ciertas fallas en el crédito. Creímos que ya la causa estaba perdida. Hasta me imaginé la casa con alitas, que se alejaba de nosotros.
—No hay problema—, declaró Amy, una jovencita que nos estaba ayudando con el trámite. Encendió su computadora, y comenzó a escribir una carta. "Soy César Fernando Zapata, y estoy solicitando un crédito hipotecario. Tengo algunos problemas de crédito en tal y tal fecha, pero por medio de esta carta me comprometo solucionarlos. Estamos entusiasmados por nuestra nueva casa, y les aseguramos que cumpliremos con los pagos a tiempo".
Amy le extendió una pluma y me hizo firmarla. —Con esto basta—, declaró. Envió la carta junto con todos los papeles y me la aceptaron, igual que hubiera sido un documento con el sello de las barras y las estrellas, firmado por George W. Bush.
Lo dicho, en Estados Unidos, la palabra es sagrada. Si tú les juras, te creen. Y lo hacen de buena fe.
—Los gringos son muy inocentes— se reía un cuate una vez, luego de haberle "visto la cara" a un güero. Se sentía muy picudo por la hazaña. Se jactaba que a él nunca lo hacían menso.
Yo, en vez de seguirle el juego, me molesté. —Sí, y tú abusaste de esa confianza.
—¿Qué te traes? ¿Pus de qué lado estás?— me reclamó.
—Lo que pasa es que por esa actitud ahora nos tienen a todos los mexicanos por mentirosos—, le expliqué.
Y es cierto. En estados como Texas, cada vez menos gringos creen en la palabra de los mexicanos.
Cada vez más agencias de gobierno y oficinas están pidiendo pruebas "irrefutables" de que nosotros decimos la verdad.
Como dijimos, no es que nazcan desconfiados. Es que tanta transa los está haciendo así.
Lo peor es que no piden pruebas a otros gringos, sino solo a los mexicanos.
¿Discriminación? No creo. Más bien una palabra peor: DESCONFIANZA.
Como comentó una funcionaria municipal una vez a un amigo, que acudía a hacer un trámite: —Antes no pedíamos tantos papeles, pero nos dimos cuenta de que mucha gente cometía fraude— suspiró moviendo la cabeza. —Ahora debemos estar seguros.
No sé si felicitarlos por hacerse más estrictos. O lamentarme por nosotros, los que causamos ese cambio.
******
Para los que se están preguntando cómo me fue con mi cita de la residencia en Inmigración, les diré que todo estuvo bien. Tranquilo. Un trámite de ventanilla, nada más: "A ver sus papeles. Gracias. Firme aquí, por favor. Ponga su huella acá. Muy bien. En seis meses o un año recibirá su tarjeta, mientras use este sello para viajar. Gracias, y que tenga un buen día".
Tiempo total de espera y trámite: Una hora. Todos muy amables, muy profesionales y razonables. Lo dicho, Inmigración está cambiando. Ojalá así se comporten siempre, y con todos sus clientes.
E-mail: cfzap@yahoo.com

El regalito navideño que me tiene guardado el Servicio de Inmigración

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - ¿Que cuesta casi 20 mil dólares, le causa incontables depresiones, tensiones y problemas estomacales, y de pilón, le tardan 7 años en entregarle después de que usted paga por eso?
¿No sabe? Le voy a dar una pista: Mi "regalito" navideño.
No, no es un auto comprado a crédito. Tampoco es una tanda de mil personas.
No es un boleto de lotería comprado "retroactivamente", ni una herencia, ni un título post-graduado.
¿Se da? Le voy a decir: Es MI residencia permanente.
Mi "Green Card", o "Tarjeta Verde". El documento que especifica que un servidor es un "inmigrante legal" en Estados Unidos.
Por fin, después de más de siete años de espera, de incontables trámites, de dolores de cabeza, de ataques de neurastenia y nervios ante muros que la ley migratoria me ha impuesto, daré el ÚLTIMO paso de este largo y sinuoso camino: Tener la tarjetita que diga que soy un migrante legal en Estados Unidos.
¿Que porqué me tardé tanto? Pregúntele al Servicio de Inmigración (llamado ahora el Buró de Ciudadanía y Servicios Migratorios). ¿Que porqué me costó casi 20 mil dólares? No sé. Aún me estoy preguntando eso. Pero sobre todo, aún no alcanzo a entender de dónde demonios pude sacar tan gigantesca cantidad de dinero. Más de 200 mil pesos mexicanos.
Ni en qué se fueron: Recuerdo que tuve que contratar a una abogada. Me cobró, de entrada, mil quinientos dólares por una visa de trabajo, que incluía a mi familia. Pagué la mitad en ese momento (¡Con tarjeta de crédito! Aún estoy pagándola), y la otra mitad a plazos.
Luego, vinieron "piquitos": Que si viajar a firmar esto, que ir al consulado, que visar allá, que pagar "derechos", que pasaportes, carta de empleo, carta de Santa Claus, y no sé qué tanto.
Después, vinieron renovaciones, más visados, más derechos, y por fin, iniciamos el trámite para la residencia.
Ahí la abogada no se tentó la mano: 3 mil 500 dólares, si quieres. Mitad ahora, mitad cuando acabe el trámite. Ni modo.
De nuevo: Más papeles, más viajes, más trámites, más tensión.
El balance total: casi 20 mil dólares de gastos (incluyendo pagos de trámites ante Inmigración, y pago de abogado), y más de siete años de espera.
El mes pasado, por fin, me llegó la carta de aprobación. Saqué una cita para ir a la entrevista final. Aparentemente es sólo una "formalidad": Tomar huellas y una foto. Aparentemente, ya es el último tirón. Aparentemente TODO está bien.
Aparentemente...
Una de las cosas que me ha dejado esta aventura, es el haber aprendido que con el Servicio de Inmigración las apariencias siempre engañan. Cuando uno cree que lo tiene todo bajo control, ¡ZAS!, le salen con algo nuevo.
Me pasó hace algunos meses, cuando renové mi último permiso de trabajo.
Hicimos todo con anticipación. La ley dice que uno debe renovar la tarjeta cada año, tres meses antes del vencimiento, para evitar demorad. Lo hicimos con seis meses de antelación.
El permiso de trabajo se venció, y la nueva tarjeta no llegó.
Tuvimos que pedir una cita extra ante Inmigración. Después de cinco horas de espera, llegué a la ventanilla, con mis papeles.
"Usted no tiene ningún caso pendiente con nosotros", rezongó la oficial.
"¡Cómo que no!", casi me infarté. "Mire, renové mi permiso de trabajo y no me llegó. Sólo quiero un permiso temporal".
Expliqué, expliqué, y expliqué. La oficial movió la cabeza. Y la movió y la movió y la movió.
"Que no, que no. Aquí no aparece nada. No sé nada, no sé nada y no sé nada", repetía mientras tecleaba a la computadora.
Tuve que hacer un viaje relámpago a la oficina de mi abogada para pedir una copia del documento donde constaba que yo sí estaba arreglando mi residencia. Al verlo, la oficial volvió a mover la cabeza: "Debe haber algún error".
?????
Por fin, tras seis horas de espera, trámites y más neurastenia, me extendieron la tarjetita temporal.
¿Espantoso? ¿Exhasperante? ¿Inconcebible? Claro. Y más. Puede usted agregar todos los adjetivos que se le ocurra, y se quedará corto. Pero así funciona el Servicio de Inmigración de Estados Unidos.
"Una agencia del tercer mundo en un país del primer mundo", la calificó una vez una periodista canadiense.
(Y luego se sorprenden de que tanta gente se pase "a la brava", como indocumentados. Hacerlo "derecho", por la vía legal, es carísimo, y tardadísimo. Y el 99% de los solicitantes seguro serían rechazados.)
Como éste, me han pasado innumerables problemas con los agentes de Inmigración, siempre que he tratado con ellos. No, nunca he hecho nada ilegal. Pero ellos se encargan de hacerlo todo más complicado.
"No sé, no aparece aquí nada, no hay nada, no se puede, no se puede, no se puede", dicen.
No tendrán tronos ni reinas, ni nadie que les comprenda, pero detrás de su escritorio, los agentes de Inmigración son El Rey. Y su palabra es la ley.
Así lo estipula claramente el reglamento inmigratorio: Adjudica "discreción absoluta" a sus agentes para tomar decisiones por su propia cuenta, en el momento y en el lugar, sin consultar a superiores. ¿Usted quiere quejarse? ¡Por favor! Usted es un EXTRANJERO. Un "ALIEN" (Extraño). O séase, no tiene NINGÚN DERECHO a opinar sobre cuestiones de un país que NO ES EL SUYO. Así que cállese y acepte, sino le va peor.
Claro, como extranjero, sé que Estados Unidos no tiene NINGUNA OBLIGACIÓN para conmigo. Quizá moral, pero no jurídica. Somos, todos nosotros, invitados. La residencia permanente, o la visa, no es un derecho, sino un privilegio, que los dueños de esta casa se dignan en darnos... o negarnos. Igual en México y en China.
Pero no soy el único que piensa que las leyes migratorias son el peor desgarriate que tiene Estados Unidos. Hasta el propio presidente Bush lo ha admitido. Urge una reforma.
Últimamente, parece que las cosas están cambiando bastante con el nuevo jefe de Inmigración, el hispano Eduardo Aguirre. A la agencia la han dividido en dos: El brazo "armado", por decirlo así, que opera en la frontera (y que vemos todos los días deteniendo indocumentados), y el brazo "administrativo", o sea los funcionarios burocráticos, que están detrás de un escritorio.
A éstos últimos les han imbuído un sentido de "servicio al cliente", como si fueran una empresa privada: Al ir con ellos son más amables que antes. Incluso le piden, al final del trámite, que usted llene un papelito donde diga cómo califica su experiencia con Inmigración, si necesita mejorar, piden consejos. Se deposita en un ánfora, de manera anónima. Es un esfuerzo por mejorar el servicio al público, dicen.
Hasta han descongestionado las oficinas, y muchos trámites se pueden hacer por internet. Rápido, fácil, y desde su casa.
Pero aún con todo, siguen siendo burócratas. Y quizá el Servicio de Inmigración de Estados Unidos sea la burocracia más agobiada de trabajo del mundo, y la que peor resuelve sus trámites retrasados. Falta de presupuesto y una avalancha de solicitudes son las responsables de esta situación.
Dudo que alguien siga la ley migratoria al pie de la letra, es imposible. Está llena de contradicciones, de puntos vagos, de lagunas que parecen océanos. Si el funcionario se pone estricto, y le revisa hasta el último detalla al solicitante, algo le va a encontrar.
"¡¡¡Ajá!!! Usted durmió del lado equivocado de la cama la noche del 15 de abril de 2001. Eso significa que quebrantó la ley migratoria, por lo que ya no califica usted para tal o cual beneficio. Lo siento", dirá un agente, aburrido, tras un escritorio y una computadora. "I'm sorry. Next!".
Por eso he aprendido a no confiarme. Por eso no sé qué significa la cita que tengo dentro de algunos días ante Inmigración: No sé si ese "regalito" que me tienen guardado significa mi residencia permanente (¡Por fin!), o mi deportación inmediata a México. Con ellos nunca se sabe.
La próxima columna les informaré. Si la escribo desde México, sabrán porqué.
Feliz Navidad.
E-mail: cfzap@yahoo.com

sábado, diciembre 11, 2004

Y volví a ir al Consulado...(Parte II)

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas — Volví a ir al Consulado de México. De nuevo, a tramitar el pasaporte que me faltaba para mi familia, el de mi hijo, Césarito.

Y otra vez, me salieron con trabas.

Otro papel faltaba. Otra copia estaba mal. Otro retraso.

"¿Puede venir mañana?", me preguntó la muchacha de la ventanilla de pasaportes. Muy amable, muy eficiente, muy simpática...

...Pero no me dio el pasaporte!

"Ayer me entregó una copia fotostática de un acta de nacimiento equivocada", me explicó. "¿Podría traer el acta buena mañana?"

"Mañana trabajo", respondí en un tono de lamento. No sé si por ella o por mí.
(Rectifico: Por mí).

"Mándemelo por fax."

"Tengo el papel en mi casa. Y allá no tengo fax."

Y era verdad, lo juro. ¿De dónde iba a sacar un fax?

Un día antes, esa señorita me había dicho que podía regresar al otro día, que ya no tenía que hacer cola. "Sólo acérquese a la ventanilla y lo atiendo".

Lo que nunca me aclaró, es que eso mismo les dice a TODOS los que les falta un papel, y tienen que volver.

Resultado: Habían dos colas frente a su ventanilla. La de los que iban por primera vez, y al ladito (junto a la ventanilla) la de los que ya habíamos ido antes pero que nos faltó... "Un papel".

Aún con todo, la experiencia pudo haber sido peor. El personal del consulado fue amable. No fueron groseros. No me negaron el pasaporte. Me tardaron, es cierto, pero ¿qué puede uno esperar de una oficina de gobierno?

Muchas otras personas llegaron, entregaron sus documentos (completos y en regla), pagaron y les entregaron sus pasaportes dos o tres horas después. Sin problemas, sin preocupaciones.

Y seguro no les importó que el baño tuviera o no papel. O puertas.

Volví al día siguiente. La muchacha de la ventanilla (¿Cómo se llamará? Es muy simpática y eficiente, repito. La culpa de mis desgracias no es suya, seguro sólo sigue reglas) me recibió con una enorme sonrisa. Me puso enfrente de la fila (a pesar de las miradas asesinas de más de un paisano) con un: "¿Ahora sí ya trajo el acta?"

"¡Sí!", casi grité en triunfo. Le entregué el acta mencionada. Por si acaso, andaba bien pertrechado, con todos los documentos que encontré en mi casa bajo el brazo, en un portafolio. Ni la carta a Santa Claus se me olvidó.

La muchacha vio el acta. Asintió.

"Le tendré el pasaporte listo hoy, a las doce", me dijo.

¡No lo podía creer! Miré el reloj: Las 10.

"¿Tan pronto?", le pregunté, incrédulo.

Ella me lo aseguró. No tuve motivos para dudar, pero tampoco tenía corazón para comprobarlo.
Así que dejé pasar un día, y volví al día siguiente a las 12.

El pasaporte ahí estaba. Con la foto de Cesarito y su sonrisa medio torcida (muy "cool", dirán los niños de su edad. O eso creen. Un niño de ocho años nunca se atreverá a que lo fotografíen con sonrisas "bonitas", "nice" o "cute", serían el hazmerreír de la tropa). Por fin.

Mientras analizaba la situación, allí en medio de una oficina de gobierno de México, en Dallas, pensé que mi caso no era único. ¿Para qué me quejo? Seguramente, a los largo de los cincuenta estados de la unión americana, otros consulados están iguales.

O peores: Saturados de gente que hace trámites, ya sea para volver de vacaciones a México, para sacar permiso a sus autos para cruzar la frontera, o sacar pasaportes para un trámite ante el Servicio de Inmigración.

Vaya, la bronca comienza hasta el momento en que uno llega, pues no hay donde estacionarse. Hace dos años el consulado consiguió que le prestaran el terreno de al lado, para construír un estacionamiento, y con eso doblar sus espacios. Pero ni así.

Y aún con todo, México es el país que más consulados tiene en Estados Unidos: Alrededor de 45. El país que le sigue por número de consulados es Canadá, y apenas tiene alrededor de 17.

Y aún así son insuficientes. No es raro ver que familias enteras deben viajar días, gastando dinero, gasolina y tiempo para trasladarse hasta su consulado más cercano.

El de Dallas, por ejemplo, abarca una jurisdicción enorme: 130 condados de Texas, todo el estado de Arkansas, e indirectamente los estados de Oklahoma, Kansas y Missouri.

Han hecho hasta consulados "móviles", en los que personal de la oficina cada cierto fin de semana se traslada a pueblos o estados vecinos, a hacer casi todos los mismos trámites que se hacen en el consulado: pasaportes, matrículas consulares, etc. Estos consulados "móviles" han llegado hasta Alaska y Hawaii.

Pensando esto, no me sentí digno de quejarme. Volteé a ver el baño de hombres, y entré, mientras cavilaba.

Solo habían dos inodoros. Sin puertas. Estaban ocupados por dos "paisanos", quienes (desvergonzadamente o porque no tenían de otra) hacían sus necesidades tranquilamente, casi a la vista de todos los que entraban. "Quizá estoy siendo demasiado exigente", me dije.

El baño no tenía papel, ni siquiera puertas, es cierto.

Pero por lo menos NO tuve que viajar una semana desde Oklahoma o Arkansas a sacar los pasaportes.

Lo dicho: Quizá me estaba volviendo demasiado exigente.

Por fin de armé de valor: Hice un trámite en el consulado... y sobreviví

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas Por fin lo hice. Después de semanas de ir aplazándolo, al fin me llené de valor y tomé la decisión de una buena vez por todas.

Tomé aliento, y muy solemne, le avisé a mi familia.

"Hay que ir al Consulado".

Lo hice. No lo podía creer, había articulado la frase completa.

Pero ya no había marcha atrás. Ni modo.

Como millones de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos, necesitaba acudir al Consulado de México para renovar mi pasaporte. Hacía años que no había ido. Y le sacaba.

Cada vez que pasaba por el edificio del consulado en Dallas , el sentimiento era el mismo: Conmiseración. Conmiseración no hacia el consulado, sino hacia los cientos, miles de personas que día a día se ven haciendo filas enormes para sacar un pasaporte, una matrícula consular, o un permiso vehicular.

Yo siempre le he sacado a eso. Cada vez que necesitaba un trámite, prefería ir a hacerlo a México (y de paso aprovechar unas vacaciones).

Pero esta vez no me escapaba. El pasaporte estaba vencido y debía renovarlo para hacer otro trámite pendiente. Ni modo.

Algunos amigos me habían dado una sugerencia con antelación: "¿No quieres batallar? Ve y habla con el cónsul. Dile que eres periodista, de los medios. Pidele que te haga la balona para no hacer cola".

Confieso que la idea era tentadora. Una suerte de charolazo como los que se hacen en México a cada rato, solo que esta vez no era para entrar de gorra a las cantinas, sino para una causa noble: Ahorrarme el martirio de los trámites burocráticos.

Pero desistí. No por ser un santo, o un paladín de la verdad y la justicia (no lo soy, ni nunca he pretendido serlo), sino por simple vergüenza: ¿Con qué cara iba a criticar a la gente que se cree influyente (periodistas incluídos) si yo mismo caía en lo mismo.

No, preferí seguir el procedimiento oficial: Hacer cola, como todo mexicano. Como todo paisano. Como todo inmigrante. Perder medio día de trabajo, sin comer, sin desayunar.

Para desgracia de mi familia. Y mía.

Llegamos temprano. A sacar copias. El día anterior pasé por la oficina y pedí las formas y los requisitos. Estaban escritos en una hoja sencilla: Al leerla, me di cuenta con alivio que contaba con todos los documentos. Solo me faltaban las fotos.

Por fortuna, ahí cerca del Consulado (más bien dentro del mismo estacionamiento) hay una casetita donde toman fotos y copias. Claro, está siempre atascada de gente. Es como un pequeño consuladito.

"¿Oiga, cuánto por las fotos?", preguntamos, inocentemente. Solo necesitabamos 3 fotos, tamaño pasaporte. No debía de ser la gran cosa, total en Wal-Mart o Eckerd nos cobran 5 dolares por 32 fotos.

"Le salen en 15 dólares por cada cuatro", fue la respuesta.

Eso sí, instantáneas. Están luego luego, me dijeron.

¡Pero quince dólares! En fin...

Nos tomamos las fotos. Sacamos las copias. Pagamos. Y nos salimos.
"¿Ya nos vamos?", preguntó inocente Cesarito, aburrido por estar esperando cuarenta minutos a las fotos y las copias.

Ja. "Si apenas comenzamos, mijito", le dije.

Ni modo. Al menos el consuelo que le queda es que lo tuve que ir a sacar de la escuela para los pasaportes. No se podía quejar.

Cuando entramos al edificio del Consulado, el que se quería ir fui yo.
Colas, colas y colas. Laaaaaargas.

La de los pasaportes tenía como veinticinco personas. Y lo peor es que parecía no moverse. Sólo una ventanilla atendía.

Con todo, estábamos en la gloria: Al lado, los que querían sacar matrícula consular la estaban pasando peor. Facilito eran más de cincuenta, y con solo dos ventanillas.

¿Sillas? Unas doce apenas para los pasaportes. Para la matrícula no llegaban a treinta.
Huelga decir que la gente estaba fastidiada. Cansada. Aburrida. Pero qué hacían.
Nuestro consuelo era platicar. Y criticar.

(¿Acaso no estábamos en una oficina de gobierno de México? A donde fueras...)
Curiosamente, la ÚNICA ventanilla que avanzaba rápido era la de los extranjeros, o sea los no- mexicanos: En esa ventanilla decía VISA A EXTRANJEROS, y no tenía colas ni esperas. Los pocos que llegaban los atendían como de rayo.

"¿Ya nos vamos?", repetía su mantra Cesarito.

"No, todavía no", respondí mecánicamente.

"¡Qué lentitud!", se quejaba mi esposa Esther, mientras llenaba una forma de quejas y sugerencias (enfocándose, claro en lo primero). "La fila no avanza. Mira, parece que estamos en cualquier oficina de gobierno en México".

La miré, sonriendo: "¿Y DÓNDE crees que estamos?".

Sí, es Dallas. Es Texas. Pero allí, dentro del Consulado, es México. Un pedacito de México. "Un cachito de lo nuestro", como dice el comercial.

Y parece que sus funcionarios son los principales interesados en recordárnolos.

"¿Porqué no ponen más gente?", se desesperaba Esther.

"Pos porque no tienen", respondí.

"¿Y qué hacen con todo el dinero que la gente les paga por los trámites? ¿A dónde va?"

Buena pregunta. Contra lo que se puede suponer, los consulados NO reinvierten los ingresos que obtienen por pasaportes o visas, según nos informó un cónsul. No, lo envían a México, todito, a la SRE... que se encarga de DISTRIBUÍR esos ingresos en base a SU criterio.

O sea, si un consulado recauda mucha lana, seguro que no va a recibir esa lana, sino menos. Mucho menos. Y hágale como quiera.

Por ejemplo, el consulado de Dallas durante el año 2003, recibió un presupuesto fue de apenas 1 millón de dólares. Y eso lo debió usar para pagar todo lo necesario: Mantenimiento, renta del edificio, comprar papelería, etc., etc.

"Somos víctimas de nuestro propio éxito", comentaba una vez un cónsul alterno de Dallas, Julián Adem, al hablar de los trámites como la matrícula consular. Habían trabajado mucho para promover su uso entre los paisanos, y organizaciones públicas y privadas de Texas. Cuando la aceptación fue amplia, los inmigrantes se volcaron a tramitarla. Y el consulado hizo agua.

"Mira nada más las computadoras", pensé en voz alta, entre dientes, mientras pasaba mi primera hora y media en la fila. Seguro eran modelos IBM 486, de principios de los noventas. Con razón el funcionario se tardaba: Con semejantes antiguallas...

Tardamos, tardamos y tardamos. Por lo menos la gente estaba de buen humor. Hay un guardia de seguridad que hacía rondines: Un señor mayor, bajito, de bigote y lentes con acento caribeño que se la pasaba bromeando con nosotros. Como para hacernos más llevadero el martirio.

Por fin llegamos a la ventanilla. Entregamos todo.

"Oh, oh, hay un problema", nos dijo la muchacha. Muy amable, muy gentil, muy profesional... pero había UN PROBLEMA.

Necesitábamos una identificación de Cesarito, para renovar su pasaporte.

"Pero mírelo, es su cara", le volteé la cara. "Es él".

"Necesitamos una identificación, aunque sea la boleta de la escuela", nos dijo la chica. "Es requisito".

Sacó una hoja de requisitos, como la que yo tenía del día anterior. Sí, ahí con letras negras y claras decía: Menores de 18 años, identificación de la escuela, como boleta de calificaciones o cartilla de vacunación.

"Oiga, eso no estaba allí ayer", le dije. Saqué mi hoja. No, no estaba allí. Menores de 18 años no decía nada, sólo acta de nacimiento y pasaporte anterior.

La muchacha estaba extrañada. "Voy a decirle al cónsul que incluya todos los requisitos en la hoja", ofreció, sonriente y amable.

"Sí, por favor. Que ponga santo y seña, para que no pase esto", le supliqué.

Pero ya para qué. No había nada qué hacer, ni modo. Había que volver OTRO día.

Eso sí, la muchacha aceptó nuestras solicitudes de pasaporte. Y hasta nos preparó la de Cesarito para que al día siguiente solo le agregara lo que faltaba.

¿Fue una experiencia traumática, mi cita con el consulado? Fue lenta, es cierto. Fue tardada.
Pero no, no fue peor que cualquier otro trámite, en cualquier otra dependencia de gobierno, de México o Estados Unidos.

Dicen que la cosa está cambiando. Que los consulados están metiendo trámites por internet, que están haciendo todo más ágil.

A la mejor. Ojalá. Quiero creerlo. Por el bien de todos los inmigrantes y hasta de los propios empleados consulares.

Por eso, no me haga caso con mis quejas. Quizá exagero, lo reconozco. El problema a la mejor soy yo. (No sea que vayan a correr a alguien del consulado por mi culpa)

Porque, debo confesar, ODIO los trámites burocráticos.

Pero no creo que haya alguien (un sólo ser en este mundo) al que le ENCANTEN estos trámites. Que los haga por hobby, o que se sienta realizado de ir a perder horas y horas parado en una oficina, por muy bonita y eficiente que sea.

¿O a usted sí?

E-mail: cfzap@yahoo.com

viernes, noviembre 26, 2004

La Fiesta Patronal del Thanksgiving: Una celebración 100 por ciento... ¿mexicana?

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Llegó otra vez. Como cada año. Como cada otoño.

El Día Más Sagrado de los Americanos.

El Thanksgiving Day. O Día de Acción de Gracias, como lo conocemos en México (aunque no lo celebremos).

Antes de que piense que se trata de una fiesta "típicamente-gringa-que-nada-tiene-que-ver-con-nuestra-idiosincracia-ni-nuestras-auténticas-raíces-aztecas" (como si aún anduviéramos en taparrabo y huaraches ofrendando sacrificios humanos a Huitzilopochtli. Aunque algunos por ahí no dudo que tengan perversiones peores), déjeme aclararle que está totalmente equivocado.

Usted en México, quizá, no celebrará el Thanksgiving. Y no tiene porqué, si no quiere. Pero en Estados Unidos, más de 30 millones de "paisanos" sí lo hacen, en mayor o menor medida. Los inmigrantes, como nuestros hijos, hemos hecho nuestra esta tradición, casi desde siempre.

Incluso desde antes de que llegaran los peregrinos ingleses a Nueva Inglaterra, pues se dice que el primer Thanksgiving se celebró en El Paso como 70 años antes. Y entre mexicanos y españoles.

Vaya, tan "nuestro" ya es el Thanksgiving, que hasta lo hemos rebautizado. Ese nombrecito anglosajón como que es medio complicado para nosotros: Muchas consonantes guturales juntas. En cambio, usted puede escuchar cómo los inmigrantes de Guanajuato, San Luis, Michoacán, Puebla, Centro y Sudamérica se preparan con días de antelación para festejar... El Día del Guajolote.

Porque, claro, la tradición es comer pavo ese día, ¿no?

Otros, más religiosos, y recordando que en sus pueblos cada festejo se debe a una fiesta patronal, escucharon el nombrecito en inglés y lo interpretaron a su leal y saber entender: Para ellos no es Thanksgiving, sino El Día de San Guivi.

(¿Será, se preguntan, la celebración del santo de los guajolotes?)

El caso es que el Día de Acción de Gracias ya lo hicimos nuestro. Y si los gringos y los negros lo celebran de manera típica, con pavo, puré de papas y pastel de manzana, nosotros al guajolote le agregamos tamales, atole, champurreado, mole poblano, pupusas centroamericanas, asado argentino o paella valenciana.

Lo amenizamos no con "jingle bells" en inglés, sino con música de Chente Fernández, Lupillo Rivera o Los Tigres.

Si esa noche familiar, a la mesa y con la familia, los norteamericanos "puros" dan su oración pidiendo por sus hijos y padres en la guerra de Irak, o por terminar con el terrorismo y mejorar la economía, nosotros los inmigrantes hispanos además de todo eso le agregamos oraciones por nuestros parientes que dejamos "allá", en nuestros pueblos, en nuestras ciudades.

Damos gracias por haber tenido tanta chamba en el año (no importa que sea en la pizca, en la construcción o limpiando oficinas), y hasta pedimos que haya una oportunidad de legalizar los documentos de tantos amigos y familiares que no los tienen.

En síntesis, el Día de Dar Gracias sirve precisamente para agradecer a Dios por las bondades recibidas en el año. Es un día familiar, quizá el único día festivo verdaderamente "americano" que existe. El más importante de este país, porque lo celebran igual cristianos que judíos o árabes, blancos y negros o cafés, hijos de ingleses, italianos y mexicanos.

Quizá después de toda esta explicación, usted aún no tenga claro cuál es el objetivo de esta celebración.

Suena mucho a Navidad, y a Año Nuevo, dirá. En esos festejos también damos gracias a Dios, también está la familia reunida, también comemos pavo o tamales.

¿Entonces para qué sirve el San Guivi?

Okey. Ya le dí la explicación oficial. Pero yo tengo mi opinión personal. No es la verdad absoluta, sino mi humilde punto de vista. Un poco cínico, quizá, pero bueno, vale.

¿Para qué sirve el San Guivi?

¡Pos pa' vender!

Porque el último jueves de noviembre, oficialmente, da inicio la temporada navideña en Estados Unidos. Y los negocios lo hacen saber con bombo y platillo a sus clientes, anunciando en periódicos que preparan la Venta Madre de Todas las Ventas.

Desde las 6 de la mañana del viernes (al día siguiente de Thanksgiving), se ponen en sus marcas: Familias enteras se levantan como con cohete de sus camas, y salen disparados a pegar las narices a los cristales de las puertas de las tiendas y los malls, contando los segundos para que abran.

¿Que se desvelaron la noche anterior con el festejo? ¿Que andan crudos porque se pusieron hasta atrás, brindando, riendo y comiendo con los parientes y amigos? ¡Qué importa! Tres o cuatro aspirinas, una coca y dale pa'l mall, que es la Super Venta de Thanksgiving.

Y es el escándalo.

Desde la calle ve las largas filas de compradores, como si regalaran algo. Dan vuelta a la esquina.
Y claro, en los estacionamientos no cabe ni una llanta más. Hay que estacionarse cuatro cuadras más allá.

Claro, los comerciantes le dirán que es una "Gran Oportunidad Para Usted, Nuestro Cliente Preferido". Y la gente se la cree.

En realidad, lo que hacen es sacar toda la mercancía que no se vendió en el año. Hacer espacio en los anaqueles para los cargamentos de Navidad.

Pero, ¿a quién le importa? Todo está casi regalado. Descuentos del 20, 30, 40, 50 y hasta 60 por ciento en todo.

Y así comienza la rebatiña:

"¡A ver, agárrate esa tele!", grita la mamá a la hija adolescente, que trata de mantener siquiera el equilibrio entre el pantano de gente.

"¿Cuál?", apenas grita la chica.

"¡La que tiene DVD integrado! ¡La de 120 dólares!"

¡Más de la mitad de descuento! Esas teles cuestan más de 300 dólares, "normalmente". ¿Cómo la va a poder dejar ir? No, la señora primero deja ir a la hija con un cholo antes que perder la oferta.

Mientras la mamá hace malabares con un videojuego, un estereo y una bicicleta, la hija defiende su tele de 20 pulgadas con dvd integrado como si de su doncellez se tratara.

(Bueno... quizá con un poco mas de entusiasmo).

La defiende como loba. Y quizá tiene razón: Las manadas de compradores salvajes rondan la oferta, en espera de que la muchacha dé una pestañada para arrebatarsela.

Es la ley de la selva.

De hecho, usted podrá pensar que estos compradores son exagerados. Que se pasan de codos. Que, mira si simplemente son trebejos. Más triques, que terminarán haciendo bulto en algún garage, antes de ser botados a la basura o regalados en una venta.

Entonces llega usted a la fila de las cajas para pagar. Y se da cuenta de que los compradores tenían razón: Si hay quien tiene la paciencia y el aguante para esperar una o dos horas en la cola, claro que se merece la oferta.

No importa que llenemos los carritos de porquerías que jamás usaremos. ¡Si están baratísimas!
Además, uno nunca sabe: Quizá algún día se nos ofrezca usar una chimenea portátil de metal forjado en nuestro porche del patio trasero, ¿verdad?

(Qué importa que no tengamos ni porche, ni patio trasero, o ni siquiera casa... Por lo pronto, ya estamos preparados con la chimenea portátil. ¡Además, estaba baratísima!)

Lo dicho: el Thanksgiving, además de ser el Día del Guajolote, es la celebración más americana que hay. Y por eso, los compradores compulsivos (y las empresas de tarjetas de crédito) tienen razones de sobra para darle gracias a Dios.

sábado, noviembre 13, 2004

Si EU quiere seguir progresando, quizá deba quitarles la ciudadanía americana a los gringos

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas — Conversando con un amigo una vez, tratábamos de analizar porqué Estados Unidos se convirtió en la potencia que es ahora.

¿Qué tuvieron los gringos que los demás países no? Además de suerte, claro (acuérdense, por ejemplo, que Estados Unidos no sufrió ninguna destrucción dentro de su territorio en las dos guerras mundiales, que devastaron Europa y Japón).

(Y, para agradar a los antiyanquis izquierdistas, además de "pisotear a otros países" y de paso, "robarse la mitad del territorio mexicano".)

Pueden haber muchas respuestas sesudas y doctas. Muchas razones. Pero creo que, al final, lo que hizo de Estados Unidos una superpotencia, fue, sencillamente, hambre. Hambre de su gente por hacer algo. Primero, esa hambre fue para satisfacer las necesidades básicas: Tener un techo donde vivir, un plato con comida que llevar a la mesa.

Después, el hambre de crecer, aún a costa de los dueños ancestrales de la tierra, que fueron los indígenas.

Luego, con la expansión, el hambre fue de recursos, de construír, de crecer. Hambre de oro, de riqueza, de éxito rápido.

A veces los motivos fueron moralmente cuestionables. Vil mezquinidad, dirán algunos idealistas franceses. Simples mercaderes incultos, deseosos de hacerse ricos, dirán otros. Pero el resultado está ahí, a la vista.

Los gringos, en síntesis, tuvieron hambre. Y no se detuvieron ante nada para satisfacer esa hambre, o megalomanía. Y el resultado fue ese país, que uno puede odiar o admirar, pero que no pasa desapercibido.

Pues bien, esa hambre que impulsó a siete generaciones de norteamericanos para crear la única superpotencia de principios del siglo XXI, parece que ya desapareció.

"No lo vas a creer", me decía un amigo que acababa de llegar a Texas, hace tiempo. "Trabé amistad con un jovencito americano, ¡y si vieras lo vacío que está! Se contenta con voltear hamburguesas en un restaurante, no piensa en estudiar y su mayor aspiración es comprarse una cerveza y una pizza el sábado en la noche."

Este inmigrante no podía creer lo que veía. Él, como muchos otros de nosotros, pasó las de Caín para llegar a Estados Unidos. Una vez aquí, estaba volviendo a vivir una pesadilla, al no tener documentos legales que le pudieran permitir siquiera trabajar.

A duras penas logró encontrar una chambita de medio tiempo limpiando baños, a las 4 de la madrugada, y eso le medio daba para sobrevivir. A pesar de tener estudios universitarios en Latinoamérica.

Por eso se sorprendía al ver personas más jóvenes que él (nacidos en Estados Unidos, con ciudadanía americana, con seguro social y papeles, en fin: Con todas las facilidades para progresar y tener éxito) totalmente apáticas.

"Es verdaderamente difícil encontrar personas que de verdad quieran trabajar", se quejaba otro inmigrante, éste sí con papeles y muchos años en este país. Como gerente de un local comercial, prefería contratar inmigrantes mexicanos, árabes o chinos, en vez de ciudadanos americanos, porque "ellos sí trabajan".

"Una vez", recuerda con amargura, "llegó una muchacha ciudadana a pedir un trabajo. La contratamos pero exigía horas extras. Pero no le gustaba trabajar:ponía trabas para todo, se quejaba de todo, y a la menor llamada de atención ponía cara de disgusto y amenazaba con demandarnos si la despedíamos".

Otra persona que contrataron simuló una caida "accidental" en medio de la oficina a los pocos días de llegar, para cobrar seguro de incapacidad. Cuando la empresa quiso evitarlo, los llevó a corte.

"Muchos, como son ciudadanos, quieren que el gobierno los mantenga gratis. O que una empresa termine pagándoles sin trabajar", se lamentaba el gerente inmigrante.

"Ese es el problema que tiene ese país", recordaba por su parte un capataz de obra de construcción. El tipo es un norteamericano "puro": anglosajón, protestante, de ojos azules y cabellos rubios. Pero también es un experto en el manejo de personal, por eso expresaba claramente sus opiniones: "Los ciudadanos se quejan de que estamos llenos de inmigrantes indocumentados. Dicen que 'les quitan los empleos a los norteamericanos'. Pero la verdad es que es raro que los ciudadanos americanos acepten hacer cierta clase de trabajos, como la construcción".

Y cuando aceptan un empleo así, "de inmediato quieren ganar 25 dólares la hora, tener beneficios sociales exagerados, y trabajar cuando les dé la gana".

Por eso, no es raro que el 90% de los trabajadores de ciertas industrias son inmigrantes. En la construcción, en la hotelería, en los restaurantes, en los talleres mecánicos, la jardinería, y en general cualquier área donde se requiera un enorme esfuerzo físico, la mano de obra inmigrante es más que apreciada.

¿Los norteamericanos quieren que esas industrias contraten sólo ciudadanos? Tendrían, primero, que satisfacer todas sus demandas. Y no todas las empresas están en esas condiciones. Si un día desaparecen los inmigrantes como por arte de magia (como ocurrió en el bodrio "Un día sin mexicanos"), y los empresarios se ven obligados a emplear sólo a ciudadanos, ya podemos pensar que las empresas NO absorberían ese gasto extra.

¿Quién lo absorbería, entonces? Pues el consumidor. Porque los precios de varios productos y servicios subirían, para compensar las exigencias de los trabajadores.

Los inmigrantes trabajan duro. No se quejan. Son cumplidos. Muchos, es cierto, desafortunadamente son víctimas de abuso, de casi esclavismo por su misma ignorancia y situación ilegal. No vendría mal un sindicato que les defendiera.

Pero la realidad es que muchos de ellos son los que trabajan. A diferencia de muchos, muchos otros ciudadanos americanos que no les gusta trabajar.

"La situación es terrible", se quejaba un jovencito norteamericano "puro", mientras buscaba trabajo durante un verano en que estuvo de vacaciones de su escuela. "No hay trabajo. Quiero solicitar empleo en de mesero, y me ofrecen una miseria. ¡Y además tengo que hablar español!"

Por supuesto, el jovencito (y su familia, de paso) ya tenían un culpable de esta situación: Los "malditos" inmigrantes. Si no fuera por ellos, las empresas tendrían que aumentar sus salarios hasta el gusto de su nene: 30, 40 ó 50 dólares la hora, de martes a miércoles, y eso entrando de 10 de la mañana a 12 del día, solamente.

En cambio, seguramente ese trabajo de mesero fue a un inmigrante, hombre o mujer, de México, Centro o Sudamérica. Alguien que aceptó las condiciones, que trabaja duro, que cumple con el trabajo. Alguien con hambre.

Hay que aclarar: Aún hay muchos norteamericanos emprendedores y luchistas. Que se levantan temprano, que toman riesgos, que inventan, que crean. En muchas industrias de punta, como la computación, el internet y el entretenimiento, Estados Unidos le lleva la delantera al mundo con mucho. Y lo seguirá llevando durante muchos años.

Pero cada vez son más y más los jóvenes que adoptan una actitud irresponsable al respecto. Que les vale. A quienes nada los impulsa.

Les falta hambre.

¿Qué ha pasado con esa hambre? Algunos piensan que estos americanos son víctimas de su mismo éxito. Porque las privaciones que impulsaron a sus abuelos y bisabuelos a progresar ya no existen, y la vida cómoda ha atrofiado a sus bisnietos.

"El ímpetu de progresar que ha distinguido a los americanos ha desaparecido", comentaba un periodista en inglés recientemente. "Quizá sea tiempo de seguir un consejo que dio una vez un columnista chicano: Cada cierto tiempo, a los ciudadanos americanos de tercera generación habría que sacarlos del país, quitarles su ciudadanía, y obligarlos a seguir todos los trámites para inmigrar que les imponen a los extranjeros".

Como dice el dicho, que valoren lo que tienen, antes de que lo pierdan. Quizá solo así se logre de nuevo estimular ese ímpetu, esa hambre que hizo de los norteamericanos el país que son hoy, ¿no cree usted?

E-mail: cfzap@yahoo.com

Los electores americanos hablaron: Ganó Bush... y ni modo

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - Ganó Bush. Volvió a ganar las elecciones. Y por paliza.
¿Porqué votaron los norteamericanos por Bush, se preguntarán en todo el mundo? Para muchas personas fuera de Estados Unidos, la decisión es inconcebible.
"Pero si Bush es un inepto, es un tonto, es un belicista, es esto, es otro", dirán.
Es, en síntesis, "El Gran Satán". El que apretará el botón del Apocalipsis que envolverá en llamas a todo el planeta.
Lo que muchas personas fuera de Estados Unidos no entienden es que Bush fue electo por norteamericanos, para norteamericanos.
Sí, lo que pase en la primera potencia del mundo afecta a toda la humanidad. Pero las elecciones fueron DENTRO de Estados Unidos. Y el mundo no tenía derecho a opinar. Al menos en primera instancia.
Aunque duela, es la verdad. ¿A poco el elector mexicano se preocupa mucho porque en Estados Unidos le hagan el fuchi a López Obrador? Los perredistas votarán por él para presidente, y ya. Si se postula, claro.
Igual los franceses, los alemanes y los japoneses. Si algún extranjero osa siquiera criticar a un candidato (sobre todo si es popular), puede esperar que lo callen por meterse donde no lo llaman.
Si con todos los países es lo mismo, ¿porqué no en Estados Unidos?
La elección fue un asunto interno entre americanos. Y los americanos, resulta que apoyan a Bush. Les gusta su manera de gobernar. De llevar el país.
Incluso muchos hispanos (mexicanos también) votaron por él. ¿Porqué?
"Hay que tener a alguien fuerte que lideree al mundo", comentaba un amigo hispano, nacionalizado americano.
"De tenerlo los franceses o los rusos a nosotros, mejor nosotros".
Y ésta es la opinión general: De haber un belicoso, preferible que sea NUESTRO belicoso a un belicoso árabe, por ejemplo.
¿Que a los demás no nos gusta? Ni modo. ¿Quiénes somos para decirles a los americanos qué presidente es bueno o malo? ¿Con qué cara por ejemplo, los mexicanos o los lationamericanos nos entronizamos como expertos, para pontificarles a otros pueblos qué hacer y que no?
Cada nación tiene los gobernantes que merece. O que elige. Y los americanos eligieron a Bush, con el mayor número de votos en su historia, por cierto.
¿Que Kerry hubiera sido mejor? Bueno, ¿mejor con respecto a qué?
Muchos pensamos que Kerry era Santa Claus. Que tenía una varita mágica.
Por principio, Kerry NO hubiera sacado las tropas americanas de Irak. No hubiera ido a la ONU a pedir perdón. No hubiera ido a tender manos amigas con Francia y Alemania. Al menos no de primera instancia.
Es más, es hasta probable que Kerry hubiera mantenido la misma política de Bush, porque andaría tras la reelección. No podía correr el riesgo de caerles mal a la mitad de los electores que quieren un Estados Unidos fuerte.
Es hasta probable que ahora Bush cambie sus actitudes, ya que no tiene sobre de sí la espada de Damocles de la reelección. Y con un Congreso de su lado, podrá hacer lo que le plazca. Para bien o para mal.
De todas maneras, es cosa de Estados Unidos. No es asunto de la comunidad internacional.
¿Que Bush reza en público? Muy su bronca. ¿Que es militarista? Así le gusta a sus electores que sea. ¿Que es un arrogante, unilateral? Así lo eligieron.
Y eso es lo importante para SUS conciudadanos. Para SU país. No para los de afuera.
De todas maneras, ahí quedó. Los americanos están divididos, pero las elecciones ya pasaron.
¿Bush va a mejorar sus relaciones con México, y con Latinoamérica? Quizá. Seguramente. Como mencionamos, ya no tiene sobre de sí una reelección pendiente.
De hecho, es muy probable que incluso rompa algunas promesas electorales, y apruebe una amnistía inmigratoria para los millones de indocumentados que vivien en este país.
¿Que sus electores más ultraderechistas se enojarán y le retirarán el apoyo? No creo que le importe mucho. Ya lo han hecho antes. Desde que llegó a la presidencia, Bush ha insistido en su agenda de "conservadurismo compasionado", es decir, una derecha moderada, lo que les cayó como patada al hígado a muchos republicanos.
No fue sino hasta después del 11 de septiembre de 2001 cuando debió dejar su agenda política de lado, y volverse guerrero. Para satisfacer a sus electores.
¿Seguirá favoreciendo a los ricos? Tal vez. Pero ya no depende tanto de ellos para reelegirse.
Ya terminó con sus tres principales objetivos: Tumbar a los talibanes, tumbar a Saddam ('el tipo que quería matar a mi papá', dijo), y reelegirse.
Ahora solo viene el reacomodo. Dejar un "legado" positivo en la historia. Y tendrá 4 años para lograrlo. Para hacer alianzas. Para mantener contentos a ese 48% del electorado que no lo quiso.
¿Que aumentará el déficit en Estados Unidos por su culpa? No lo creemos. Seguramente va a aumentar los impuestos. Aunque haya dicho que no. Seguramente hará lo que crea conveniente para evitar una debacle económica. Acuérdense que su papá hizo lo mismo a pesar de haber dicho "Lean mis labios, no más impuestos".
(Para los que se apresten a escribirme para protestar por la guerra, aclaro: No, Bush NO hizo la guerra por el petróleo de Irak. Contra lo que muchos "expertos" piensan. Irak produce algo así como 50 mil millones de dólares al año de petróleo. La guerra en cambio ya costó más de 150 mil millones. ¿Dónde están los beneficios?
Si acaso, los beneficios se dieron en el ramo militar, pues reactivó la producción de armas. Y de nuevo, eso benefició a los americanos porque creó trabajos.)
Somos optimistas. No pensamos que es el apocalipsis. No pensamos que es el fin del mundo. Bush llegará, gobernará, y saldrá. La guerra seguirá, la economía mejorará (lentamente), el mundo seguirá su marcha. Los terroristas árabes seguirán con amenazas, habrán algunos atentados (menos que antes, claro). Y Bush se irá. No es el fin del mundo.
(¿Se acuerdan que así decían cuando Ronald Reagan se reeligió? ¿Y qué pasó? Nada.) Y no, NO soy republicano. A mí me hubiera gustado que ganara Kerry, lo confieso. Para oxigenar el ambiente tan enrarecido por 4 años de Bush. Pero tampoco creo en los Santos Reyes: Era casi un hecho que Bush iba a ganar.
¿Que a muchos no nos gustó? Ni modo. No podíamos votar. No somos ciudadanos americanos. Y los que sí votaron, resultaron ser minoría. Y así funciona la democracia. E-mail:

cfzap@yahoo.com

"Gaby", el niño de la calle mexicano que capturó 1,500 soldados japoneses

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - A Guy Gabaldón le decían "Gaby" de cariño. Hijo de inmigrantes mexicanos, Guy había nacido en 1926, en el barrio este de Los Ángeles, donde se concentra la población chicana.

Era un "niño de la calle": Por los días hacía trabajitos eventuales. Por las noches, dormía en donde podía, generalmente en la calle. A los 10 años limpiaba zapatos para medio comer. Y tenía que "estar siempre alerta" ante los peligros de vivir en un barrio peligroso, lleno de pandillas y delincuentes.

A los 12 años, Guy fue adoptado por una familia de inmigrantes japoneses de California. Allí creció, se educó y aprendió a hablar el idioma japonés.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el adolescente se enlistó en la Marina de Estados Unidos. Su familia, por ser "enemigos extranjeros" fue internada en un campo de concentración, a donde enviaban a todos los descendientes de japoneses durante la guerra.

Al enlistarse como soldado raso, Guy informó que hablaba buen japonés. De inmediato, la Marina lo comisionó a la Unidad de Inteligencia Naval R2, destinada al Pacífico.

Guy comenzó como intérprete e interrogador de prisioneros japoneses. Pero su labor no se detuvo ahí: La historia le tenía deparado un destino increíble.

El 15 de junio de 1944, Estados Unidos inició lo que se conoció como el Día D del Pacífico: La invasión de las Islas Marianas, particularmente Saipán, la isla principal, y estratégico bastión ocupado por Japón.

La batalla fue sangrienta, desde el primer día del desembarco. Los japoneses luchaban a muerte: Su código de honor les impedía caer presos, pues para ellos era deshonroso. Preferían morir a ser capturados, como lo hacían los legendarios samurais.

Lo peor fue que el ejército japonés había manipulado a la población civil, y les hizo creer que debían morir antes de ser capturados por los soldados americanos. "Si los americanos capturan a tu familia, van a rostizar a tus hijos y se los comerán", decían.

En su ignorancia, cientos de civiles, campesinos y pescadores, se lanzaban desde los riscos de las islas al ver que se aproximaba el enemigo. El propio Guy fue testigo de escenas horrorosas, en las cuales los padres de familia lanzaban al vacío a sus hijos pequeños, quienes lloraban y les pedían que los dejaran vivir.

De hecho, durante las primeras 15 horas de batalla, hubo un total de 30 mil muertos de ambos bandos.

Ante este escenario, el comandante de la Unidad R2, Capitán John Schwabe, temía que las batallas causaran cientos de bajas entre sus soldados. Los japoneses nunca iban a aceptar rendirse pacíficamente.

Guy pensaba distinto. En una expedición que hizo por Saipan él sólo, se encontró con tres soldados japoneses heridos, que se habían escondido entre varios cadáveres. "¡Te o agete!", les gritó, en perfecto japonés: "¡Levanten las manos!" Uno de los soldados quiso disparar, pero fue acribillado por Guy. Los otros dos aceptaron rendirse.

Cuando volvió a su campamento con dos prisioneros, Guy fue recibido no con felicitaciones ni medallas, sino con regaños del capitán Schwabe: Está prohibido andar haciendo incursiones solitarias. Si desobedeces órdenes, serás arrestado y enjuiciado.

Guy no hizo caso. Siguió saliendo solo. A la noche siguiente volvió con 12 prisioneros. Él solito. Muchos más prisioneros de lo que toda la compañía completa había logrado capturar.
Al día siguiente regresó con 50. Y casi sin disparar un tiro.

¿Cómo lo lograba? Simplemente, hablando con los japoneses, en japonés. Y hablando, y hablando. Convenciéndolos. Algo que ningún soldado americano podía lograr.

Al ver su efectividad, Schwabe le dió carta blanca a Guy para actuar como "Lobo Solitario".

Algunas noches salía y buscaba campamentos enemigos en la selva. Disparaba a los guardias y comenzaba a convencer a los demás a gritos que se rindieran.

Luego llegó el día de "Los 800".

El 8 de julio por la mañana, Guy convenció a dos soldados japoneses de entregarse."Tenemos totalmente rodeada la isla, con artillería, barcos y lanzallamas. ¿Para qué morir, cuando tienen la oportunidad de rendirse en condiciones honorables?", les dijo.

Les prometió que los iban a tratar bien, y que los mantendrían prisioneros hasta que acabara la guerra. Entonces regresarían a Japón, sanos y salvos.

Gabaldón sabía que era difícil convencer a un soldado japonés de rendirse. El propio código Bushido, que regía a los samurais, lo prohibía. Pero no tenía otra opción. "Era convencerlos y morir allí mismo", recordaba Guy.

Les habló, y habló. Y les siguió hablando.

Y los convenció.

Pero eso no fue todo. "Tengo que hablar con mi superior, hay más compañeros en aquella cueva", le informó un soldado. Guy accedió a que éste volviera a la cueva, mientras él permanecería con el otro japonés allí mismo.

Minutos después regresó con varios oficiales japoneses y sus escoltas. Dignos, serios, orgullosos. Iban armados, pero no para disparar. Venían a dialogar.

"¿Tú eres el americano que nos ofrece trato honorable si nos rendimos?", le preguntaron. Guy asintió y dijo: "Doozo o suwari, nasai" (Por favor, siéntense).

Les ofreció cigarros y les dijo: "El general Holland Smith, Shogun (caudillo) de la Operación de las Islas Marianas, admira su valor y ordena a nuestras tropas ofrecer a los sobrevivientes de su intrépida hazaña de ayer entregarse pacíficamente. Serán llevados a Hawaii, donde hay hospitales para atender a sus heridos. No debe haber más baños de sangre".

Hablaron durante largo rato. Cuando ambas partes se estaban desesperando, los japoneses aceptaron. Regresaron a su cueva y Guy vio como comenzaban a salir soldados. Filas, y filas y filas.

Ni el propio Guy podía creerlo. Había toda una compañía dentro: cientos y cientos de soldados japoneses armados. Y él del otro lado, un sólo soldado enemigo: Un muchacho mexicano de 17 años, ante quien se "entregaban". Fácilmente pudieron haberlo hecho picadillo.

Cuando los demás 'marines' llevaron a donde estaba Guy, se les cayeron las quijadas de sorpresa: El muchachito chicano rodeado de cientos de tropas japonesas armadas.

El total de prisioneros de ése día: 800. Capturados por Guy Gabaldón, un 'marine' chicano con apenas meses de haberse enlistado.

Ningún soldado americano, ni antes ni después, en toda la historia de Estados Unidos ha logrado capturar a tantos soldados enemigos como Gabaldón: En total, 1,500, entre civiles y militares, durante aquella campaña en Saipan.

Después de la guerra, el propio capitán Schwabe envió una recomendación al gobierno de Estados Unidos para que le dieran a Guy la Medalla Congresional del Honor. No se la dieron, pero en cambio recibió la prestigiosa Navy Cross, la Cruz de la Marina.

La leyenda de Guy Gabaldón fue incluso llevada al cine, en una película filmada en 1960, titulada "From hell to eternity" ("Del infierno a la eternidad"). Por cierto, Guy fue interpretado por un actor gringo: Jeffrey Hunter.

Años después, las hazañas de Guy seguían siendo contadas por los marines y soldados americanos. Lo conocieron como "El flautista de Saipán".

Cincuenta años después Gabaldón volvió a Saipán. En los ochentas se instaló en la isla y se horrorizó de ver la criminalidad que prevalecía. Encabezó un movimiento para instaurar programas de recreación al aire libre para la juventud de Saipan, por lo que los habitantes de la isla lo recuerdan con mucho cariño.

Bastante bien para un niño de la calle mexicano que boleaba zapatos para sobrevivir.

E-mail: cfzap@yahoo.com

jueves, octubre 28, 2004

Una historia de vecinos: Los hijos de Sánchez y los hijos de Jones

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - La familia Sánchez no es muy rica, aunque trabajan duro. Es una familia feliz, y numerosa.

Los Sánchez, por azares del destino, tienen su humilde vivienda junto a un caserón. En esa mansión vive una familia rica, los Jones.

Ambas familias han tenido sus pleitos en el pasado, como todos vecinos. Algunos bastante serios: De hecho, el más grave fue cuando los Jones invadieron medio terreno de los Sánchez, y se lo quitaron a la brava. La mansión Jones duplicó su predio, y los Sánchez se tuvieron que conformar con la mitad del terreno que tenían.

Pero el pleito fue hace tiempo, entre los tatarabuelos de ambas familias. De años para aca, las nuevas generaciones de los Jones y los Sánchez han debido aprender a vivir más o menos en paz unos con otros. A tal grado, que ahora los Jones y los Sánchez se saludan muy amablemente.

Pero hay un dato interesante: Como la casa de los Jones es muy grande y lujosa, requiere cuidados especiales. Pero los Jones son personas muy ocupados, que invierten todo su tiempo en pensar maneras de aumentar su ya considerable fortuna. Y en solucionar pleitos para mantener su influencia, en lejanos lugares. Por eso no tienen tiempo de atender su mansión.

Un día, uno de los Sánchez (que sabía de jardinería), le ofreció a uno de los hijos Jones sus servicios. Ambos sabían que era peligroso: Al Sr. Jones no le gustaba que entrara gente a su casa sin su consentimiento. Ya había corrido a más de un trabajador en el pasado por esto.

Pero todos los Jones andaban en sus quehaceres, y el jardín estaba descuidado. Urgía alguien que lo atendiera. Sin pensarlo dos veces, uno de los hijos de Jones contrató a un hijo de Sánchez. No le pagaba muy bien, pero con lo que ganaba, el hijo de Sánchez podía vivir más desahogado, y hasta colaboraba con dinero para su casa.

La relación de trabajo mejoró, y se hizo tan buena, que al poco tiempo otro hijo de Jones se animó a contratar a otro hijo de Sánchez, de mozo. Y luego otro, y otro.

Cuando menos lo pensaron, ya habían muchos hijos de Sánchez trabajando en la casa Jones. Y hacían de todo: Jardinería, aseo, limpieza, cocina, mandados y qué no.

Vaya, hasta algunas hijas de Sánchez entraron a trabajar de niñeras, para cuidar a los bebés Jones.

Un día que llegó a su casa, el Sr. Jones vio a muchos de los vecinos en su casa, y de inmediato puso el grito en el cielo. ¿Cómo podían meterse esos "hijos de Sánchez" sin permiso? En su arranque de ira, corrió a varios en ese momento, y les sentenció a nunca más poner un pie en su mansión sin pedirle permiso personalmente a él.

Claro, conseguir un permiso del Sr. Jones para entrar a su casa era algo casi imposible, lo sabían los Sánchez. Ponía veinte mil trabas, requisitos y hacía montones de preguntas. Y aún si el solicitante llenaba todos los requisitos, si el Sr. Jones andaba de malas no lo aceptaba.

Pero los hijos de Jones se habían hecho muy dependientes de los Sánchez. Los requerían para que hicieran esos trabajitos fastidiosos, pesados y sucios, pero necesarios, para mantener la mansión.

Por eso, siguieron metiendo a los hijos de Sánchez a la casa, a escondidas de su padre.
Los Sánchez entraron. Y entraron, y entraron. Y los Jones los recibían temerosos, a escondidas... pero les daban trabajo, y trabajo y trabajo. Y les pagaban.

Llegó el momento en que era imposible no notar los montones de hijos de Sánchez que trabajaban en la mansión Jones. Hasta el propio Mr. Jones lo notó: Sabía que su casa estaba siendo atendida por los Sánchez, pero no hizo nada. Prefirió hacerse de la vista gorda, ocupado como estaba en sus negocios.

A partir de entonces se estableció una regla no escrita: Mr. Jones toleraba la presencia de los Sánchez, siempre y cuando no se le aparecieran delante. Eran sus hijos y nietos quienes trataban día a día con ellos, pues sabían que eran necesarios.

Cuando Mr. Jones llegaba a su casa todo marchaba en orden: Los jardines estaban bien cuidados, la casa estaba limpia, la comida servida, los bebés atendidos y cambiados. Nunca quiso aceptar abiertamente que todo era gracias al trabajo de los hijos de Sánchez, aunque por sus adentros lo sabía perfectamente.

De vez en cuando, para no dejar, Mr. Jones corría de la casa a algún Sánchez que tenía el descuido de romper algo, o ponerse delante de él. Pero mientras los demás trabajaran duro, y no causaran problemas, eran tolerados.

Los Sánchez odiaban la situación, pero sabían que dependían de los Jones. Había buena chamba en la casa de al lado, y los Jones pagaban bien, aunque nunca lo justo.

Sin embargo, dentro de este "matrimonio a conveniencia" de vez en cuando saltaban las envidias y resentimientos del pasado. Algunos Jones, por ejemplo, despreciaban a los Sánchez por pobres, por no hablar su idioma, o simplemente por ser distintos. Mientras, algunos Sánchez no podían consentir la idea de que los Jones tuvieran más dinero, y los acusaban de haberse hecho ricos tras robar a su familia.

Poco a poco, a pesar de los problemas, cada vez más Sánchez eran ascendidos dentro de la mansión Jones. Ya no nada más eran jardineros o constructores: Se convertían en capataces, en supervisores y asistentes personales de los Jones. Algunos hasta trabajaban como empleados de confianza en las empresas Jones, y otros incluso ya eran considerados como parte de la familia.
Cuando los Jones estaban a punto de conseguir que su padre, por fin, cambiara su concepto los Sánchez, ocurrió algo terrible e inesperado.

Un día, llegó un fuereño que entró con engaños a la casa Jones. Se llamaba Alí. Parecía buen tipo (otros Alís habían sido aceptados por los Jones en el pasado, y eran buenas gentes). Pero de pronto, sin advertencia, Alí puso una bomba en la casa Jones.

Muchos Jones murieron, pero también algunos Sánchez que estaban por allí. Después de eso, los Jones pusieron reglas más estrictas, y comenzaron a ver a todos los visitantes como un peligro.

Incluídos -o especialmente -los Sánchez.

Hubieron algunos hijos de Jones que culpaban a los hijos de Sánchez por el atentado. Los usaron de chivos expiatorios, y los comenzaron a criticar y a atacar. Algunos de ellos fueron despedidos de inmediato, sin importar los años que habían trabajado duramente por los Jones.

Los Jones no se quedaron de brazos cruzados. A la primera oportunidad, fueron a vengarse de los Alí por el ataque. Y los Alí se declararon enemigos a muerte de los Jones, y juraron no descansar hasta ver a los Jones destruídos.

Los Alí incitaron a otros parientes y vecinos a aliarse contra los Jones. Lo cual preocupó a la mansión, que aumentó su seguridad como nunca.

Mientras esto ocurría entre los Jones y los Alí, los Sánchez veían cómo ellos también eran involucrados en un conflicto del que nada tenían qué ver. Sólo querían trabajar, y llevarse en paz con los Jones.

Lo ridículo fue que entre la familia Sánchez, había algunos miembros que se alegraron del ataque de los Alí. Estos otros hijos de Sánchez nunca habían trabajado con los Jones. De hecho nunca salían de la casa Sánchez. Pero aún así se sentían con toda la autoridad del mundo para opinar sobre sus vecinos, a quienes sólo conocían de oídas.

"Eso era lo que los Jones se merecían", decían. "Por ser tan metiches, tan arrogantes y despreciar a las familias que tienen menos".

Estos Sánchez negativos se alegraban cuando los negocios de los Jones iban mal. Reían cuando algo les fallaba a sus vecinos, cuando perdían dinero y hasta cuando se les marchitaban las flores del jardín.

Como los Alí, estos Sánchez eran anti-Jones, y deseaban la destrucción de la mansión.
Lo que estos Sánchez no veían, era que su familia dependía mucho del dinero de los parientes que trabajan con los Jones. No era su única entrada de dinero, claro, pero ayudaba.

Para bien o para mal, el destino de ambas familias estaba ligado. Por ser vecinos. Porque las casas estaban juntas. Por depender uno del trabajo del otro, y el otro del dinero que le generaba ese trabajo.

Porque cuando a los Jones les iba bien, contrataban a más Sánchez. Ampliaban un jardín, construían una nueva recámara, hacían fiestas... y necesitaban más empleados. Sánchez.

En cambio, cuando a los Jones les iba mal, dejaban de atender sus jardines tan seguido, cancelaban fiestas, detenían las mejoras a su mansión, y por lo tanto, despedían a los Sánchez.

Algunos Sánchez insistían en que estaba mal depender tanto de los Jones. "Hay que buscar trabajo en otro lado", sugerían. Sí, pero, ¿a dónde?

Había otra casa rica, más allá de la de los Jones. Eran los Smith-du Betancourt, parientes lejanos de los Jones, casados con una familia francesa. Pero la casa estaba muy lejos, y no era tan rica. Aunque los Smith-du Bentancourt eran un poco menos arrogantes que los Jones.

Del otro lado de la ciudad estaban otras familias ricas, como los Schröeder, los Bellevue (parientes de los du Betancourt) y los Smith-Jones. Y más allá, estaban los Tanaka, también ricos pero más cerrados que los Jones.

Pero igual, esas casas estaban demasiado lejos para los Sánchez. Ir y venir a trabajar no costeaba tanto como laborar con los Jones.

Pero el recelo continuaba de vez en cuando. La actitud altiva de algunos de los Jones no ayudaba a las buenas relaciones, y frecuentemente habían problemas.

Los Alí insistían en atacar a los Jones. Planeaban un bombazo enorme, que destruyera toda la mansión y no dejara ningún Jones vivo. Estaban seguros de que otras familias los apoyarían.

El apoyo llegó un día... de algunos Sánchez.

Un Alí les propuso que, por una corta lana, les permitieran entrar a la mansión Jones usando el patio de atrás de la casa Sánchez. Una cerca dividía ambas casas, pero no era muy alta, y estaba caída en algunas partes.

Los Sánchez negaron la invitación. Corrieron al Alí de la casa.

Pero cuando unos miembros resentidos de la familia Sánchez les permitieron entrar, a escondidas, sin que los demás los vieran. Les cobraron un dinerillo a los Alí por el favor, y les dieron el paso. Total, a ellos tampoco les importaba lo que les pasara a los Jones. Al contrario: Los Alí les harían un favor a toda la colonia al deshacerse de los arrogantes Jones de una buena vez.

Un día, un Alí entró a escondidas a la mansión Jones, usando la casa Sánchez. Traía una bomba amarrada en el estómago. Cuando llegó al centro de la mansión, y ante la mirada atónita de los Jones, la activó.

La casa voló en mil pedazos. Se llevó consigo a muchos Jones... y de paso a muchos Sánchez que trabajaban en la vivienda.

Pero eso no fue todo: La explosión fue tan potente, que no nada más destruyó la mansión Jones. La onda expansiva se extendió más allá, y la segunda casa que destruyó fue precisamente la de los vecinos, ante el horror de los mismos Sánchez resentidos que habían permitido entrar a los Alí.

Los Alí se alegraron. Se regocijaron. ¡Habían destruído a los Jones! ¡El vecindario sería feliz y libre ahora!

Claro, claro, habían hecho añicos a la familia de al lado, pero ¿qué importaba? Lamentable, cierto, pero fue un efecto colateral. Era el precio que se tuvo que pagar por un bien mayor. Los Sánchez serían recordados eternamente como mártires justos por los Alí, por supuesto.

¿De quién fue la culpa? No de los Alí, sino de los propios Jones y los Sánchez.

Porque lo que ninguna de las dos familias jamás entendieron, fue que estaban destinadas a vivir juntas, les gustara o no. Y a compartir el mismo destino.

Bienvenido a los Estados Unidos de Automérica

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por César Fernando Zapata

DALLAS, Texas - Una vez, una guía de turistas relataba una anécdota, de cuando le tocó encabezar una gira de visitantes europeos en la ciudad de Dallas, Texas.

"Aquí está el centro de Dallas, este es el edificio tal, o cual", decía la joven, dentro de un autobús panorámico a los turistas. Éstos, cámara en mano, escuchaban atentos y no dejaban de tomar fotos.

Uno de los turistas levantó la mano para preguntar. La guía escuchó:

"Todo esto está muy bien, señorita, pero yo tengo una pregunta: ¿Dónde está toda la gente de Dallas?"

La muchacha volteó a ver la calle de un lado: Automóviles. Autopista. Edificios de cristal, reflejando el candente sol texano.

Volteó al otro lado de la calle: Más autos. Más autopistas. Más edificios.

Nada de gente en la calle. Ni un alma.

La guía sonrió, y con su típico acento texano, respondió jovial: "¿Que dónde está la gente? Pues dentro de sus autos, o en sus casas. En cualquier parte donde haya aire acondicionado".

Y es cierto. La gente de Texas, y de muchas partes de Estados Unidos, como Los Ángeles, pocas veces ponen sus pies en contacto directo con la acera de la calle.

Si usted ve a una persona caminando en la calle o: a) Acaba de bajar de su auto estacionado; b) Va a subir a su auto estacionado; o c) Se le descompuso su auto.

"Fue muy raro", recordaba una vez un joven turista español que visitó el norte de Texas. "Mi papá y yo queríamos tomar un paseo para conocer la ciudad, y comenzamos a caminar a un lado de la autopista. Minutos después se paró un auto y su dueño se bajó para preguntarnos si había algún problema, si nuestro auto se había descompuesto o qué".

"Cuando le dijimos que no, que sólo estábamos dando un paseo, el tipo se mostró extrañado. No le cabía en la cabeza que a alguien le apeteciera CAMINAR", agregó el español.

Y ésa es una de las cosas a las que creo que jamás me acostumbraré de la vida de Estados Unidos: la cultura de vivir trepado en un automóvil.

Yo sé que en muchas ciudades grandes del mundo la gente pasa mucho tiempo en sus autos. Que hay autopistas, que hay vías rápidas, etcétera. De hecho, ni a la Ciudad de México ni a Río de Janeiro o Buenos Aires les apantallan las autopistas de Los Ángeles o Dallas.

Pero el uso del auto en Estados Unidos es distinto. En Latinoamérica y Europa la gente usa el auto para trasladarlos de un lado a otro. Punto.

En Estados Unidos, en cambio, la gente VIVE en sus autos. De hecho, muchas personas viven y comen GRACIAS sus autos. Aunque no lo crea: en este país muchas veces el tener carro es la diferencia entre tener o no empleo.

Pero así es. Esa es la realidad de Estados Unidos. Muchos critican el "American Way of Life" por estar "automatizada". Yo creo que están equivocados: La vida en Estados Unidos no está automatizada, sino "automotorizada".

Y ese es el gran problema personal para mí. Porque debo confesar un secreto: ODIO MANEJAR.
En serio. Desde joven, cuando me compré mi primer auto, sentí que la novedad pasaba pronto. Y luego se volvió tedio, y tortura. Cuando podía, aventaba las llaves a un cajón y me iba en microbús a donde fuera: Mi trabajo, al centro, a la tienda, a visitar a un amigo. Y como Tampico, donde nací, no ha alcanzado el grado de megalópolis, los trayectos no eran tan largos.
El hecho de que alguien manejara por mí me relajaba. Hasta la música de los Tigres del Norte que los choferes traían a todo volumen en sus radios me arrullaba.

Incluso a veces me iba a pie. ¡Cómo me encantaba caminar!

En cambio, cuando llegué a Estados Unidos toda esa vida se acabó. Aún recuerdo una de las primeras frases que un amigo me dijo: "Tendrás que comprarte un carro".

En ese momento, me pareció un lujo innecesario, pero más tarde me di cuenta de que no. ¿Cómo iba siquiera a pensar cruzar los kilómetros y kilómetros de autopistas que conectan las más de 100 ciudades del área metropolitana de Dallas? ¿A pie? Ni en sueños.

El servicio de transporte público era muy bueno: Eficiente, limpio y puntual. Pero muy, muy limitado, en comparación con las ciudades latinas. Para llegar a mi trabajo, un trayecto en auto de 30 minutos, necesitaba invertir hasta tres horas si usaba el autobús público.

A los norteamericanos esta auto-vida no les parece rara, ni malsana. Al contrario: todos nacieron así. Prácticamente en auto. Mientras que en nuestros países todos recordamos con cariño cómo batallamos para juntar dinero para comprar nuestro primer auto (casi siempre un destartalado Volkswagen "vochito" de quinta mano), en Estados Unidos a todos los niños les sueltan carro a los doce años.

A los dieciséis es común que cada uno de estos chiquillos tengan su propio vehículo, que usan para ir a la High School. Y nadie dice nada. Es normal, no es un lujo.
Por eso hay tantos auto-bancos, auto-restaurantes, auto-servicios... y vaya usted a saber qué mas.

En Las Vegas supe el otro día que había una auto-iglesia... ¡Donde los novios se pueden casar metidos en su carro! El sacerdote les administra los ritos desde una ventanilla, como si les despachara una orden de McDonald's. El colmo.

(Dudo que las parejitas que se casan así hagan lo mismo cuando quieran divorciarse. ¿Se imaginan ir a un auto-juzgado, donde un auto-juez los divorcie? No creo que sea práctico: Al final, uno de los ex-cónyuges siempre se quedará con el auto y dejaría al otro a pata. ¡Y con los niños!)

La cultura del automóvil está tan metida en la conciencia americana, que quien no sepa manejar puede ser visto como retrasado, como ser de otro planeta. Hasta los pobres andan manejando: Un Chevy Nova '75, o un Ford LTD '78, de perdido. Todos destartalados... pero ahí andan.
Hasta las mismas ciudades están diseñadas pensando en el automóvil, no en los peatones. Los "freeways" o autopistas son inmensos, sin cruces peatonales ni nada.

Y las leyes también están diseñadas para proteger al conductor. Al contrario de Latinoamérica, en muchas áreas el peatón no tiene "derecho de paso": Si una persona se atraviesa en el camino a un auto, él lleva la de perder.

Yo lo viví una vez en carne propia, una vez que mi auto se me quedó tirado en un freeway: Quedé varado sobre el carril izquierdo, pegado al camellón central. No traía teléfono, y eran las 12 del día, en pleno calorón.

Frente a mí había una gasolinera, y pensé: "Si logro cruzar el freeway a pie, quizá pueda llamar a una grúa, o de perdido tomarme un refresco".

Vale decir que ni siquiera lo intenté. Es imposible. Cruzar un freeway a pie es más peligroso que jugar a la ruleta rusa (en la ruleta rusa hay una oportunidad mínima de sobrevivir; el cruzar una autopista gringa al mediodía es muerte segura).

Por eso es triste saber que muchos inmigrantes indocumentados que llegan por primera vez aquí mueren al intentar cruzar un freeway.

Y pasa muy seguido. Hay una anécdota de un centroamericano que envió postales a su familia, mostrándoles la ciudad donde vivía en Texas. Al ver las fotos de las autopistas, su mamá le escribió preocupada: "Hijo, por favor ten mucho cuidado cuando cruces esas calles TAN ANCHAS".

Y es que en Estados Unidos este problema es muy común. Tan común, que en las autopistas hasta hay letreros amarillos de alerta para los conductores, como ésos que ponen en los cruces de ganado. Nada más que en vez de dibujar la silueta negra de un buey, dibujan una familia indocumentada corriendo. En serio.

Los activistas pro-inmigrantes se indignan cuando ven esos letreros. Los acusan de racistas. Pero en realidad, creo que las autoridades hacen lo que pueden para evitar una tragedia: Les avisan a los conductores que tengan cuidado, que disminuyan la velocidad, porque por allí personas pueden cruzar en cualquier momento. Como ya ha ocurrido.
Estados Unidos es el país del auto.

Por eso es tan vital el tema de las licencias de manejo para indocumentados. Por eso es una estocada en la espalda la que dan las autoridades a los inmigrantes al negarles el documento: Si no lo tienes, seguro vas a enfrentar muchas broncas, tan solo para ir a trabajar. Con las distancias, es imprescindible usar el auto, con licencia o no. El resultado: Si un policía te agarra sin licencia, te multa. Si reincides, te quita el auto y hasta a la cárcel podrías ir a dar.

La otra opción es: No manejo. Por lo tanto, no trabajo, y mi familia no come.
Ante este panorama, ¿qué cree usted que los inmigrantes van a decidir? Pues claro: "Me arriesgo". No tienen de otra.

Por eso, muchos inmigrantes que vienen de pueblos, donde nunca agarraron un volante, se avientan a conducir. No por gusto, ni por valentía, sino por pura necesidad. Quizá si les dieran oportunidad de sacar su licencia, podrían tomar el curso de manejo, y hacer su examen.

Estarían así más capacitados de usar un auto, y quizá se salvarían algunas vidas al evitar accidentes (incluso la vida del propio conductor).

Pero no es así. Las leyes impiden a los indocumentados sacar licencia, e incluso a los inmigrantes legales les ponen muchas trabas.

¿Soluciona esto el problema de la inmigración? Claro que no. ¿Desalienta a los indocumentados para ya no venir aca? No creo. La inmigración (legal e ilegal) continuará, les den o no licencias.
¿Hace más seguras las calles de Estados Unidos porque solo permiten manejar a ciudadanos?
Para nada. Al contrario: Los inmigrantes de todas formas van a manejar. Y el hecho de ser ciudadano americano no significa que uno no va a chocar, o a manejar ebrio.

Y esto es algo que el gobierno y la gente de este país no puede, o no quiere, entender.

E-mail: cfzap@yahoo.com

viernes, octubre 08, 2004

El sueño americano que nació en un campo de papas

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - Siempre me preguntaba, antes de emigrar a Estados Unidos, porqué los americanos parecía que todos vivían en casas bonitas.

¿Se ha fijado? En todos los programas de TV, en las películas, y hasta en los cuentos de monitos se ven a los personajes viviendo en casas lindas, con jardines, patios con árboles, y calles limpias donde los niños juegan en bicicleta.

Todas las casas parecían de ricos. En México, cualquiera esas casas sólo las podría comprar un millonario. De hecho, esos fraccionamientos gringos eran igualitos a las colonias de ricos en Latinoamérica.

¿Serían todos ricos en Estados Unidos?, me preguntaba.

Luego, descubrí que esos fraccionamientos no estaban en Nueva York, ni en Los Ángeles, o Houston. Estaban AFUERA de las ciudades. A veces hasta a 20, 30 kilómetros de distancia. ¿Qué onda?

El tema me intrigaba. Voltee a ver mi vecindario y la diferencia abismal chocaba. Esos barrios gringos se veían alejados de mi realidad, de mi calle, de mi casa. A pesar de estar cerca de Estados Unidos, mis alrededores tenían se parecían más a Calcuta que a Dallas.

Fue mi primera experiencia con uno de los mitos más glorificados del sueño americano: Los suburbios.

Son esos barrios ideales, donde la gente vive, descansa y duerme con la familia. Fuera de las ciudades, en zonas tranquilas, pero bonitas.

Y a pesar de estar alejados, los suburbios contaban con todas las comodidades: Centros comerciales, supermercados, cines y hasta parques y lagos cerca.

¿En verdad los americanos vivían en lugares tan bonitos? Y tan lejos ¿Porque mientras que en Europa, Asia y Latinoamérica la gente pagaba precios estrafalarios por rentar un departamento o construír una casita ADENTRO de las ciudades, los americanos en cambio se salían de ellas? ¿Cómo había pasado eso?

Aunque parezca mentira, todo comenzó con un muchacho ex soldado, su sueño empresarial... y un campo de papas.

Bill Levitt era un joven veterano al terminar la Segunda Guerra Mundial. ¿Su labor en el frente de batalla? "Abejita de mar" ("seabee", en inglés).

Antes de que se ría por el nombrecito, permítame aclarale. Ser abejita de mar no era cosa de risa. Levitt no era afeminado, ni personaje de cuentos infantiles. Las "abejitas de mar" tuvieron un papel decisivo en la guerra. y uno bastante macho: Levantar ciudades de la nada.

Los seabees eran los encargados de llegar primero que nadie a una zona de combate, después de que desembarcaban los "marines". Y de la nada, así de un día para otro, levantaban bodegas, fuertes, gasolineras, hospitales, cuarteles, carreteras, puentes y hasta pistas aéreas.

O sea, preparaban el área para la llegada de tanques, helicópteros, y más tropas. Muchas veces en medio de zonas totalmente agrestes, como selva o desierto.

Seabee (se pronuncia "sibi") viene de las iniciales C.B., Construction Batallion ("Batallón de Construcción"). Y eso es lo que era Bill Levitt.

En ese batallón, el joven judío aprendió una técnica valiosísima, que le serviría en el futuro: La construcción en serie, rápida, de edificios usando partes intercambiables. Como las líneas de ensamblaje de las fábricas.

Levitt no lo sabía en ese momento, pero ese conocimiento lo iba a volver multimillonario. Y de paso, iba a cambiar la manera como vivía la gente en Estados Unidos.

Cuando acabó la guerra, Levitt se vio sin trabajo, y buscaba una oportunidad para emprender un negocio. Regresó a un Estados Unidos donde en aquellos años de finales de los cuarentas, solo las clases ricas podían tener su casa propia bonita, con jardín, cochera y amplio espacio. La demás gente, sobre todo en las ciudades, tenía que contentarse con vivir en edificios de departamentos, muchas veces sucios y descuidados. De ésos que todos hemos visto en las películas de policías y ladrones: de ladrillo, con escaleras de metal que dan a los callejones de basura.

Levitt vio una oportunidad, y no la desaprovechó. Recordó el éxito que había tenido décadas atrás otro visionario, llamado Henry Ford, al construir automóviles en serie. Con esto, abarató los costos, y permitió que el país se inundara de automóviles.

¿Porqué no aplicar ese mismo principio a las casas, pensaba Levitt? En lugar de construír viviendas al gusto del cliente, usar en cambio sólo tres o cuatro planos básicos. Construír muchas casas usando el mismo material, los mismos albañiles, carpinteros y pintores.

Eso abarataría mucho los precios, y más gente podría hacerse de su hogar, pensó Levitt. De un pedazo del sueño americano. Siempre será mejor vender 20 mil casas baratas, que 20 casas caras.

Con este plan, Levitt se apresuró a crear su compañía, y el primer paso que tomó fue buscar un predio donde construir su fraccionamiento.

Encontró el sitio ideal en un campo de papas en Long Island, el cual adquirió baratísimo por estar demasiado lejos de la ciudad de Nueva York: A unos 50 kilómetros.

En aquél tiempo, sin autopistas, era impensable salir a vivir afuera de las ciudades. No toda la gente tenía carro. No había metro. Había que viajar en tren o taxi. Los que vivían fuera de la ciudad eran los granjeros, nada mas. La gente de pueblo.

En Europa habían experimentado con suburbios, pero eran construídos para la gente pobre, los desposeídos. Para las clases media y alta europeas era impensable salir de las ciudades.

Pero el sueño de Levitt era que cada americano tuviera su casa, en las afueras de las ciudades. Y que se la comprara a él.

Pero no cualquier casita fea. El hecho de que fueran viviendas baratas no debía significar que no fueran bonitas. Por eso, Levittown, como se llamó el nuevo fraccionamiento, daba mucho énfasis a los jardines, a los patios, a las áreas verdes.

Y a la gente le encantó el concepto. Las primeras casas, con un precio de sólo 8 mil dólares, prácticamente volaron. Los veteranos que regresaban de la guerra querían tener su familia. Querían vivir en paz, casarse, tener hijos y criarlos en un lugar bonito, alejado de la tensión de la ciudad. Levittown era el sitio adecuado, el pueblecito ideal americano que aún no se había inventado.

Levitt creó así, con su visión empresarial, el concepto de los suburbios. Y fue un trancazo comercial instantáneo.

Levittown creció, y creció y creció. Todo mundo quería vivir allí. Por eso, otras constructoras tomaron el concepto y por todos lados se veían surgir suburbios nuevos como hongos.
Los suburbios no estuvieron exentos de problemas. Al principio, el más evidente fue el racismo. En Levittown no se vendían casas a gente negra, ni asiática, o hispana. Sólo a blancos, anglosajones. Incluso en los contratos estaba estipulado claramente, con letras grandes, que las casas de Levittown eran exclusivamente para gente blanca, y no se podía rentar o revender a gente "de color".

Horrendo como pudiera sonar, esto era una realidad en aquél Estados Unidos de los cuarentas y cincuentas. Al propio Levitt le repugnaba esa política, judío como era él, conocedor de los horrores del racismo nazi. Pero no podía hacer mucho, ya que los bancos eran los que imponían las condiciones.

Con todo, los suburbios prosperaron. Dos cosas ayudaron a su impulso: El enorme territorio del país, que abarataba la tierra. Y el automóvil, que se convirtió en un objeto indispensable al terminar la guerra, lo cual impulsó la construcción de las autopistas hacia los nuevos suburbios.

Si usted tenía un auto, y había autopistas para ir rápido de un lado a otro, ¿para qué quedarse a vivir en la ciudad?

Claro, los suburbios no dejaron de tener detractores. Que si porque eran casas hechas al trancazo. Que si todas se parecían. Que si estaban demasiado lejos. Pero casi todos los críticos era gente de la alta, o intelectuales acostumbrados a vivir en casas victorianas. Y caras. Para el resto de la gente (los que habían pasado su niñez en departamentuchos viejos y sucios, o en granjas), los suburbios eran un sueño hecho realidad. MI casa propia, con MI jardín, con MI cochera, donde puedo estacionar MI carro, y con MI patio donde MIS hijos pueden jugar tranquilamente.

Hoy, Estados Unidos es un país de suburbios. La mayor parte de la población vive afuera de las ciudades, en estos fraccionamientos hechos en serie. Es parte del sueño americano tener su auto, su trabajo por horas, y su casa en los suburbios.

Pero hace poco salió un estudio médico, donde da cuenta de que los habitantes de los suburbios padecen más enfermedades que el resto de la gente. Males cardiacos, tensión, artritis, dolores de cabeza, cansancio, y hasta desequilibrios psicológicos.

Los investigadores lo atribuyen a que los suburbanitas son más gordos, hacen poco ejercicio (usan el carro hasta para ir a comprar leche a la tienda de la esquina) y se pasan largos ratos en las autopistas, camino al trabajo y de regreso.

De hecho, se dice una persona que vive en un suburbio, tendría la misma salud que otra persona cuatro años mayor que viva en una ciudad.

En síntesis, los suburbios no fueron hechos para la gente, a una escala humana, dicen. Las distancias enormes y lo aislado tienen a afectar el estado mental de las personas, según los psicólogos.

Pero la gente sigue yéndose a los suburbios. Entre más lejos de la ciudad, mejor. Hoy en día somos los inmigrantes hispanos los que hemos llegado a los suburbios cada día más, y compramos casas en zonas construídos en los años cincuentas y sesentas.

No importa qué digan los críticos: No hay sensación mayor de triunfo, de realización, que la que tiene un inmigrante que fue campesino pobre en México, donde vivía en una chocita con suelo de tierra, cuando logra hacerse de su casita con jardín y cochera. En los suburbios.

A pesar de lo que digan, siempre es difícil terminar con un mito.

E-mail: cfzap@yahoo.com

"Sí, los trabajos de inmigrantes son peligrosos, pero tenemos que comer"

DESDE LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Por CÉSAR FERNANDO ZAPATA

DALLAS, Texas - José casi había terminado su trabajo, pintando la cocina de la nueva casa.
Como inmigrante mexicano en Texas, José había encontrado chamba como pintor, y se especializaba en casas. Aquél día en particular, debía tener más cuidado que otras veces, porque la pintura era especial: Muy inflamable.

"No fumes, ni enciendas nada, porque puede ser peligroso", le habían advertido, y José tuvo cuidado.

Pero no habían advertido nada a los demás trabajadores. Juan, un amigo, llegó a verlo a la cocina, donde José le daba los últimos retoques a la pintura.

Juan vio las luces apagadas, y tras saludar a su amigo, se acercó al botón. "¿Porqué estás a oscuras?"

José apenas pudo voltear una fracción de segundo, antes de gritar... pero era demasiado tarde.
El apagador, al encender, causó la chispa eléctrica necesaria para iluminar la habitación. Una chispa mínima, pequeña... pero suficiente para detonar los vapores flamables de la pintura fresca.

Media casa voló en pedazos.

Nunca encontraron todo el cuerpo de José, sólo partes. A su amigo Juan le fue peor: lo único que los investigadores rescataron, fue una mano. Esa mano con la que encendió la luz.
Y ni siquiera era la mano completa, solo la piel: Estaba tirada allí, en el piso, como un guante macabro, sin la carne ni los huesos de adentro.

Terrorífico como suena, este espantoso accidente no es raro en Estados Unidos. Día a día, miles de trabajadores inmigrantes hispanos mueren en sus labores.

Rogelio es otro caso. Aunque no murió, sí quedó inválido de por vida.

Rogelio tenía un año trabajando en una constructora, le pagaban bien y estaba a gusto.

"Hasta un día en que se soltó una grúa", recuerda. Uno de los gigantescos cables de metal de la maquinaria se soltó sin control.

Todo fue muy rápido. El cable se acercó a Rogelio, quien corría a ponerse a salvo, y le dió un latigazo por atrás.

En un instante, le partió la espalda.

Confinado a una silla de ruedas, sin poder trabajar y con una familia qué mantener, Rogelio se pasó el siguiente año de tribunal en tribunal, peleando su compensación. Sin mucho éxito.

Según datos del Departamento del Trabajo de Estados Unidos, las muertes de inmigrantes en accidentes laborales han aumentado el 53% de 1992 al año 2000. Es una cifra enorme, si se toma en cuenta que entre los trabajadores no hispanos la cifra ha bajado 10% en el mismo periodo.

Luis era un jovencito potosino que había viajado a Estados Unidos para mantener a su mamá. La muerte del padre, un jornalero, casi los sumió en la desesperación.

Tras recibir la bendición de su madre, Luis decidió emigrar. Era la única salida para salir de la pobreza en su ranchería. Como pudo, y tras un largo trayecto cruzando el río Bravo y el chaparral texano, el jovencito de 19 años logró llegar a Dallas.

Corrió con suerte: A las pocas semanas lo contactaron con un amigo que trabajaba en una granja, en Louisiana.

Pero hasta allí se le acabó la buena estrella a Luis. Un día, mientras trabajaba debajo de un tractor, revisando algo que se la había atorado, el gato hidráulico que sostenía el aparato cedió.
Luis murió aplastado.

Lo último que se supo fue que los dueños del rancho estaban contactando al consulado mexicano, para arreglar el traslado del cadáver aplastado de Luis de regreso con su mamá, en San Luis Potosí.

"Era excelente persona, muy trabajador", recordaba uno de los dueños del rancho. "Es una lástima, tan joven".

La falta de experiencia, y a veces hasta la ignorancia del idioma inglés, han sido motivo de muchos de los accidentes que matan cada año a cientos de trabajadores inmigrantes.
Porque, ¿qué se puede esperar de un jovencito que llega de un rancho, con educación apenas de primaria (y a veces ni eso)? Muchos, por lograr la chamba, mienten y aseguran que saben del trabajo, cuando no es así.

Sobre todo, tiene qué ver qué clases de trabajos llegan haciendo los paisanos: Generalmente en el campo, pero casi siempre en la construcción. Casualmente, son éstos trabajos los que tienen más índice de accidentes fatales: Aproximadamente el 20% de todos los accidentes laborales en Estados Unidos.

Son trabajos peligrosos. Muy arriesgados. Y son los inmigrantes mexicanos e hispanos los que casi siempre toman esos empleos.

No porque los paisanos sean aventados, ni les "muy machos". No, lo hacen por necesidad. Porque son los trabajos que casi nadie quiere.

Cuando los inmigrantes no son albañiles, techeros, o ladrilleros, generalmente toman trabajos en el campo, en granjas. O en fábricas. Y allí también hay muchos riesgos.

"Míreme las manos, mírelas", señalaba Isabel, una mujer pequeña, centroamericana, que se cubría los ojos con lentes oscuros y la cara con un pañuelo, por el sol. Mostraba sus manos manchadas de rosa, descarapeladas. Su cara también estaba igual, por eso la escondía.
"Es cosa de los químicos de la fábrica, nunca nos avisaron", relata. "Y como es un trabajo que nadie quería hacer..."

Pero son los trabajadores agrícolas los que se llevan las palmas en cuanto a problemas de salud, por causa de los pesticidas. Según la EPA, la agencia de protección al ambiente de Estados Unidos, unos 300 mil trabajadores agrícolas inmigrantes sufren de intoxicación por pesticidas cada año.

Y lo peor es que casi ninguno de ellos buscan tratamiento, por temor a ser reportados a Inmigración. Y para acabarla las empresas nunca los previenen, ni siquiera les informan nada.

Se han hecho campañas. Se ha concientizado gente. Se han realizado reportajes en televisión, prensa, radio. Se han levantado demandas millonarias. Se han interpuesto multas contra las empresas... y sin embargo el problema sigue creciendo.

"Viera cómo quedó, todo tasajeado", recordaba un trabajador al relatar el accidente que le cobró la vida a un compañero. "Él estaba en un andamio, y un amigo abajo traía la pistola de clavos. En esa que se le dispara sin querer."

Los clavos, filosos y con la fuerza de una bala, salieron disparados al aire, atravesando al trabajador mexicano del andamio desde la ingle.

Y a pesar de los riesgos, los paisanos siguen aceptando esos trabajos difíciles, duros y peligrosos. Que nadie quiere.

¿El motivo? Es muy sencillo: Porque no tienen de otra.

"Tenemos que trabajar", se encogía Rogelio de hombros, desde su silla de ruedas. "Nuestra familia tiene que comer."

Pero como para atenuar el decepcionante panorama, terminó con una frase optimista:
"Dios siempre nos ayudará".

E-mail: cfzap@yahoo.com